20/09/2026
Comentario a Mateo 20, 1-16:
Buenos días y buen domingo. Espero que empieces - que empecemos— este día del Señor con el corazón dispuesto. En estos días pensaba que muchísimas personas, muchísimos cristianos regados por el mundo, y me incluyo, todavía no terminamos de comprender el valor que tiene el domingo, el día del Señor. Me atrevo a decir que no siempre es por culpa propia; tampoco es bueno vivir echando culpas. También me atrevo a decir que muchos cristianos que van a la iglesia los domingos tampoco terminan de comprenderlo del todo. Y es así: uno no entiende las cosas de un día para otro. Esto es un camino, un proceso. A veces recibimos una gracia que nos abre el corazón de par en par y caemos en cuenta de todo lo que nos hemos perdido por tanto tiempo. Ir a la celebracion dominal, por sí solo, no nos asegura comprender. Más bien nos pone en camino para comprender. No nos asegura valorar y amar lo que significa celebrar el domingo. Si de verdad comprendiéramos el valor de este día, nuestros templos no darían abasto para tantos corazones deseosos de Jesús. Sin embargo, no siempre es así. Y, más triste todavía, parece que cada vez hay menos deseo de ir a la iglesia, de celebrar la fe en comunidad, de recibir a Cristo. Hay miles de cristianos que se han alejado de la Iglesia porque no comprenden muchas cosas de ella, o incluso porque están molestos con esta gran familia de Dios, o con Dios mismo. Pero hoy no vamos a entrar en los muchos pretextos que existen para molestarse con Dios, ni en los distintos tipos de enojo, ni en quién tiene más o menos culpa. Ya dijimos que no es bueno andar repartiendo culpas. Pero sí es bueno reconocer ciertos problemas de la Iglesia, y también problemas personales, para poder atenderlos, para actuar como personas maduras y no echarles a otros la culpa de por qué esto no es así, o debería ser de otra manera, o por qué me alejé de Dios y de la Iglesia.
¿Es posible molestarse con Dios? Sí, es posible. Y hasta te diría que es más común de lo que pensamos. Eso fue lo que les pasó a los trabajadores de la primera hora en el Evangelio qu eleemos hoy —los que fueron llamados al comienzo del día— cuando fueron a recibir su paga, «creyendo que iban a recibir algo más». Claro, no escucharon bien el acuerdo. Pensaron que iban a recibir más porque vieron que otros habían trabajado menos. Por un lado, podríamos decir que se les olvidó lo que habían acordado al comenzar el trabajo; por otro lado, no comprendieron la bondad del dueño, que quiso darles a los últimos lo mismo que a ellos, los primeros. Por eso «protestaban contra el propietario». Protestaban como a veces protestamos nosotros contra el buen Dios. Y digo “pobre Dios” en el sentido de que no terminamos de comprender su bondad. Protestaron sin razón, aunque pensaban que la tenían. Protestaron por envidia, por no conformarse con lo que habían recibido. Protestaron porque lo consideraron injusto, olvidando que con ellos sí fue justo: les pagó lo que les había prometido. Por eso el propietario le respondió a uno de ellos: «Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?». Protestaron porque sus pensamientos no coincidían con los pensamientos del dueño. ¿Y nosotros? ¿No protestamos también contra Dios? ¿No será que a veces nos pasa lo mismo, porque en el fondo «nuestros pensamientos no son los de Dios», como Jesús le dijo a Pedro? ¿Te acuerdas?
¡Qué cosa más grande! ¡Qué paradoja! Dios es bueno con nosotros, contigo y conmigo. Nos llamó a trabajar en su viña, en su Reino, en la Iglesia, aquí y ahora. Seguramente tú, de alguna manera, haces algo por el Reino de Dios. Y, aun así, podemos caer en el error de molestarnos con él cuando dispone de su amor como quiere. «Quiero dar a este que llegó último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece?». ¿No fue el llamado «buen ladrón» el primero que entró en el Reino de los Cielos? ¿No fue el «buen ladrón» uno de esos trabajadores de la última hora? ¿Y eso nos incomoda? Nuestro Padre Dios ama y quiere amar gratuitamente, sin medir; quiere la salvación de todos. Como tú, que eres papá o mamá, y a veces quieres darles a tus hijos más de lo que supuestamente “les corresponde”. Lo haces porque los amas. Sin embargo, cuando Dios lo hace, a nosotros a veces nos molesta. Si nosotros lo hacemos, ¿por qué Dios no va a poder hacerlo con sus hijos?
Para ir cerrando, creo que la clave está en dar gracias. Dar gracias por lo que Dios Padre nos ha dado. Dar gracias porque él es bueno con todos, porque quiere que todos se salven y lleguen al paraíso, porque quiere darles a todos lo mismo, sea cual sea la hora en que comiencen a trabajar: al principio de sus vidas, a mitad de camino o al final. No importa tanto la hora. Lo que importa, al final, es hacia dónde vamos.
«¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?», nos dice Dios a todos, a ti y a mí. ¿No será que a veces nos quejamos de la bondad de Dios y de la bondad de los demás porque, en el fondo, nosotros mismos somos mezquinos?
Alegrémonos de que Dios sea tan bueno, tan bueno que no podremos entenderlo del todo hasta que no cambiemos nuestra manera de pensar. Alegrémonos también de que los demás sean buenos. No midamos tanto el amor. Aprendamos a ser generosos y dejemos de ser tan calculadores. Solo así podremos alegrarnos de que «los últimos sean los primeros y los primeros sean los últimos». Porque, al final, lo importante es entrar por la puerta del Reino de Dios.