19/08/2026
QUILLABAMBA DE LA LIMPIA CONCEPCIÓN
PARTE I Los primeros pasos hacia el valle:
cuando los conquistadores miraron hacia las montañas
Corría el año de 1538
El Cuzco, todavía estremecido por los acontecimientos que habían transformado para siempre el mundo andino, comenzaba a organizar el nuevo orden impuesto tras la conquista. En aquella ciudad imperial se estableció un Cabildo Abierto o Asamblea Magna, reunión en la que se tratarían asuntos relacionados con el reparto de los bienes obtenidos durante la conquista.
Allí se congregaron personajes de diversa condición y rango: caballeros de espuela, hombres de espada, militares, hombres de letras y representantes de las instituciones que comenzaban a estructurar el poder colonial.
Entre ellos se encontraba don Juan Pizarro, pariente del conquistador Francisco Pizarro.
Según el relato histórico que nos ocupa, a don Juan Pizarro le correspondió el Templo del Sol. Aquel recinto sagrado, que durante siglos había constituido uno de los principales centros religiosos del mundo incaico, pasaría entonces a formar parte del nuevo orden religioso.
Don Juan Pizarro hizo donación de aquel inmueble sagrado a los Padres Dominicos, representados por el reverendo padre fray Juan de Olías, homónimo, amigo y religioso cercano a él.
Fray Juan de Olías emprendió entonces una tarea que, desde la perspectiva de los misioneros de aquella época, tenía un significado trascendental: transformar lo que había sido un lugar de culto al dios solar en un templo destinado a la adoración del Dios cristiano.
Pero entre aquellos hombres que comenzaban a mirar más allá de las montañas había otro religioso cuya historia habría de quedar profundamente vinculada con los valles que, con el tiempo, formarían parte de La Convención.
Era el padre dominico fray Domingo Cabrera Lartaún.
Su nombre aparecerá una y otra vez en la historia temprana de estos territorios.
No sería solamente un religioso.
Sería también explorador, visitador de tierras, mensurador y personaje fundamental en la organización de las propiedades que comenzaron a establecerse en los valles.
La Cédula Real y la mirada hacia la montaña
En aquella misma Asamblea Pública se acababa de leer y comentar una Cédula Real llegada de España, cuyo contenido, según la tradición recogida por el autor, establecía en esencia una fórmula para recompensar los servicios prestados durante la conquista:
“Páguese en terrenos de montaña a los Oficiales Militares y en terrenos de retaguardia a los altos funcionarios del Virreinato”.
La noticia produjo entusiasmo.
La posibilidad de recibir tierras en aquellos territorios todavía poco conocidos despertó entre militares, funcionarios y religiosos una nueva inquietud: penetrar en las regiones de montaña, conocerlas, estudiarlas y establecerse en ellas.
La expansión no se limitaría, por tanto, a las armas.
Detrás de las expediciones vendrían los estudios de las lenguas, el conocimiento de los territorios, la agricultura, las minas, los productos naturales y, finalmente, la formación de nuevos asentamientos.
El relato de los misioneros interpreta aquella expansión desde una profunda convicción religiosa. Para ellos, la conquista de nuevos territorios estaba inseparablemente ligada a la propagación de la fe.
De acuerdo con esta visión, los soldados y oficiales recibían la misión de convertirse también en instrumentos de expansión de la religión cristiana.
El proyecto comprendía varios objetivos:
1. El conocimiento y estudio de las lenguas.
2. La orden de penetrar hasta los últimos rincones donde hubiera poblaciones que evangelizar.
3. El estudio de las tierras, minas, agricultura, productos y riquezas naturales.
4. La fusión de sangres mediante el establecimiento permanente de los conquistadores en las tierras que tomaban en posesión.
5. La civilización.
6. La evangelización.
7. La salvación de las almas.
Desde la perspectiva religiosa del autor, estos objetivos terminarían extendiendo el cristianismo por buena parte de la Amazonía peruana.
El relato sostiene que aquello ocurrió tanto en territorios escarpados y difíciles como en valles fértiles y abundantes, porque los religiosos y expedicionarios consideraban que, antes que las riquezas de la tierra, estaban las almas.
Pero para llegar a aquellos territorios había que atravesar una frontera todavía peligrosa.
Y esa frontera era Vilcabamba.
II. La expedición hacia Vilcabamba
El recuerdo del terrible martirio sufrido por el misionero agustino fray Diego Ruiz de Ortiz, ocurrido en Marcaray, provocó el envío de una expedición destinada a castigar aquella muerte.
Al frente de la guarnición marchó don Martín Hurtado de Orvieto.
La expedición llevaba tres consignas principales:
a) Conquistar Vilcabamba.
b) Vengar la muerte del misionero agustino.
c) Explorar las tierras de los valles.
Y este último objetivo habría de adquirir una importancia extraordinaria.
Porque, según el relato, esta fue la primera expedición en la que comenzaron a mencionarse de manera concreta los valles.
Entre los integrantes de aquella comitiva se encontraba don Juan de Partaún, quien posteriormente ocuparía importantes cargos. En Vilcabamba aparece mencionado como *Gobernador y Justicia Mayor.
Fue precisamente él quien, según la tradición recogida en este relato, entregó terrenos y solares a los Padres Mercedarios, representados por el reverendo padre fray Gonzalo Toro y Caballero, acompañado por sus hermanos de hábito, los padres fray Diego de Chávez y fray Diego Altamirano.
Estos religiosos sucederían a los Padres Agustinos en la labor de evangelización de Vilcabamba.
Otro personaje importante de aquella expedición fue don Ramón Cabrera Lartaún, hermano seglar del dominico padre Cabrera Lartaún y primo de uno de los personajes anteriormente mencionados.
Don Ramón Cabrera Lartaún desempeñó posteriormente diversos oficios en la Audiencia del Cuzco.
La expedición avanzó.
Vilcabamba fue conquistada.
Y una vez que fueron sometidos los principales reductos guerreros y fortalezas de las alturas, la presencia española comenzó a proyectarse hacia los valles.
La civilización según la terminología utilizada por el autor descendió entonces hacia las tierras bajas por Huiro y Amaybamba.
