Viñedo Raquel de Puerto Rico

Llamar Cómo llegar Página web Contactar con la escuela/facultad

Viñedo Raquel de Puerto Rico Centro de ayuda a la mujer.

20/09/2026

Comentario a Mateo 20, 1-16:

Buenos días y buen domingo. Espero que empieces - que empecemos— este día del Señor con el corazón dispuesto. En estos días pensaba que muchísimas personas, muchísimos cristianos regados por el mundo, y me incluyo, todavía no terminamos de comprender el valor que tiene el domingo, el día del Señor. Me atrevo a decir que no siempre es por culpa propia; tampoco es bueno vivir echando culpas. También me atrevo a decir que muchos cristianos que van a la iglesia los domingos tampoco terminan de comprenderlo del todo. Y es así: uno no entiende las cosas de un día para otro. Esto es un camino, un proceso. A veces recibimos una gracia que nos abre el corazón de par en par y caemos en cuenta de todo lo que nos hemos perdido por tanto tiempo. Ir a la celebracion dominal, por sí solo, no nos asegura comprender. Más bien nos pone en camino para comprender. No nos asegura valorar y amar lo que significa celebrar el domingo. Si de verdad comprendiéramos el valor de este día, nuestros templos no darían abasto para tantos corazones deseosos de Jesús. Sin embargo, no siempre es así. Y, más triste todavía, parece que cada vez hay menos deseo de ir a la iglesia, de celebrar la fe en comunidad, de recibir a Cristo. Hay miles de cristianos que se han alejado de la Iglesia porque no comprenden muchas cosas de ella, o incluso porque están molestos con esta gran familia de Dios, o con Dios mismo. Pero hoy no vamos a entrar en los muchos pretextos que existen para molestarse con Dios, ni en los distintos tipos de enojo, ni en quién tiene más o menos culpa. Ya dijimos que no es bueno andar repartiendo culpas. Pero sí es bueno reconocer ciertos problemas de la Iglesia, y también problemas personales, para poder atenderlos, para actuar como personas maduras y no echarles a otros la culpa de por qué esto no es así, o debería ser de otra manera, o por qué me alejé de Dios y de la Iglesia.
¿Es posible molestarse con Dios? Sí, es posible. Y hasta te diría que es más común de lo que pensamos. Eso fue lo que les pasó a los trabajadores de la primera hora en el Evangelio qu eleemos hoy —los que fueron llamados al comienzo del día— cuando fueron a recibir su paga, «creyendo que iban a recibir algo más». Claro, no escucharon bien el acuerdo. Pensaron que iban a recibir más porque vieron que otros habían trabajado menos. Por un lado, podríamos decir que se les olvidó lo que habían acordado al comenzar el trabajo; por otro lado, no comprendieron la bondad del dueño, que quiso darles a los últimos lo mismo que a ellos, los primeros. Por eso «protestaban contra el propietario». Protestaban como a veces protestamos