21/09/2026
"Los Hombres que Descubrieron la Naturaleza de La Convención"
Por George Vivanco Barreda, investigador.
Cuando comencé a investigar la historia de Quillabamba, una parte de nuestro pasado podía encontrarse escondida entre libros de botánica, nombres científicos de plantas y antiguas colecciones conservadas en herbarios. Mi búsqueda había comenzado, como tantas otras veces, detrás de fotografías antiguas, documentos olvidados, testimonios de nuestros mayores, referencias sobre las primeras familias y acontecimientos que ayudaron a construir la historia de nuestra ciudad. Pero, poco a poco, fui encontrando otro camino. Un camino que me llevó hacia hombres de ciencia que, durante más de un siglo, recorrieron las montañas, quebradas, valles y ríos de La Convención. Entonces comprendí que detrás de cada planta registrada en aquellos antiguos estudios existía una historia de viaje y de exploración. Detrás de un nombre científico podía encontrarse un lugar de nuestra geografía; detrás de una colección botánica, una ruta antigua; y detrás de una simple anotación podían aparecer nombres que para nosotros son profundamente familiares: Santa Ana, Echarate, Lucumayo, Mandor, Huayanay, Yanatile, Cocabambilla, Idma, el Urubamba y Quillabamba.
Fue entonces cuando comprendí que nuestra tierra no solamente había sido escenario de la historia de pueblos originarios, agricultores, colonos, hacendados, comerciantes y viajeros. La Convención fue también, durante gran parte del siglo XIX y las primeras décadas del XX, un territorio que despertó la curiosidad de naturalistas, botánicos, geógrafos, agrónomos y exploradores procedentes del Perú, Europa y los Estados Unidos. Muchos de ellos llegaron atraídos por la extraordinaria riqueza natural de esta parte del Cusco, por sus bosques, sus montañas y por una geografía que unía el mundo andino con la inmensidad amazónica.
El primer antecedente de las exploraciones científicas en el Cusco -se remonta a 1837, cuando el geólogo irlandés José Barclay Pentland, cónsul de Gran Bretaña en Bolivia, realizó una excursión por diversas provincias cusqueñas. Aunque su recorrido no tuvo como centro La Convención, su presencia marca el comienzo de una época en la que el territorio cusqueño empezaba lentamente a ser recorrido y estudiado por especialistas. Pentland dejó además una de las primeras colecciones de plantas obtenidas en el Cusco, y su nombre quedó perpetuado en especies como Cajophora pentlandii y Eupatorium pentlandianum.
Pero fue en 1839 cuando la historia científica comenzó a acercarse verdaderamente a los territorios que hoy nos interesan. Ese año llegó al Perú el notable naturalista francés Claudio Isidro Gay, conocido por sus importantes estudios sobre la naturaleza de Chile. Después de permanecer en Lima y emprender su viaje hacia el Cusco por la ruta del centro, Gay llegó a la antigua capital de los incas y desde allí se dirigió hacia la montaña de Paucartambo y el valle de Kosñipata. Luego pasó por la quebrada de Urubamba, visitó Ollantaytambo y finalmente se encaminó hacia el valle de Santa Ana, en la entonces provincia de La Convención.
Detenerme en aquella fecha fue inevitable. Era 1839. Quillabamba todavía no era la ciudad que hoy conocemos. Las carreteras modernas no existían. Los viajes hacia el oriente cusqueño exigían largas jornadas por caminos difíciles, atravesando montañas, quebradas y pasos peligrosos. Sin embargo, Claudio Gay había llegado hasta el valle de Santa Ana. Las referencias posteriores señalan incluso que dedicó varios meses a la exploración de aquella región. Me resulta inevitable imaginar aquel momento: un naturalista europeo internándose en un territorio de exuberante vegetación, encontrando un mundo completamente diferente a las grandes alturas andinas.
La visita de Gay tiene un significado especial para nuestra historia porque nos muestra que Santa Ana ya formaba parte de los itinerarios de investigación científica en la primera mitad del siglo XIX. La región comenzaba a ser conocida fuera de sus fronteras inmediatas. Y, sin embargo, debemos recordar algo fundamental: aquellos científicos no descubrieron una tierra vacía. Antes de ellos estaban los pueblos y comunidades que durante generaciones habían conocido sus ríos, montañas, caminos y plantas. Los naturalistas llegaron para registrar y clasificar científicamente una naturaleza que ya era parte de la vida y del conocimiento de quienes habitaban el territorio.
