Licenciada en Psicologìa

Licenciada en Psicologìa

Compartir

Montevideo-Uruguay

19/03/2026

Hoy una paciente se quejaba respecto de un familiar y decía, "está re demandante y encima no te habla bien, te habla mal".

Lacan dice que la demanda del Otro no es signo de amor. Porque una cosa es pedir algo a alguien -que por amor o por semejante uno podria responder- y otra muy distinta es esa posición demandante que deja a quien lo recibe escurrido. Atrapado en una lógica que suele ser aplastante.

¿Cómo se desliga el sujeto de la demanda del Otro?

A veces no responder es un límite. Otras veces un podria decir que no es para nada necesario andar escuchando todo lo que el otro demanda. Y entre escuchar y responder, hay un paso muy cortito donde fácilmente se puede quedar atrapado/a.

¿Qué alcance tiene el psicoanálisis hoy?

Entre miles de aristas, el alcance es aliviar el malestar que alguien padece. Muchas veces las intervenciones pueden ir en torno a separar/se del Otro.

O a inventar formas que habiliten al menos a no quedar tan subsumido a la demanda del Otro.

Que por supuesto reafirmamos, nunca es amable, nunca es signo de amor.

15/03/2026

ChatGPT puede ser útil, pero no sustituye la psicoterapia.

Cuando le preguntas algo a una IA, ocurre algo interesante: muchas veces te responde de una forma que valida lo que ya pensabas. Incluso si la premisa es incompleta, simplificada o directamente equivocada.

Esa validación inmediata activa el sistema de recompensa del cerebro. Se libera dopamina, el mismo neurotransmisor implicado en hábitos, reforzamiento de conductas y algunos procesos adictivos.

El problema no es la tecnología, sino confundir respuesta rápida con comprensión profunda.

La terapia funciona distinto, funciona cuestionando, confrontando, explorando patrones, historia personal, emociones que ni siquiera sabías que estaban ahí.

Una IA puede darte información, pero solo un terapeuta puede a pensar las variables a encontrar caminos más saludables.

24/02/2026

Psicofármacos en la infancia: economía pulsional y biopolítica

El incremento sostenido de la prescripción de psicofármacos en la infancia no puede pensarse únicamente en términos de eficacia terapéutica. La pregunta clínica es necesaria, pero insuficiente. Se impone también una interrogación política: ¿qué orden social se preserva cuando se regula químicamente el malestar infantil?

En la infancia no tratamos un aparato psíquico consolidado que “porta” un síntoma como un añadido. Tratamos procesos en constitución. Como ha señalado Silvia Bleichmar, la clínica infantil permite observar momentos donde la represión originaria aún no ha estabilizado las fronteras del aparato. Intervenir farmacológicamente en estos tiempos no es equivalente a intervenir en un psiquismo ya estructurado; implica incidir en la organización misma de la economía libidinal.

Desde la metapsicología freudiana, el síntoma es una solución económica: una forma de ligar cantidades pulsionales que desbordan al yo. La excitación no ligada busca descarga. El acting, la impulsividad, la inhibición extrema o la agitación pueden leerse como intentos fallidos de tramitación. El fármaco interviene precisamente en la cantidad. Modula la intensidad, atenúa la descarga, estabiliza ritmos neuroquímicos.

Pero la cuestión no es si reduce la excitación sino qué ocurre con esa energía pulsional cuando se regula desde fuera. ¿Se crea un espacio para la ligadura representacional? ¿O se instala una modalidad de regulación heterónoma que reemplaza el trabajo psíquico? En ciertos casos, el psicofármaco puede operar como sostén transitorio que disminuye la tormenta económica y permite que algo del orden de la palabra se despliegue. En otros, puede funcionar como inhibición química del conflicto, fijando un modo de silenciamiento.

Foucault muestra cómo el biopoder define qué es una infancia aceptable, qué niveles de inquietud son tolerables, qué formas de tristeza son patologizables.

La medicalización infantil participa de una tecnología de gobierno de la vida. No gobierna mediante la prohibición, sino mediante la regulación
Se gestiona la excitación, se optimiza la atención, se corrigen desvíos conductuales. El niño deviene superficie de inscripción de un ideal de rendimiento y adaptabilidad.

