Quillabamba un legado viviente

Quillabamba un legado viviente ¡"Quillabamba: Un Legado Viviente"! Un viaje hacia el corazón de Quillabamba, donde el pasado y el presente se encuentran en un legado que sigue vivo.

Este pagina te llevará a través de las historias no contadas de nuestra tierra...

¿Qué significa realmente ser libre, ?Por George Vivanco Barreda.Hay algo que quizá el sistema nos ha hecho olvidar poco ...
22/09/2026

¿Qué significa realmente ser libre, ?
Por George Vivanco Barreda.

Hay algo que quizá el sistema nos ha hecho olvidar poco a poco: el verdadero significado de sentir, de vivir y, sobre todo, de ser libres.
Desde pequeños aprendemos a asociar la seguridad con el bienestar, la comodidad con la felicidad y la longevidad con el éxito. Nos enseñan a protegernos del riesgo, a evitar el dolor, a prolongar la existencia tanto como sea posible.

Y, sin darnos cuenta, podemos terminar confundiendo sobrevivir con vivir. Por eso, cuando se dice que muchos animales de un zoologico quizá no sobrevivirían siendo completamente libres, creo que la frase está mal planteada.

Porque vivir libre nunca ha significado tener asegurados muchos años de vida. La libertad no es un contrato con la existencia, no te promete seguridad, no te promete longevidad, no te promete que mañana estarás vivo.

La naturaleza jamás funcionó de esa manera. Observemos cualquier animal que vive fuera de una jaula. Su existencia está llena de riesgos. Puede enfermar, pasar hambre, ser atacado, convertirse en alimento de otro animal o morir simplemente porque así funciona el ciclo natural.

Y, sin embargo, vive de acuerdo con su naturaleza. Un ave no deja de volar porque existe la posibilidad de caer, un venado no deja de correr porque sabe que puede ser perseguido, un pez no deja de nadar porque existe un depredador en las profundidades.
La vida natural no elimina el riesgo. La vida natural acepta que el riesgo forma parte de existir.

Ahora imagina algo imposible, imagina que un loro pudiera hablar y que estuviera enfermo, encerrado durante años en una jaula. Y que alguien pudiera ofrecerle una elección:
Puedes permanecer aquí. Tendrás alimento, protección y quizá puedas vivir treinta años más.

O puedes salir, tendrás solamente unos minutos de libertad. Podrás abrir las alas, sentir el viento, recorrer el cielo y volver a pertenecer al mundo al que naciste. Pero también existe la posibilidad de que un depredador te encuentre y mueras.

¿Qué elegiría?

No podemos saberlo, pero hay una pregunta mucho más profunda detrás de ese ejemplo: ¿Es realmente vida aquello que solamente conserva el cuerpo, pero mantiene prisionera la naturaleza que existe dentro de él?

Tal vez por eso la libertad resulta tan difícil de comprender. Porque ser libre significa aceptar que la existencia tiene incertidumbre. Significa comprender que no podemos controlar completamente cuánto viviremos, qué nos ocurrirá mañana ni cuándo llegará nuestro último día.

Y aquí aparece algo que muchas veces preferimos no mirar: LA MUERTE. La muerte no es un accidente ajeno a la vida la muerte forma parte de la vida desde el primer instante en que nacemos.
Todo lo que vive está expuesto a morir.

Un árbol, animal, una montaña que algún día desaparecerá.
Una civilización, una persona, incluso aquello que creemos eterno termina transformándose.

Por eso, quizá el problema no sea que la libertad pueda hacernos vivir menos. Quizá el verdadero problema sea que hemos construido una sociedad donde muchas veces estamos dispuestos a entregar nuestra libertad a cambio de seguridad.

Y eso merece una reflexión, porque ¿de qué sirve acumular años si durante esos años nunca pudiste decidir cómo vivirlos?

No estoy diciendo que debamos buscar la muerte ni despreciar la vid, todo lo contrario. Precisamente porque la vida es limitada, cada instante adquiere valor.

La libertad no consiste en morir, la libertad consiste en poder vivir sin que el miedo a morir se convierta en una jaula.