¿Por dónde entraron los españoles al valle?
Existe una afirmación que el propio autor considera necesario corregir.
Algunos habían sostenido que la entrada de los españoles al valle se produjo por el Salkantay.
Pero el autor rechaza tajantemente esa interpretación.
Según su explicación, el Salkantay fue mantenido durante mucho tiempo por los incas como una verdadera defensa de retaguardia y como una vía estratégica de comunicación hacia el exterior.
Era, por tanto, un reducto que los incas conservaron durante años.
La entrada hacia los valles habría seguido otra ruta.
El camino habría descendido desde los territorios conquistados hacia Huiro y Amaybamba, abriendo progresivamente el acceso a aquellas tierras fértiles que comenzaban a despertar el interés de los nuevos ocupantes.
Esta interpretación adquiere especial interés cuando se observa la importancia posterior de Amaybamba y del camino hacia Vilcabamba.
Una investigación reciente de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco documenta que el camino que pasaba por el valle de Amaybamba cruzaba el río por Chuquichaca, desde donde se ingresaba hacia Vilcabamba; además, un documento de compraventa de tierras de 1671 menciona expresamente tierras de Sebastián Arnedo denominadas Quillabamba y La Limpia Concepción.
Es decir, siglos después, los documentos vuelven a mostrarnos esos nombres vinculados al territorio.
Pero antes de llegar a ese momento había que atravesar todavía una larga etapa de exploraciones, mediciones y repartos.
III. Incahuasi y la memoria del Inca
El relato hace aquí una referencia significativa a Incahuasi.
Todos conocemos el significado atribuido al término:
Inca-huasi: la casa del Inca.
La población que lleva este nombre se encuentra en las últimas estribaciones de Vilcabamba.
Según la tradición recogida por el autor, habría constituido uno de los últimos espacios ocupados por el Inca en las alturas.
Desde allí sostiene el relato se habría proyectado posteriormente la tradición del gran Paitite o Dorado, territorio legendario asociado a inmensas riquezas.
En esa narración aparecen también las riquezas vinculadas al diosn Punchao, descritas como hechas de oro, además de los tesoros y objetos preciosos pertenecientes a la familia imperial.
Aquí se mezclan historia, memoria indígena, tradición colonial y leyenda. Y precisamente por eso este territorio resulta tan fascinante. Las montañas no eran únicamente obstáculos geográficos.
Eran también espacios cargados de memoria, de resistencia, de religiosidad y de relatos sobre ciudades ocultas y riquezas todavía desconocidas para los europeos.
Mientras Vilcabamba iba cayendo y las rutas comenzaban a abrirse, los españoles empezaron a descubrir que detrás de las montañas existía algo que podía cambiar el destino de quienes se atrevieran a internarse en ellas:
los grandes valles del Vilcanota. Y aquellas noticias no tardaron en llegar al Cuzco.
IV. La tierra prometida de los valles
Cuando los expedicionarios regresaron de Vilcabamba, llevaron consigo noticias que despertaron el interés de numerosos caballeros.
Habían visto tierras fértiles. Habían conocido valles abundantes.
Habían descubierto territorios que podían ser cultivados y explotados.
Las noticias sobre las tierras de los valles del Vilcanota comenzaron a circular y, para muchos, aquellas regiones aparecieron como una verdadera tierra de promisión.
Comenzó entonces a surgir una nueva idea:
tomar posesión de aquellas tierras y recibir lotes en pago por los servicios prestados durante la guerra.
Pero existía un problema.
No bastaba con repartir tierras.
Había que medirlas.
Había que establecer sus límites.
Había que conocer la geografía de la montaña.
Había que determinar dónde comenzaba una propiedad y dónde terminaba otra.
Y para ello era necesario encontrar a un hombre con conocimientos suficientes de aquellos territorios.
Fue entonces cuando se planteó ante el Gobernador del Cuzco la necesidad de nombrar un personero oficial, perito en mensuras y conocedor de las tierras de montaña.
El caso fue sometido a consideración. Y mediante licitación pública, según el relato, todos los votos recayeron sobre un hombre que ya había conocido personalmente aquellos territorios.
El elegido fue:
FRAY DOMINGO CABRERA LARTAÚN
La razón era sencilla.
Había participado en la primera expedición hacia Vilcabamba.
Había recorrido aquellos caminos.
Había visto los valles.
Había conocido directamente las tierras de montaña.
Y ahora ese conocimiento sería puesto al servicio de una tarea que habría de dejar una profunda huella en la historia territorial de Quillabamba.
Fray Domingo Cabrera Lartaún dejó temporalmente el convento.
Su nuevo cargo lo obligaba a internarse repetidas veces en la montaña para cumplir con sus responsabilidades.
No era un nombramiento menor.
El propio autor señala que tenía los honores de una Cédula Real y que el religioso comenzó a ejercer sus funciones con nombramiento de la Audiencia del Cuzco, mientras llegaba la correspondiente disposición de la Corona.
De esta manera, un religioso dominico pasó a desempeñar un papel decisivo en la organización territorial de aquellos valles.
Y sería precisamente en ese escenario donde comenzaría a escribirse una nueva historia.
Una historia de tierras, expediciones, haciendas, capillas, familias y nombres.
Una historia que, con el paso de los siglos, terminaría llevando un nombre que todavía hoy identifica a una ciudad:
Quillabamba de la Limpia Concepción.
QUILLABAMBA DE LA LIMPIA CONCEPCIÓN
PARTE II Las primeras tierras y los hombres del valle:
V. La segunda expedición: cuando los hombres comenzaron a tomar posesión del valle
La expedición de Vilcabamba había cumplido sus principales objetivos.
Se había penetrado en territorios que hasta entonces resultaban difíciles y peligrosos para los recién llegados. Se habían reconocido caminos, quebradas y valles; se habían localizado tierras fértiles y se había abierto, poco a poco, una nueva frontera.
Pero aquella primera expedición había sido, fundamentalmente, una empresa militar.
La siguiente sería diferente.
Ya no se trataba únicamente de avanzar con soldados, armas y pertrechos. Ahora aparecía otro propósito: conocer, medir, repartir y ocupar las tierras.
