15/09/2026
15 de septiembre: entre la independencia celebrada y la libertad pendiente
Cada 15 de septiembre, El Salvador se viste de símbolos patrios. Banderas, desfiles, himnos y discursos nos recuerdan que, en 1821, Centroamérica rompió políticamente con el dominio de la monarquía española. Esa independencia es un hecho histórico y forma parte de nuestra memoria como pueblo. Sin embargo, esta celebración también puede convertirse en una oportunidad para hacernos una pregunta más profunda: ¿qué significa realmente ser independientes y libres?
La pregunta no pretende negar nuestra historia ni restarle valor a la independencia política. Más bien busca mirar la realidad que existe detrás de los símbolos. Porque una nación puede ser políticamente independiente y, al mismo tiempo, tener grandes sectores de su población condicionados por la pobreza, la exclusión, la falta de oportunidades o la dificultad para acceder dignamente a derechos fundamentales.
En este sentido, resulta sugerente aquella observación de Nicolás Maquiavelo en El Príncipe, obra escrita en 1513 y publicada posteriormente en 1532: «el vulgo se deja cautivar por la apariencia y el éxito» (cap. XVIII). En su contexto original, Maquiavelo reflexiona sobre la relación entre el gobernante, la reputación y la percepción de quienes son gobernados. Traída con cautela a nuestra realidad, esta observación puede ayudarnos a formular una pregunta: ¿hasta qué punto una sociedad puede quedar fascinada por los símbolos del éxito y por aquello que se muestra, sin detenerse suficientemente a examinar aquello que permanece oculto?
Los tiempos cambian, los discursos cambian y también cambian los protagonistas; sin embargo, algunas dinámicas de poder pueden reaparecer bajo nuevos rostros y nuevos discursos. Por eso, la celebración de una patria no debería limitarse a contemplar sus símbolos, sino que también debería llevarnos a preguntarnos por la realidad de quienes la conforman.
¿De qué sirve hablar de libertad si todavía existen personas cuya vida está condicionada por la pobreza? ¿Qué significa la independencia para quien no tiene acceso suficiente a educación, salud, vivienda, trabajo digno o condiciones que le permitan desarrollar plenamente sus capacidades?
Aquí adquiere una fuerza especial la pregunta de Ignacio Ellacuría, S.J.: «¿Cómo hablar de libertad en un pueblo donde lo que predomina es la esclavitud a la pobreza?». La pregunta no obliga a negar la existencia de una libertad política o jurídica; nos obliga, más bien, a preguntarnos por una libertad que pueda ser realmente experimentada y ejercida en la vida concreta de las personas.
Y es precisamente aquí donde la reflexión adquiere también una dimensión cristiana. San Óscar Arnulfo Romero, en su homilía del 1 de enero de 1978, exhortaba a los salvadoreños: «amad a vuestra patria, estudiad vuestra historia, conoced vuestra idiosincrasia, sed salvadoreños profundamente». Pero su amor a la patria no era un patriotismo ciego: en la misma homilía recordaba que amar la propia tierra también significa reconocer sus pecados y pedir misericordia por ellos.
Esto resulta particularmente importante. Amar a El Salvador no significa negar sus heridas. Tampoco significa aceptar sin cuestionamiento todo aquello que se presenta como éxito, progreso o grandeza nacional. Amar verdaderamente a un pueblo implica conocer su historia, reconocer sus luces y sus sombras y desear que las condiciones de vida de sus habitantes puedan transformarse.
Unos días después, el 5 de enero de 1978, Romero expresaba otra convicción que resulta profundamente significativa: «Quiere Dios salvarnos en pueblo. No quiere una salvación aislada». Para él, el pueblo no debía entenderse simplemente como una masa de personas, sino como «una comunidad de hombres donde todos conspiran al bien común».
Desde esta perspectiva, la pregunta por la independencia también puede convertirse en una pregunta por el bien común. No basta con preguntarnos si una nación es jurídicamente independiente; también debemos preguntarnos qué condiciones existen para que quienes forman parte de ella puedan vivir con dignidad, libertad, justicia y esperanza.
Entonces, quizá el problema no sea preguntarnos simplemente si El Salvador es o no independiente. La independencia política de 1821 pertenece a nuestra historia y no necesita ser negada. La pregunta más profunda es otra: ¿qué hemos hecho con esa independencia y cuánto hemos avanzado hacia una sociedad verdaderamente libre, justa y digna para todos?
Porque la patria no es solamente el territorio que habitamos, ni la bandera que levantamos, ni el himno que cantamos. La patria también son las personas concretas que la forman: quienes trabajan, estudian, sirven, sufren, esperan y luchan cada día por salir adelante.
Por eso, una mirada crítica sobre el 15 de septiembre no tiene por qué ser falta de patriotismo. Puede ser, precisamente, una forma más exigente de amor a la patria. Amar al propio país también significa tener el valor de reconocer sus heridas, sus contradicciones y aquello que todavía necesita ser transformado.
La verdadera libertad no debería reducirse a una fecha en el calendario. La independencia política fue un acontecimiento histórico; la construcción de una sociedad donde la libertad, la justicia, la dignidad y el bien común alcancen realmente a todos sigue siendo una tarea histórica.
Quizá por eso, más que preguntarnos únicamente qué celebramos este 15 de septiembre, deberíamos preguntarnos:
¿Qué tipo de patria estamos construyendo?
Y, desde nuestra fe:
¿Estamos ayudando a construir una patria donde cada persona pueda vivir con dignidad, libertad, justicia y esperanza?
Porque una patria verdaderamente libre no es solamente aquella que recuerda que un día dejó de depender de otro poder, sino aquella que trabaja cada día para que ninguno de sus hijos tenga que vivir sometido a la pobreza, la exclusión, la injusticia o la desesperanza.