Comentario a Mateo 6, 24-34:
Hoy me gustaría que reflexionemos sobre el evangelio de hoy que de alguna manera es una síntesis de lo que reflexionamos en estos días, en esta semana; días muy cargados de palabras muy lindas, pero muy densas al mismo tiempo; en esta semana en la que quisimos subir a la montaña con Jesús, subir a la montaña con el corazón, subir a la montaña para recibir la Ley de los hijos de Dios; la nueva Ley, la Ley de la Nueva Alianza, que Jesús, nos vino a proponer, y que es superior, es más profunda, que le da sentido a la ley antigua y es superior a la de los escribas y fariseos; es superior a la de los cristianos que creen que ser cristianos es “cumplir una norma”, que es cumplir cosas y así tranquilizar la conciencia. ¡No!, el ser hijos de Dios es mucho más grande, ser hijos de Dios es sentirnos hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, hermanos de todos, hermanos que desean amarse y no se preocupan por lo que vendrá.
Y hoy reflexionamos estas palabras difíciles y duras con las que empieza Jesús: “No se puede servir a Dios y al Dinero”, y la palabra Dinero está con mayúsculas; como comparándolo con el anticristo, lo diferente a Él, lo opuesto. El dinero se puede transformar en un dios en nuestra vida, se puede transformar si le damos el corazón. El dinero y todo lo que viene con él, el poder y deseo de tener por tener. A veces no nos damos cuenta; no hay que ser muy ambiciosos para tener a veces a las cosas materiales de este mundo como primera medida y valor de lo que hacemos.
Por eso Jesús nos dice al corazón: “No se inquieten…”, busquen en realidad el Reino y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura; Me parece que es lindo pensar que en estas palabras, se puede resumir la semana: busquemos el Reino de Dios, busquemos ser hijos de Dios, vivir como hijos de Dios y amar a nuestro Padre y a nuestros hermanos; busquemos la santidad, no la santidad que espera ser vista por los demás, sino la santidad oculta, silenciosa, sencilla, la santidad de “la puerta de al lado” como decía el Papa Francisco, la que no se inquieta por las cosas de esta vida, la que le da a cada cosa su nombre y pone a cada cosa en su lugar.
Porque en realidad, el que es hijo de Dios quiere servir solamente a su Padre, quiere amarlo solamente a Él; y por eso no puede servir al dinero al mismo tiempo que a Dios, porque, en definitiva, aunque seamos cristianos, terminaremos como dice Jesús: interesándonos más por uno y menospreciando al otro. Interesándonos más por las cosas de nuestra vida, por lo que queremos alcanzar, por querer dejar algo, por querer acumular y no por el amor de Jesús. ¿Cuántas cosas acumulamos en la vida sin sentido, pensando en construir un mañana que al final no sabemos si nos tocará vivir o no? ¡Qué necios que somos a veces! Cómo nos cuesta darnos cuenta, cómo nos cuesta tener fe y confiar en que somos hijos de un Padre, que jamás nos dejará sin lo necesario para vivir; sin su Amor, y por supuesto, con lo necesario para nuestro alimento y vestido.
Ojalá que hoy no nos “inquietemos”, ojalá que hoy comprendamos estas palabras de Jesús y realmente busquemos el Reino y su justicia. Si nos afligimos, si nos inquietamos por el mañana es porque no estamos viviendo como hijos; no estamos comprendiendo estas palabras de Jesús. Si vivimos tras las cosas mundanas, si vivimos estresados sin sentido, si vivimos preocupándonos por cómo llegaremos a fin de mes, a dónde nos iremos, es porque no estamos todavía viviendo como hijos del Padre. Lo que nos debería inquietar es amar al Padre sobre todas las cosas, y a sus demás hijos, y todo lo demás vendrá por aañadidura.
Viñedo Raquel de Puerto Rico
Centro de ayuda a la mujer.
Comentario a Mateo 5, 13-16
Lentamente, después de haber escuchado las Bienaventuranzas, las promesas del Padre para que seamos felices, esas promesas que vienen del cielo, iremos poco a poco –así como se desgaja una cebolla capa por capa hasta llegar al corazón– desgajando el Sermón de la montaña, en el que nuestro Maestro nos irá mostrando su corazón para enseñarnos lo que significa ser hijos, cómo llegar a ser hijos del Padre. Y eso lo irá haciendo mostrándonos, como dije, su corazón y mostrándonos nuestro corazón, para que sepamos quienes somos realmente; será como un espejo donde nos veremos reflejados.