Con el paso de algunos años, varios caballeros se animaron a llevar adelante el proyecto de recibir terrenos vírgenes como recompensa por los servicios prestados durante las campañas de conquista.
Fue así como se organizó una nueva expedición.
Esta vez no marchaba un ejército.
Era un grupo de militares y civiles.
Hombres intrépidos, audaces y dispuestos a internarse en los valles para conocer aquellas tierras que las primeras incursiones habían comenzado a revelar.
La componían:
Don Juan Álvarez, oficial.
Don Francisco Sánchez, oficial.
Don Pedro Soria, maestro de campo.
Don Baltasar Carranza, caballero de la Real Orden de Santiago.
Don Nicolás Ponce de León, actuario público.
Don Diego Zanabria, militar de Calatrava.
Don Sebastián Arneto, militar de Calatrava.
Don Justo de la Torre y Pará, oficial.
Y nuevamente el padre dominico fray Domingo Cabrera Lartaún.
Esta vez, la presencia de Cabrera Lartaún tendría una función particularmente importante.
El religioso sería quien firmaría y sellaría las escrituras, valorizando las propiedades y terrenos del valle.
A su lado trabajaban dos ayudantes:
el alférez Nicolás de León y don Mateo de Covarrubias, mencionado en el documento como *pedímetro*, es decir, ayudante en las labores de medición y mensura.
Aquella actividad administrativa puede parecer, a primera vista, un detalle menor.
No lo era.
Porque cada medición, cada límite y cada firma estaban comenzando a transformar un territorio de montaña en un territorio documentado.
Las tierras dejaban de ser solamente espacios geográficos.
Comenzaban a convertirse en haciendas, propiedades, solares y lugares con nombres propios.
Y entre aquellos nombres aparecería uno que con el tiempo alcanzaría una importancia extraordinaria:
Quillabamba.
VI. Las firmas de fray Domingo Cabrera Lartaún
El autor hace aquí una afirmación particularmente significativa.
Sostiene que, hasta comienzos del siglo XVII, no se conocen otras firmas relacionadas con la valorización y documentación de aquellas tierras que las del propio padre dominico Cabrera Lartaún.
Según el relato, su sucesor en el cargo sería el Marqués de Valdelirios, quien llegó al valle en 1712.
Esa fecha es señalada como el momento en que comienzan a aparecer por primera vez sus firmas en la documentación.
La figura de Cabrera Lartaún adquiere así una dimensión que supera ampliamente su condición de religioso.
Fue un hombre que caminó por estos territorios.
Los midió.
Los recorrió.
Los conoció.
Los documentó.
Y puso su firma sobre las tierras que comenzaban a incorporarse al nuevo orden colonial.
Su nombre quedó, por ello, ligado a una etapa fundamental de la historia territorial del valle.
Pero el propio destino de este hombre también forma parte de la historia.
La muerte de un visitador de tierras
El padre Domingo Cabrera Lartaún falleció en el Convento de Lima hacia 1663 o comienzos de 1664.
El testimonio citado por el autor procede del Capítulo Provincial celebrado en el Convento Máximo del Santísimo Rosario de Lima, el 24 de julio de 1664.
En aquella reunión se comunicó oficialmente su fallecimiento.
La memoria de sus contemporáneos lo describió como:
“Maestro calificador del Santo Oficio, dignísimo Prior de este Convento del Rosario y Predicador plausible de la palabra de Dios”.
Pero había algo más.
El documento lo reconocía también por su trabajo en los territorios de montaña:
“Fue Visitador de tierras de Montaña por Su Majestad, y digno siempre de otros mayores honores y confianzas”.
Los capitulares añadieron una valoración todavía más importante de su labor:
el padre Cabrera había visitado y repartido, en nombre del Rey, tierras del Perú y del Alto Perú, procurando actuar con justicia y, en los casos contenciosos, con equidad.
Aquella declaración explica por qué su figura aparece tan estrechamente relacionada con las primeras propiedades de los valles.
Y también explica por qué, según el autor, sus firmas dejan de encontrarse después de los primeros años de la década de 1660.
La muerte del religioso no significó, sin embargo, el final del proceso.
Las tierras ya habían comenzado a ser ocupadas.
Las primeras haciendas comenzaban a tomar forma.
Y los nombres de sus propietarios empezaban a quedar ligados para siempre a la geografía del valle.
VII. El Cerro de Santo Domingo
El resultado de aquella expedición fue la toma de posesión de extensos terrenos.
Eran tierras amplias, fértiles y prometedoras.
Muy pronto comenzaron a ser explotadas.
Agricultura, cultivos y producción transformarían progresivamente el paisaje. Pero durante aquella expedición ocurrió también algo que pertenece a la memoria geográfica del lugar.
El padre Cabrera Lartaún denominó a la montaña más alta con el nombre de: CERRO DE SANTO DOMINGO
El nombre no era casual. Era una expresión de la profunda identidad religiosa de aquel religioso dominico.
El cerro comenzó a aparecer en la imaginación del autor como un gigante majestuoso que, desde las alturas, parecía extender su mirada sobre todo el valle.
Y a sus pies se encontraba la tierra que comenzaba a ser conocida como Quillabamba.
El relato utiliza entonces una hermosa imagen:
el Cerro de Santo Domingo como una figura protectora, casi paternal, que contempla desde lo alto a la “reina del Valle”.
Y esa reina era: QUILLABAMBA.
La imagen es profundamente simbólica.
La montaña y el valle.
Lo alto y lo bajo.
El religioso y la tierra.
El nombre de Santo Domingo frente al nombre de Quillabamba.
Dos elementos que terminarían formando parte de la memoria histórica y religiosa de este territorio.
VIII. Una nueva etapa: ya no eran necesarios los ejércitos
El tiempo había pasado.
La situación había cambiado.
Ya no era necesario penetrar en el valle con grandes ejércitos ni con grupos militares fuertemente armados.
La frontera había dejado de ser aquel espacio desconocido y peligroso de los primeros años.
Se había abierto el camino.
Las tierras habían sido exploradas.
Los primeros propietarios habían tomado posesión.
Y ahora comenzaba una nueva etapa:
la etapa del establecimiento permanente.