nosotros contra el buen Dios. Y digo “pobre Dios” en el sentido de que no terminamos de comprender su bondad. Protestaron sin razón, aunque pensaban que la tenían. Protestaron por envidia, por no conformarse con lo que habían recibido. Protestaron porque lo consideraron injusto, olvidando que con ellos sí fue justo: les pagó lo que les había prometido. Por eso el propietario le respondió a uno de ellos: «Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?». Protestaron porque sus pensamientos no coincidían con los pensamientos del dueño. ¿Y nosotros? ¿No protestamos también contra Dios? ¿No será que a veces nos pasa lo mismo, porque en el fondo «nuestros pensamientos no son los de Dios», como Jesús le dijo a Pedro? ¿Te acuerdas?
¡Qué cosa más grande! ¡Qué paradoja! Dios es bueno con nosotros, contigo y conmigo. Nos llamó a trabajar en su viña, en su Reino, en la Iglesia, aquí y ahora. Seguramente tú, de alguna manera, haces algo por el Reino de Dios. Y, aun así, podemos caer en el error de molestarnos con él cuando dispone de su amor como quiere. «Quiero dar a este que llegó último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece?». ¿No fue el llamado «buen ladrón» el primero que entró en el Reino de los Cielos? ¿No fue el «buen ladrón» uno de esos trabajadores de la última hora? ¿Y eso nos incomoda? Nuestro Padre Dios ama y quiere amar gratuitamente, sin medir; quiere la salvación de todos. Como tú, que eres papá o mamá, y a veces quieres darles a tus hijos más de lo que supuestamente “les corresponde”. Lo haces porque los amas. Sin embargo, cuando Dios lo hace, a nosotros a veces nos molesta. Si nosotros lo hacemos, ¿por qué Dios no va a poder hacerlo con sus hijos?
Para ir cerrando, creo que la clave está en dar gracias. Dar gracias por lo que Dios Padre nos ha dado. Dar gracias porque él es bueno con todos, porque quiere que todos se salven y lleguen al paraíso, porque quiere darles a todos lo mismo, sea cual sea la hora en que comiencen a trabajar: al principio de sus vidas, a mitad de camino o al final. No importa tanto la hora. Lo que importa, al final, es hacia dónde vamos.
«¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?», nos dice Dios a todos, a ti y a mí. ¿No será que a veces nos quejamos de la bondad de Dios y de la bondad de los demás porque, en el fondo, nosotros mismos somos mezquinos?
Alegrémonos de que Dios sea tan bueno, tan bueno que no podremos entenderlo del todo hasta que no cambiemos nuestra manera de pensar. Alegrémonos también de que los demás sean buenos. No midamos tanto el amor. Aprendamos a ser generosos y dejemos de ser tan calculadores. Solo así podremos alegrarnos de que «los últimos sean los primeros y los primeros sean los últimos». Porque, al final, lo importante es entrar por la puerta del Reino de Dios.

