01/10/2026
Cada vez es más frecuente encontrar informes de evaluación con puntuaciones bajas de cociente intelectual, varios diagnósticos y conclusiones que no se sostienen en una integración adecuada de los resultados.
Me surgen preguntas inevitables para esos colegas que realizan evaluaciones:
-¿Dónde está la medición de la conducta adaptativa cuando se sospecha discapacidad intelectual?
-¿Dónde está el análisis del funcionamiento cotidiano: las destrezas conceptuales, sociales y prácticas?
-¿Dónde queda la integración de evaluaciones previas, del historial del desarrollo y de la información de otros profesionales?
Los propios criterios lo establecen: la discapacidad intelectual requiere limitaciones significativas tanto en el funcionamiento intelectual como en la conducta adaptativa. Un cociente intelectual bajo, por sí solo, no basta para hacer el diagnóstico.
Una lista de diagnósticos tampoco equivale a una formulación clínica rigurosa.
Detrás de cada informe hay una persona. Su trayectoria educativa, su acceso a servicios y hasta la forma en que percibe sus propias capacidades pueden depender de lo que escribimos.
Evaluar no es administrar pruebas, sumar puntuaciones y repartir diagnósticos.
Evaluar es integrar, interpretar y asumir la responsabilidad profesional de cada conclusión.
Porque cuando se pierde el rigor, el informe deja de ser una herramienta clínica y puede convertirse en una fuente de daño.
Dra. Malvaliz