04/01/2018
JOSÉ SEGUNDO DECOUD. UNA CARTA DE SUICIDIO.
José Segundo puso fin a su vida en Asunción el 4 de marzo de 1909. La carta de despedida a su esposa, según la conserva su nieto Francisco Legal, dice:
“Benigna mía: ¡Qué dudas terribles afligen mi espíritu! ¡Haber pensado tanto en una solución y luego vacilar en el último instante! Un frío sudor, sombrío como el anuncio de una inminente desgracia, recorre mi cuerpo aterido y experimento la insondable sensación de hallarme en los umbrales de dos mundos. Pasajeros de la vida, en fin, ese es nuestro destino. Nuestro albedrío solo puede alargar una agonía por años o beber la copa en un instante. He ahí, en pocas palabras, la cruel duda que se apodera de mí. Y solo yo debo tomar la decisión.
Pasaran por mi retina, como un caleidoscopio mágico, los lejanos recuerdos de la juventud. Las cruentas batallas contra la tiranía en la guerra grande. Nuestro amor, santificado ante el altar. El nacimiento de nuestros hijos. Mis desvelos por la cosa pública. Y debo confesarte un pecado. Te sacrifiqué a ti y a mi adorada familia, ante el altar de la Patria. Todos mis afanes se centraron en ella y postergué a los míos. ¿No es hora que yo, finalmente, me sacrifique? ¿Que beba de la copa de la amargura? ¿Que en un acto terriblemente sublime, pague la culpa de haberos olvidado? Nunca escuché de tus labios ningún reproche, solo alguna que otra velada advertencia sobre los que se decían mis amigos, al menos, a quienes yo tenía por tales, que nunca me comprendieron, y que más bien me vilipendiaron.
Jamás acepté el despojo de la nación. Por eso no acumulé fortuna. Mientras tanto, otros, cubiertos bajo el palio de mi entrega total a la República, forjaron inmenso patrimonio poniendo el pueblo en almoneda. Decían por ahí que mi honestidad me tornaba peligroso, porque mientras yo sabía el abordaje consumado contra el Tesoro público, no me complicaba con nadie, lo que me permitía ser juez de todos ellos. Y alguna vez podría sentarlos en el banquillo. Sacaron a luz mi ambición. ¿Acaso mi ambición no estaba colmada con creces, habiendo servido a mis compatriotas desde 1864 hasta la víspera? Tantos años trabajando por la Patria, ¿no refutan acaso la falsa imputación? Dicen mis detractores que yo fundé la Asociación Nacional Republicana para mi provecho. Pero ¿quienes son los favorecidos? Los que tienen opulentos palacios en Asunción y grandes estancias en la campaña y puertos en el litoral que compiten con el capitaleño, pero con un tráfico reconocidamente ilegal. ¿Y los beneficiarios de los grandes empréstitos, como los Gill, Bareiro y el Gral. Caballero? ¿Y sus conmilitones? ¿Y los que fundieron varios bancos? A todos ellos les digo: ¡Vade retro, Satanás! Con mi casa hipotecada y mis compromisos que, por honor, trabajosamente voy pagando y que me matan de a poco cada día. No faltan los que me llaman “traidor a la Patria”, por haber participado de una cruzada americana para libertarla de un tirano.
En Grecia y Roma se llamaba “Pater Patri” (Padres de la Patria) a quienes la liberaron de sus tiranos. ¡Oh, tiempos; oh, costumbres! Con esa propaganda han enviciado el corazón de los paraguayos y solo la Providencia sabe las pruebas que el destino depara a nuestros hijos! Recuerdo que siendo don Juan G. González, presidente de la República, deliberó un cenáculo republicano para buscar al sucesor hacia fines de su mandato. Se barajaron nombres. Y surgió el mío. No faltó un Agustín Cañete, amanuense de López, quien osó impugnarme. Fue la única ocasión que lo vi veraz a Caballero: “Yo mismo lo hubiera combatido a López, si no fuera porque vigilaba de cerca a mi madre y mis hermanas y las hubiera victimado si yo daba un paso semejante”. Esto lo dijo en privado. Pero por la prensa periódica usó el infundio de Cañete para subalternizarme. ¡Oh, hombres de López! ¡Todos cortados por la misma tijera! La injusticia melló mi espíritu. Y seguí al servicio de los gobiernos republicanos que vinieron después. Yo no permití ya que nadie me hablara de candidaturas. Solo les advertí una y mil veces que el Partido Nacional Republicano se reformaba, o su caída sería una mera cuestión de tiempo. Y vino 1904.
Y con él, todo lo que debimos soportar. El partido triunfante me invitó a formar filas. Y yo lo rechacé, porque voy a morir republicano, aunque terroríficamente desengañado de sus hombres. Benigna mía: Quise escribirte una carta íntima y personal, y de nuevo cometo el error de hablarte de la cosa pública. Es que llevo el amor a mi Patria en el corazón y solo se extinguirá cuando este deje de latir… que es igual a decir pronto. Los ciudadanos de la antigüedad clásica preferían la muerte a una vida estéril y truncada por las bajas pasiones de los hombres. He concebido así la idea de una inmolación, como un sacrificio personal ante el ara sagrada de la Patria. ¡Ojalá que este holocausto cierre la nómina de los que habiéndole entregado toda su vida, sucumben también ofreciéndole su propia muerte! ¡Que los mu***os entierren a sus mu***os! Hoy, 3 de marzo de 1909. Adiós… José Segundo Decoud”
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