18/09/2026

Comentario a Lucas 8, 1-3
Muchas veces se dice que perdonar es hacer “borrón y cuenta nueva”, es decir, olvidar completamente las ofensas recibidas. Podríamos pensarlo así desde el lado de Dios: que Él, de algún modo, se olvida de aquello que le debemos, como sucedió con aquel servidor de la parábola del domingo. El rey no solo le concedió más tiempo para pagar, sino que le perdonó toda la deuda. A ese servidor no le alcanzaba la vida para devolver lo que debía. Tenía que vender a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones; es decir, debía convertirse, de algún modo, en esclavo de aquel rey. Sin embargo, el rey tuvo compasión y le perdonó la deuda.
Pero, si lo miramos desde el lado humano, en nuestras relaciones cotidianas, como escuchamos después en la parábola cuando a ese servidor perdonado se le acerca un compañero para pedirle paciencia y más tiempo para pagar su deuda, deberíamos reconocer que el perdón no es olvido. Humanamente, resulta imposible olvidar completamente algo. Nuestra memoria guarda los momentos felices y los gozos, pero también las tristezas y las heridas. Es como una caja en la que se almacena todo. Algunas cosas quedan escondidas y, en cierto modo, parecen olvidadas, pero permanecen allí.
Por eso, el perdón no consiste en borrar el pasado, sino en mirar aquello que nos dolió y a la persona que nos ofendió de una manera distinta. Es aprender a mirar como mira Dios: con misericordia. Es contemplar la herida sin negarla, aceptar el dolor sin quedar atrapados en él y elegir seguir adelante.
Si pretendemos que perdonar significa olvidar totalmente o que nunca más volverá a dolernos la ofensa recibida, jamás lograremos perdonar. El perdón requiere un camino, una decisión y un trabajo interior. Es una gracia de Dios, pero también exige de nuestra voluntad. Debemos decirnos a nosotros mismos: “Esto lo tengo que perdonar. No puedo vivir así. No puedo vivir mirando la paja en el ojo ajeno. No puedo vivir juzgando a quien me hirió. Me hace daño. Aunque no comprenda, aunque no entienda y aunque mi razón insista en decirme que es imperdonable, mi corazón y mi decisión pueden perdonar”.
Dios quiera que todos los que escuchamos la Palabra cada día nos dispongamos a perdonar siempre, incluso cuando nos hayan herido en lo más profundo de nuestro corazón. No podremos entrar plenamente en la alegría del cielo si no permitimos que Dios sane nuestras heridas y nos ayude a perdonar de corazón a nuestros hermanos.
El Evangelio que leemos hoy no solo nos invita a vivir el perdón, sino también a contemplar a un Jesús en permanente movimiento. Me llama la atención ver a un Jesús, podríamos decir, “movedizo”, que no se queda quieto, que va de un lugar a otro recorriendo pueblos y ciudades. No estaba encerrado ni aislado. Es cierto que pasó treinta años oculto en Nazaret, pero no estuvo encerrado, sino viviendo una preparación silenciosa. Treinta años trabajando, creciendo y madurando la misión que el Padre le había confiado.
Aparentemente, para los criterios del mundo actual, podría parecer que no hacía nada extraordinario. Sin embargo, se estaba preparando para algo inmenso, algo que debía realizar en apenas tres años de vida pública.
¿Y a ti qué te llama la atención de este Evangelio?
Hay algo muy claro en esta escena y en todo el Evangelio: cuando Jesús comenzó su misión evangelizadora, la tomó completamente en serio. No se detuvo, no se acomodó ni permaneció inmóvil. Fue al encuentro de las personas. Las buscó en medio de sus dolores, necesidades y enfermedades. Fue hasta donde estaban. No se limitó a esperar que vinieran a Él, aunque muchos lo hicieron. Jesús salía a buscarlos.
No se quedó detrás de un escritorio esperando que la gente llegara. No esperó permisos ni condiciones ideales para anunciar el Reino. Simplemente salió al encuentro de las personas.
¡Cuánto nos enseña esto hoy! Especialmente a quienes formamos parte de la Iglesia: pastores, capellanes, obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos. La pregunta sigue siendo actual: ¿estamos saliendo al encuentro de los demás o estamos esperando que vengan?
