02/11/2025
El poder, la violencia y el silencio: cuando los intereses políticos y personales desplazan la ética académica
La universidad, llamada a ser un espacio de libertad, pensamiento crítico y servicio a la sociedad, enfrenta un desafío silencioso pero profundo: la erosión de su ética académica ante la creciente influencia de intereses personales y políticos en sus estructuras internas.
Cuando las decisiones dejan de responder a criterios de mérito, justicia y capacidad, y se subordinan a conveniencias, lealtades o alianzas, la academia pierde su esencia y se convierte en un terreno de poder, manipulación y desigualdad.
El abuso de autoridad en la educación superior no siempre se manifiesta abiertamente. A menudo adopta formas más sutiles: presiones indebidas, imposiciones jerárquicas, favoritismos, silencios estratégicos o exclusiones deliberadas. Estas dinámicas, revestidas de formalidad institucional, terminan afectando la integridad psicológica, profesional y emocional de quienes se niegan a someterse.
Y cuando las víctimas son mujeres —muchas veces las únicas en espacios dominados por hombres—, esa violencia se entrelaza con el sesgo de género, que busca deslegitimar, aislar o controlar a quien no encaja en los moldes tradicionales de obediencia o subordinación.
La violencia institucional se consuma cuando la autoridad se usa como mecanismo de coerción, cuando el liderazgo se impone por temor y no por ejemplo, y cuando el mérito académico es reemplazado por el cálculo político. Este fenómeno refleja una crisis ética más profunda: la pérdida del sentido público de la universidad.
En lugar de ser un espacio de construcción colectiva, se transforma en un escenario donde el poder se administra como propiedad privada y no como responsabilidad social.
El silencio institucional frente a estas prácticas constituye una segunda forma de violencia. Callar, minimizar o desviar la atención ante los abusos de poder perpetúa la impunidad y normaliza la injusticia. Cada omisión resta credibilidad a la universidad y traiciona su misión de formar ciudadanos críticos, libres y éticos.
Revertir esta cultura requiere más que reglamentos: demanda liderazgos con conciencia ética, transparencia en los procesos y una profunda revisión de las estructuras que reproducen la desigualdad.
Las universidades deben colocar nuevamente el conocimiento, el mérito y la integridad en el centro de sus decisiones.
No se puede hablar de libertad académica cuando impera el miedo. No se puede hablar de justicia cuando la conveniencia pesa más que la verdad.
El lema “Hacia la libertad por la cultura” no debe ser una frase institucional, sino un compromiso ético.
Significa erradicar toda forma de abuso, coerción y manipulación; significa construir una universidad coherente con los valores que enseña; significa recordar que la autoridad solo tiene legitimidad cuando se ejerce con justicia, respeto y propósito.
Solo así, la universidad podrá volver a ser lo que siempre debió ser: un espacio de pensamiento libre, equitativo y verdaderamente humano.