No se trata simplemente de calmar a un niño que sufre, sino de producir un tipo de cuerpo infantil compatible con instituciones escolares rígidas, con tiempos estandarizados y con expectativas de desempeño precoz.

Cuando el conflicto institucional: escuelas saturadas, familias exhaustas, entornos violentos o hiperexigentes, se traduce rápidamente en diagnóstico y prescripción, el riesgo es desplazar la pregunta por el contexto hacia el cerebro del niño.

El malestar social se privatiza y se medicaliza. El síntoma deja de leerse como formación histórica y vincular para transformarse en desbalance individual. Así, el niño puede convertirse en chivo expiatorio de una organización que no se interroga a sí misma.

Esto no implica negar la indicación farmacológica en situaciones graves: riesgo suicida, desorganización psicótica, agresividad severa, epilepsias comórbidas.

Hay sufrimientos que requieren intervención biológica. Pero incluso allí, la ética clínica exige que el fármaco no sustituya el trabajo sobre el lazo.

Cuando la pastilla se convierte en respuesta mágica ante cualquier desajuste, se clausura la pregunta por el deseo, la historia y las condiciones materiales que producen desborde.

El problema no es la existencia de psicofármacos. El problema es la fantasía de que puedan sustituir la transformación de entornos, la revisión de prácticas educativas, el acompañamiento a padres saturados y la escucha del conflicto. Cuando la intervención química se vuelve automática, la clínica se empobrece y la política se invisibiliza.

No se trata de que el analista produzca subjetividad como un ingeniero social, sino de reconocer que toda práctica clínica se inserta en un campo de fuerzas que sí produce modos de infancia.

20/02/2026

Año a año, empeora!!!Uruguay tiene la peor tasa de suicidio de Latinoamérica y triplica el promedio continental

Los datos pertenecen al último registro de la Organización Mundial de la Salud, el que abarca a toda Latinoamérica.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Uruguay es el país con la tasa de suicidio más alta de Latinoamérica, con un índice de 24,8 muertes cada 100.000 habitantes. La cifra posiciona al país muy por encima del promedio continental —triplicándolo— y refleja la magnitud de un problema que desde hace años preocupa a las autoridades sanitarias.

El informe muestra una amplia diferencia entre los países de la región. Por ejemplo, el segundo lugar es ocupado por Cuba con un índice de 13,8 suicidios cada 100.000 habitantes, mientras que Venezuela se ubica tercero, alcanzando 8,6. En contraste, Perú registra la tasa más baja, con apenas 1,5 casos cada 100.000 habitantes.

La situación de Uruguay evidencia desafíos persistentes en materia de salud mental, prevención y acceso a servicios de atención. El informe de la OMS señala que estos datos subrayan la necesidad de fortalecer las políticas públicas orientadas a la detección temprana, el acompañamiento y la prevención del suicidio.

Según las últimas cifras anuales presentadas por el gobierno uruguayo en el marco del Día Nacional de la Prevención del Suicidio el pasado 17 de junio, 764 personas se quitaron la vida durante 2024.

Los datos del Ministerio de Salud indicaron que los hombres se suicidan más que las mujeres: 76% con respecto al 24%. Asimismo, el informe del gobierno señaló que los grupos etarios con las tasas más altas de suicidio fueron las personas de 80 años o más y las de entre 20 y 24 años.

Línea Vida: 0800 0767 *0767.

Línea de apoyo emocional: 0800 1920.

Funcionan durante las 24 horas, todos los días del año, sin importar a qué prestador de salud esté afiliada la persona que consulte.

08/02/2026

El desorden y la acumulación de objetos no hablan de flojera… hablan de vínculos.

Freud ya señalaba que los objetos pueden funcionar como sustitutos afectivos: se cargan de recuerdos, duelos no elaborados o deseos no dichos. Tirarlos no es limpiar, es separarse (y eso duele).

Para Melanie Klein, acumular puede ser un intento inconsciente de reparar pérdidas internas: “si conservo todo, nada se pierde del todo”. El clóset se vuelve cofre emocional.

Desde Winnicott, muchos objetos operan como objetos transicionales: no son solo cosas, son seguridades portátiles. El problema no es tenerlos, sino cuando ocupan el lugar del vínculo.

Y Lacan lo diría sin rodeos: el objeto tapa la falta. El desorden aparece cuando el objeto intenta llenar lo que no se puede llenar.