La tercera expedición sería mucho más pequeña.
Algunos de los hombres de la expedición anterior ya habían decidido dónde establecerse.
Otros habían tomado posesión de sus respectivos terrenos.
Otros regresarían a sus lugares de origen.
Y algunos, en cambio, permanecerían en el valle para comenzar una nueva vida.
De la expedición anterior quedaban, entre otros:
Don Sebastián Arneto, militar de Calatrava.
Don Baltasar Carranza, caballero de la Real Orden de Santiago.
Don Nicolás Ponce de León, actuario público.
Don Justo de la Torre y Pará, oficial.
Y junto a ellos aparecerían también los Padres Jesuitas, que penetraron en el valle con el propósito de establecerse y trabajar en él.
Mientras tanto, otros integrantes ya habían tomado sus propios caminos.
Los Padres Mercedarios, que habían ocupado el lugar de los Agustinos en Vilcabamba después de la muerte de fray Diego, se habían establecido allí con un convento.
Don Juan Álvarez había tomado terrenos en Yanama.
Don Francisco Sánchez se había radicado en Totora.
Don Pedro Soria había permanecido en Lucma.
Don Diego Zanabria había adquirido terrenos en
Huammamarca.
El valle comenzaba así a poblarse de nombres.
Cada hombre, cada familia y cada orden religiosa comenzaba a dejar una huella sobre el territorio.
IX. Las primeras propiedades del valle
Entre aquellos primeros ocupantes aparecen nuevamente nombres que se convertirían en parte de la historia territorial de la región.
Don Nicolás Ponce de León tomó posesión de Macamango.
Don Sebastián Arneto recibió las Pampas de Mandor.
Los Padres de la Compañía de Jesús ocuparon territorios en Pintobamba, Echarati y Chaco.
Don Baltasar Carranza tomó posesión de La Victoria y Sulluyo.
Y don Justo de la Torre y Pará se estableció en Chinche.
Cada una de aquellas tierras tenía su propio destino.
Algunas se transformarían en haciendas.
Otras darían origen a comunidades y centros poblados.
Otras conservarían durante siglos los nombres de sus primeros propietarios.
Y, en medio de ese proceso, comenzaría a consolidarse el nombre de un territorio que ya no sería simplemente una extensión de montaña.
Sería una población.
Sería una hacienda.
Sería una referencia geográfica.
Y finalmente sería una ciudad.
Quillabamba.
Pero ¿de dónde surgió exactamente ese nombre?
¿Qué significaba?
¿Y por qué, durante generaciones, apareció acompañado de una advocación religiosa?
Para responder esas preguntas debemos detenernos en un hombre:
DON SEBASTIÁN ARNETO.
Porque en su historia aparece una pequeña imagen.
Una imagen que, según este relato, habría de convertirse en uno de los símbolos espirituales más antiguos de Quillabamba.
La imagen de:
LA LIMPIA CONCEPCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN.
Y con ella comenzaría una nueva página de la historia del valle.
PARTE III Sebastián Arneto y el nacimiento de un nombre:
X. Sebastián Arneto: el hombre que quedó unido al nombre de Quillabamba
Entre los primeros hombres que llegaron a establecerse en los valles aparece una figura que, para la memoria histórica de Quillabamba, adquiere una importancia singular:
Don Sebastián Arneto.
El documento lo presenta como militar de la Orden de Calatrava, pero también como un hombre de profundas convicciones religiosas.
No aparece únicamente como soldado.
Aparece como propietario, como poblador y, sobre todo, como un hombre cuya vida terminaría vinculándose de manera íntima con el nombre de Quillabamba.
Su historia comienza en medio de aquellas primeras reparticiones de tierras.
Había recibido las Pampas de Mandor, una extensión que formaba parte de aquellos territorios que comenzaban a ser ocupados y explotados por los primeros colonizadores.
Pero Arneto llevaba consigo algo que no podía medirse en hectáreas ni delimitarse con escrituras.
Llevaba consigo una pequeña imagen religiosa.
Era una imagen de la Limpia Concepción de la Santísima Virgen.
Según el relato, aquella imagen acompañaba siempre a Sebastián Arneto.
La llevaba consigo incluso cuando se desplazaba a caballo.
La colocaba en el arzón de su caballo, como una presencia protectora que viajaba junto a él por los difíciles caminos de la montaña.
Aquella pequeña imagen habría de adquirir con el tiempo un significado mucho mayor.
Porque no permanecería únicamente en el ámbito privado de la familia.
La devoción de Arneto terminó extendiéndose a los demás habitantes del valle.
Los rezos de su familia fueron también los rezos de otros pobladores.
Y aquella imagen comenzó a convertirse en un punto de encuentro espiritual para quienes se internaban en aquellas tierras.
XI. La herencia de una hija y el nacimiento de una capilla
La historia de la imagen continuó a través de la familia.
Don Sebastián Arneto tuvo una hija llamada Concepción.
La joven contrajo matrimonio con don Baltasar Carranza, caballero de la Real Orden de Santiago, quien también había formado parte de las primeras expediciones y había recibido tierras en el valle.
Cuando se produjo el matrimonio, Concepción recibió de su padre parte de una hacienda.
El documento señala que aquella propiedad recibió el nombre de:
QUILLABAMBA CHICO
Esta es una referencia especialmente importante.
El propio autor destaca que esta sería la primera ocasión en que aparece registrado el nombre Quillabamba Chico dentro de su relato.
Pero la herencia no consistió únicamente en tierras.
Concepción recibió también de su piadoso padre la imagen de la Santísima Virgen.
Y fue alrededor de aquella imagen donde se habría formado la primera capilla mencionada en la historia del valle.
Una pequeña capilla dedicada a:
“La Limpia Concepción de la Santísima Virgen”.
Aquella advocación era la forma antigua de referirse a lo que posteriormente sería conocido universalmente como la Inmaculada Concepción.
El nombre de la Virgen y el nombre del territorio comenzaron así a caminar juntos.
Tierra y fe.
Familia y devoción.
Hacienda y capilla.
Quillabamba y la Limpia Concepción.
XII. La capilla en medio de la montaña
La pequeña capilla no era únicamente un lugar destinado al culto familiar.