Años después, entre 1843 y 1847, una nueva expedición atravesaría una parte importante de Sudamérica. Era la gran expedición dirigida por el conde Francisco de Castelnau. Después de cumplir la primera parte de su atrevido programa, la comisión partió de Lima rumbo al Cusco el 10 de mayo de 1846. Una vez instalada en la ciudad imperial, preparó su exploración hacia los grandes ríos del oriente.
El 21 de julio de 1846 la expedición salió del Cusco. Primero visitó la ciudad de Urubamba y el pueblo de Ollantaytambo. Luego tomó la ruta del puerto de Panticalla y penetró en el fértil valle de Santa Ana hasta llegar a la hacienda Echarate, que por aquel entonces marcaba el término del camino de herradura.
Esta referencia posee un valor extraordinario para comprender la geografía histórica de La Convención. Hoy hablamos de carreteras y conexiones terrestres, pero en 1846 la situación era muy diferente. Echarate representaba uno de los últimos puntos alcanzados por el camino de herradura y, a partir de allí, el río adquiría una importancia decisiva.
El 14 de agosto de aquel mismo año la comisión se embarcó y comenzó a descender por las torrentosas aguas del Urubamba. El 5 de septiembre llegó a la confluencia con el río Tambo y posteriormente continuó por el Ucayali hasta alcanzar el Amazonas. El viaje científico se transformaba así en una verdadera expedición por la gran red fluvial amazónica.
Sin embargo, aquella expedición estuvo marcada por una tragedia. Parte importante del material científico reunido entre Ayacucho y la desembocadura del koribeni en el Urubamba se perdió tras la muerte del vizconde Eugenio d'Osery, asesinado por balseros de Balsa Puerto cuando se dirigía hacia la confluencia de los ríos Marañón y Ucayali. Por esa razón, el herbario que logró sobrevivir de aquella expedición fue bastante reducido. Pero su recorrido quedó como un testimonio extraordinario de las antiguas rutas que conectaban el Cusco con la Amazonía.
El viaje olvidado de Paul Marcoy: Crónica y botánica en la selva de Quillabamba (1846)
A mediados del siglo XIX, la Amazonía peruana era un territorio envuelto en el misterio para la ciencia europea. En 1846, un enigmático viajero y artista francés, Paul Marcoy (pseudónimo de Laurent Saint-Cricq), se internó en los valles del Cusco con un objetivo ambicioso: cruzar el continente de océano a océano a través de los ríos amazónicos. Su paso por la provincia de La Convención y la zona de Quillabamba dejó uno de los testimonios históricos, botánicos y visuales más ricos de la época republicana.
CUSCO, Descenso por el Valle Sagrado, PROVINCIA DE LA CONVENCIÓN, HACIENDA SANTA ANA (1846) Actual ciudad de Quillabamba, DESCENSO DEL RÍO URUBAMBA (Hacia la baja Amazonía)
Tras residir un tiempo en la ciudad del Cusco, Marcoy emprendió el descenso hacia el norte en 1846. En ese entonces, Quillabamba no existía como la ciudad actual, sino que el territorio estaba dominado por inmensas propiedades agrícolas coloniales y republicanas.
Marcoy se hospedó y centró sus operaciones en la histórica Hacienda Santa Ana (cuyos terrenos dieron origen legal a Quillabamba décadas después). En sus escritos, el francés describió la transición climática y geográfica como un choque visual impactante: dejar atrás la rigidez de las montañas andinas para sumergirse en un mar verde de vegetación exuberante, neblina y ríos caudalosos.
Descubrimientos e Ilustración Botánica
Aunque la academia parisina lo consideraba más un literato que un científico puro, el aporte de Marcoy a la botánica y el registro de la región fue masivo:
• Muestras biológicas: Durante su estancia en el valle y su posterior descenso fluvial, recolectó cientos de especímenes vegetales que luego fueron enviados a Europa. Destacó su interés por las variedades de cinchona (árbol de la quina) y plantas medicinales nativas.
• El tesoro de los grabados: Marcoy poseía un talento excepcional para el dibujo. Registró minuciosamente la estructura de las palmeras americanas, las flores exóticas del Urubamba y los frutos locales. Sus dibujos se convirtieron en la primera ventana visual de Quillabamba para el Viejo Mundo.