No es que no sepas ordenar, es que algo ahí todavía no se puede soltar.

Ordenar no siempre empieza con cajas.
A veces empieza con palabras.

Fuente: Tiendete tras el diván

02/02/2026

Anorexia: deseo de desaparición ante lo intrusivo del Otro.

Es posible considerar la anorexia como el rechazo, por parte de la hija, de la demanda desmedida de la madre. Se rechaza el propio apetito como resultado del intento fallido de no hacerle lugar al apetito de la madre. El apetito no es vivido como deseante. La madre abusa de la hija al intentar satisfacerla con tanto ahínco, al demandar que la hija no tenga falta alguna.

No es que no haya deseo, sino que el deseo es de nada, deseo de desaparición ante lo intrusivo del Otro.

La operación y el delirio anoréxico sobre el cuerpo son los modos con los cuales la anoréxica trata de no entrar en la psicosis, modos con los cuales ella dice al Otro, que existe, que existe como sujeto del deseo, como sujeto particular y no como una bolsa estúpida donde meter el goce del Otro.

Massimo Recalcati

Photos from Licenciada en Psicologìa's post 25/01/2026

Experimento de Rosenhan

En 1973, ocho personas completamente sanas entraron voluntariamente en hospitales psiquiátricos de Estados Unidos.

No estaban enfermas.
Pero nadie dentro de esas paredes pudo verlo.

Fue un experimento. Uno de los más inquietantes en la historia de la psiquiatría. Su autor, el psicólogo David Rosenhan, partió de una pregunta tan simple como perturbadora: ¿puede el sistema distinguir con fiabilidad la salud mental de la enfermedad?

Para comprobarlo, reclutó a ocho voluntarios. Personas comunes. Un pintor. Un ama de casa. Un pediatra. Un estudiante de posgrado.

Todos mintieron en una sola cosa.
Dijeron escuchar voces y ver cosas.

Tres palabras vagas: ver y escuchar lo que otros al parecer no ven ni escuchan.

Nada más.

No fingieron comportamientos extraños.
No exageraron síntomas.
Y una vez ingresados, dejaron de fingir por completo.

Se comportaron con normalidad.
Fueron 'educados'.
Cooperaron.
Pidieron el alta.

No lo consiguieron.

A partir de ese momento, ya no fueron vistos como personas, sino como diagnósticos.

Cada gesto cotidiano se reinterpretó desde esa etiqueta.

Tomar notas se convirtió en conducta obsesiva.

Caminar por los pasillos, en búsqueda patológica de atención.
Ser amable, en autocontrol propio del trastorno.

Siete fueron diagnosticados con esquizofrenia.
Uno, con trastorno maníaco-depresivo.
Ninguno fue considerado sano.

Pero hubo quienes sí lo notaron.

Los pacientes reales.

Algunos se acercaron en voz baja y dijeron:

“Tú no eres como nosotros. No deberías estar aquí”.

Aquellos a quienes el sistema consideraba enfermos vieron con claridad lo que los expertos no supieron reconocer.

La estancia media fue de diecinueve días.

Uno de los voluntarios permaneció cincuenta y dos.

Cada jornada reforzaba la misma conclusión:
una vez impuesta la etiqueta pesaba más que la realidad.

Cuando Rosenhan publicó el estudio, titulado "Sobre la cordura en lugares dementes",
la reacción fue explosiva.

Parte de la comunidad psiquiátrica lo rechazó
con furia.
Un hospital lo desafió públicamente: si enviaba nuevos impostores, los detectarían sin dificultad.

Rosenhan aceptó.

Durante los meses siguientes, ese hospital afirmó haber identificado a cuarenta y un falsos pacientes.

Rosenhan no había enviado a ninguno.

La lección fue imposible de ignorar.

El diagnóstico, en muchos casos, no se basaba en hechos objetivos, sino en el contexto.

Una vez etiquetada, la persona quedaba atrapada en una narrativa de la que era casi imposible salir, incluso estando sana, incluso diciendo la verdad.

El experimento impulsó cambios importantes en los criterios diagnósticos y en la forma de entender la salud mental.

Pero dejó, sobre todo, una advertencia incómoda:

La percepción puede distorsionar la realidad más que la propia enfermedad.
Y a veces, la ilusión más peligrosa no es la de quienes dudan, sino la de quienes están convencidos de que siempre tienen razón.

