24/04/2026
Este próximo domingo, 26 de abril de 2026, culmina mi término como Gran Maestro de la Gran Logia Soberana de Puerto Rico.
Con ello concluyen cuatro años al frente de esta Augusta Institución y, a la vez, un ciclo mayor de servicio continuo que se extendió desde el año 2018 hasta el 2026, primero como Gran Secretario y luego como Gran Maestro.
No lo vivo como un simple cambio de función. Lo vivo como el cierre de una etapa profunda, exigente y luminosa de mi vida.
Desde mis 30 hasta mis 38 años, la Masonería no fue para mí una responsabilidad accesoria ni un honor externo. Fue una vocación viva. Fue disciplina. Fue carácter. Fue servicio. Fue una escuela severa y noble del alma. En esos años entregué tiempo, pensamiento, trabajo, desvelo, noches largas, silencios, decisiones difíciles y una parte muy profunda de mí mismo a la tarea de servir una Institución que amo y unos principios que considero indispensables para la dignidad humana.
Servir de verdad transforma. Deja enseñanzas. Deja cicatrices invisibles. Deja cansancio, sí, pero también deja claridad. Le enseña a uno que la autoridad no es privilegio, sino responsabilidad; que el liderazgo no consiste en figurar, sino en sostener; y que las causas más nobles exigen sacrificio, templanza y fidelidad, aun en los momentos más complejos.
Pero si algo me deja esta etapa, por encima de toda prueba, es gratitud. Gratitud por haber podido servir. Gratitud por haber aprendido. Gratitud por haber confirmado, una vez más, que la Masonería sigue teniendo una misión necesaria en nuestro tiempo.
Porque la Masonería, en su sentido más alto, no existe para cultivar apariencias ni para encerrarse en sí misma. Existe para formar hombres mejores. Para ennoblecer la conciencia. Para disciplinar el carácter. Para enseñar que la libertad debe ir acompañada de responsabilidad, que la palabra debe ir unida a la rectitud, y que la fraternidad no puede quedarse en discurso, sino traducirse en respeto, compasión, servicio, cultura, educación y bien concreto para la sociedad.
Esa misión sigue siendo vigente. Quizás hoy más que nunca. En tiempos de ruido, división, superficialidad y prisa, la Masonería está llamada a recordar que todavía hay espacio para la reflexión, para la virtud, para el deber, para la palabra honrada y para la construcción paciente de seres humanos más conscientes, más justos y más útiles a su pueblo.
Me marcho del sitial con la frente en alto, con el corazón agradecido y con la íntima certeza de haber amado profundamente esta responsabilidad. Si en algo acerté, doy gracias al Gran Arquitecto del Universo. Si en algo erré, pido la comprensión que merece todo esfuerzo humano realizado con sinceridad. Pero de una cosa sí doy testimonio con absoluta paz: serví de buena fe, con entrega real y con amor verdadero por la Gran Logia Soberana de Puerto Rico.
Y esa paz vale mucho. Porque al final los cargos pasan, los términos concluyen y el tiempo sigue su curso; pero permanece la forma en que uno sirvió, la limpieza de intención con la que asumió su deber y la huella moral que deja en los demás y en la Institución.
Gracias a todos los Hermanos, amigos y personas que caminaron conmigo en estos años. Gracias por la confianza. Gracias por la oportunidad. Gracias por permitirme servir en una de las etapas más decisivas de mi vida.
Hoy concluye una responsabilidad, pero no concluye mi compromiso con los principios que la inspiraron. No termina mi fe en la fraternidad, ni mi convicción de que servir sigue siendo una de las formas más altas de honrar la vida.
Me retiro con paz. Con gratitud. Con esperanza. Y con la certeza serena de que estuve, durante todos estos años, exactamente donde el deber me reclamaba.
Que el Gran Arquitecto del Universo bendiga siempre a la Gran Logia Soberana de Puerto Rico, y que la Masonería continúe siendo, para las presentes y futuras generaciones, una fuente de luz, de carácter, de conciencia y de bien.
M.R.H. Aníbal Rosario Ruiz
Muy Respetable Gran Maestro