• Registro agroecológico: En 1846, describió el enorme potencial agrícola del valle. Documentó las primeras plantaciones de cacao, café y caña de azúcar, cultivos que con el tiempo se transformarían en el motor económico y la identidad de la provincia de La Convención.
El impacto de su obra
Los hallazgos de su viaje de 1846 no vieron la luz de inmediato. Fue recién en 1869 cuando se publicó en París su obra cumbre: "Voyage à travers l'Amérique du Sud" (Viaje a través de América del Sur).
El libro causó sensación por sus crónicas detalladas sobre la vida en las haciendas cusqueñas, el carácter de los pobladores locales y sus interacciones con los nativos Matsigenka. Su relevancia científica e histórica fue tal que, años más tarde, Marcoy fue nombrado director administrativo del Jardín Botánico de Burdeos en Francia, consolidando el valor de sus recolecciones americanas.
Hoy en día, las crónicas de Paul Marcoy de 1846 son una máquina del tiempo invaluable para Quillabamba. Sus textos permiten reconstruir cómo era el paisaje natural, la flora original y la vida social del valle de La Convención antes del nacimiento de su actual capital provincial.
Otro de los miembros de aquella gran comisión fue el botánico y médico francés Hugh Algernon Weddell. Weddell se separó de la expedición en 1845, en territorio brasileño, con el propósito de estudiar los árboles de quina. Después de dos años de intensa investigación en el norte de Bolivia llegó al Perú, en junio de 1847, para continuar sus estudios sobre las regiones donde crecían estas especies.
Su recorrido lo llevó por Sandia y San Juan del Oro, en Puno, y posteriormente hacia Carabaya y el altiplano. Desde allí emprendió una rápida excursión hacia el departamento del Cusco y exploró lo que el antiguo documento describe con una frase que me quedó grabada: “el delicioso valle de Santa Ana”, descendiendo incluso más abajo del paraje denominado Cocabambilla.
El delicioso valle de Santa Ana.
Es difícil no detenerse ante aquellas palabras. ¿Qué vio Weddell para describir así nuestro valle? ¿Qué impresión le produjo la vegetación después de atravesar las regiones altas y frías del altiplano? Tal vez fueron las montañas cubiertas de bosque, los ríos, la fertilidad de la tierra o la inmensa diversidad vegetal. Weddell dedicó parte importante de su vida al estudio de las quinas y publicó obras fundamentales para el conocimiento de la flora sudamericana. Su paso por Santa Ana vincula directamente a La Convención con una de las grandes historias científicas y económicas del Perú: la búsqueda y el estudio de las quinas o cascarillas, árboles cuya corteza tuvo enorme importancia medicinal y comercial.
En 1850 llegó al Perú otro de los grandes nombres de nuestra historia científica: Antonio Raimondi. Era entonces un joven de apenas 23 años, pero estaba destinado a convertirse en uno de los mayores investigadores del territorio peruano. En enero de 1858 inició sus grandes viajes de exploración por el país. Tomó la ruta del centro, llegó al Cusco y desde allí se encaminó hacia el valle de Santa Ana, en la provincia de La Convención, internándose hasta un paraje situado más abajo de la desembocadura del Yanatile en el Urubamba.
Encontrar a Raimondi en la historia de nuestra región tiene un significado especial. Raimondi representa el deseo de conocer el Perú caminándolo. No estudió el país únicamente desde un escritorio. Recorrió sus montañas, observó sus recursos, examinó sus plantas, registró sus paisajes y dejó apuntes que todavía continúan siendo fuente de investigación.
Las referencias botánicas conservan nombres concretos de nuestra geografía vinculados con sus observaciones. En sus apuntes aparecen lugares del valle de Santa Ana, zonas situadas entre Huayanay y la hacienda Mandor, además de otras referencias a la vegetación de La Convención. Aquellas anotaciones demuestran que Raimondi no solamente pasó por nuestra región, sino que observó y registró parte de su riqueza natural.
En 1865 Raimondi regresó al Cusco, esta vez procedente del departamento de Puno, y recorrió las provincias del departamento entre el 24 de marzo y el 6 de octubre. Sus viajes produjeron abundantes colecciones científicas y contribuyeron al conocimiento de la flora peruana. Para La Convención, su paso por Santa Ana en 1858 constituye una conexión directa entre la historia local y la gran historia de la exploración científica nacional.