En 1973, ocho personas sanas entraron en hospitales psiquiátricos.
@
Salieron con una verdad que el mundo
ya no pudo ignorar.

17/12/2025

"Y si vas a sobrepensar, hazlo también imaginando los escenarios donde todo sale bien".

No todo pensamiento anticipado tiene que ser una amenaza; también podemos imaginar estar en calma, resolviendo, avanzando, encontrando caminos.
La mente también puede ser un lugar seguro con el entrenamiento para mirar acertivamente.

03/12/2025

Cuando las amistades son proyectos que se programan y se mantienen a base de actualizaciones periódicas

Las conversaciones, se han vuelto funcionales: un repaso rápido de las últimas semanas, un resumen de lo que cada una ha hecho y lo que planea hacer.

Cada vez más se percibe que los amigos han pasado de ser parte de la vida cotidiana a un compromiso calendarizado para repasar los últimos acontecimientos de su vida.

Es lo que en el mundo anglosajón se ha bautizado como catch-up culture, una forma de relación en la que la amistad se vive a base de “ponerse al día” de vez en cuando, en lugar de compartir tiempo y experiencias de forma continuada.

Ver a las amistades, además, requiere hoy en día coordinación, recordatorios y hasta algún que otro Doodle. La espontaneidad, ese rasgo que en la juventud definió la vida de casi todos, se ha convertido en un lujo que pocos pueden permitirse. Lo que tiene consecuencias: “Me hace sentir irrelevante en la vida de mis amigos, como si yo fuera una tarea más en su lista de cosas que hacer: llevar el coche a la ITV, reservar vuelos para las vacaciones y tomar un café de dos horas con quien durante años fue una de sus mejores amigas”.

La amistad como tarea

En opinión del sociólogo Francesc Núñez, de la Universitat Oberta de Catalunya, esta transformación es parte de algo estructural. “La vida se ha convertido para muchas personas en una especie de listado de tareas que tiene que llevar a cabo”, afirma. “Vivimos, como dice el sociólogo Hartmut Rosa, en un régimen de aceleración, de eficiencia, de competencia. Y este fenómeno es la aplicación a las agendas de la lógica neoliberal que nos empuja a gestionarlo todo como si fuera un plan de empresa”.

La amistad, como todo en la vida adulta, parece depender de un calendario y de la productividad del tiempo y se somete a la lógica del rendimiento.

“La amistad se acaba convirtiendo en una especie de tarea, un capital que hay que gestionar para que te salga a cuenta”. Ya no basta con estar; hay que invertir tiempo, optimizarlo y medir su retorno emocional o simbólico.

La trampa de la eficiencia emocional

La psicóloga Sylvie Pérez, y colaboradora también de la UOC, cree que “vivimos en un mundo que va demasiado rápido, donde los pocos espacios que nos dejamos libres quedan siempre llenos”. Por eso, dice, los adultos acaban agendando la amistad para “autoobligarse a mantenerla”. No tanto porque quieran convertirla en una tarea más, sino porque, si no lo hicieran, desaparecería del todo.

Pero esa necesidad de programar los encuentros tiene un efecto colateral: la catch-up culture. “Confundimos comunicar las cosas con compartir de verdad. Compartimos lo que hemos hecho, no vivimos el estar haciendo”, advierte Pérez. Lo que antes era una experiencia conjunta: una cena, una caminata, una tarde sin propósito… Se sustituye por una narración: nos contamos la vida en lugar de vivirla juntos.

Compartimos lo que hemos hecho, no vivimos el estar haciendo

El resultado es una paradoja moderna: los amigos siguen “ahí”, pero están cada vez más lejos. “Sabemos que no estamos solos, pero nos sentimos solos”, dice la psicóloga. “Sabemos que hay gente, pero no hay una conexión profunda. Falta esa presencia física y simbólica que da sentido al vínculo”.

Redes que conectan, pero no acompañan
En apariencia, las redes sociales deberían ayudar a suavizar esa distancia. Nos permiten estar “al día” de la vida de los demás: cumpleaños, viajes, logros, mudanzas... Pero esa ilusión de proximidad, advierte Pérez, “mantiene el vínculo solo a nivel comunicativo”. Es una conexión sin convivencia.