Y hay otro detalle que merece nuestra atención: Jesús nunca camina solo. Podría haber realizado toda su misión por sí mismo, pero no quiso hacerlo así. ¡Qué misterio tan grande! Siendo Dios, no eligió vivir como un ermitaño ni actuar como un francotirador espiritual que trabaja aislado de todos. Decidió rodearse de los Doce y, como nos dice el Evangelio de hoy, también de muchas mujeres que habían sido sanadas por Él y que colaboraban con su misión.
Jesús rompió muchos esquemas de su época. Entre ellos, el hecho de aceptar mujeres entre sus discípulos. Para aquella cultura era algo poco habitual e incluso escandaloso. Seguramente recibió críticas por ello, como también hoy reciben críticas quienes intentan vivir y anunciar el Evangelio con fidelidad.
Sabemos que Jesús eligió a los Doce para que fueran los primeros apóstoles, llamados a prolongar la presencia de Dios a través del tiempo, celebrando los sacramentos, anunciando la Palabra y guiando a las futuras comunidades cristianas.
Pero también podemos preguntarnos: ¿y las mujeres?
Ellas tuvieron un papel fundamental, como lo siguen teniendo hoy. Escuche un dia a un lider religioso que decía que los laicos son la inmensa mayoría del Pueblo de Dios y que las mujeres constituyen la inmensa mayoría de nuestras comunidades. Por eso, a todas las mujeres que lean esta reflexión, les recuerdo que tienen una misión indispensable en la Iglesia.
Ustedes estuvieron representadas en aquellas discípulas que acompañaban a Jesús, que lo seguían, lo servían y lo amaban. Hoy siguen teniendo una tarea fundamental. Aportan a la Iglesia una sensibilidad, una cercanía, una entrega y una capacidad de cuidado que enriquecen profundamente la vida de nuestras comunidades.
Imagino a aquellas mujeres amigas de Jesús aportando innumerables detalles a la evangelización. Además de sus bienes materiales, seguramente ofrecían tiempo, dedicación y apoyo constante. Aunque el Evangelio no describa todos esos gestos, podemos imaginar cuánto contribuyeron al desarrollo de la misión.
Por eso también debemos cuidar nuestras comunidades de las divisiones, las habladurías y las calumnias. Cuando el demonio encuentra espacio para sembrar sospechas y enfrentamientos, la comunidad se debilita. Todos, hombres y mujeres, cap3llanes, pastores, sacerdotes y laicos, estamos llamados a construir comunión, a defendernos mutuamente y a trabajar por la unidad.
No imagino a aquellas discípulas dedicándose a murmurar o a destruir la reputación de los demás. Más bien las imagino colaborando con generosidad y manteniendo vivo el espíritu de fraternidad. Cuando en nuestras comunidades surgen actitudes contrarias al Evangelio, todos sufrimos las consecuencias.
Finalmente, este pasaje nos permite contemplar el comienzo de lo que debe ser siempre la Iglesia: una gran familia formada por hombres y mujeres frágiles, con distintas funciones, pero iguales en dignidad, unidos por el seguimiento de Jesús y el deseo sincero de alcanzar la santidad.
Y, precisamente porque seguimos a Jesús, no podemos permanecer quietos. Si nos encerramos en nuestros grupos y solo nos miramos entre nosotros, terminaremos cansándonos y perdiendo el entusiasmo. Una comunidad cristiana existe para salir al encuentro de quienes sufren, de quienes están alejados, de quienes buscan una palabra de esperanza.
Si nuestra parroquia, nuestro grupo de oración o nuestro movimiento permanece encerrado en sí mismo, sin correr el riesgo de salir a buscar a los que están heridos por la vida, entonces debemos preguntarnos seriamente qué tipo de Iglesia estamos construyendo.
No puede existir una comunidad cristiana que no salga de sí misma. Jesús nunca se quedó quieto. No perdió el tiempo en críticas estériles ni en habladurías. Siempre siguió adelante, anunciando el amor del Padre y llevando esperanza a todos los que encontraba en el camino.