Incluso los seres humanos que pasan una vida entera privados de libertad pueden comprender el valor inmenso de un solo instante fuera de una celda. No porque quieran morir, sino porque saben que existe una diferencia profunda entre estar vivo y sentirse dueño de la propia existencia.

Una persona puede tener comida, techo, seguridad y años por delante, y aun así sentir que algo esencial le ha sido arrebatado. Porque hay necesidades que no aparecen en ningún cálculo económico.

Necesitamos respirar, amar, movernos.decidir. Necesitamos contemplar el mundo, sentir que nuestra existencia tiene un espacio propio. ! Necesitamos libertad. !

Y quizá por eso un minuto verdaderamente libre puede tener un significado que treinta años de encierro jamás podrían reemplazar.
La naturaleza parece enseñarnos algo que nosotros, como sociedad, hemos olvidado: vivir no significa eliminar todos los riesgos.Vivir significa entrar en el mundo a pesar de ellos. El ave que sale de la jaula no recibe una garantía de supervivencia.
Recibe algo distinto: EL CIELO

Y quizá esa sea una de las contradicciones más hermosas de la existencia. La libertad puede hacer nuestra vida más incierta, pero también puede hacer que esa vida tenga un significado más profundo.

Porque al final nadie sabe cuántos años tiene. Lo único que realmente sabemos es que tenemos este instante este cuerpo, este lugar, este cielo, esta oportunidad. Y entonces la pregunta deja de ser:¿Cuántos años quiero vivir?

Y se transforma en una pregunta mucho más incómoda:¿Cuánto de esos años quiero vivir realmente como mío?

Porque quizá una vida larga no sea necesariamente una vida plena,y quizá una vida breve no sea necesariamente una vida vacía.
La verdadera riqueza de la existencia podría estar en otra parte: en haber sentido el viento alguna vez haber elegido alguna vez haber amado alguna vez haber caminado sin cadenas, haber abierto las alas. Porque la libertad no nos promete que viviremos más...

Nos recuerda para qué estamos vivos.
¡NO MAS ZOOLÓGICOS, NO MAS ENCIERRO A LOS ANIMALES.!

Por George Vivanco Barreda.

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HISTORIA DE GUSTAVO VERA PEZO“El hombre que acercó las noticias, los libros y las revistas a la vida cotidiana de Quilla...
22/09/2026

HISTORIA DE GUSTAVO VERA PEZO

“El hombre que acercó las noticias, los libros y las revistas a la vida cotidiana de Quillabamba”

En la historia cotidiana de la antigua Quillabamba también existieron personajes que, sin ocupar necesariamente cargos públicos ni aparecer en los grandes acontecimientos políticos, contribuyeron de manera silenciosa al desarrollo cultural de la ciudad. Uno de ellos fue Gustavo Vera P, recordado como uno de los primeros comerciantes dedicados a acercar a los quillabambinos la prensa escrita, los libros, las revistas y las novedades editoriales de su tiempo.

Inspirado por la cultura y por el interés de mantener informada a la población, Gustavo Vera instaló un kiosco de revistas, libros y periódicos, convirtiéndolo en uno de aquellos pequeños espacios que formaron parte de la vida cotidiana del antiguo Quillabamba.

Sin embargo, los nuevos testimonios recogidos entre antiguos vecinos y familiares permiten ampliar considerablemente esta historia y conocer aspectos de su vida que hasta ahora permanecían en la memoria oral.

Uno de ellos es precisamente su propia familia.

Su hija Kelita Vera identifica a su padre como Gustavo Vera Pezo, nacido en Cusco, hijo de Manuel Vera Novoa y Mercedes Carrasco de Vera, esta última hija de Juan Carrasco Zúñiga y Rosa Quispe Huayta.

Según el testimonio de Kelita, Gustavo y su esposa formaron una familia de cinco hijos. Entre los nombres que menciona se encuentran Raquel, Óscar, Gladys y María Amelia.

Ella recuerda que desde muy pequeña colaboraba con su padre en la venta de periódicos y revistas y que creció junto a aquella actividad que terminó formando parte de la identidad familiar.

