08/05/2025
"No varón, las cosas no son lo que parecen"
Hace muchos años, cuando aún me sentía parte de algo sagrado, vivía en Taquillo, un pueblito calmo, casi detenido en el tiempo. La paz de la colonia se debía, al menos en apariencia, a la presencia de los hermanos de La Luz del Mundo. Vivíamos como una gran familia, regidos por normas claras y la palabra de Dios. Yo era uno más entre ellos, convencido de que caminaba por el sendero correcto, guiado por hombres santos.
El ministro a cargo de nuestras almas era el hermano Eradio Antonio Pereira. Para mí, era casi como un ángel encarnado: justo, manso, sabio. Lo admiraba. Y sí, confiaba en él como se confía en los elegidos.
Mi vida diaria era sencilla. Trabajaba en la Coca Cola como ayudante de ventas. Mi deber consistía en ofrecer el producto en tiendas y bares, en negocios grandes y pequeños. Era una labor humilde, pero me bastaba. Me gustaba andar entre la gente, cruzar palabras amables, y saber que contribuía al sustento de mi familia.
Una tarde cualquiera, llegué como siempre al puerto de La Libertad, haciendo mi recorrido habitual entre los puestos de la playa. Me acerqué al local de doña Etelvina y le pregunté si quería que le llenara la cámara. Me respondió que sí, que aprovechara para sacar los envases vacíos de Traspatío, pues había promoción.
Entré al fondo del local y fue ahí cuando mi alma comenzó a quebrarse. En una mesa arrinconada, medio escondidos por la sombra y el murmullo del mar, reconocí unos rostros que me helaron la sangre: era el hermano Eradio, y junto a él, el hermano Chepito Portillo. Ambos tenían mujeres jóvenes sobre sus piernas, riendo entre trago y trago. En la mano de Eradio brillaba una Suprema, y Chepito sostenía una Pilsener con la soltura del que ya ha perdido el temor.
Me quedé paralizado. Ellos no me vieron, o fingieron no verme. Alcancé a escuchar a Chepito decir algo vulgar sobre cómo la muchacha lo había “ordeñado muy rápido”. Tuve que apretar los dientes para no gritar. Terminé de sacar los envases y me les planté enfrente.
—No puedo creer lo que estoy viendo —les dije, con la voz hecha trizas—. Yo tengo el celo de Dios en el corazón.
El hermano Eradio, con la boca suelta por el licor, me miró apenas y dijo aquellas palabras que me retumban aún hoy:
—Varón... no malinterprete la situación... las cosas no son lo que parecen —y eructó como si hubiera hablado un perro, no un hombre.
Salí de ahí herido. Me aparté de la iglesia por semanas. No podía orar, no podía cantar, no podía mirar a mis hermanos a los ojos sin sentir un abismo entre nosotros. Cuando regresé, ya no era el mismo. Mi fe estaba agrietada.
Tiempo después, conté todo al hermano Felipe Amaya. Le hablé no sólo de aquella escena, sino de cómo vi con mis propios ojos al hermano Eradio tomar dinero del arca de las ofrendas, como si fuera suyo. Felipe me escuchó y me mandó con el distrital. Pero nada pasó. Todo quedó en silencio, como si mis palabras fueran polvo. Tiempo después me enteré que recogieron de la obra a Eradio Pereira, más no a Chepito portillo.
Lo que más me hiere es que ahora que Eradio ya no está en la obra, ha abierto un canal en TikTok. Habla ahí de la "Elección", como si aún fuera digno, como si Dios no hubiera visto sus pecados. Algunos dicen que quiere reivindicarse, que pide compasión. Pero yo no puedo. Yo lo vi. Yo sé lo que hizo.
No, varón. Las cosas sí eran lo que parecían.
Y eso… eso no se me olvida.
06/12/2024
27/11/2024
26/06/2024
03/04/2024
10/12/2023