22/06/2025

Comentario a Mateo 6, 24-34:
Hoy me gustaría que reflexionemos sobre el evangelio de hoy que de alguna manera es una síntesis de lo que reflexionamos en estos días, en esta semana; días muy cargados de palabras muy lindas, pero muy densas al mismo tiempo; en esta semana en la que quisimos subir a la montaña con Jesús, subir a la montaña con el corazón, subir a la montaña para recibir la Ley de los hijos de Dios; la nueva Ley, la Ley de la Nueva Alianza, que Jesús, nos vino a proponer, y que es superior, es más profunda, que le da sentido a la ley antigua y es superior a la de los escribas y fariseos; es superior a la de los cristianos que creen que ser cristianos es “cumplir una norma”, que es cumplir cosas y así tranquilizar la conciencia. ¡No!, el ser hijos de Dios es mucho más grande, ser hijos de Dios es sentirnos hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, hermanos de todos, hermanos que desean amarse y no se preocupan por lo que vendrá.
Y hoy reflexionamos estas palabras difíciles y duras con las que empieza Jesús: “No se puede servir a Dios y al Dinero”, y la palabra Dinero está con mayúsculas; como comparándolo con el anticristo, lo diferente a Él, lo opuesto. El dinero se puede transformar en un dios en nuestra vida, se puede transformar si le damos el corazón. El dinero y todo lo que viene con él, el poder y deseo de tener por tener. A veces no nos damos cuenta; no hay que ser muy ambiciosos para tener a veces a las cosas materiales de este mundo como primera medida y valor de lo que hacemos.
Por eso Jesús nos dice al corazón: “No se inquieten…”, busquen en realidad el Reino y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura; Me parece que es lindo pensar que en estas palabras, se puede resumir la semana: busquemos el Reino de Dios, busquemos ser hijos de Dios, vivir como hijos de Dios y amar a nuestro Padre y a nuestros hermanos; busquemos la santidad, no la santidad que espera ser vista por los demás, sino la santidad oculta, silenciosa, sencilla, la santidad de “la puerta de al lado” como decía el Papa Francisco, la que no se inquieta por las cosas de esta vida, la que le da a cada cosa su nombre y pone a cada cosa en su lugar.
Porque en realidad, el que es hijo de Dios quiere servir solamente a su Padre, quiere amarlo solamente a Él; y por eso no puede servir al dinero al mismo tiempo que a Dios, porque, en definitiva, aunque seamos cristianos, terminaremos como dice Jesús: interesándonos más por uno y menospreciando al otro. Interesándonos más por las cosas de nuestra vida, por lo que queremos alcanzar, por querer dejar algo, por querer acumular y no por el amor de Jesús. ¿Cuántas cosas acumulamos en la vida sin sentido, pensando en construir un mañana que al final no sabemos si nos tocará vivir o no? ¡Qué necios que somos a veces! Cómo nos cuesta darnos cuenta, cómo nos cuesta tener fe y confiar en que somos hijos de un Padre, que jamás nos dejará sin lo necesario para vivir; sin su Amor, y por supuesto, con lo necesario para nuestro alimento y vestido.
Ojalá que hoy no nos “inquietemos”, ojalá que hoy comprendamos estas palabras de Jesús y realmente busquemos el Reino y su justicia. Si nos afligimos, si nos inquietamos por el mañana es porque no estamos viviendo como hijos; no estamos comprendiendo estas palabras de Jesús. Si vivimos tras las cosas mundanas, si vivimos estresados sin sentido, si vivimos preocupándonos por cómo llegaremos a fin de mes, a dónde nos iremos, es porque no estamos todavía viviendo como hijos del Padre. Lo que nos debería inquietar es amar al Padre sobre todas las cosas, y a sus demás hijos, y todo lo demás vendrá por aañadidura.