LOS PRIMEROS AÑOS Y LA CASA DE LA FAMILIA YÉPEZ

El lugar donde Gustavo Vera comenzó sus actividades relacionadas con la venta de publicaciones y los años exactos de inicio aparecen de manera diferente en los testimonios recogidos.

Según su hija Kelita Vera, su padre inició su trabajo alrededor del año 1959, en la casa de la familia Yépez, ubicada en el jirón General Gamarra. Permaneció allí aproximadamente siete años.

Este recuerdo familiar coincide con el testimonio de Hebert Soto, quien recuerda a Gustavo viviendo en la casa de la familia Yépez, frente al Hospital de Quillabamba.

Hebert recuerda que por aquellos años Gustavo se casó y tuvo una hija, aproximadamente hacia 1954 o 1955, y que eran vecinos.

Su recuerdo adquiere especial valor porque permite conocer cómo las publicaciones circulaban entre los hogares de aquella época.

Cuenta que su primo trabajaba vendiendo los periódicos y revistas de Gustavo y que llevaba revistas a su padre, quien se encontraba enfermo y en cama, para que pudiera leerlas durante el día y posteriormente devolverlas.

Hebert recuerda aquella etapa como una época muy linda pero también triste para él, pues en 1955 falleció su padre y dejó de tener la posibilidad de leer aquellas revistas que llegaban hasta su casa.

Su familia emigraría posteriormente a la capital, aproximadamente dos años después, en un contexto marcado por los problemas sindicales relacionados con Hugo Blanco.

Este testimonio nos permite observar que la actividad de Gustavo Vera no consistía simplemente en vender publicaciones: las revistas podían circular de una familia a otra y llegar incluso a personas que no podían desplazarse hasta el kiosco.

EL KIOSCO DE LA FAMILIA ARZUBIALDE

El kiosco funcionaba en la puerta de calle de la antigua casona de la familia Arzubialde, en el jirón Libertad. Desde aquel lugar, Gustavo Vera atendía diariamente a sus clientes y esperaba con especial atención la llegada de los periódicos que procedían de Cusco y Lima.

Según el recuerdo de Miguel Arzubialde, él conoció personalmente a Gustavo Vera, a quien recuerda con el apodo de “El Zorro”.

Miguel señala que Gustavo hizo su kiosco de revistas en la puerta de calle de la casa de su abuelo, el señor Nicomedes Arzubialde, conocido familiarmente como “El Jefe”, alrededor de los años sesenta.

Su hija Kelita precisa que el traslado a la casa de la familia Arzubialde ocurrió en 1966, después de aproximadamente siete años en la casa de la familia Yépez.

Aquí aparecen diferentes recuerdos sobre las fechas.

Edwin Oscar Arzubialde Pérez afirma que su familia conocía a Gustavo desde aproximadamente 1955 y recuerda que ya tenía su kiosco en la puerta de calle de la casa de don Nicómedes Pastor Arzubialde Calderón.

Por ello, la cronología exacta todavía requiere investigación documental.

Lo que sí aparece con fuerza en los testimonios es la presencia de Gustavo Vera en el entorno de la familia Arzubialde y su kiosco del jirón Libertad.

LAS NOTICIAS QUE LLEGABAN A QUILLABAMBA

En una época en la que no existía Internet, televisión por cable ni la comunicación instantánea que conocemos actualmente, recibir un periódico constituía todo un acontecimiento. Las noticias viajaban por carretera y llegaban a la ciudad después de recorrer largas distancias.

La llegada de los periódicos a Quillabamba dependía de una compleja cadena de transporte.

Según el recuerdo conservado sobre aquella época, los periódicos del día solían llegar a Quillabamba aproximadamente entre las tres y cuatro de la tarde, transportados en los buses de la empresa Santa Cruz, vinculada a la familia Fiascunari.

La llegada de los buses significaba también la llegada de las noticias.

Gustavo Vera permanecía atento para recibir los ejemplares y ponerlos rápidamente a disposición de sus lectores. De esta manera, su pequeño establecimiento se convirtió en un punto de encuentro para quienes deseaban conocer las noticias nacionales, regionales y los acontecimientos que ocurrían más allá de las montañas que rodeaban a la provincia.