Durante el resto del siglo XIX, el Cusco no fue objeto de grandes exploraciones botánicas sistemáticas, aunque sí llegaron coleccionistas interesados en plantas ornamentales. Richard Pearce, agente de la firma inglesa T. Weith, recorrió entre abril de 1866 y marzo de 1867 los departamentos del Cusco, Apurímac y Ayacucho.
En 1882, Juan Noetzli recorrió los departamentos de Puno y Cusco. Y en 1887, el francés A. Forget viajó por la región tropical del oriente cusqueño. Aunque no se precisa en todos los casos el itinerario exacto de cada uno dentro de La Convención, su presencia nos recuerda que el oriente cusqueño continuaba atrayendo el interés de quienes buscaban especies vegetales y riquezas naturales.
Con el inicio del siglo XX comenzó una nueva etapa. En enero y febrero de 1903, el prestigioso botánico inglés Arthur W. Hill visitó el Cusco y exploró con detenimiento el fértil valle del Urubamba, internándose hasta el pueblo de Santa Ana, capital de la provincia de La Convención. Esta referencia es importante porque demuestra que Santa Ana continuaba siendo uno de los grandes puntos de llegada para los investigadores que recorrían el Cusco.
Poco después apareció en nuestra historia otro personaje fundamental: Augusto Weberbauer. La Real Academia de Ciencias de Berlín lo había comisionado para realizar extensas exploraciones botánicas en el Perú. Weberbauer llegó al país el 15 de noviembre de 1901 y durante los años siguientes desarrolló una labor científica que sería decisiva para el conocimiento de la vegetación peruana.
En junio de 1905 recorrió el valle del Urubamba y se detuvo especialmente en Yucay y en la región de Santa Ana. Después de cruzar la cadena nevada que atraviesa el Urubamba por la profunda quebrada del paso de Panticalla, ingresó nuevamente al valle del río y llegó a la región de Santa Ana. Allí utilizó durante aproximadamente dos semanas como campo de trabajo la hacienda de Idma, situada a unos 1,350 metros de altitud, en un valle transversal sobre Santa Ana, gracias a la invitación de su propietario, el señor Araníbar.
Esta información me parece especialmente importante para la historia de Quillabamba y de toda La Convención. Weberbauer no fue un viajero que simplemente atravesó la región. Permaneció allí trabajando y observando. En sus propios escritos señaló que la vegetación del valle del Urubamba, en la región de Santa Ana, se distinguía notablemente por su composición y por su periodicidad de otras zonas orientales del Perú que había visitado.
La hacienda Idma aparece repetidamente en las referencias científicas de la época. Su ubicación en el entorno geográfico relacionado con Quillabamba convierte aquel lugar en un punto de enorme interés para reconstruir la historia del paisaje y de las antiguas propiedades rurales de La Convención. ¿Qué aspecto tenía la región en 1905? ¿Cómo eran los caminos? ¿Quiénes vivían y trabajaban en aquellas haciendas? ¿Qué relaciones existían entre, Idma y la pequeña población de Quillabamba? Son preguntas que todavía pueden conducirnos hacia nuevas investigaciones.
Weberbauer regresó posteriormente al Cusco en varias ocasiones. En 1911 realizó otro viaje por el departamento, recorriendo entre el 1 de mayo y el 4 de julio las provincias de Anta, Cercado, Quispicanchi y Canchis. En abril y mayo de 1914 exploró la provincia de Paucartambo e ingresó en el valle de Kosñipata hasta la hacienda Asunción. Más adelante, por cuenta del Field Museum de Chicago, realizó dos nuevas excursiones: una en febrero y marzo de 1928 y otra en febrero y marzo de 1929, durante las cuales exploró los valles de Marcapata, Lares y Santa Ana.
Esto significa que Santa Ana no fue para Weberbauer un episodio aislado de 1905. La región volvió a formar parte de sus exploraciones posteriores, consolidándose como uno de los territorios importantes para el estudio de la flora cusqueña.