10/06/2025

Comentario a Mateo 5, 13-16
Lentamente, después de haber escuchado las Bienaventuranzas, las promesas del Padre para que seamos felices, esas promesas que vienen del cielo, iremos poco a poco –así como se desgaja una cebolla capa por capa hasta llegar al corazón– desgajando el Sermón de la montaña, en el que nuestro Maestro nos irá mostrando su corazón para enseñarnos lo que significa ser hijos, cómo llegar a ser hijos del Padre. Y eso lo irá haciendo mostrándonos, como dije, su corazón y mostrándonos nuestro corazón, para que sepamos quienes somos realmente; será como un espejo donde nos veremos reflejados.
Te aseguro que durante estas semanas vas a disfrutar muchísimo la Palabra de Dios, de estas palabras de Jesús desde la montaña. La montaña es signo de que esta sabiduría no es sabiduría humana, sino que es sabiduría que viene de lo alto, del cielo y viene a iluminar nuestras vidas, a darle sentido, a mostrarnos la verdad. Por eso, volvé a recargar las pilas, la batería del corazón para escuchar verdaderamente. Si dejaste de escuchar la Palabra de Dios, vuelve a escucharla. Si estabas escuchando en piloto automática, vuelve a conectarte. Si venías escuchando con el corazón, sigue de esa manera.
Muchas veces no podemos ser lo que queremos ser, porque en realidad –¿sabías qué?– no sabemos lo que ya somos. Muchas veces vivimos en un eterno querer ser alguien distinto de lo que ya somos y nos olvidamos de lo que ya somos. Muchas veces privilegiamos en nuestras vidas el hacer antes que el ser. Esto nos pasa mucho. Nos cuesta muchísimo reconocernos a nosotros mismos y por lo tanto no terminamos de querernos bien, no terminamos de dar frutos en nuestras vidas. Como discípulos, como cristianos también puede pasarnos esto. Creemos que ser buenos cristianos es simplemente «hacer cosas buenas», hacer muchas cosas por los otros, ser buenos, como se dice. Es verdad, pero no toda la verdad o es parte de la verdad. Cosas buenas pueden hacer, incluso las hacen muchísimas personas, gente de bien hay por todos lados. Son muchas las personas buenas en este mundo que hacen y viven para los demás, incluso personas que no creen en nada. Nosotros hacemos cosas buenas seguramente, pero ¿no será que hacemos en realidad porque ya somos de algún modo buenos? Entonces… ¿cuál es el distintivo de un cristiano? ¿Nos distingue algo de los demás, nos debería distinguir algo? ¿Qué es lo que Jesús dice que debe vivir un discípulo de él? El Sermón de la montaña que empezamos a leer ayer nos irá dando la respuesta poco a poco a esta gran pregunta. Te vas a sorprender. Te lo aseguro. Este Sermón es el corazón del Evangelio porque es el corazón de Jesús. Voy a insistir muchísimo en esta idea durante estos días. Hay cosas que hay que repetirlas mucho para que queden grabadas para siempre.
Recuerdo que conocí en profundidad o empecé a meterme en profundidad en el Sermón de la montaña y las Bienaventuranzas cuando realize mi primer ejercicio espiritual, y para mí fue como descubrir algo nuevo, que nunca había escuchado. Había ido a misa toda mi vida, pero jamás había escuchado estas palabras de Jesús con tanta atención y jamás alguien me las había explicado con tanta claridad y sabiduría como el sacerdote que dio ese primer retiro. Agradezco siempre que se haya cruzado en mi vida para abrir los ojos del corazón. TU y yo somos sal y luz. Nosotros, los que escuchamos a Jesús, los discípulos de él, dice Jesús que ya somos sal y luz.
Estas palabras no están dirigidas a todos, sino a los discípulos, a los que estaban más cerca de él. Si te considerás discípulo entonces, seguidor, seguidora de él, ya ers sal, ya eres luz. Jesús no nos dice: ustedes serán sal, ustedes deberán ser luz, sino que nos dice que ya lo somos. No dice: deben serlo, tienen que serlo. Ya somos sal, ya somos la sal que sala el mundo, ya somos la luz que ilumina el mundo. Tenemos todo para ser sal y luz.
La pregunta es: ¿estamos salando? ¿Estamos siendo lo que debemos ser? ¿Estamos iluminando? ¿Para qué salamos e iluminamos? Salamos e iluminamos para que los demás –dice Jesús– den gloria al Padre. Eso es lo que nos debe distinguir. No hacemos cosas buenas para ser buenos ante los demás, porque es lindo hacer cosas buenas porque nos hace sentir bien. Debemos hacer obras buenas para que los demás descubran que son hijos del Padre, para que descubran que son niños ante Dios y que dependen de ese Padre, que es Dios. Somos sal que sala pero que no se ve, una vez que se mezcla con la comida deja de verse, pero le da ese toque de exquisitez que nadie puede explicar. Somos luz que ilumina pero que en realidad somos iluminados; la luz nos la da el mismo Dios. Somos hijos del Padre que descubrimos la maravilla de ser hijos y vivimos en medio de un mundo que no quiere depender mucho de él. Nosotros con nuestras vidas queremos que el mundo descubra que es una maravilla sentirse y ser hijos de Dios, es lindo ser dependientes del Padre, es lindo vivir como hermanos.