Sin embargo, Miguel Arzubialde aporta otro recuerdo sobre el sistema de llegada de las publicaciones.

Según su testimonio, los periódicos podían llegar a Quillabamba por la noche, aproximadamente entre las 7 y 8 de la noche, después de llegar desde Lima por avión y posteriormente ser transportados mediante tren hacia Santa Teresa, desde donde continuaban su recorrido hacia Quillabamba en ómnibus.

Miguel menciona específicamente los vehículos de Fiascunari y también los de José Vilca.

Estos recuerdos presentan diferencias en cuanto al horario y al recorrido exacto, por lo que deben considerarse como testimonios de memoria oral que todavía pueden ser contrastados con documentación histórica.

Lo que ambos relatos permiten comprender es la importancia que tenía aquella cadena de transporte para que la prensa pudiera llegar hasta Quillabamba.

LOS PERIÓDICOS QUE LLEGABAN A QUILLABAMBA

Entre las publicaciones que comercializaba se encontraban reconocidos diarios de la época, entre ellos La Prensa, Última Hora, El Diario de Marka, El Sol y El Comercio del Cusco, publicaciones que formaban parte de la lectura cotidiana de muchas familias.

Cada ejemplar tenía su propio público.

Algunos buscaban las noticias políticas y nacionales; otros se interesaban por los acontecimientos locales y regionales, mientras que para muchos lectores adquirir el periódico constituía simplemente una costumbre diaria.

El kiosco de Gustavo Vera cumplía así una función que iba mucho más allá de la venta. Era un pequeño espacio de circulación de información y cultura escrita.

En sus estantes no solamente se encontraban periódicos.

REVISTAS, FIGURINES Y LECTURAS PARA TODA LA FAMILIA

Gustavo Vera también ofrecía una variedad de revistas destinadas a diferentes públicos.

Entre ellas se encontraban las revistas y los famosos figurines utilizados por modistas y sastres, publicaciones que permitían conocer modelos, diseños y tendencias de vestimenta de diferentes lugares.

También llegaban revistas como Vanidades y Billiken, además de publicaciones especializadas como Mecánica Popular, que despertaba el interés de quienes buscaban información relacionada con máquinas, herramientas, vehículos, inventos y conocimientos técnicos.

A ello se sumaban las populares novelas de Corín Tellado, cuyas historias tuvieron una enorme difusión entre los lectores de habla hispana.

Los nuevos testimonios permiten añadir una publicación particularmente recordada: la revista LIFE.

Su hija Kelita recuerda que Gustavo viajaba al Cusco para traer cargamentos de revistas, entre ellas LIFE y otras publicaciones.

Francisco Zevallos también recuerda que Gustavo vendía la revista Life aproximadamente hacia 1959 o 1960, y recuerda además sus ojos claros y su tez blanca.

De esta manera, aquel pequeño kiosco del jirón Libertad reunía en un mismo espacio noticias, literatura, entretenimiento, moda, conocimientos técnicos y cultura popular.

Para los habitantes de aquella época, acercarse al kiosco podía significar mucho más que comprar una revista o un periódico: era también una manera de mantenerse conectados con un mundo que, para Quillabamba, todavía se encontraba a considerable distancia.

UN KIOSCO QUE TAMBIÉN PRESTABA CULTURA

Uno de los testimonios más interesantes corresponde a Roberto Salas Layme.

Él recuerda a Gustavo como un hombre muy empático, bromista y cercano con las personas.

Recuerda también que permanecía sentado en la parte visible del kiosco, sobre un banco de madera bastante alto, y que estaba siempre atento a sus clientes.

Pero su recuerdo aporta algo todavía más importante.

Según Roberto, Gustavo no solamente vendía periódicos y revistas.

También alquilaba textos, novelas, revistas y otras publicaciones a un costo simbólico de aproximadamente 10 céntimos.

En las tardes, gran cantidad de personas adultos, jóvenes, colegiales y niños acudían al jirón Libertad para conseguir sus lecturas.

Algunos incluso se sentaban en fila a leer. Este recuerdo transforma la imagen del antiguo kiosco. No era simplemente un lugar donde se compraban periódicos.