En 1911 llegó al Perú la Expedición Peruana de la Universidad de Yale, dirigida por Hiram Bingham. Entre sus integrantes se encontraba el botánico Harry Ward Foote, quien durante los aproximadamente dos meses que permaneció en el Cusco visitó las provincias del Cercado, Urubamba y La Convención. Foote se interesó especialmente en las muscíneas y reunió colecciones de hepáticas y musgos que posteriormente fueron estudiadas por especialistas. Su trabajo demuestra que la investigación científica sobre nuestra región ya no se limitaba a las grandes plantas visibles del paisaje. La mirada de la ciencia comenzaba a penetrar incluso en los grupos vegetales más pequeños y menos conocidos.
Tres años después, en 1914, llegó al Cusco el profesor Joseph Nelson Rose, enviado por el Instituto Carnegie de Washington con la cooperación de otras instituciones científicas de los Estados Unidos para estudiar la gran familia de las cactáceas. Entre el 24 de agosto y el 4 de septiembre recorrió Canchis, Quispicanchi y el Cercado. Su itinerario descrito en el documento no se concentra directamente en La Convención, pero su presencia forma parte de aquella época en la que el Cusco se había convertido en un territorio de creciente interés para la ciencia botánica internacional.
En 1915 llegó una nueva expedición vinculada nuevamente a la Universidad de Yale. A iniciativa del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos se incorporaron a ella los profesores O. F. Cook y Bruce Gilbert, como botánico y ayudante botánico respectivamente. Durante los meses de abril, mayo y junio de aquel año, la comisión recorrió Sicuani, Tinta, Calca, Ollantaytambo, Torontoy, Machupicchu, San Miguel, Lucumayo y Santa Ana.
El resultado de aquel viaje fue extraordinario. La expedición reunió un herbario compuesto por más de 1,650 números de plantas fanerógamas, 43 paquetes de musgos y un considerable número de hepáticas. O. F. Cook, además, desarrolló una amplia bibliografía sobre la agricultura aborigen en tiempos de los incas y sobre el notable número de plantas domesticadas antes de la llegada de los españoles.
La presencia de Cook y Gilbert en Lucumayo y Santa Ana abre otra perspectiva para comprender nuestra región. La Convención no solamente interesaba por sus plantas silvestres. Su territorio también podía ser estudiado en relación con la agricultura, los cultivos y el conocimiento desarrollado por las sociedades humanas.
Pero fue precisamente hacia el año de 1915 cuando apareció uno de los personajes que, en mi opinión, merece ocupar un lugar especial dentro de la historia de Quillabamba. Su nombre era Christian Bües.
El antiguo documento señala que hacia el año 1915 se radicó en el pueblo de Quillabamba, capital de la provincia de La Convención, el ingeniero agrónomo Christian Bües, graduado en la Universidad de Cornell, en los Estados Unidos. Era ya conocido por sus exploraciones geográficas realizadas en Junín y Puno, pero fue en nuestra provincia donde desarrolló una parte especialmente importante de su labor.
A diferencia de Claudio Gay, Castelnau, Weddell, Raimondi, Weberbauer, Hill, Foote, Cook y Gilbert, Christian Bües no llegó simplemente para continuar su viaje. Se estableció en Quillabamba.
Entre 1919 y 1920 se dedicó con verdadero entusiasmo a herborizar en la extensa provincia de La Convención con el propósito de enriquecer su Museo particular de Historia Natural. Prestó especial atención a las plantas esporófitas y, entre las fanerógamas, a las orquídeas. Su trabajo logró reunir alrededor de dos mil números de colección.
Cuando encontré aquella información, comprendí que estábamos ante una historia que merece ser recuperada. La Quillabamba de comienzos del siglo XX no fue solamente un pueblo agrícola en proceso de crecimiento. En ella vivió un cientifico, ingeniero agrónomo que dedicó tiempo y esfuerzo a estudiar científicamente la naturaleza de toda La Convención y que llegó a organizar un Museo particular de Historia Natural.
Los duplicados de sus colecciones fueron remitidos, por intermedio del autor del documento, a diversos institutos botánicos del extranjero que posteriormente se ocuparon de estudiarlos. Así, ejemplares recogidos en las montañas, quebradas y valles de La Convención pudieron haber viajado desde Quillabamba hacia instituciones científicas internacionales.
Christian Bües dejó además una referencia que considero de enorme importancia para la investigación histórica: elaboró un mapa detallado de la provincia de La Convención que, según el documento, permanecía inédito . También desarrolló una amplia bibliografía sobre las riquezas agrícolas de la región tropical.