Te aseguro que durante estas semanas vas a disfrutar muchísimo la Palabra de Dios, de estas palabras de Jesús desde la montaña. La montaña es signo de que esta sabiduría no es sabiduría humana, sino que es sabiduría que viene de lo alto, del cielo y viene a iluminar nuestras vidas, a darle sentido, a mostrarnos la verdad. Por eso, volvé a recargar las pilas, la batería del corazón para escuchar verdaderamente. Si dejaste de escuchar la Palabra de Dios, vuelve a escucharla. Si estabas escuchando en piloto automática, vuelve a conectarte. Si venías escuchando con el corazón, sigue de esa manera.
Muchas veces no podemos ser lo que queremos ser, porque en realidad –¿sabías qué?– no sabemos lo que ya somos. Muchas veces vivimos en un eterno querer ser alguien distinto de lo que ya somos y nos olvidamos de lo que ya somos. Muchas veces privilegiamos en nuestras vidas el hacer antes que el ser. Esto nos pasa mucho. Nos cuesta muchísimo reconocernos a nosotros mismos y por lo tanto no terminamos de querernos bien, no terminamos de dar frutos en nuestras vidas. Como discípulos, como cristianos también puede pasarnos esto. Creemos que ser buenos cristianos es simplemente «hacer cosas buenas», hacer muchas cosas por los otros, ser buenos, como se dice. Es verdad, pero no toda la verdad o es parte de la verdad. Cosas buenas pueden hacer, incluso las hacen muchísimas personas, gente de bien hay por todos lados. Son muchas las personas buenas en este mundo que hacen y viven para los demás, incluso personas que no creen en nada. Nosotros hacemos cosas buenas seguramente, pero ¿no será que hacemos en realidad porque ya somos de algún modo buenos? Entonces… ¿cuál es el distintivo de un cristiano? ¿Nos distingue algo de los demás, nos debería distinguir algo? ¿Qué es lo que Jesús dice que debe vivir un discípulo de él? El Sermón de la montaña que empezamos a leer ayer nos irá dando la respuesta poco a poco a esta gran pregunta. Te vas a sorprender. Te lo aseguro. Este Sermón es el corazón del Evangelio porque es el corazón de Jesús. Voy a insistir muchísimo en esta idea durante estos días. Hay cosas que hay que repetirlas mucho para que queden grabadas para siempre.
Recuerdo que conocí en profundidad o empecé a meterme en profundidad en el Sermón de la montaña y las Bienaventuranzas cuando realize mi primer ejercicio espiritual, y para mí fue como descubrir algo nuevo, que nunca había escuchado. Había ido a misa toda mi vida, pero jamás había escuchado estas palabras de Jesús con tanta atención y jamás alguien me las había explicado con tanta claridad y sabiduría como el sacerdote que dio ese primer retiro. Agradezco siempre que se haya cruzado en mi vida para abrir los ojos del corazón. TU y yo somos sal y luz. Nosotros, los que escuchamos a Jesús, los discípulos de él, dice Jesús que ya somos sal y luz.
Estas palabras no están dirigidas a todos, sino a los discípulos, a los que estaban más cerca de él. Si te considerás discípulo entonces, seguidor, seguidora de él, ya ers sal, ya eres luz. Jesús no nos dice: ustedes serán sal, ustedes deberán ser luz, sino que nos dice que ya lo somos. No dice: deben serlo, tienen que serlo. Ya somos sal, ya somos la sal que sala el mundo, ya somos la luz que ilumina el mundo. Tenemos todo para ser sal y luz.
