19/01/2023
EL DESTACADO DE TDD
A fines de 2001 estaba terminando la reforma de mi casa. El último de los albañiles que trabajó en la obra fue Javier. Era un muchacho treintón, bajo y robusto, de barba rala y cabello largo hasta la mitad de la espalda, siempre vestido con remeras de ACDC o de alguna otra banda metalera. Hablaba poco y mascullando. Compensaba cierta rusticidad con un carácter afable y sencillo.
A Javier le tocó la ingrata tarea de llenar las juntas de los pisos de layota de los patios, que cubrían algo así como 90 metros cuadrados. Preparaba la mezcla y, agachado durante horas bajo el sol de diciembre, la esparcía con destreza y la emparejaba con la cuchara. Luego pasaba una esponja mojada para alisar y limpiar los bordes terracotas. Hacía la tarea con el mayor cuidado, como si se tratara de baldosas de porcelanato. Era impecable. Cuando terminó y nos despedimos, se puso a la orden para cualquier otra tarea. Le agradecí y le aseguré que contaría con él en el futuro.
Al siguiente verano, renuncié a mi último empleo en la Dirección de Arquitectura de CASMU y me robaron el auto, todo en el lapso de un mes. Con lo que cobré de la liquidación y el seguro, me dispuse a hacer algunas reformas en el local de TDD de Br. España para contar, por primera vez, con dos aulas. Llamé a Javier y le encargué algunos trabajos.
Una noche, pocos días después de haber acordado con él, me llamó la muchacha que por entonces era su esposa, desesperada. “Javier tuvo un infarto. Está internado en el Pasteur, muy grave. Me pidió que te llamara para avisarte.” Al día siguiente fui a visitarlo. Se le veía animado a pesar de la gravedad de su estado. Parecía más preocupado en disculparse por no poder hacer el trabajo que por su propia salud. “Usted no puede volver a cargar ni un balde de mezcla”, le había advertido el médico que lo trataba.
Semanas después recibí la visita de Javier en TDD. Estaba recuperado. Me agradeció la ayuda que le había brindado (que en realidad fue poquísima) mientras estuvo internado y se puso a la orden, consciente de que no podría realizar tareas físicas. Ahí mismo se me ocurrió hacerle la propuesta:
–Javier, no tengo otro trabajo para darte ahora. Lo que te puedo ofrecer es enseñarte mi oficio. Tal vez te guste y te ayude a abrir nuevos caminos.
Creo que ni él ni yo pensábamos que tuviera futuro en el diseño digital, pero lo cierto es que Javier no tenía opciones en aquel momento. Los primeros cursos que hizo fueron Corel y Photoshop. Anduvo muy bien, considerando que jamás antes había trabajado con una computadora y que no tenía conocimiento alguno de diseño. Y se animó a dar un paso más osado: aprender Autocad, que era el bicho más antipático entre las herramientas de diseño de aquel momento. Aprendió, tanto o más que algunos compañeros de curso con experiencia en arquitectura. Luego siguió con 3DS Max, Flash, Dreamweaver…
En un año y medio, Javier se convirtió en diestro usuario de programas de diseño, animación 3D y web. Se reinventó. Fue otro, salvo en la humildad y bonhomía que nunca perdió. Tan otro fue, que Bertha, una compañera de la academia que lo miraba de soslayo en los primeros tiempos de su integración al TDD, terminó enamorada casándose con él (previa disolución de su anterior matrimonio, por supuesto). Esto ocurrió hacia 2007. Creo que pocos años después de desvincularse de la academia migraron a Alemania y ahí les perdí la pista.
El TDD cumplió un rol importante en la transformación definitiva de la caja de herramientas de los diseñadores uruguayos de todas las ramas de actividad. El ejemplo más claro de tal transformación lo observamos en quienes trabajaban en el campo de la arquitectura. En 1993, cuando empecé a enseñar Autocad, las entregas de facultad no podían hacerse mediante herramientas informáticas. Una docena de años después, la Fadu solo aceptaba entregas hechas por computadora. Algo similar ocurrió en el campo del diseño gráfico, la animación y la fotografía, todas áreas en las que en algún momento nos especializamos. Así, lo manual se convirtió en digital.
Por supuesto siento satisfacción por lo logrado en TDD durante estas tres décadas. Grandes profesionales pasaron por nuestras aulas y otros se convirtieron en exitosos luego de pasar por allá en su época de estudiantes –no significa que nos atribuyamos algún mérito por su éxito-. En casos como el de la numerosa familia Dieste, tres generaciones hicieron cursos con nosotros. Más de 10.000 alumnos en total. No da como para colgarse una medalla, pero tampoco fueron logros menores.
Entre tanta historia y tanto alumno, Javier se destacó. Es una persona que, sin saberlo, hasta hoy me ayuda a pensar y entender que el TDD valió la pena aún en momentos duros como los actuales. Un estudiante que, si hubiese sido el único que pasaba por aquellas aulas en 30 años, habría sido suficiente para justificar la existencia de la academia. Un gran ejemplo. Símbolo de la razón de ser del TDD.
(Foto: "staff" incompleto de TDD hacia 2008. En el centro de la imagen, con buzo multicolor, Javier.)
(Memorias de 30 años. Escrito por Germán Parula, director de TDD)