Ese mapa dibujado por Christian Bües esta publicado en nuestra pagina Quillabamba un legado viviente.
El propio autor del documento describe a Christian Bües como uno de aquellos hombres de ciencia que hicieron del Perú su segunda patria. Y esa frase adquiere un significado especial cuando pensamos que Bües eligió establecerse precisamente en Quillabamba.
Mientras Bües desarrollaba su labor en La Convención, la investigación de la flora cusqueña continuaba creciendo. Entre 1922 y 1933, el autor del documento, Fortunato L. Herrera, realizó extensas exploraciones botánicas por las provincias del departamento. Aunque su labor abarcó todo el Cusco, el conocimiento acumulado sobre Santa Ana y La Convención también formó parte del gran trabajo que desarrolló durante aquellos once años. Herrera llegó a reunir alrededor de cuatro mil pliegos y logró que numerosas especies fueran estudiadas por instituciones botánicas extranjeras. Su esfuerzo permitió identificar 1,165 especies naturales del departamento, entre ellas 88 nuevas para la ciencia, 714 registradas por primera vez para el Cusco y, en muchos casos, para el Perú, y 363 que ya eran conocidas mediante colecciones anteriores.
Lo más importante de su método es que no solamente recogía las plantas. Anotaba para cada una de ellas la localidad, el hábitat, sus posibles aplicaciones y los nombres vulgares con que eran conocidas en las regiones de donde procedían. Esa costumbre convierte sus investigaciones en una fuente que puede tener enorme valor histórico y etnográfico, porque en sus registros pueden sobrevivir nombres locales y conocimientos tradicionales vinculados con la naturaleza.
Después de la partida de Fortunato L. Herrera del Cusco, el trabajo de investigación continuó. A fines de 1933 visitó el departamento la señorita Dora B. Sttaford. En 1935 llegó el profesor James West y en 1936 el profesor Thomas Harper Goodspeed, conocido por sus estudios sobre el género Nicotiana. Por su parte, entre 1936 y 1939, César Vargas C., discípulo de Herrera y posteriormente catedrático de Botánica en la Universidad del Cusco, realizó una extensa herborización en diversas provincias del departamento. El profesor Valeriano Soukup, de la Granja Modelo de Chuquibambilla, en Puno, también obtuvo una colección botánica en las provincias del Cercado, Urubamba y La Convención.
A esta larga historia de exploradores y científicos se suman otros nombres mencionados por el documento: Clements Markham, quien en 1853 y nuevamente en 1860 penetró hacia los valles de Paucartambo en busca de semillas y plantas vivas de quina; Otto Buchtien, en 1919; Wilson Popenoe, ingeniero agrónomo del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, en 1921; Albert F. Blakeslee, en 1925; E. Wedermann, conservador del Museo y Jardín Botánico de Berlín-Dahlem, en 1926; y finalmente Inés Mexia, notable coleccionista mexicana que recorrió los Andes sudamericanos.
No todos ellos realizaron el mismo itinerario ni todos dejaron una huella directa documentada en Quillabamba o Santa Ana, pero sus nombres muestran la intensidad de la actividad científica que durante décadas tuvo como escenario al Cusco y a sus provincias.
Al final de esta larga historia, el resultado de las investigaciones realizadas por botánicos y colectores quedó condensado en un catálogo que registraba 2,157 especies de plantas para el Cusco, cifra que el propio autor consideraba probablemente cercana a la mitad del inventario completo de la flora departamental. Entre ellas se contaban 585 especies de esporófitas y 1,572 especies de espermatófitas.
Pero para mí, después de recorrer todos estos nombres y fechas, las cifras dejan de ser simplemente números. Detrás de ellas aparecen los caminos que atravesaron los exploradores. Aparecen Santa Ana y sus valles. Aparece Echarate como el límite de un antiguo camino de herradura. Aparece Cocabambilla, más allá de donde descendió Weddell. Aparecen Huayanay y Mandor en las anotaciones de Raimondi. Aparece el Yanatile desembocando en el Urubamba. Aparece la hacienda Idma como lugar de trabajo de Weberbauer. Aparecen Lucumayo y Santa Ana en la expedición de Cook y Gilbert. Y finalmente aparece Quillabamba, no solamente como una población que crecía en medio de la Amazonía cusqueña, sino como el lugar donde Christian Bües decidió establecerse y desde donde organizó su trabajo científico.