09/06/2025

Comentario Mateo 5, 1-12:
Alguna vez, alguien recién convertido, uno de esos que Jesús «atrapa» a mitad del camino de la vida, uno de esos corazones tocados por el Espíritu Santo, por un Dios que no se cansa de obrar y obrar a lo largo y ancho del mundo, comentaba en grupo sus sensaciones desde que estaba siguiendo a Jesús más comprometido y decía algo así: «Desde que estoy en el Camino, desde que sigo más de cerca a Jesús, no paro de sorprenderme, es como estar subiendo una montaña, es como cuando llegas a una cima y piensás que es la última, y de repente ves otros picos más, subes esa otra cima que aspirás y aparecen muchos más… nunca dejás de maravillarte y sorprenderte, cuando subes a la montaña». Lo mismo pasa con Jesús. ¿Te pasa eso alguna vez de alguna manera, en el camino de la fe? ¿Te pasa? Es lo que deseo que nos pase a todos, a ti y a mí, a ti escuchando, a mí predicando y escuchando, escuchando y predicando. Debemos pedir que nunca dejemos de maravillarnos, nunca dejar de sorprendernos de un Jesús que viene a saciar nuestra sed y nuestra hambre, que no pueden saciarse con cualquier cosa, sino que solo con él.
Empezamos esta semana, queriendo subir a la montaña, te propongo, una montaña tras otra, un pico tras otro, escuchando el llamado Sermón de la montaña del Evangelio de Mateo. Durante casi tres semanas escucharemos estos maravillosos capítulos 5, 6 y 7 de este Evangelio. Este sermón, Jesús lo comienza con las famosas y ya conocidas, pero al mismo tiempo poco profundizadas, bienaventuranzas, y durante este tiempo aprenderemos a ser hijos de Dios, será un tiempo maravilloso en donde Jesús nos abrirá su corazón para que aprendamos a vivir como él, a ser hijos del Padre.
Por eso te propongo disponernos y disfrutar mucho de estas palabras que nos acompañarán. Así como Jesús subió a la montaña, se sentó y sus discípulos se acercaron quedándose junto a él, de la misma manera nosotros podemos subir simbólicamente la montaña para estar junto con él.
Él sube a la montaña para que nosotros subamos tras él, para que salgamos de nosotros mismos, nos sentemos a su alrededor y empecemos a escuchar estas palabras que salen de un corazón de Hijo, que siente como Hijo, que vive como Hijo, y que quiere transmitirnos esa vida de los hijos de Dios a cada uno de nosotros. Las bienaventuranzas son, de algún modo, el rostro de Jesús; son en realidad las promesas que nos hace para que podamos vivir como él. Podríamos preguntarnos: ¿Cuál es la clave de las bienaventuranzas? ¿Cuál es la clave para poder comprenderlas? Porque no dejan de tener algo enigmático o de difícil comprensión. La clave de las bienaventuranzas, la clave para comprenderlas es el mismo Jesús, porque él las vivió primero, porque él es el Maestro para vivirlas.
En el Evangelio de hoy se las menciona a todas, por eso podemos hacer un repaso, comparándolas con Jesús. ¿Quién es el «pobre de espíritu» ?: Jesús. ¿Quién es el «manso de corazón» ?: Jesús. «Aprendan de mí –nos dijo– que soy manso y humilde de corazón». ¿Quién es el que «llora» ?: Jesús lloró sobre Jerusalén por amor, por su amigo Lázaro. Jesús también es el que siempre tuvo «hambre y sed de justicia», cuando dijo a la samaritana: «Dame de beber», ¿y qué le pedía?: Justamente en ella, en esta mujer, le pedía a toda la humanidad, el amor.
También Jesús dijo en la Cruz: «Tengo sed», ¿sed de qué?: De nuestro amor, del tuyo y del mío. Jesús también dijo: «Yo tengo una comida que ustedes no conocen», el hambre de Jesús es hacer la voluntad del Padre. «Bienaventurados también los misericordiosos». Jesús es el Pastor misericordioso que carga sobre sí a la oveja y si se le pierde, va a buscarla.
¿Quién es «limpio de corazón» sino Jesús?, que tiene un corazón puro, que transparenta la imagen del Padre. «Felices los que trabajan por la paz». Por eso Jesús pacificó todas las cosas con la sangre de su Cruz por medio del amor. Él es «perseguido por causa de la justicia», quién más que él.
Por eso, si Jesús vivió primero las bienaventuranzas, pidámosle que nos ayude a poder vivirlas nosotros. Nos propone su propio ejemplo, su propia vida, nos propone vivir como su corazón: «Bienaventurados los que viven como Yo», podríamos decir. «Bienaventurados los que viven como mi Corazón enseña».
Cada bienaventuranza tiene una promesa, por eso cada una dice: «Felices... porque ellos poseerán, ellos serán saciados, ellos alcanzarán misericordia». Son promesas que el Padre nos hace a todos. Así tenemos que empezar a vivirlas, no como nuevos mandatos o mandamientos que brotan desde afuera, sino como una promesa que nos dará la felicidad del cielo.

