19/09/2026
¿Hemos confundido el respeto a los derechos con la ausencia de límites?
Un niño no nace sabiendo cómo comportarse, respetar límites, cumplir responsabilidades o relacionarse adecuadamente con los demás. Todo eso se aprende y se construye, primero en casa y luego se fortalece en la escuela.
Educar no significa permitirlo todo ni evitarles a nuestros hijos cualquier frustración. Educar también significa enseñarles que existen normas, que nuestras acciones tienen consecuencias y que aprender a aceptar un “no” forma parte de la vida.
Por eso, creo que es necesario recuperar la autoridad del maestro. Y recuperar la autoridad docente no significa volver al autoritarismo, gritar, humillar o maltratar a un estudiante. Significa que el maestro pueda ejercer su función con firmeza, respaldo y coherencia; que pueda establecer límites y hacer cumplir las normas que permiten que una escuela funcione.
Hablamos de cosas tan básicas como llegar puntualmente, asistir regularmente a clases, saludar con respeto, cumplir con las tareas y responsabilidades, respetar el uniforme, la presentación personal del estudiante, cuidar los espacios, cumplir los horarios, escuchar al docente y tratar con respeto a compañeros y adultos.
Cuando estas normas dejan de cumplirse y cada llamado de atención termina convertido en un conflicto, ¿qué mensaje estamos transmitiendo?
También debemos preguntarnos si estamos convirtiendo cada dificultad de convivencia en un procedimiento interminable. Hoy, muchas situaciones que podrían resolverse pedagógicamente mediante el diálogo, la orientación y la aplicación de las normas terminan generando una enorme carga administrativa: reportes, actas, entrevistas, registros y documentos. El SÍSEVE cumple una función importante frente a situaciones que corresponden a su ámbito y requieren ser reportadas; pero no puede convertirse en la respuesta automática para cada dificultad cotidiana de disciplina y convivencia escolar.
La escuela necesita tiempo para educar, no solamente para llenar documentos.
Y aquí aparece otro desafío: cuando se corrige a un estudiante, muchas veces la primera reacción de algunos padres no es preguntarse “¿qué ocurrió y qué debemos corregir?”, sino salir inmediatamente en defensa de su hijo, cuestionar al docente, criticar al colegio o incluso amenazar con denunciar.
Defender a nuestros hijos es natural. Pero defenderlos no significa justificar todo lo que hacen.
Nuestros hijos necesitan saber que los adultos que los educan están unidos en el propósito de ayudarlos a crecer. Necesitan aprender que una observación no es una agresión, que una consecuencia no es un abuso y que una norma no es una falta de respeto a sus derechos.
Los docentes también debemos asumir nuestra responsabilidad: ejercer la autoridad con respeto, escuchar, comprender las circunstancias de cada estudiante y actuar siempre dentro de las normas. La autoridad no se impone por miedo; se construye con coherencia, justicia y respaldo.
Y las familias tienen un papel fundamental. Porque los niños observan mucho más de lo que creemos. Si exigimos respeto, pero gritamos; si pedimos educación, pero tratamos mal a los demás; si exigimos responsabilidad, pero nosotros no cumplimos nuestras propias obligaciones, el mensaje que recibe el niño será contradictorio.
La escuela puede enseñar conocimientos, normas y convivencia, pero la formación comienza en casa y necesita continuidad en la escuela.
Quizá hoy necesitamos dejar de preguntarnos únicamente “¿qué derechos tiene mi hijo?” y empezar a preguntarnos también:
¿Qué responsabilidades estoy enseñándole?
¿Está aprendiendo a respetar los límites?
¿Sabe aceptar una corrección?
¿Entiende que sus actos tienen consecuencias?
¿Y qué ejemplo estoy dando yo como adulto?
Recuperar la autoridad del maestro no es retroceder. Es devolverle al docente la posibilidad de enseñar, orientar y poner límites sin sentirse permanentemente cuestionado por cumplir su función.
Porque respetar al estudiante y respetar al maestro no son ideas opuestas. Ambas son necesarias.
Una escuela sin límites difícilmente puede formar ciudadanos responsables. Y una escuela donde el docente pierde su autoridad también termina afectando el derecho de todos los estudiantes a aprender en un ambiente seguro, ordenado y respetuoso.
La disciplina no es enemiga del buen trato. Los límites también educan. Y la autoridad, cuando se ejerce con respeto y justicia, también es una forma de cuidar.
Educar es una responsabilidad compartida. Ni la familia puede delegar toda la formación a la escuela, ni la escuela puede educar sola.
Mg.Nena Matta R.
Directora IEP María de las Mercedes.
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