21/12/2024
El arte de no saber qué hacer con las manos
Esa tarde entré al café más elegante que había encontrado en la ciudad. Había decidido que ya era hora de darme un momento "sofisticado". Todo estaba perfecto: la luz suave, los sillones que parecían tronos y la vajilla de porcelana que gritaba "esto cuesta más de lo que ganas en una semana". Pedí té, porque parecía lo correcto, aunque no tenía idea de cómo disfrutarlo sin parecer fuera de lugar.
El problema vino cuando llegó la tetera y todas esas tazas pequeñas. De pronto, mis manos parecían no coordinar. ¿Cómo sujetar la taza sin parecer demasiado formal? ¿Y si la sostenía como en las películas? Intenté un par de posturas: una mano en la taza, la otra en la mesa; luego ambas manos en la taza para mayor estabilidad. Cada vez que cambiaba, veía mi reflejo en la mesa pulida, juzgándome silenciosamente.
Para colmo, el camarero pasó justo cuando intentaba levantar la tetera con demasiada seriedad y me soltó:
—¿Primera vez aquí?
Me reí incómodo, tratando de salvar la dignidad, pero él ya se había ido antes de que pudiera responder. Terminé mi té a pequeños sorbos, disfrutando más del momento en el que finalmente dejé de pensar en mis manos y solo me dediqué a mirar cómo la gente entraba y salía. Al final, el verdadero lujo fue eso: un rato para desconectar, aunque tuviera un comienzo torpe.