10/09/2025
La crisis de confianza en las instituciones públicas: entre la corrupción y la ineficiencia
La confianza ciudadana en las instituciones públicas en el Perú atraviesa uno de sus momentos más bajos. Según encuestas recientes, menos del 10% de la población confía en el Congreso, y cifras similares se repiten en torno al Poder Judicial, los gobiernos regionales y locales. La corrupción y la ineficiencia se convierte en el sello de la gestión pública. Esta combinación letal erosiona la legitimidad del Estado y genera una peligrosa distancia entre gobernantes y gobernados.
En las últimas décadas, prácticamente ningún nivel de gobierno ha estado libre de denuncias por corrupción. Desde expresidentes investigados por sobornos internacionales hasta alcaldes y gobernadores procesados por delitos de colusión y malversación, y los casos se vienen acumulando más y más sin freno.
El problema no es solo económico —aunque cada año la Contraloría estima pérdidas superiores a S/ 24 mil millones por corrupción e inconducta funcional— sino ético: la ciudadanía percibe que quienes acceden al poder lo hacen para enriquecerse, no para servir. Esto genera desconfianza estructural, debilitando la legitimidad de las políticas públicas, incluso cuando son necesarias o bien diseñadas.
Si la corrupción destruye recursos, la ineficiencia los desperdicia. Gobiernos regionales con presupuestos millonarios devuelven al Tesoro Público buena parte de los fondos asignados porque no logran ejecutar sus proyectos. Municipios con obras inconclusas, hospitales que nunca se terminan, colegios sin mantenimiento: la lista es interminable.
Lo más grave es que esta ineficiencia también mata. Retrasos en la compra de medicinas, falta de obras de prevención contra desastres naturales, o la paralización de proyectos de agua y saneamiento tienen un impacto directo en la vida y salud de millones de peruanos.
Entonces, cuando la corrupción y la ineficiencia se combinan, la consecuencia es devastadora: la ciudadanía deja de confiar no solo en las autoridades, sino en la democracia misma. El populismo encuentra terreno fértil para crecer, ofreciendo soluciones rápidas y emocionales frente a un Estado que parece no funcionar.
La crisis de confianza se convierte así en un círculo vicioso: a menor confianza, mayor desinterés ciudadano por la política; y a menor participación, más espacio para que políticos poco idóneos o corruptos accedan al poder.
¿Cómo recuperar la confianza?
La salida no es sencilla, pero sí posible:
1. Transparencia real: Portales de datos abiertos y fiscalización ciudadana efectiva en cada nivel de gobierno.
2. Meritocracia: Selección de funcionarios basada en capacidades, no en favores políticos.
3. Sanciones ejemplares: Procesos judiciales rápidos y efectivos para autoridades corruptas, evitando la impunidad.
4. Gestión por resultados: Evaluación de autoridades no por cuánto gastan, sino por el impacto concreto en la calidad de vida de la gente.
5. Educación cívica y ética pública: Formar nuevas generaciones que entiendan la política como un servicio, no como un negocio.
Conclusión
La corrupción y la ineficiencia son las dos caras de la misma moneda que alimenta la crisis de confianza en el Perú. Sin confianza, no hay legitimidad; y sin legitimidad, no hay gobernabilidad posible. Reconstruir ese vínculo entre Estado y ciudadanía es el gran desafío de la gestión pública en los próximos años. No basta con prometer cambios, se requiere liderazgo, integridad y capacidad de gestión para demostrar que el servicio público aún puede ser un espacio de honor y no de vergüenza.