La pregunta es: ¿estamos salando? ¿Estamos siendo lo que debemos ser? ¿Estamos iluminando? ¿Para qué salamos e iluminamos? Salamos e iluminamos para que los demás –dice Jesús– den gloria al Padre. Eso es lo que nos debe distinguir. No hacemos cosas buenas para ser buenos ante los demás, porque es lindo hacer cosas buenas porque nos hace sentir bien. Debemos hacer obras buenas para que los demás descubran que son hijos del Padre, para que descubran que son niños ante Dios y que dependen de ese Padre, que es Dios. Somos sal que sala pero que no se ve, una vez que se mezcla con la comida deja de verse, pero le da ese toque de exquisitez que nadie puede explicar. Somos luz que ilumina pero que en realidad somos iluminados; la luz nos la da el mismo Dios. Somos hijos del Padre que descubrimos la maravilla de ser hijos y vivimos en medio de un mundo que no quiere depender mucho de él. Nosotros con nuestras vidas queremos que el mundo descubra que es una maravilla sentirse y ser hijos de Dios, es lindo ser dependientes del Padre, es lindo vivir como hermanos.
Comentario Mateo 5, 1-12:
Alguna vez, alguien recién convertido, uno de esos que Jesús «atrapa» a mitad del camino de la vida, uno de esos corazones tocados por el Espíritu Santo, por un Dios que no se cansa de obrar y obrar a lo largo y ancho del mundo, comentaba en grupo sus sensaciones desde que estaba siguiendo a Jesús más comprometido y decía algo así: «Desde que estoy en el Camino, desde que sigo más de cerca a Jesús, no paro de sorprenderme, es como estar subiendo una montaña, es como cuando llegas a una cima y piensás que es la última, y de repente ves otros picos más, subes esa otra cima que aspirás y aparecen muchos más… nunca dejás de maravillarte y sorprenderte, cuando subes a la montaña». Lo mismo pasa con Jesús. ¿Te pasa eso alguna vez de alguna manera, en el camino de la fe? ¿Te pasa? Es lo que deseo que nos pase a todos, a ti y a mí, a ti escuchando, a mí predicando y escuchando, escuchando y predicando. Debemos pedir que nunca dejemos de maravillarnos, nunca dejar de sorprendernos de un Jesús que viene a saciar nuestra sed y nuestra hambre, que no pueden saciarse con cualquier cosa, sino que solo con él.
Empezamos esta semana, queriendo subir a la montaña, te propongo, una montaña tras otra, un pico tras otro, escuchando el llamado Sermón de la montaña del Evangelio de Mateo. Durante casi tres semanas escucharemos estos maravillosos capítulos 5, 6 y 7 de este Evangelio. Este sermón, Jesús lo comienza con las famosas y ya conocidas, pero al mismo tiempo poco profundizadas, bienaventuranzas, y durante este tiempo aprenderemos a ser hijos de Dios, será un tiempo maravilloso en donde Jesús nos abrirá su corazón para que aprendamos a vivir como él, a ser hijos del Padre.
Por eso te propongo disponernos y disfrutar mucho de estas palabras que nos acompañarán. Así como Jesús subió a la montaña, se sentó y sus discípulos se acercaron quedándose junto a él, de la misma manera nosotros podemos subir simbólicamente la montaña para estar junto con él.
Él sube a la montaña para que nosotros subamos tras él, para que salgamos de nosotros mismos, nos sentemos a su alrededor y empecemos a escuchar estas palabras que salen de un corazón de Hijo, que siente como Hijo, que vive como Hijo, y que quiere transmitirnos esa vida de los hijos de Dios a cada uno de nosotros. Las bienaventuranzas son, de algún modo, el rostro de Jesús; son en realidad las promesas que nos hace para que podamos vivir como él. Podríamos preguntarnos: ¿Cuál es la clave de las bienaventuranzas? ¿Cuál es la clave para poder comprenderlas? Porque no dejan de tener algo enigmático o de difícil comprensión. La clave de las bienaventuranzas, la clave para comprenderlas es el mismo Jesús, porque él las vivió primero, porque él es el Maestro para vivirlas.
En el Evangelio de hoy se las menciona a todas, por eso podemos hacer un repaso, comparándolas con Jesús. ¿Quién es el «pobre de espíritu» ?: Jesús. ¿Quién es el «manso de corazón» ?: Jesús. «Aprendan de mí –nos dijo– que soy manso y humilde de corazón». ¿Quién es el que «llora» ?: Jesús lloró sobre Jerusalén por amor, por su amigo Lázaro. Jesús también es el que siempre tuvo «hambre y sed de justicia», cuando dijo a la samaritana: «Dame de beber», ¿y qué le pedía?: Justamente en ella, en esta mujer, le pedía a toda la humanidad, el amor.
