24/09/2026
Y si por proteger demasiado a nuestros hijos terminamos haciéndoles daño?
Lo ocurrido en el Liceo Naval nos indigna.
Y es comprensible que todos queramos encontrar responsables.
Pero como padre y como formador de padres, hay una pregunta que también deberíamos hacernos:
¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos cuando los protegemos de todas las consecuencias de sus actos?
Si mi hijo insulta a otro:
“Es una travesura.”
Si hace bullying:
“Seguro el otro también hizo algo.”
Si falta el respeto:
“Así son los adolescentes.”
Si rompe una regla:
“No seas tan duro con él.”
Si la profesora lo corrige:
“Voy a hablar con la directora.”
Si recibe una consecuencia:
“Mi hijo no tiene por qué pasar por eso.”
Y poco a poco ocurre algo peligroso:
el hijo aprende que siempre habrá alguien que lo rescate.
No aprende a pedir perdón.
No aprende a reparar el daño.
No aprende que sus actos tienen consecuencias.
No aprende a respetar los límites.
Y, sobre todo, puede llegar a aprender algo todavía más peligroso:
“Si tengo suficiente poder, mis actos no tendrán consecuencias.”
Educar no es complacer
Amar a nuestros hijos no significa darles todo lo que quieren.
Tampoco significa defenderlos siempre.
A veces amar significa decir:
“No.”
“Eso que hiciste estuvo mal.”
“Vas a asumir una consecuencia.”
“Vas a pedir disculpas.”
“Vas a reparar el daño.”
“Entiendo que estés molesto, pero no tienes derecho a maltratar a otra persona.”
Eso no es falta de amor.
Eso también es amor.
Los hijos necesitan afecto, pero también necesitan límites.
Necesitan sentirse protegidos, pero también necesitan aprender a proteger a otros.
Necesitan que los escuchemos, pero también que les digamos cuando están equivocados.
El problema no es castigar por castigar
No estoy hablando de violencia física, humillaciones ni maltrato.
Estoy hablando de consecuencias educativas, proporcionales y coherentes.
Un niño que agrede debe aprender a reparar.
Un adolescente que acosa debe comprender el daño que está provocando y asumir las consecuencias correspondientes.
Un hijo que falta el respeto debe aprender que la libertad no significa hacer cualquier cosa.
Porque una cosa es decir:
“Mi hijo es perfecto y todos están contra él.”
Y otra muy diferente:
“Mi hijo cometió un error. Voy a estar a su lado para que aprenda de él.”
La segunda también es protección.
Quizá sea una de las formas más difíciles de protección.
Padres, no necesitamos hijos que nunca se equivoquen
Necesitamos hijos capaces de reconocer cuando se equivocan.
Porque algún día nosotros no estaremos ahí para llamar al director.
No estaremos ahí para convencer al profesor.
No estaremos ahí para justificarlo ante otra persona.
No estaremos ahí para solucionar sus problemas.
Y entonces será la sociedad la que responda frente a sus actos.
Por eso la pregunta no debería ser:
“¿Cómo evito que mi hijo sufra las consecuencias?”
Sino:
“¿Qué necesita aprender mi hijo de esta situación para convertirse en un adulto responsable?”
El caso del Liceo Naval debe investigarse y determinar responsabilidades individuales e institucionales.
Pero también debería provocar una conversación en nuestras familias:
¿Estamos educando hijos responsables o simplemente hijos que saben que papá y mamá siempre los van a defender?
Porque proteger a un hijo de un peligro es amor.
Protegerlo de las consecuencias de hacer daño a los demás puede terminar siendo todo lo contrario de lo que pretendíamos.
Eduquemos con amor.
Pero también con límites.
Con valores.
Con responsabilidad.
Con consecuencias.
Y, sobre todo, con el coraje de decirle a nuestro propio hijo: “Te amo, pero eso que hiciste está mal.”
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