08/06/2025

Comentario a Juan 20, 19-23
«Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Dulce huésped del alma, suave alivio a los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Ven, penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Lava nuestras manchas, Espíritu Santo, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría».
Terminamos hoy el tiempo pascual con la gran Fiesta de Pentecostés, es una linda solemnidad. Así es como terminamos este tiempo de cincuenta días dedicados, de alguna manera, a experimentar en nosotros la vivencia, la experiencia de un Jesús resucitado, un Jesús vivo en nuestra vida y, mientras tanto, también esperamos –por decirlo así– recibir el Espíritu Santo. Es un recibir «simbólico», porque nosotros, que vivimos en el tiempo del Espíritu, ya no podemos decir que tenemos que esperar cincuenta días para recibirlo. Ya lo recibimos por la fe, ya lo recibimos por el bautismo. Lo recibimos en la confirmación. Recibimos a Jesús cada vez que nos acercamos al sacramento de la Eucaristía o con la comunión espiritual. Lo recibimos también cuando vivimos el mandamiento del amor. Sin embargo, a veces está ahí, en el fondo, como el chocolate en la leche, que se va al fondo y hay que volver a mezclarlo.
Pero, por supuesto, que esta fiesta nos ayuda a «refrescar» en nosotros esta realidad, esta certeza de la fe: somos templos del Espíritu Santo, somos parte del cuerpo de Cristo y por eso, en nosotros, vive también el Espíritu. Y por eso en esta fiesta, simplemente, me limitaré a que revivamos un poco este deseo de que ese Espíritu que ya está en nosotros nos haga «revivir» –por decirlo de alguna manera–, nos haga «renacer», nos dé su paz y así podamos vivir esta realidad en la Iglesia.
«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado», dice san Pablo. Dios quiere que nos pase lo que pasó en el Evangelio de meditamos hoy. Dios quiere que nos pase lo que pasa continuamente en la Iglesia, en tantos corazones que creen. Su presencia puede ser como una ráfaga de viento o como un soplido de Jesús a nuestro corazón, que, aunque no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, nos alegra con la certeza de su acción en nosotros. Esa certeza es la que debemos tener, que el Espíritu Santo actúa en nosotros, aunque no nos demos cuenta; que, aunque no veamos fuego, sintamos todo lo que el fuego puede hacer: iluminar, dar calor y purificar. «Ven, hoy a nuestras almas, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz».
La fiesta del Espíritu Santo hace y seguirá siendo lo que solo Dios puede hacer: dar paz; pero no como la da el mundo, no como a veces nosotros la pretendemos, sino la paz que proviene únicamente de él, porque solamente podemos recibir este don, de lo alto, del cielo. No es la paz del «está todo bien», del «pare de sufrir», del «arte de vivir». ¡No!, es la paz que conlleva muchas veces la lucha y la purificación del corazón. Esa paz que nos ayuda a que salgamos de nuestro encierro, a que dejemos el pecado, que dejemos el egoísmo, nuestras avaricias, perezas, envidias y todo lo que nos aleja de los demás. El Espíritu Santo, el Espíritu de amor que nos dio Jesús, nos ayuda a salir de nosotros mismos y eso también nos puede llegar a doler o a molestar. Es la paz de Jesús la que nos conduce al perdón, al perdón recibido y al perdón dado. El perdón cuesta, pero ya no cuesta tanto si nos damos cuenta que viene de él, que viene de lo alto. Es una paz «regalada», donada, pero que también debemos buscar amando. Es la paz que proviene de la felicidad de amar, como la desea cualquier persona.
Una vez, me acuerdo, con los niños de catequesis hicimos algo así como un ejercicio espiritual, en adoración.
Y ellos tenían que escribir lo que querían pedirle a Jesús. Una niña escribió en un papel: «Le pido a Jesús ser feliz». Pedir ser feliz, es pedir tener paz, tener paz nos hace felices. Pedir ser feliz es pedir también hacer la voluntad de Dios.
El Espíritu, además de darnos la paz, también nos une. Es el alma de la Iglesia. Une lo diverso, lo distinto, para crear algo nuevo, algo más lindo. Da vida a todas las cosas muertas de nuestra vida, de nuestro corazón. Solo él puede sostener a la Iglesia en medio de las turbulencias de este mundo, aun con sus propios pecados. Solo él nos levanta cuando nos caemos, nos da la mano para seguir amando, nos consuela si estamos tristes. Solo él puede lograr que, siendo tan distintos, tengamos los mismos deseos y luchemos por los mismos objetivos. El Espíritu Santo también unifica nuestro corazón, mi corazón disperso, rectifica nuestras intenciones torcidas y da sentido nuevo a nuestras acciones.
Terminemos invocando juntos al Espíritu Santo: «Ven, Espíritu Santo, ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz».

Dirección

PO BOX 916
Guaynabo
00970-0916

Teléfono

+17879499550

Notificaciones

Sea el primero en enterarse: le enviaremos un correo electrónico cuando Viñedo Raquel de Puerto Rico publique novedades y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin y puede darse de baja en cualquier momento.

Contactar Con La Escuela/facultad

Enviar un mensaje a Viñedo Raquel de Puerto Rico:

Atajos

Compartir

Categoría