También Jesús dijo en la Cruz: «Tengo sed», ¿sed de qué?: De nuestro amor, del tuyo y del mío. Jesús también dijo: «Yo tengo una comida que ustedes no conocen», el hambre de Jesús es hacer la voluntad del Padre. «Bienaventurados también los misericordiosos». Jesús es el Pastor misericordioso que carga sobre sí a la oveja y si se le pierde, va a buscarla.
¿Quién es «limpio de corazón» sino Jesús?, que tiene un corazón puro, que transparenta la imagen del Padre. «Felices los que trabajan por la paz». Por eso Jesús pacificó todas las cosas con la sangre de su Cruz por medio del amor. Él es «perseguido por causa de la justicia», quién más que él.
Por eso, si Jesús vivió primero las bienaventuranzas, pidámosle que nos ayude a poder vivirlas nosotros. Nos propone su propio ejemplo, su propia vida, nos propone vivir como su corazón: «Bienaventurados los que viven como Yo», podríamos decir. «Bienaventurados los que viven como mi Corazón enseña».
Cada bienaventuranza tiene una promesa, por eso cada una dice: «Felices... porque ellos poseerán, ellos serán saciados, ellos alcanzarán misericordia». Son promesas que el Padre nos hace a todos. Así tenemos que empezar a vivirlas, no como nuevos mandatos o mandamientos que brotan desde afuera, sino como una promesa que nos dará la felicidad del cielo.
Comentario a Juan 20, 19-23
«Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Dulce huésped del alma, suave alivio a los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Ven, penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Lava nuestras manchas, Espíritu Santo, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría».
Terminamos hoy el tiempo pascual con la gran Fiesta de Pentecostés, es una linda solemnidad. Así es como terminamos este tiempo de cincuenta días dedicados, de alguna manera, a experimentar en nosotros la vivencia, la experiencia de un Jesús resucitado, un Jesús vivo en nuestra vida y, mientras tanto, también esperamos –por decirlo así– recibir el Espíritu Santo. Es un recibir «simbólico», porque nosotros, que vivimos en el tiempo del Espíritu, ya no podemos decir que tenemos que esperar cincuenta días para recibirlo. Ya lo recibimos por la fe, ya lo recibimos por el bautismo. Lo recibimos en la confirmación. Recibimos a Jesús cada vez que nos acercamos al sacramento de la Eucaristía o con la comunión espiritual. Lo recibimos también cuando vivimos el mandamiento del amor. Sin embargo, a veces está ahí, en el fondo, como el chocolate en la leche, que se va al fondo y hay que volver a mezclarlo.
Pero, por supuesto, que esta fiesta nos ayuda a «refrescar» en nosotros esta realidad, esta certeza de la fe: somos templos del Espíritu Santo, somos parte del cuerpo de Cristo y por eso, en nosotros, vive también el Espíritu. Y por eso en esta fiesta, simplemente, me limitaré a que revivamos un poco este deseo de que ese Espíritu que ya está en nosotros nos haga «revivir» –por decirlo de alguna manera–, nos haga «renacer», nos dé su paz y así podamos vivir esta realidad en la Iglesia.
«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado», dice san Pablo. Dios quiere que nos pase lo que pasó en el Evangelio de meditamos hoy. Dios quiere que nos pase lo que pasa continuamente en la Iglesia, en tantos corazones que creen. Su presencia puede ser como una ráfaga de viento o como un soplido de Jesús a nuestro corazón, que, aunque no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, nos alegra con la certeza de su acción en nosotros. Esa certeza es la que debemos tener, que el Espíritu Santo actúa en nosotros, aunque no nos demos cuenta; que, aunque no veamos fuego, sintamos todo lo que el fuego puede hacer: iluminar, dar calor y purificar. «Ven, hoy a nuestras almas, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz».