Era también un pequeño espacio de acceso a la lectura para quienes quizá no podían comprar todos los libros o revistas que querían leer.

LOS CANILLITAS

La actividad de Gustavo Vera también involucró a jóvenes vendedores de periódicos.

Según el testimonio de su hija Kelita, Gustavo enseñó y dio trabajo a los llamados canillitas, a quienes pagaba su jornal.

Ella recuerda que su padre llegó a tratarlos como si fueran parte de su propia familia y que, en su memoria, Gustavo era para ellos una figura casi paternal.

Los periódicos y revistas podían salir así del kiosco y recorrer diferentes calles de Quillabamba.

De esta manera se formaba una pequeña red de distribución de prensa.

El kiosco era el punto de partida. Los canillitas llevaban las publicaciones hacia otros sectores. Y finalmente las noticias llegaban hasta los hogares de la ciudad.

GUSTAVO VERA Y LA VIDA COTIDIANA DE QUILLABAMBA

La figura de Gustavo Vera P. permite recordar una etapa en la que los comerciantes cumplían importantes funciones dentro de la vida social de Quillabamba.

Los establecimientos pequeños, las tiendas, los kioscos y otros negocios constituían espacios donde los habitantes se encontraban, conversaban e intercambiaban información.

En ese contexto, el kiosco de Gustavo Vera formó parte de la memoria urbana del antiguo jirón Libertad, teniendo como escenario la casona de la familia Arzubialde.

La historia de estos pequeños negocios es también parte de la historia de una ciudad. No todos sus protagonistas quedaron registrados en libros oficiales, pero permanecieron en la memoria de quienes los conocieron y de las generaciones que escucharon sus relatos.

GUSTAVO VERA Y LA PESCA DEPORTIVA

Además de su actividad comercial, Gustavo Vera era conocido por ser un gran aficionado a la pesca deportiva.

Esta faceta permite imaginar otra dimensión de su vida: la de un hombre vinculado no solamente al comercio y a la cultura escrita, sino también a los espacios naturales que caracterizaban el entorno de Quillabamba.

La pesca deportiva formaba parte de las actividades recreativas de muchos habitantes que encontraban en los ríos y paisajes de la zona un espacio para compartir, descansar y disfrutar de la naturaleza.

Los testimonios recogidos confirman con fuerza esta faceta de su vida.

Javier Solís recuerda que era gran amigo de Gustavo y que juntos iban a pescar por las tardes al río Vilcanota. Regresaban aproximadamente a las siete de la noche.

También recuerda que Gustavo fabricaba mallas para la pesca, mientras que su esposa tenía una tienda de abarrotes y vendía caldos de gallina. Los pescados que traían también podían venderse en su casa.

Edwin Oscar Arzubialde Pérez recuerda igualmente a Gustavo como fabricante de mallas de pescar y como un hombre aficionado a la pesca.

Menciona especialmente la pesca de sábalos y doncellas, algunos ejemplares de aproximadamente siete a diez kilos, utilizando anzuelos conocidos localmente como wiqchu.

Abel Vizcarra Mejía también recuerda claramente a don Gustavo a finales de los años sesenta y señala que, además de distribuir periódicos y revistas, era un excelente pescador.

“EL ZORRO”

Varios testimonios coinciden en que Gustavo Vera tenía el sobrenombre de “El Zorro”.

Hebert Soto recuerda precisamente ese apodo y confirma que a Gustavo le gustaba mucho la pesca.

Gloria Vargas Juárez también recuerda su afición por la pesca y señala que entre sus amigos tenía una “chapa” relacionada con un pez que se escondía debajo de las piedras y que todavía podía encontrarse en los ríos de la zona.

Martha Illatupa Sihua aporta un recuerdo todavía más específico: señala que aquel pez era conocido como “ccaca” y que se encontraba debajo de las piedras del río Chuyapi, donde los niños acudían a bañarse después del almuerzo.

Estos recuerdos muestran cómo la vida de Gustavo estaba profundamente relacionada con los ríos de la antigua Quillabamba.