Su importancia aumentó debido al movimiento de personas que comenzaban a penetrar en la montaña.
El documento recuerda especialmente la época en que el señor Robledo trabajaba en el camino de penetración denominado Sihuaniro.
Quienes ingresaban a la montaña se enfrentaban a un territorio difícil.
La selva representaba peligros que hoy podemos imaginar, pero que para aquellos hombres formaban parte de la vida cotidiana.
Animales, insectos, enfermedades, accidentes y la propia dificultad del terreno convertían cada desplazamiento en una experiencia incierta.
Por eso, quienes penetraban hacia la montaña acudían a la pequeña capilla.
Allí encendían velas.
Pedían protección.
Rezaban.
Encomendaban su vida y su regreso.
Según el relato, llegó a encenderse tal cantidad de velas que tanto la capilla como la propia imagen quedaron completamente ennegrecidas por el humo.
La escena resulta poderosa:
una pequeña imagen de la Virgen, iluminada por decenas y decenas de velas, mientras alrededor de ella se congregaban los hombres que estaban a punto de internarse en una montaña todavía llena de peligros.
La Virgen se convirtió, de esta manera, en una presencia protectora para los viajeros.
Y la advocación de la Limpia Concepción comenzó a arraigarse en la memoria de quienes habitaban el valle.
XIII. La imagen de la Limpia Concepción
El relato conserva una descripción detallada de aquella imagen.
No se trataba de una imagen pequeña, a pesar de que originalmente había acompañado a Sebastián Arneto en sus viajes.
La imagen tenía aproximadamente un metro de altura.
Sobre su cabeza llevaba una coronilla de doce estrellas.
A sus pies aparecía la luna.
Y tres ángeles la sostenían entre las nubes.
La iconografía corresponde a una representación de la Inmaculada Concepción, aunque el documento utiliza la denominación antigua:
La Limpia Concepción.
El autor hace además una precisión histórica.
Afirma que aquella denominación era utilizada antes de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción y antes de las apariciones de Lourdes.
Es decir, la devoción a la Limpia Concepción pertenecía a una tradición religiosa anterior a acontecimientos que posteriormente adquirirían enorme importancia en el catolicismo.
La imagen, según el relato, se conservaba y veneraba en la Granja de Misioneros Dominicos de Quillabamba.
De esta manera, aquella antigua representación de la Virgen habría sobrevivido al paso de las generaciones y continuaría vinculada al territorio donde había comenzado su historia.
XIV. Los santos de las primeras haciendas
Pero la Limpia Concepción no fue la única advocación religiosa que acompañó la formación de las primeras propiedades.
El valle comenzó a organizarse también alrededor de santos titulares.
Cada hacienda de aquellos primeros tiempos tenía, según el relato, un santo protector.
Los nombres quedaron asociados a diferentes lugares:
San Nicolás de Macamango.
San Juan de Potrero.
San Isidro de Echarati.
Santa Ana de Pintobamba.
San Pedro de Chaco.
Santiago de Huadquiña.
San Lorenzo de Occobamba.
Y finalmente:
LA LIMPIA CONCEPCIÓN DE QUILLABAMBA.
Estos nombres no eran simples referencias religiosas.
Constituían también una manera de identificar las propiedades, los territorios y las comunidades.
En aquellos tiempos, la geografía y la religión estaban profundamente entrelazadas.
Un valle podía ser reconocido por el nombre de su hacienda.
Una hacienda por el nombre de su santo.
Y una población podía terminar siendo identificada por la advocación que protegía a sus habitantes.
Eso es precisamente lo que, según este relato, habría ocurrido con Quillabamba.
XV. Santa Ana y los jesuitas
Más adelante, los Padres Jesuitas levantaron lo que llegaría a ser la Parroquia e Iglesia de Santa Ana.
Sus muros, según el documento, todavía podían contemplarse en el lugar donde se encontraba el caserío de Santa Ana.
Sin embargo, existe una precisión importante:
Santa Ana nunca habría dado su nombre a la población libre.
A pesar de la presencia de aquella iglesia y de la importancia de la advocación de Santa Ana, el nombre que terminó imponiéndose fue otro.
Fue el nombre relacionado con Sebastián Arneto y con aquella antigua imagen de la Virgen.
Fue: QUILLABAMBA
Y junto a él: LA LIMPIA CONCEPCIÓN.
Entre todos aquellos santos, haciendas y advocaciones, ese nombre terminó prevaleciendo.
XVI. Quillapampa: la Pampa de la Luna
Llegamos ahora a una de las explicaciones etimológicas más importantes que contiene el documento.
El autor afirma:
Primero fue Quillapampa.
Después, Quillabamba.
La interpretación propuesta es:
Quilla = Luna.
Bamba = Pampa.
Por tanto:
QUILLABAMBA = PAMPA DE LA LUNA.
El relato explica que este nombre estaría relacionado con la luminosidad que la luna proyectaba sobre aquellas tierras.
La claridad nocturna habría sido tan intensa que, en determinadas noches, era posible incluso según la expresiva tradición recogida por el autor leer un periódico bajo la luz de la luna.
Más allá de la literalidad de esta imagen, la expresión revela algo importante sobre la manera en que los antiguos habitantes percibían el paisaje.
Quillabamba no era únicamente una tierra fértil.
Era también un paisaje luminoso.
Un lugar donde la luna iluminaba las pampas, los ríos, las montañas y las plantaciones.
De allí, según esta tradición, habría surgido la idea de:
la Pampa de la Luna.
Y con el paso del tiempo:
Quillapampa.
Después:
Quillabamba.
Pero todavía faltaba una parte esencial.
El nombre completo que aparecería en los documentos antiguos no sería simplemente Quillabamba.
Sería: “QUILLABAMBA DE LA LIMPIA CONCEPCIÓN”.
Y es aquí donde el relato deja de ser únicamente una historia de tierras.
Se convierte también en la historia de una identidad.
XVII. “Quillabamba de la Limpia Concepción”
Los documentos antiguos conservados, según el autor, llevan esta denominación.
No simplemente:
Quillabamba.
Sino:
“Quillabamba de la Limpia Concepción”.
El nombre habría quedado registrado en diferentes libros parroquiales del valle.
