24/06/2026
[𝐃𝐞𝐜𝐥𝐚𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐃𝐞𝐥𝐞𝐠𝐚𝐝𝐨 𝐀𝐩𝐨𝐬𝐭ó𝐥𝐢𝐜𝐨 𝐝𝐞 𝐬𝐮 𝐒𝐚𝐧𝐭𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐏𝐮𝐞𝐫𝐭𝐨 𝐑𝐢𝐜𝐨, 𝐀𝐫𝐳𝐨𝐛𝐢𝐬𝐩𝐨 𝐏𝐢𝐞𝐫𝐠𝐢𝐨𝐫𝐠𝐢𝐨 𝐁𝐞𝐫𝐭𝐨𝐥𝐝𝐢.]
A la amada Iglesia que peregrina en Ponce,
a su nuevo Pastor, S.E. Rvdma. Mons. Geraldo Ramírez Torres,
al querido Hermano en el episcopado, S.E. Rvdma. Mons. Rubén Antonio González Medina, cmf,
y a todo el pueblo santo de Dios en Puerto Rico.
Queridos hermanos y hermanas:
La publicación de la noticia de la elección, por parte de Su Santidad il Papa León XIV, de su nuevo Obispo, Mons. Geraldo Ramírez Torres, llega en un día que para su tierra no constituye una coincidencia cronológica, sino un signo luminoso de la Providencia. Al celebrar la solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista, Patrono de Puerto Rico, me complace dejarme guiar por las lecturas de esta festividad, las cuales iluminan también el caminar de la Iglesia de Dios que vive en Ponce.
Hoy la Diócesis de Ponce vive una transición, un momento cargado de gratitud y de novedad. Deseo, en primer lugar, dirigir un pensamiento lleno de afecto y reconocimiento al amado Obispo Mons. Rubén, quien ha guiado a esta Iglesia con corazón paterno. Si quisiéramos utilizar la metáfora evangélica sobre el nombre del niño por nacer, el ministerio de Mons. Rubén encarna la valiosa fidelidad de Zacarías, cuyo nombre significa «Dios recuerda». Él ha custodiado la memoria viva de Dios, garantizando que las raíces y la historia de salvación construidas a lo largo de los años orientaran constantemente el camino de la comunidad. A él va el agradecimiento profundo de toda la Iglesia por las páginas indelebles escritas en el libro de su Diócesis.
Sin embargo, la llegada del nuevo Obispo, Mons. Geraldo Ramírez Torres, nos introduce en la dimensión de Juan, que significa «Dios tiene misericordia». Mientras que el primer criterio mira al pasado, el segundo enfoca la atención en el presente y en lo que el Señor está dispuesto a hacer hoy en la realidad. Con el nombramiento de Mons. Geraldo, la Diócesis está llamada a acoger la sobreabundancia de una promesa, la novedad de una gracia que se emancipa de las premisas y de los condicionamientos pasados, para clamar con el profeta: «He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis?» (Is 43,19).
El Evangelio nos recuerda que cada vida —y cada Iglesia— está determinada no por sus orígenes o sus límites históricos, sino, sobre todo, por su destino. La misericordia de Dios desea regenerar todas las cosas. Por eso, el mayor deseo para la Diócesis de Ponce, al hacer suyas las palabras proféticas del Bautista, es el de poder exclamar con orgullo frente a los desafíos y juicios del mundo: «¡Yo no soy el que ustedes piensan!» (Hech 13,25).
La «"maravillosa" realidad de lo que somos, y de lo que pronto seremos con la gracia de Dios» no está encadenada únicamente a las páginas ya escritas, sino que es impulsada por las palabras que el Señor tiene la intención de dirigirles todavía a través del ministerio de su nuevo Pastor. Al volver la mirada hacia este nuevo amanecer, que la Diócesis entera pueda «aprender a renacer —o a resurgir— más allá de cualquier condicionamiento que haya podido marcar, incluso dolorosamente, nuestro caminar humano», recuperando aquella confianza profunda que madura solo ante la mirada de Dios.
Ruego con ustedes para que la Iglesia de Ponce, custodia del legado de Mons. Rubén y guiada con renovado dinamismo por Mons. Geraldo, pueda cantar el asombro de su propia existencia:
«Porque tú formaste mis entrañas; me tejiste en el vientre de mi madre. Te daré gracias, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho» (Sal 139,13-14).
A Mons. Geraldo, a Mons. Rubén y a todos los fieles, lleguen mis más sentidas felicitaciones y mi bendición.