Núñez lo formula con más dureza: “Con las redes sociales ha pasado que, de ser un sustituto necesario, se han convertido en una preferencia. Ahora es mucho mejor para algunos ver a la abuelita en la pantalla que ‘perder’ el tiempo necesario en ir a verla”. En otras palabras, el contacto virtual ya no compensa la distancia, sino que la consolida.

El peligro, insiste el sociólogo, es que la virtualidad ofrece una “proximidad aparente” que acaba desplazando a la experiencia real. “Son relaciones deficientes, pero aparentemente cálidas”, asegura. La pregunta que surge a continuación, concluye, es devastadora: “¿En qué hemos convertido la amistad?”

Cuando por fin coinciden (en ocasiones tras semanas o meses cuadrando agendas), el plan es predecible: una comida larga, muchas actualizaciones y poca vida compartida. “Pero es que si llevo tanto tiempo sin ver a alguien, tampoco me apetece ir con ella al cine”, dice. “Tengo ganas de estar con ella y hablar todo lo que no hemos hablado”.

A su juicio, el problema no es solo la falta de tiempo, sino el cambio de prioridades. “A cierta edad, los amigos ya no somos una prioridad en el proyecto de vida de nadie. En cuanto alguien tiene pareja o un buen trabajo, eso pasa por delante. Y lo entiendo, pero me hace sentir más sola que nunca”.

Su testimonio revela una de las facetas más duras del fenómeno del que hablamos: la llamada soledad acompañada. No se trata de aislamiento físico, sino de una desconexión íntima en medio del ruido social. “Creo que estamos en una época de estar muy solos”, admite. “Nos contamos, pero no ‘vivimos’ juntos, no compartimos. Y cada vez va a más”.

Cómo escapar de lo que parece inevitable

Ante esta deriva se propone una forma de resistencia: la “amistad lenta”. Inspirada en movimientos como el slow living, reivindica “quedar sin propósito, sin límite, simplemente para estar”. Frente a la lógica del rendimiento, esa lentitud se convierte en un gesto casi político. “Hay que desprogramar esta aceleración, aprender a convivir sin objetivos”, dice. “El enemigo es sutil, pero está en nuestras manos vivir de otra manera”.

Pérez coincide: “No se trata de dejar de agendar, sino de dar valor simbólico a los encuentros”. Cocinar juntos, pasear, dedicar tiempo sin productividad ni expectativas. “No para producir algo, sino para ritualizar momentos”.

La amistad, recuerda, no siempre tiene que ser permanente para ser valiosa. “Hay amistades longitudinales, que duran años, y otras transversales, más breves, pero igualmente significativas. No debemos culpabilizarnos si cambian. Lo importante es que sean sinceras y que tengamos esos encuentros porque realmente nos apetecen”.

En tiempos de hiperconexión, recuperar el “estar” se ha convertido en un sistema de defensa. Una amistad verdadera quizá no consista ya en saberlo todo del otro, sino en compartir las pequeñas pausas que el mundo nos permite.

02/12/2025

DESEDUCADORES

Los que dicen “déjalos un ratito más” cuando estás tratando de que los chiquilines se vayan a dormir.

Los que regalan el juguete caro, repetido, al cuete, con 14 baterías, ruidoso, exactamente opuesto al chiche didáctico, simple, artesanal, que estás tratando de imponer.

Los que invitan con comida chatarra cuando estás tratando de que coman sano.

Los que elogian las guarangadas y la falta de respeto como si fueran “virtudes”.

Los que alientan el uso del “chupete electrónico”.

Los que prenden la tele cuando los chiquilines intentan hacer los deberes.

Los que ni por casualidad se les ocurre sentarse a ayudarlos.

Los que cuando les preguntan algo responden: “googlealo”.

Los que después se quejan de que los hijos no les dan bola, cuando hacen lo mismo que los adultos les hacen a ellos: ignorarlos.

Los que alegremente pregonan: “las maestras no saben nada”.

Los que se quejan de que los jóvenes no leen, pero no agarran un libro ni distraídos.

Los pretendidamente opuestos a la violencia en las canchas pero que se transforman en energúmenos a la primera decisión en contra de su cuadro.

Los adictos a las dr**as “legales”, que se escandalizan ante el consumo de las dr**as “ilegales”.

Los que pregonan: “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”.

Los que compran cada chucheria que el niño les pide.

Los que confunden celebrar con consumir.