SU FAMILIA Y SUS HIJOS

La memoria familiar permite también conocer un poco más de su vida privada.

José Ernesto Koko Bengoa Morales recuerda haber crecido junto a los hijos de Gustavo: Raquel, Óscar, Gladys y Amelia, a quienes recuerda viviendo frente al Hospital.

También confirma la afición de Gustavo por la pesca y recuerda que reparaba redes para pescar.

Con el paso del tiempo, algunos integrantes de la familia fallecieron. José Ernesto menciona especialmente a Gladys y Amelia, a quienes recuerda con afecto y señala que ya partieron al reino de Dios.

Los testimonios familiares permiten comprender que la historia de Gustavo Vera no fue únicamente la de un comerciante, sino también la de un padre y miembro de una familia profundamente vinculada a la vida de Quillabamba.

UN HOMBRE RECORDADO POR SU FORMA DE SER

Los testimonios recogidos no hablan solamente de lo que Gustavo hacía. También recuerdan cómo era. Roberto Salas lo describe como un hombre empático, bromista y cercano.

Javier Solís lo recuerda como una persona sencilla y muy atenta con sus amigos.

Francisco Zevallos recuerda su aspecto físico, especialmente sus ojos claros, y la venta de la revista Life.

Mónica Valencia recuerda a Gustavo Vera en el kiosco de periódicos de la casa de la familia Arzubialde y también recuerda sus ojos verdes.

Otros antiguos habitantes simplemente escribieron: Lo conocí.

Aunque parezca una frase breve, detrás de ella existe una memoria personal.

Es el recuerdo de alguien que formó parte de una ciudad que hoy ha cambiado profundamente.

UNA MEMORIA QUE SOBREVIVE

Con el paso de las décadas, aquel kiosco dejó de formar parte del paisaje cotidiano de Quillabamba y las formas de acceder a las noticias cambiaron completamente.

Sin embargo, la memoria de Gustavo Vera P. permanece asociada a una época en la que esperar la llegada de un bus para recibir los periódicos del día era parte de la rutina de la ciudad.

Hoy, cuando las noticias llegan en segundos a través de un teléfono celular, resulta difícil imaginar el significado que tuvo para aquellos lectores esperar hasta la tarde para tener en sus manos un periódico procedente de Cusco o Lima.

Para un niño, una revista podía significar horas de lectura.

Para un adulto, un periódico podía ser la única forma de conocer lo que ocurría fuera de la provincia.

Para un estudiante, una publicación podía representar una fuente de conocimiento.

Y para una familia, compartir una revista era también compartir un momento.

Por ello, recuperar la historia de Gustavo Vera no significa solamente recordar a un antiguo comerciante. Significa también rescatar una pequeña parte de la historia cultural, comercial y cotidiana de Quillabamba.

Su kiosco del jirón Libertad fue uno de aquellos modestos lugares donde la ciudad podía encontrarse con las noticias, los libros, las revistas y las historias de un mundo que llegaba desde lejos.

LA HISTORIA CONTINÚA ABIERTA

Según la información conservada en la memoria local, parte de la familia de Gustavo Vera reside actualmente en Argentina.

La localización de sus descendientes podría abrir, en el futuro, una nueva posibilidad para recuperar fotografías, documentos, recuerdos personales y testimonios que permitan conocer con mayor profundidad la vida de este personaje.

También quedan varias preguntas por resolver:

¿Cuál fue exactamente la fecha de nacimiento de Gustavo Vera Pezo?

¿Dónde nació exactamente?

¿En qué año llegó a Quillabamba?

¿En qué año comenzó realmente la venta de periódicos y revistas?

¿Fue 1955, 1959 u otra fecha?

¿Cuáles fueron exactamente los primeros periódicos que vendió?

¿Cómo llegaban las publicaciones desde Lima y Cusco?

¿Quiénes fueron los primeros canillitas que trabajaron con él?

¿Cuándo terminó su actividad en el kiosco del jirón Libertad?

¿Existen fotografías del antiguo kiosco?

¿Se conservan ejemplares de aquellas revistas?

Son preguntas que quedan abiertas para futuras investigaciones.