El relato menciona expresamente los libros correspondientes a:
Santiago de Huadquiña.
Santiago de Huiro.
San Isidro de Echarati.
San Pedro de Chaco.
Santa Ana de Pintobamba.
Todos ellos, según la afirmación del autor, utilizaban la denominación:
“Quillabamba de la Limpia Concepción”.
La expresión había arraigado profundamente.
No era una denominación aislada.
El autor sostiene que llegó a aparecer en la Provincia, en la Parroquia y en el Colegio de las Misioneras Dominicas.
La Limpia Concepción era, según esta tradición, la patrona del:
Colegio.
Parroquia.
Provincia.
Y de la propia ciudad.
Así, una pequeña imagen que había viajado en el arzón de un caballo terminó asociada a la identidad de todo un territorio.
La historia de una familia terminó convirtiéndose en memoria colectiva. La devoción de un hombre terminó convirtiéndose en una advocación pública. Y una pequeña capilla terminó formando parte de la identidad histórica de una ciudad.
# XVIII. Sebastián Arneto, el padrino de Quillabamba
Por eso, cuando el documento habla de los primeros tiempos de Quillabamba, reclama que no se olvide a Sebastián Arneto.
El autor lo considera, en cierto sentido, el “padrino” del nombre.
Porque fue él, según esta tradición histórica, quien dejó vinculada la denominación de Quillabamba con la Limpia Concepción.
Pero no solamente por el nombre.
También porque su vida quedó mezclada con la historia del valle.
Su sangre se unió a la tierra mediante el matrimonio de su hija Concepción con Baltasar Carranza.
Su herencia quedó en las tierras.
Su devoción quedó en la imagen.
Y su nombre quedó unido a una etapa fundamental del nacimiento de Quillabamba.
El autor lo recuerda como:
un caballero noble y pacífico;
un militar valeroso;
un hombre creyente;
un propietario de tierras fértiles;
y un hombre que dejó como herencia no solamente terrenos, sino también una imagen religiosa que se convertiría en símbolo del valle.
Y junto a él aparece otra figura fundamental:
Fray Domingo Cabrera Lartaún.
Uno había ayudado a fijar la memoria espiritual.
El otro había recorrido, medido y documentado las tierras.
Uno representa la espada y la fe.
El otro, la cruz y la administración de la tierra.
Ambos terminaron formando parte de la memoria de Quillabamba.
XIX. La ciudad que nació entre la montaña, la luna y la fe
Con el paso de los siglos, los nombres fueron cambiando.
Las haciendas crecieron.
Los caminos se ampliaron.
Las familias se multiplicaron.
Los antiguos propietarios quedaron convertidos en nombres de la historia.
Pero algunas denominaciones sobrevivieron.
Quillabamba.
La Limpia Concepción.
Santo Domingo.
Mandor.
Echarati.
Pintobamba.
Chaco.
Huadquiña.
Nombres que todavía forman parte de la memoria territorial de esta región.
El antiguo valle de montaña comenzó a transformarse en una población.
Y aquella población terminaría convirtiéndose en la ciudad que conocemos. El autor imagina entonces un futuro en el que el parque principal de Quillabamba estaría adornado con los bustos de cuatro hombres fundamentales:
Sebastián Arneto.
Martín Pío Co**ha.
Nicanor Larrea.
Domingo Cabrera Lartaún.
Cuatro nombres.
Cuatro momentos.
Cuatro hombres ligados, de una u otra manera, a la historia de esta tierra. Y entre ellos, nuevamente, aparece fray Domingo Cabrera Lartaún. Porque el primer sacerdote y religioso vinculado a estos lugares, según el relato, fue precisamente aquel padre dominico.
Después llegarían los Jesuitas.
Después los Franciscanos.
Y, con el paso del tiempo, nuevamente los Misioneros Dominicos continuarían atendiendo espiritualmente al valle.
La historia parecía cerrar un círculo.
El religioso que había recorrido las primeras montañas.
El hombre que había medido sus tierras.
El sacerdote que había dejado su nombre en uno de sus cerros.
Y los misioneros que siglos después continuarían su labor en la misma tierra.
La historia de Quillabamba no era, por tanto, solamente una historia de conquista.
Era también una historia de caminos.
De hombres.
De familias.
De haciendas.
De iglesias.
De imágenes.
De nombres.
Y, sobre todo, de una memoria que había sobrevivido durante generaciones.
La memoria de Quillabamba de la Limpia Concepción.
PARTE IV La misión que acompañó al valle:
XX. La memoria de una misión
La historia de Quillabamba no terminó con las primeras expediciones, ni con el reparto de las tierras, ni con la aparición de las primeras haciendas.
A medida que el valle fue creciendo, también fue cambiando la naturaleza de la presencia religiosa.
Los primeros misioneros habían llegado a territorios todavía desconocidos para ellos. Habían recorrido caminos difíciles, atravesado montañas y penetrado en una geografía que para los europeos constituía una frontera.
Después llegaron los tiempos de las haciendas, de los caminos, de los pobladores permanentes y de los pueblos.
Y con ellos se consolidaron también las instituciones religiosas.
El autor, escribiendo desde la perspectiva de los Misioneros Dominicos, considera que existe una continuidad histórica entre aquellos primeros religiosos que recorrieron la montaña y la misión que siglos después continuaría trabajando en Quillabamba.
Por eso recuerda que, aunque por el valle pasaron posteriormente Jesuitas y Franciscanos, los religiosos que atendían la región en el momento en que fue escrito este relato eran nuevamente los Misioneros Dominicos.
Era, para el autor, como si la historia hubiese cerrado un círculo.
El primer religioso que aparece vinculado a aquellos territorios había sido un dominico:
Fray Domingo Cabrera Lartaún.
Y siglos después, otros dominicos continuaban desarrollando su misión en la misma tierra.
XXI. Las Hermanas Misioneras Dominicas
Pero la presencia religiosa no estaba limitada a los sacerdotes.
También estaban las Hermanas Misioneras Dominicas.
El autor las presenta como parte fundamental de la vida de la ciudad.
Su trabajo se desarrollaba en distintos ámbitos.