La fiesta del Espíritu Santo hace y seguirá siendo lo que solo Dios puede hacer: dar paz; pero no como la da el mundo, no como a veces nosotros la pretendemos, sino la paz que proviene únicamente de él, porque solamente podemos recibir este don, de lo alto, del cielo. No es la paz del «está todo bien», del «pare de sufrir», del «arte de vivir». ¡No!, es la paz que conlleva muchas veces la lucha y la purificación del corazón. Esa paz que nos ayuda a que salgamos de nuestro encierro, a que dejemos el pecado, que dejemos el egoísmo, nuestras avaricias, perezas, envidias y todo lo que nos aleja de los demás. El Espíritu Santo, el Espíritu de amor que nos dio Jesús, nos ayuda a salir de nosotros mismos y eso también nos puede llegar a doler o a molestar. Es la paz de Jesús la que nos conduce al perdón, al perdón recibido y al perdón dado. El perdón cuesta, pero ya no cuesta tanto si nos damos cuenta que viene de él, que viene de lo alto. Es una paz «regalada», donada, pero que también debemos buscar amando. Es la paz que proviene de la felicidad de amar, como la desea cualquier persona.
Una vez, me acuerdo, con los niños de catequesis hicimos algo así como un ejercicio espiritual, en adoración.
Y ellos tenían que escribir lo que querían pedirle a Jesús. Una niña escribió en un papel: «Le pido a Jesús ser feliz». Pedir ser feliz, es pedir tener paz, tener paz nos hace felices. Pedir ser feliz es pedir también hacer la voluntad de Dios.
El Espíritu, además de darnos la paz, también nos une. Es el alma de la Iglesia. Une lo diverso, lo distinto, para crear algo nuevo, algo más lindo. Da vida a todas las cosas muertas de nuestra vida, de nuestro corazón. Solo él puede sostener a la Iglesia en medio de las turbulencias de este mundo, aun con sus propios pecados. Solo él nos levanta cuando nos caemos, nos da la mano para seguir amando, nos consuela si estamos tristes. Solo él puede lograr que, siendo tan distintos, tengamos los mismos deseos y luchemos por los mismos objetivos. El Espíritu Santo también unifica nuestro corazón, mi corazón disperso, rectifica nuestras intenciones torcidas y da sentido nuevo a nuestras acciones.
Terminemos invocando juntos al Espíritu Santo: «Ven, Espíritu Santo, ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz».
Comentario a Juan 21, 20-25:
Hemos resucitado con Cristo. En este tiempo pascual se nos invitaba a resucitar con Jesús. Ya hemos resucitado místicamente por el bautismo, pero debemos resucitar cada día. También nos invitaba a ascender a los cielos. Ya ascendimos a los cielos con Jesús, porque él nos llevó a la derecha del Padre, de alguna manera estamos junto con él, pero él intercede por nosotros para que en esta tierra sigamos caminando con pasos firmes hasta llegar al cielo. ¿Pensaste alguna vez el sentido de tu vida, el miedo de llegar al cielo? «El fin de nuestras vidas es alabar, hacer reverencia y servir al Señor, para de esa manera salvarnos y llegar al cielo», tan claramente. No te olvides, no nos olvidemos de cuál es el fin de nuestra vida y el fundamento. No tiene sentido desgastarnos en cosas que no construyen, cosas que no nos darán la salvación ni la felicidad.
Jesús ascendió a los cielos y eso meditamos en esta semana para llevarnos con él, para que tengamos una meta clara, un rumbo bien claro. Por eso te propongo que hoy demos gracias, de alguna manera, por estas semanas tan lindas de Pascua que vivimos. Demos gracias al Señor porque nos eligió, demos gracias porque nos dio la fe y nos la da cada día, demos gracias porque nos da la vida y porque dio la vida por nosotros y pidámosle que siga completando en nosotros la obra que él comenzó y que podamos decir en esta noche de Pentecostés que se acerca, hoy sábado, una gracia nueva de poder nacer de lo alto recibiendo el don del Espíritu Santo una vez más, el don y lo que ese don trae, sus dones. Que podamos decir con verdad: «Jesús está vivo y presente en mi vida y esto me llena de alegría».
No desaprovechemos este día esta oportunidad de agradecer, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, porque seguirlo da todo y no nos quita nada, porque, aunque muchas veces cueste «sudor y lágrimas», como decimos, siempre es mejor seguir al Señor que andar perdidos en este mundo que anda en tinieblas o caminar a la deriva pensando que somos nosotros los que sabemos a dónde vamos. No se puede seguir igual cuando se experimentó realmente la presencia de Jesús en el corazón. Es imposible… y si no hubo cambio, es porque en realidad no hubo encuentro real.
