03/12/2025
Cuando las amistades son proyectos que se programan y se mantienen a base de actualizaciones periódicas
Las conversaciones, se han vuelto funcionales: un repaso rápido de las últimas semanas, un resumen de lo que cada una ha hecho y lo que planea hacer.
Cada vez más se percibe que los amigos han pasado de ser parte de la vida cotidiana a un compromiso calendarizado para repasar los últimos acontecimientos de su vida.
Es lo que en el mundo anglosajón se ha bautizado como catch-up culture, una forma de relación en la que la amistad se vive a base de “ponerse al día” de vez en cuando, en lugar de compartir tiempo y experiencias de forma continuada.
Ver a las amistades, además, requiere hoy en día coordinación, recordatorios y hasta algún que otro Doodle. La espontaneidad, ese rasgo que en la juventud definió la vida de casi todos, se ha convertido en un lujo que pocos pueden permitirse. Lo que tiene consecuencias: “Me hace sentir irrelevante en la vida de mis amigos, como si yo fuera una tarea más en su lista de cosas que hacer: llevar el coche a la ITV, reservar vuelos para las vacaciones y tomar un café de dos horas con quien durante años fue una de sus mejores amigas”.
La amistad como tarea
En opinión del sociólogo Francesc Núñez, de la Universitat Oberta de Catalunya, esta transformación es parte de algo estructural. “La vida se ha convertido para muchas personas en una especie de listado de tareas que tiene que llevar a cabo”, afirma. “Vivimos, como dice el sociólogo Hartmut Rosa, en un régimen de aceleración, de eficiencia, de competencia. Y este fenómeno es la aplicación a las agendas de la lógica neoliberal que nos empuja a gestionarlo todo como si fuera un plan de empresa”.
La amistad, como todo en la vida adulta, parece depender de un calendario y de la productividad del tiempo y se somete a la lógica del rendimiento.
“La amistad se acaba convirtiendo en una especie de tarea, un capital que hay que gestionar para que te salga a cuenta”. Ya no basta con estar; hay que invertir tiempo, optimizarlo y medir su retorno emocional o simbólico.
La trampa de la eficiencia emocional
La psicóloga Sylvie Pérez, y colaboradora también de la UOC, cree que “vivimos en un mundo que va demasiado rápido, donde los pocos espacios que nos dejamos libres quedan siempre llenos”. Por eso, dice, los adultos acaban agendando la amistad para “autoobligarse a mantenerla”. No tanto porque quieran convertirla en una tarea más, sino porque, si no lo hicieran, desaparecería del todo.
Pero esa necesidad de programar los encuentros tiene un efecto colateral: la catch-up culture. “Confundimos comunicar las cosas con compartir de verdad. Compartimos lo que hemos hecho, no vivimos el estar haciendo”, advierte Pérez. Lo que antes era una experiencia conjunta: una cena, una caminata, una tarde sin propósito… Se sustituye por una narración: nos contamos la vida en lugar de vivirla juntos.
Compartimos lo que hemos hecho, no vivimos el estar haciendo
El resultado es una paradoja moderna: los amigos siguen “ahí”, pero están cada vez más lejos. “Sabemos que no estamos solos, pero nos sentimos solos”, dice la psicóloga. “Sabemos que hay gente, pero no hay una conexión profunda. Falta esa presencia física y simbólica que da sentido al vínculo”.
Redes que conectan, pero no acompañan
En apariencia, las redes sociales deberían ayudar a suavizar esa distancia. Nos permiten estar “al día” de la vida de los demás: cumpleaños, viajes, logros, mudanzas... Pero esa ilusión de proximidad, advierte Pérez, “mantiene el vínculo solo a nivel comunicativo”. Es una conexión sin convivencia.
Núñez lo formula con más dureza: “Con las redes sociales ha pasado que, de ser un sustituto necesario, se han convertido en una preferencia. Ahora es mucho mejor para algunos ver a la abuelita en la pantalla que ‘perder’ el tiempo necesario en ir a verla”. En otras palabras, el contacto virtual ya no compensa la distancia, sino que la consolida.
El peligro, insiste el sociólogo, es que la virtualidad ofrece una “proximidad aparente” que acaba desplazando a la experiencia real. “Son relaciones deficientes, pero aparentemente cálidas”, asegura. La pregunta que surge a continuación, concluye, es devastadora: “¿En qué hemos convertido la amistad?”
Cuando por fin coinciden (en ocasiones tras semanas o meses cuadrando agendas), el plan es predecible: una comida larga, muchas actualizaciones y poca vida compartida. “Pero es que si llevo tanto tiempo sin ver a alguien, tampoco me apetece ir con ella al cine”, dice. “Tengo ganas de estar con ella y hablar todo lo que no hemos hablado”.
A su juicio, el problema no es solo la falta de tiempo, sino el cambio de prioridades. “A cierta edad, los amigos ya no somos una prioridad en el proyecto de vida de nadie. En cuanto alguien tiene pareja o un buen trabajo, eso pasa por delante. Y lo entiendo, pero me hace sentir más sola que nunca”.
Su testimonio revela una de las facetas más duras del fenómeno del que hablamos: la llamada soledad acompañada. No se trata de aislamiento físico, sino de una desconexión íntima en medio del ruido social. “Creo que estamos en una época de estar muy solos”, admite. “Nos contamos, pero no ‘vivimos’ juntos, no compartimos. Y cada vez va a más”.
Cómo escapar de lo que parece inevitable
Ante esta deriva se propone una forma de resistencia: la “amistad lenta”. Inspirada en movimientos como el slow living, reivindica “quedar sin propósito, sin límite, simplemente para estar”. Frente a la lógica del rendimiento, esa lentitud se convierte en un gesto casi político. “Hay que desprogramar esta aceleración, aprender a convivir sin objetivos”, dice. “El enemigo es sutil, pero está en nuestras manos vivir de otra manera”.
Pérez coincide: “No se trata de dejar de agendar, sino de dar valor simbólico a los encuentros”. Cocinar juntos, pasear, dedicar tiempo sin productividad ni expectativas. “No para producir algo, sino para ritualizar momentos”.
La amistad, recuerda, no siempre tiene que ser permanente para ser valiosa. “Hay amistades longitudinales, que duran años, y otras transversales, más breves, pero igualmente significativas. No debemos culpabilizarnos si cambian. Lo importante es que sean sinceras y que tengamos esos encuentros porque realmente nos apetecen”.
En tiempos de hiperconexión, recuperar el “estar” se ha convertido en un sistema de defensa. Una amistad verdadera quizá no consista ya en saberlo todo del otro, sino en compartir las pequeñas pausas que el mundo nos permite.