Por un lado, estaba la educación.
Las hermanas participaban en la formación de las nuevas generaciones a través del Colegio de las Misioneras Dominicas.
No se trataba únicamente de transmitir conocimientos académicos.
La educación era concebida también como una manera de contribuir a la formación moral, cultural y espiritual de la población.
Por otro lado, estaba la atención a quienes sufrían.
El texto utiliza una expresión particularmente significativa:
las hermanas “cultivan la ciudad naciente en el Colegio” y “socorren la ciudad paciente en el Hospital”.
La frase resume la doble función que el autor atribuye a las religiosas:
educar a quienes estaban creciendo y atender a quienes necesitaban ayuda.
La escuela y el hospital se convertían así en dos espacios esenciales de la misión.
Uno miraba hacia el futuro.
El otro atendía las necesidades del presente.
XXII. El hospital de Quillabamba
La atención sanitaria ocupaba un lugar especial dentro de esta misión.
El texto hace referencia al Hospital de Quillabamba, al que presenta como una de las obras que complementaban la presencia religiosa en el valle.
El hospital no era solamente un edificio.
Era parte de una visión más amplia de servicio.
Mientras el colegio representaba la formación de la ciudad naciente, el hospital atendía a la ciudad paciente.
En sus salas se recibía a quienes necesitaban atención.
Y aquella labor formaba parte, según el autor, de una misión que no pretendía limitarse al culto religioso.
La misión debía estar presente allí donde existiera una necesidad humana.
Educación.
Salud.
Agricultura.
Cultura.
Asistencia.
Religión.
Todo formaba parte de un mismo proyecto.
XXIII. La Iglesia Parroquial
En el centro de aquella presencia religiosa se encontraba también la Iglesia Parroquial.
El templo representaba mucho más que un espacio arquitectónico.
Era un lugar de encuentro.Allí se celebraban los sacramentos.
Allí se reunían las familias.
Allí se mantenían vivas las tradiciones religiosas.
Y allí la advocación de la Limpia Concepción continuaba ocupando un lugar fundamental dentro de la memoria espiritual de Quillabamba.
La historia del nombre de la ciudad y la historia de su tradición religiosa permanecían, por tanto, estrechamente relacionadas.
Quillabamba no era solamente una ciudad cuyo nombre había sobrevivido a través de documentos.
Era también una ciudad que había construido parte de su identidad alrededor de una patrona.
La Limpia Concepción.
XXIV. El Museo y la preservación de la memoria
Pero la misión tenía todavía otra función.
No solamente enseñar.
No solamente curar.
No solamente evangelizar.
También debía conservar la memoria.
El autor menciona el Museo como uno de los instrumentos mediante los cuales la misión impartía cultura.
Esta referencia tiene un significado especial.
Porque un museo permite que una comunidad pueda contemplar su pasado.
Las generaciones nuevas pueden conocer aquello que hicieron las generaciones anteriores.
Los objetos, fotografías, documentos y testimonios dejan de ser simples piezas antiguas y pasan a convertirse en fragmentos de una memoria colectiva.
Y en un lugar como Quillabamba, cuya historia estaba marcada por expediciones, haciendas, caminos, religiosos, familias y transformaciones profundas, preservar esa memoria tenía una importancia enorme.
El museo se convertía así en otra forma de evangelizar y educar, pero también en una forma de recordar.
XXV. Los talleres y la agricultura
La misión tampoco se limitaba al ámbito espiritual y educativo.
El texto menciona también sus talleres, su agricultura y sus productos. La agricultura tenía una importancia fundamental en una región como Quillabamba.
Desde los primeros tiempos, la fertilidad de los valles había sido uno de los motivos que despertaron el interés de los expedicionarios.
Las tierras habían sido consideradas abundantes y prometedoras.
Con el paso del tiempo, aquella riqueza agrícola se convirtió en uno de los pilares económicos de la región.
Los religiosos participaron también en actividades productivas.
El autor resume esta acción mediante una serie de expresiones:
cultura con el Museo;
provecho con los talleres; beneficios con la agricultura; utilidades con los productos.
La misión era presentada, de este modo, como una institución que buscaba intervenir en distintos aspectos de la vida cotidiana.
No únicamente en el alma.
También en la educación.
En el trabajo.
En la producción.
En la salud.
En la cultura.
XXVI. Una misión para la ciudad y para el valle
El autor considera que todos estos trabajos formaban parte de una misma misión.
La Iglesia Parroquial.
El Colegio.
El Hospital.
El Museo.
Los talleres.
La agricultura.
Los productos.
Y, por supuesto, la labor espiritual.
Cada uno cumplía una función diferente, pero todos formaban parte de un mismo proyecto.
La misión religiosa aparecía así profundamente vinculada con la vida cotidiana de Quillabamba.
Y esa relación no se limitaba a la ciudad.
Se extendía a toda la provincia.
Porque el valle no era una realidad aislada.
Las comunidades, haciendas y pueblos que habían ido apareciendo a lo largo de los siglos estaban unidos por caminos, ríos, actividades agrícolas, vínculos familiares y religiosos.
La misión, por tanto, tenía una dimensión provincial.
Su trabajo alcanzaba a toda la región.
XXVII. Los “favores espirituales”
Después de enumerar las obras materiales de la misión, el autor introduce una última dimensión.
Habla de los beneficios espirituales transmitidos a las personas.
Porque, desde su perspectiva, ninguna de las obras anteriores podía entenderse separada de la misión fundamental de la Iglesia:
atender las almas y las inteligencias.
La educación formaba la inteligencia.
El hospital atendía el cuerpo.
Los talleres y la agricultura contribuían al trabajo.
El museo preservaba la cultura.
La iglesia atendía la vida espiritual.
Era una concepción integral del servicio.
Y precisamente por ello el autor considera que la presencia de los Misioneros Dominicos había dejado una huella profunda en Quillabamba.
XXVIII. El Primer Centenario de Quillabamba
Llegamos entonces a un momento particularmente significativo.
El Primer Centenario de Quillabamba.
Las celebraciones del centenario representaban mucho más que una fiesta.
Eran una oportunidad para mirar hacia atrás.
Para recordar a quienes habían llegado primero.