Por eso, lo lindo de este día, además de agradecer este tiempo de Pascua, es que nos preguntemos si nosotros nos encontramos realmente con Jesús alguna vez en nuestras vidas. No solo si nos decimos cristianos, si estamos o no bautizados, o tenemos una idea de él. Si no, si realmente experimentamos un cambio, si deseamos estar con él todos los días de nuestra vida, si le damos el tiempo que se merece alegrándonos con el bien que nos hace, transmitiendo su alegría y su amor. Lo importante es eso. En definitiva, ahí está el núcleo de nuestra fe. Para eso se escribieron los evangelios, para que tu y yo creamos, para que nos enamoremos de esa persona que es Jesús, para que podamos seguirlo y tengamos ganas de que todos y otros lo conozcan, como nosotros, sin importarnos cómo van caminando los otros. En el sentido de que no hace falta compararse, sino alegrándonos de que podamos ayudar a otros a caminar. Si no, lo importante es que estemos también caminando nosotros.
En el Evangelio de hoy creo que nos puede orientar en este sentido, una frase fuerte de Jesús a Pedro: «¿Qué te importa?». Le dijo «¿Qué te importa?» ante su pregunta «Señor, ¿y qué será de este?», refiriéndose al discípulo amado. Creo que Jesús le dijo algo así: «Preocúpate por tu camino, de los demás… de lo demás también me ocupo yo». ¡Qué lindo y consolador es escuchar esto: «Preocúpate por tu camino»! En el sentido de que no vale la pena, a veces, mirar cómo van los otros, si no estamos bien nosotros, concentrados en lo nuestro. Jesús le había anticipado a Pedro cómo moriría y se empezó a «meter» en la vida de los otros, seguro que, con muy buena intención por amor, como siempre la tuvo Pedro. Sin embargo, Jesús es claro: «¿Qué te importa?».
Muchas veces perdemos el tiempo en la fe por meternos en lo que no nos tenemos que meter. Demasiado trabajo tenemos con nosotros mismos como para andar indagando sobre la vida de los demás. Imaginémonos si invirtiéramos todo el esfuerzo que muchas veces invertimos en cuestionar, en averiguar, preguntar, chusmear, curiosear y tantas otras cosas más. Miremos si en realidad estamos ocupando bien. Mirá si ocupáramos más el tiempo en amar y seguir a Jesús de todo corazón. ¡Nos haría tanto bien! Es triste a veces ver cómo dentro de la Iglesia otros se ocupan de la vida de los demás, pero no por amor, sino por no ser dueño de sus propias vidas. Es tan difícil a veces ocuparse por lo justo y necesario, es triste ver incluso, y me sorprende, páginas web ocupándose de la vida de los otros dentro de la Iglesia, criticando a ver qué dijo y qué no dijo el otro, no están viviendo la vida de fe como deberían vivirla, con videos y tantas cosas más que lo único que hacen es alarmar y sembrar cizaña.
El Evangelio de Juan termina enseñándonos esto: que muchas veces no hace falta más, ni pretender más, sino saborear bien lo que hay, lo que tenemos. Dice que hubo muchísimas cosas más que Jesús hizo y que no alcanzarían los libros del mundo para contenerlas. Sin embargo, escribió esas, las suficientes, las necesarias para creer y seguirlo. Diríamos nosotros: «el Evangelio», «Algo de la vida de Jesús». ¿Para qué más? ¿Qué nos importa lo otro que no escribieron? Es lindo aprender de la sencillez de Jesús y de los evangelios. Pedro también tuvo que aprender a ser sencillo, a conformarse con lo suyo, a no saber tanto de la vida de los otros. ¿Será que a nosotros también nos hace falta eso?
Terminemos esta semana alegrándonos con tantos dones recibidos y no pretendiendo más de lo que nuestro corazón hoy puede necesitar, solo él sabe lo que necesitamos.
