08/02/2026
“NO ME RESTAURES. TE LO PROHÍBO. ¿LO OYES?”
—Sí, Señor, te lo prometo, no te restauraré.
—Gracias —me contestó el Cristo.
Su tono volvió a darme confianza.
—¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes, Señor, que va a ser un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele?
—Eso es lo que quiero. Que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo: rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda.
¡NO ME RESTAURES!
A ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele; a ver si así, roto y mutilado, te sirvo de clave para el dolor de los demás.
(Fragmento de Mi Cristo Roto, P. Ramón Cué, S.J.)
Reflexión
Vivimos en un mundo obsesionado con reparar lo que se ve, pero muchas veces ignoramos lo que no se alcanza a mirar.
Nos duele ver un Cristo con los brazos rotos, una imagen desgastada o una cruz deteriorada. Sin embargo, pasamos de largo frente a personas cuyo corazón está mucho más roto que cualquier escultura.
Hay quienes ya no encuentran trabajo y sienten que perdieron sus brazos.
Hay quienes han visto cerrarse todas las puertas y sienten que ya no tienen camino.
Hay quienes fueron humillados, rechazados o señalados hasta perder su dignidad.
Hay enfermos que esperan una visita.
Hay ancianos que pasan días enteros sin que nadie los llame.
Hay jóvenes que sonríen por fuera mientras por dentro están librando una batalla que nadie conoce.
Y Cristo nos dice: “Míralos. Ahí estoy Yo.”
El Señor no desprecia el arte sagrado ni el cuidado de los templos. Al contrario, la Iglesia siempre ha procurado ofrecer a Dios lo mejor. Pero ninguna restauración material tendrá sentido si nuestro corazón permanece indiferente ante el sufrimiento del prójimo.
Quizá por eso este Cristo roto conmueve tanto. Porque nos obliga a hacernos una pregunta incómoda:
¿Qué hago cuando me encuentro con un Cristo roto de carne y hueso?
¿Me detengo? ¿Escucho? ¿Acompaño? ¿Ayudo? ¿Rezo? ¿O simplemente sigo mi camino?
Jesús quiso identificarse con los más pequeños para que nunca pudiéramos decir que no lo encontramos.
Cada pobre, cada enfermo, cada abandonado, cada persona herida por la vida es una oportunidad para amar al mismo Cristo.
Que al contemplar un Cristo roto no solo sintamos tristeza por una imagen dañada, sino que despertemos del adormecimiento espiritual y aprendamos a reconocer a Jesús en quienes el mundo ha olvidado.
Porque quizá el milagro que Cristo espera no es que restauremos una imagen…
Sino que ayudemos a restaurar una vida.
“Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo hicieron.” (Mt 25,40)