Esa es, quizás, una de las historias que todavía debemos recuperar para comprender verdaderamente nuestro pasado.
La historia de Quillabamba no se encuentra solamente en las fechas de fundación, en las autoridades, en las primeras casas o en las fotografías antiguas. También se encuentra en las rutas que siguieron los viajeros, en los ríos por donde descendieron las expediciones, en las antiguas haciendas, en los herbarios que conservan plantas recogidas en nuestra tierra y en los mapas que quizá todavía esperan ser encontrados.
La naturaleza también guarda memoria.
Una planta recolectada en Santa Ana en 1839 puede conservar la huella del paso de Claudio Gay. Una anotación de 1846 puede recordarnos el viaje de Castelnau hasta Echarate. La frase “el delicioso valle de Santa Ana” todavía nos devuelve la mirada de Weddell sobre nuestra tierra en 1847. Los apuntes de Raimondi nos conducen hacia Huayanay, Mandor y el Urubamba en 1858. Las colecciones de Weberbauer nos muestran la importancia científica de Idma y Santa Ana en 1905. Los registros de Cook y Gilbert nos devuelven a Lucumayo y Santa Ana en 1915. Y la presencia de Christian Bües nos permite imaginar una Quillabamba de comienzos del siglo XX en la que un Científico, ingeniero agrónomo, graduado en Cornell, reunió alrededor de dos mil ejemplares para su propio Museo de Historia Natural y elaboró un mapa detallado de toda la provincia de La Convención.
Quizás algún día encontremos aquel mapa.
Quizás aparezcan fotografías de Christian Bües en Quillabamba.
Quizás sobrevivan documentos de su museo o parte de las colecciones que reunió.
Quizás en algún herbario del Perú, Europa o los Estados Unidos permanezcan todavía ejemplares recogidos por él, llevando en sus etiquetas el nombre de algún río, quebrada, hacienda o pueblo de nuestra provincia.
Y si logramos encontrar esas huellas, estaremos recuperando una parte olvidada de nuestra propia historia.
Porque antes de que muchos caminos modernos unieran estos territorios, antes de que Quillabamba adquiriera la dimensión urbana que hoy conocemos, La Convención ya era una tierra que atraía la mirada de quienes deseaban comprenderla. Fue una tierra de pueblos antiguos y de conocimientos ancestrales, de agricultores y viajeros, de montañas y ríos, pero también una tierra de naturalistas y exploradores.
Santa Ana fue una de las grandes puertas hacia ese mundo tropical. El Urubamba fue el camino que permitió avanzar hacia la Amazonía. Echarate marcó una etapa fundamental en las antiguas rutas. Idma se convirtió en un punto de trabajo para Weberbauer. Lucumayo y Santa Ana fueron recorridos por nuevas expediciones. Y Quillabamba terminó convirtiéndose en un lugar donde uno de aquellos hombres de ciencia decidió quedarse.
Por eso, mientras continúo investigando la historia de esta ciudad, siento que Quillabamba todavía tiene muchas historias que contar. Algunas permanecen en la memoria de nuestros mayores. Otras sobreviven en fotografías amarillentas. Y algunas, quizás las más sorprendentes, permanecen escondidas en viejos libros científicos, en herbarios, mapas inéditos y archivos que esperan volver a encontrarse con la tierra de la que un día salieron.
Quillabamba es historia, pero también es naturaleza. Es memoria, pero también es territorio. Y comprender su pasado significa aprender a mirar todo aquello que nos rodea: el río, la montaña, el valle, los caminos y la extraordinaria diversidad de una tierra que durante generaciones ha sido admirada por quienes nacieron en ella y por quienes, viniendo desde lugares lejanos, quedaron fascinados por su riqueza.
Tal vez esa sea una de las razones por las que hoy, al buscar las raíces de Quillabamba, también termino encontrando las huellas de aquellos exploradores. Ellos llegaron con sus cuadernos, sus instrumentos y sus colecciones. Nosotros regresamos ahora con nuevas preguntas, buscando comprender lo que vieron y, sobre todo, recuperar aquello que el tiempo dejó disperso.
Porque investigar nuestra historia es, de alguna manera, volver a caminar por sus antiguos caminos.
Y en cada uno de esos caminos todavía permanece vivo el legado de Quillabamba.
Por George Vivanco Barreda, Investigador.
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