Comentario a Juan 8, 12-20:
Jesús nos dirige una vez más la palabra a todos nosotros, a los que quieren escuchar y a los que no escuchan tanto, a los que se entusiasmaron escuchando con frescura alguna vez, pero ahora ya perdieron el fervor, como a los que están escuchando con entusiasmo la Palabra cada día, porque recién empiezan a escuchar. Es bueno volver a decirlo siempre: No es sensato pensar que se puede ser cristiano serio (y no lo digo por la cara, sino por la manera de encarar la vida) si no se escucha la Palabra de Dios cada día, si no nos tomamos en serio lo que Dios Padre nos dice día a día por medio de su Hijo y de lo que nos pasa cada día. Por eso hoy te propongo volver a resucitar los deseos de escuchar a Dios, si estaban caídos, volver a convencernos que es necesario, que hace bien, que alegra el alma, que conforta el corazón escuchar y poner en práctica las enseñanzas de Jesús. Si estás amaneciendo, amanecé con la Palabra de Dios; si estás desayunando, desayuná palabras de Dios, cortá el ayuno del sueño con palabras de Dios; si estás yendo a trabajar, no dejes de «trabajar» tu relación con tu Padre escuchándolo a él; si estás viajando, «viajá» con lo que Dios sueña para vos que sos su hijo, su hija, soñar no cuesta nada; si estás triste, dejate acompañar por Jesús porque él sabe lo que te pasa, dejate consolar porque así se te irá la tristeza; si estás feliz, alégrate con él que también disfruta de la felicidad de sus hermanos; si estás sufriendo, sufrí con él y no te encierres pensando que el dolor se va ocultándolo. Volvamos todos juntos en esta última semana de Cuaresma a acompañar todo lo que hacemos con las palabras de Jesús que dan vida y salvan, porque iluminan.
No me cansaré de decirlo, pero ¡qué maravillosa, qué impresionante la escena del Evangelio de ayer, del domingo! Es conmovedor volver a repasar por el corazón ese momento único en el que Jesús evita que unos «acusadores», acusen a una pobre mujer destrozada por su pecado, devolviéndole su dignidad y sus deseos de cambiar. Para contemplar límpidamente esta escena, debemos tirar nuestras piedras al piso, no se puede ver bien si tenemos las manos atadas y el corazón aferrado a algún deseo de apedrear a alguien que consideramos que se lo merece. ¡Imaginemos si todos debiéramos tirarnos piedras entre nosotros por los pecados que cometemos en la vida! ¡Imaginemos la cantidad de heridas que tendríamos, o que habríamos hecho a los otros, si nos diéramos el lujo de «hacer justicia» por mano propia, tirando piedras a los que no se comportan como Dios quiere! ¡Qué desastre! ¡Menos mal que Jesús evita y quiere evitarnos esa fea tarea de andar condenando a los otros! Que su Palabra nos transforme el corazón y nos ayude a comprender esta enseñanza que es la esencia de su mensaje.
En el Evangelio de hoy nos dice Jesús a todos: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida». Yo soy el que te permite ver lo que al final de cuentas vale la pena ver. Vemos día a día miles de cosas. Nos creemos que vale la pena ver todo lo que se nos presenta por el camino, a veces andamos deseosos de ver y ver, pero en realidad vale la pena ver cuando vemos con los ojos del corazón, con ojos de fe y solo ve con fe aquel que se deja iluminar por el que nos da la fe, por Jesús, que es la luz. La fe nos permite ver a Jesús, pero al mismo tiempo Jesús nos da la fe porque él es luz y la fe es luz para la vida. Parece un trabalenguas, pero es así. En definitiva, todo nos viene de él, nosotros solo tenemos que pedir y pedir más fe. Pedir con fe tener más fe y creer que es verdad todo lo que nos enseña, que es verdad que dejarse iluminar por él es tener vida y que la vida que viene de Jesús cambia todo, y lo cambia en serio. Es así, creamos y confiemos.
Jesús es luz y nos da vida cuando nos levanta de nuestros pecados y no nos condena, cuando nos anima seguir caminando a pesar de nuestro pasado, cuando nos da fuerzas para perdonar lo que parecía imperdonable, cuando nos hace ver con otros ojos a ese que no podíamos ver, cuando nos ayuda a descubrir en lo peor lo mejor, cuando nos ayuda a creer que la muerte es solo un paso, que ya veremos algún día a nuestros seres queridos, cuando en medio del desastre nos hace ver casi sin querer un milagro oculto a los demás.
Es así, creamos, y sigamos a Jesús, sigámoslo mientras lo escuchamos, solo es cuestión de confiar y todo empieza a verse distinto, todo empieza a revivir, porque él es luz y la luz da vida.