Los que no se animan a frustrar ninguna conducta inadecuada. Peor! Las justifican.

Los que defienden cualquier salvajada de sus hijos con el argumento: “lo único que quiero es que sean felices”.

Los idealistas de la “niñez eterna”, que rechazan cualquier posibilidad de que sus hijos maduren.

Los que confunden culpar, con responsabilizar.

Los que confunden castigo, con frustrar conductas equivocadas.

Los que confunden autoridad con autoritarismo.

Los que se confunden a sí mismos, creyéndose adolescentes eternos.

Los que avergüenzan a los hijos con su propia inmadurez.

Los que se burlan de los chiquilines cuando cumplen con sus responsabilidades.

Los que desestiman sus logros.

Los ignorantes que olvidan que sus hijos los miran, y copian.

Los DESEDUCADORES y las macanas que cometen “sin querer queriendo”, como decía el Chapulin Colorado, son una epidemia, no del todo visible, creo.

Pero tiene efectos contundentes.

Deberíamos recordarlo, sobre todo cuando clamamos porque “la educación es un desastre”, y la culpa solo se la adjudicamos a las maestras…

Siempre es más fácil ver la paja en el ojo ajeno…

Columna “Los psicólogos no sirven para nada”.

21/11/2025

Encuadre terapéutico
Un limite que no es ni rigidez, ni permisividad; sino claridad funcional.

En terapia, el encuadre (honorarios, horarios, políticas de cancelación, medios de contacto, etc.) no es un formalismo administrativo, sino parte del proceso clínico. Establece los límites que permiten sostener la relación terapéutica sin confundir cuidado con complacencia.

Toda relación, también la terapéutica, se regula por contingencias: acuerdos, reforzadores y límites. Si uno de esos elementos se rompe o se vuelve ambiguo, la conducta de ambos (terapeuta y consultante) se ve afectada.

Un encuadre claro reduce la ambigüedad contingencial: evita que el terapeuta se vuelva un reforzador inconsistente y que el consultante experimente la relación como arbitraria o caótica.

No se trata de “rigidez”, sino de coherencia funcional:

Muchos consultantes interpretan las políticas (como el aviso de 24 o 12h) como frialdad o inflexibilidad.
Sin embargo, las reglas tienen una función reguladora y previenen malentendidos, refuerzan la responsabilidad compartida y sostienen la continuidad del trabajo.

Cuando un consultante reacciona con enojo, culpa o victimismo, puede estar ocurriendo:

Evitación experiencial: el malestar por la pérdida (económica, de control, o de acceso al terapeuta) se proyecta en forma de queja o reproche moral.

Regla autojustificadora: “si cancelo por algo urgente, el terapeuta debería entenderlo”
lo que en realidad mantiene el patrón de evitar asumir consecuencias.

Búsqueda de refuerzo social: obtener comprensión, exoneración o culpa del otro, para reducir disonancia.

El terapeuta también puede caer en su propio bucle:

Evitar el malestar de cobrar.
Sentir culpa y ceder “para no parecer duro”.
Convertir su propio miedo al conflicto en conducta de rescate, debilitando el encuadre.

El encuadre no se sostiene con control, sino con coherencia valiosa.

El terapeuta cobra y mantiene límites no porque “sea inflexible”, sino porque valora su tiempo, su trabajo y la integridad del proceso.

El consultante, al comprometerse con los acuerdos, entrena flexibilidad psicológica: aprender a tolerar el malestar natural de los límites sin convertirlo en excusa o ataque.

El encuadre no es un contrato que se impone, sino una red de contingencias claras que cuida la relación terapéutica.

Cuando se respeta, hay orden, confianza y continuidad.

Cuando se rompe o se negocia desde la culpa, aparece la ambigüedad que refuerza la evitación.

En terapia, como en la vida, los límites adecuados no castigan, enseñan responsabilidad, sostienen el compromiso y permiten que el cambio sea posible.

¿Quieres que tu escuela/facultad sea el Escuela/facultad mas cotizado en Montevideo?

Haga clic aquí para reclamar su Entrada Patrocinada.

Localización

Categoría

Página web

Dirección


Montevideo

Horario de Apertura

Lunes 09:00 - 17:00
Martes 09:00 - 17:00
Miércoles 09:00 - 17:00
Jueves 09:00 - 17:00
Viernes 09:00 - 17:00