Para reconocer a quienes habían abierto caminos.
Para recordar a los propietarios de las primeras tierras.
Para recuperar los nombres de los religiosos.
Para rescatar la historia de las haciendas.
Para recordar la antigua denominación:
Quillabamba de la Limpia Concepción.
Y para reconocer a aquellos hombres que, según el relato, habían quedado ligados al nacimiento de la ciudad.
Entre ellos, especialmente:
Sebastián Arneto.
Martín Pío Co**ha.
Nicanor Larrea.
Domingo Cabrera Lartaún.
Cuatro nombres que el autor imagina algún día representados en el parque principal de la ciudad.
Cuatro figuras destinadas, en su visión, a ocupar un lugar permanente en la memoria de Quillabamba.
XXIX. Sebastián Arneto: el nombre
Sebastián Arneto debía ser recordado porque, según esta tradición, fue quien quedó asociado al nombre de Quillabamba de la Limpia Concepción.
Fue el hombre que llevaba consigo la imagen de la Virgen.
El padre de Concepción.
El propietario de las Pampas de Mandor.
El militar de Calatrava.
El hombre cuya familia quedó unida al valle.
Su legado no se encontraba solamente en las tierras.
También estaba en el nombre.
# # #. Domingo Cabrera Lartaún: la cruz y la tierra
Fray Domingo Cabrera Lartaún debía ser recordado por otra razón.
Fue uno de los primeros religiosos vinculados directamente con la exploración y organización territorial de los valles.
Conoció la montaña.
La recorrió.
La midió.
Visitó sus tierras.
Participó en la distribución de propiedades.
Firmó documentos.
Y, según el relato, dio a una de sus montañas el nombre de:
Cerro de Santo Domingo.
Su historia demuestra que la presencia religiosa estuvo relacionada desde muy temprano con el proceso de conocimiento y ocupación de estos territorios.
# # . Martín Pío Co**ha y Nicanor Larrea
El autor también coloca junto a estos nombres a Martín Pío Co**ha y Nicanor Larrea.
Sus historias corresponden a momentos posteriores de la evolución de Quillabamba.
Ya no estamos ante los primeros exploradores de la montaña.
La ciudad había avanzado.
El territorio había cambiado.
Las instituciones se habían consolidado.
Quillabamba había dejado de ser únicamente una tierra de haciendas y caminos para convertirse progresivamente en una población con identidad propia.
Por eso el autor imagina sus bustos juntos.
No porque pertenecieran necesariamente a la misma época, sino porque cada uno representaba un momento diferente de una historia mucho más larga.
La historia de una ciudad no la construye un solo hombre.
La construyen generaciones.
# # . El homenaje de los Misioneros Dominicos
Y es aquí donde el autor explica la razón de ser de todo este relato.
Los Misioneros Dominicos querían participar en las celebraciones del Primer Centenario.
Pero no querían hacerlo únicamente mediante una ceremonia.
Querían ofrecer algo que permaneciera.
Una memoria escrita.
Un testimonio.
Un reconocimiento.
Un tributo.
El autor lo expresa desde una posición profundamente afectiva:
porque eran Misioneros Dominicos, porque estimaban sinceramente a Quillabamba, y porque apreciaban a toda la provincia, querían tomar parte en los festejos del Primer Centenario.
Y decidieron hacerlo mediante aquellas páginas.
No como una obra de vanidad.
No como una reivindicación personal.
Sino como un gesto de:
respeto, admiración y gratitud.
# # . Epílogo: una ciudad entre la luna y la memoria
Así termina el relato.
Una historia que comenzó en el Cuzco, cuando los hombres de la conquista empezaban a mirar hacia las montañas.
Una historia que pasó por Vilcabamba.
Por Huiro.
Por Amaybamba.
Por los caminos de montaña.
Por las primeras expediciones.
Por las mediciones de fray Domingo Cabrera Lartaún.
Por las propiedades de los primeros conquistadores.
Por Mandor.
Por Macamango.
Por Echarati.
Por Pintobamba.
Por Chaco.
Por Huadquiña.
Por Occobamba.
Por La Victoria.
Por Sulluyo.
Por Chinche.
Y finalmente por aquella tierra que comenzó siendo nombrada como:
Quillapampa.
Después:
Quillabamba.
La Pampa de la Luna.
Pero junto al nombre de la tierra apareció otro nombre.
El de una advocación.
El de una imagen.
El de una devoción que, según la tradición, había llegado al valle junto a Sebastián Arneto: "La Limpia Concepción."
Y de aquella unión surgió el nombre que los documentos antiguos conservarían:
QUILLABAMBA DE LA LIMPIA CONCEPCIÓN.
Una ciudad cuyo pasado se construyó entre montañas y ríos.
Entre caminos y haciendas.
Entre hombres de espada y hombres de religión.
Entre la agricultura y la evangelización.
Entre la memoria de los pueblos antiguos y la llegada de nuevos pobladores.
Una ciudad que, según la hermosa imagen del autor, permanece recostada a los pies del Cerro de Santo Domingo, iluminada por la luna y protegida por la antigua advocación de la Limpia Concepción.
Y por eso, cuando se cuenta la historia de Quillabamba, no basta con contar cuándo nació una ciudad.
Hay que preguntarse también:
¿Quién le dio su nombre?
¿Qué tierras la vieron nacer?
¿Quiénes caminaron primero por sus caminos?
¿Qué hombres dejaron sus nombres en sus montañas y haciendas?
¿Qué imagen acompañó a sus primeros pobladores?
Y, sobre todo:
¿Por qué durante generaciones se llamó Quillabamba de la Limpia Concepción?
La respuesta, en la memoria conservada por este antiguo relato, está allí donde la tierra se encuentra con la fe:
en una pampa iluminada por la luna, en una pequeña imagen llevada a caballo, en una antigua capilla, en los libros parroquiales,
en las primeras haciendas, y en los hombres que, hace siglos, comenzaron a escribir sobre esta tierra.
Esta es la memoria de una ciudad.
Esta es la memoria de un valle.
Esta es la memoria de:
QUILLABAMBA DE LA LIMPIA CONCEPCIÓN
Por George Vivanco Barreda,Investigador.
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