Comentario a Juan 5, 17-30:
Retomando una vez más la parábola del domingo, esa parábola maravillosa del padre y los dos hijos, tenemos que volver hacia ella para comprender por qué Jesús finalmente cuenta esa parábola donde les estaba reflejando quiénes eran realmente los escribas y los fariseos. En el fondo, con esta parábola Jesús les pone un espejo y les dice: Miren, ustedes son el hijo mayor, ustedes son aquellos que se creen salvados y no se alegran porque un pecador vuelva hacia Dios. En definitiva, Jesús les está contando esa parábola para que se vean reflejados a sí mismos y puedan cambiar, porque murmuraban de él. Pero, finalmente, como sabemos, esto no conmovía el corazón de todos los fariseos y era un motivo más para que lo rechacen, para que lo critiquen, porque en realidad no terminaban de comprender el corazón de Dios. Jesús vino a mostrarnos cómo es el corazón de su Padre, y nosotros no aprendemos a escucharlo y no vemos reflejado en sus actitudes las actitudes del mismo Padre, seguiremos haciéndonos una imagen de Dios a nuestra medida. Y Dios es como es, es misericordioso; se alegra cuando alguien vuelve hacia él y lo único que desea es que sus hijos estén juntos y vivan como hermanos.
Vamos a el Evangelio de hoy. Te propongo que intentes imaginarte en este momento todo lo que hacés a veces en tu vida por esperar algo que deseas con todo tu corazón, todos los medios que ponemos todos para alcanzar lo que buscamos cuando lo queremos verdaderamente, lo que consideramos importante en nuestra vida, las veces que nos quedamos despiertos para esperar a un hijo que volvía tarde, las noches casi sin dormir por ver una película que tanto nos gustaba o que nos recomendaron, las veces que tuvimos que esperar para encontrarnos con la mujer o el varón del cual te habías enamorado. Todos somos capaces de esforzarnos verdaderamente cuando deseamos algo, todos somos capaces de hacer cosas grandes cuando amamos algo de verdad, cuando lo deseamos en serio. Por eso, la clave, el desafío en estos tiempos es volver a despertar nuestros deseos de Dios, desear, desear en serio, desear y buscar.
Una vez alguien me dijo algo que me hizo reflexionar. «Cada día con mi mujer esperamos la Palabra de Dios como un niño espera su comida», me acuerdo que me dijo. ¡Qué imagen más elocuente, qué imagen más linda! Imaginémonos si esperamos cada día lo que Dios nos quiere decir como esperamos la comida, la mejor comida que imaginemos, la de nuestra madre, el asado de cada semana.
Rezo todos los días para que cada día esperes tu y muchos más la Palabra de Dios, no esperes lo que yo voy a escribir, sino que esperes el alimento que alimenta en serio, que sacia, que cura, que de golpe ilumina, que llena de alegría y miles de cosas más. Pidamos ese regalo para todos, no nos cansemos de pedir, de pedir, de desear, pedir esperar, es tener hambre de lo que Dios nos dice. Es por eso que en el Evangelio de hoy, que es un poco complejo, me quedo con estas palabras de Jesús: «Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida».
Todo lo que Jesús hizo y habló, fue para que creamos en el que lo envió, para que creamos en su Padre, para que creyendo en que Dios es Padre misericordioso tengamos vida y Vida eterna, vida de la buena, vida en abundancia, vida que nos quita el miedo y que nos saca de la muerte de esta vida.
Los escritos que realizamos no son para que los leas solamente, sino para que leamos la de Palabra de Jesús y, escuchando la de Jesús, escuchemos la del Padre del Cielo. Esto es una cadena del amor de Dios. Dios Padre salió a buscar a sus hijos enviando a su Hijo al mundo para que creyendo en sus palabras creamos en que el Padre es mucho más bueno de lo que imaginamos, que a Dios no podemos tenerle miedo, que el amor quita el miedo, el amor levanta y nos hace andar con nuestra antigua camilla por el mundo, creyendo y caminando.
Acordémonos que Dios es como el Padre de la parábola del domingo, no es como a veces nosotros creemos. Acordémonos que hay que creer y caminar, no queda otro camino. ¿Queremos curarnos? Creamos, tomemos nuestra camilla y empecemos a caminar. Así empiezan las cosas lindas de la vida. Creamos que Jesús vino a darnos vida y Vida eterna.
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