Los testimonios recogidos hasta ahora constituyen un importante punto de partida.

PORQUE LA HISTORIA TAMBIÉN ESTÁ EN LA MEMORIA DE LA GENTE

Porque la historia de Quillabamba no está únicamente en sus grandes acontecimientos.

También está en sus calles, en sus antiguas casonas, en sus comerciantes, en sus lectores, en los buses que llegaban cargados de noticias y en aquellos pequeños negocios que, día tras día, ayudaron a construir la vida de la ciudad.

Está en los niños que esperaban una revista.
En los adultos que buscaban las noticias.
En los jóvenes que trabajaban como canillitas.
En los lectores que pagaban unos cuantos céntimos para acceder a una novela.
En las familias que compartían las publicaciones.
En los pescadores que, después de una jornada de trabajo, se dirigían hacia los ríos.
Y también está en personajes como Gustavo Vera P., cuya vida conectó dos mundos aparentemente distintos: el mundo de las noticias y los libros, y el mundo de los ríos y la pesca.

Su kiosco acercó a Quillabamba las noticias, las revistas, las novelas y los conocimientos de una época.

Sus mallas de pesca lo vincularon con los ríos.
Sus hijos y vecinos conservaron sus recuerdos.
Y décadas después, aquellos recuerdos permiten que su historia vuelva a ser contada.
Gustavo Vera P. forma parte de esa memoria.

FUENTES Y TESTIMONIOS

Esta reconstrucción parte de la investigación histórica y de los testimonios compartidos públicamente por antiguos habitantes de Quillabamba y familiares de Gustavo Vera, entre ellos:

Kelita Vera, Hebert Soto, Miguel Arzubialde, Gloria Vargas Juárez, José Ernesto Koko Bengoa Morales, Abel Vizcarra Mejía, Mónica Valencia, Javier Solís, Francisco Zevallos, Edwin Oscar Arzubialde Pérez, Roberto Salas Layme, Martha Illatupa Sihua, Alberto Bohorquez Carpio, Edgardo Béjar Meléndez, Héctor Wilfredo Hinojosa Mariscal, Rolando Navarro Cabrera, Leonor Tejada Castillo, Mario Aragón Loaiza, entre otros participantes.

También se han considerado datos procedentes del libro “Historia Gráfica de Quillabamba”, utilizado como fuente de referencia para esta investigación.

Algunos datos provienen de testimonios orales y pueden presentar diferencias en fechas, horarios, lugares o recuerdos. Por ello, aquellos aspectos que todavía no cuentan con documentación suficiente se presentan como testimonios de memoria local y quedan abiertos a futuras comprobaciones.

Recuperar la memoria de quienes construyeron la vida cotidiana de Quillabamba también es hacer historia.”

Por George Vivanco Barreda, Investigador

Fotografías restauradas y mejoradas digitalmente con fines de conservación, investigación y difusión cultural.

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CEREMONIA DE FORMACIÓN COLEGIO QUILLABAMBA EN LA GRANJA DE MISIONES QUILLABAMBA, AÑO APROX. 1960Fotografía restaurada en...
22/09/2026

CEREMONIA DE FORMACIÓN COLEGIO QUILLABAMBA EN LA GRANJA DE MISIONES QUILLABAMBA, AÑO APROX. 1960

Fotografía restaurada en calidad digitalmente.
Fotografía original extraída del museo dominico amazónico.

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LIBRO : El Desafío de La Revolución (1956-1990) de Carlos Contreras Carranza, Magdalena ChocanoEstudia el periodo de 195...
22/09/2026

LIBRO : El Desafío de La Revolución (1956-1990)
de Carlos Contreras Carranza, Magdalena Chocano

Estudia el periodo de 1956 a 1990, el tramo final del llamado periodo “nacionalista”. Con este ideal, las elites en el poder impulsaron programas dirigidos a un desarrollo económico orientado hacia el mercado interno y la industria moderna, la forja de una cultura nacional que lidie con las influencias que consideraba extranjerizantes, y al logro, en suma, de una mayor integración nacional de la población peruana, a la que se consideraba todavía fuertemente marcada por escisiones raciales, regionales, culturales y lingüísticas. No todos los sectores de la elite compartieron, ciertamente, dichas metas.

22/09/2026

libro de colección: El sendero de La Convención
Autor: Franklin Carbajal
Año de edición: 2013
Número de páginas: 129

Reseña
Las dos partes que integran esta novela desarrollan dos motivos: el viaje y el aprendizaje. A través del mismo se nos muestra una nueva versión de una realidad que se va descubriendo a medida que el personaje principal decide buscarse a sí mismo en la debacle y el fracaso de los demás. La mirada nada ingenua de un sujeto a punto de ser fragmentado por su propia ciudad evoca a los ciudadanos que viven y padecen la incuria de sus gobernantes. La Convención, se muestra como un puzzle plagado de problemáticas propias de culturas que han vivido relegadas desde siempre. Bajo esta peculiar mirada se retratan sombras frívolas, tenues espejismos carcomidos y consumidos por sus propias manías. Así, en un envolvente lenguaje, se viaja a través de la ficción y se recrea el panorama completo de esta ciudad dicotómica: fetiche de ombligo del mundo y espalda de la milenaria cultura Machiguenga.
Novela dialógica de principio a fin, El sendero de La Convención es, ante todo, un libro elaborado con la clara intencionalidad de poner en jaque al lector y contar esa otra realidad que no aparece a vista y paciencia de todos. (Eduardo Reyme Wendell)

¿Y tú leíste este libro?

"Los Hombres que Descubrieron la Naturaleza de La Convención" Por George Vivanco Barreda, investigador.Cuando comencé a ...
21/09/2026

"Los Hombres que Descubrieron la Naturaleza de La Convención"
Por George Vivanco Barreda, investigador.

Cuando comencé a investigar la historia de Quillabamba, una parte de nuestro pasado podía encontrarse escondida entre libros de botánica, nombres científicos de plantas y antiguas colecciones conservadas en herbarios. Mi búsqueda había comenzado, como tantas otras veces, detrás de fotografías antiguas, documentos olvidados, testimonios de nuestros mayores, referencias sobre las primeras familias y acontecimientos que ayudaron a construir la historia de nuestra ciudad. Pero, poco a poco, fui encontrando otro camino. Un camino que me llevó hacia hombres de ciencia que, durante más de un siglo, recorrieron las montañas, quebradas, valles y ríos de La Convención. Entonces comprendí que detrás de cada planta registrada en aquellos antiguos estudios existía una historia de viaje y de exploración. Detrás de un nombre científico podía encontrarse un lugar de nuestra geografía; detrás de una colección botánica, una ruta antigua; y detrás de una simple anotación podían aparecer nombres que para nosotros son profundamente familiares: Santa Ana, Echarate, Lucumayo, Mandor, Huayanay, Yanatile, Cocabambilla, Idma, el Urubamba y Quillabamba.

Fue entonces cuando comprendí que nuestra tierra no solamente había sido escenario de la historia de pueblos originarios, agricultores, colonos, hacendados, comerciantes y viajeros. La Convención fue también, durante gran parte del siglo XIX y las primeras décadas del XX, un territorio que despertó la curiosidad de naturalistas, botánicos, geógrafos, agrónomos y exploradores procedentes del Perú, Europa y los Estados Unidos. Muchos de ellos llegaron atraídos por la extraordinaria riqueza natural de esta parte del Cusco, por sus bosques, sus montañas y por una geografía que unía el mundo andino con la inmensidad amazónica.

El primer antecedente de las exploraciones científicas en el Cusco -se remonta a 1837, cuando el geólogo irlandés José Barclay Pentland, cónsul de Gran Bretaña en Bolivia, realizó una excursión por diversas provincias cusqueñas. Aunque su recorrido no tuvo como centro La Convención, su presencia marca el comienzo de una época en la que el territorio cusqueño empezaba lentamente a ser recorrido y estudiado por especialistas. Pentland dejó además una de las primeras colecciones de plantas obtenidas en el Cusco, y su nombre quedó perpetuado en especies como Cajophora pentlandii y Eupatorium pentlandianum.

Pero fue en 1839 cuando la historia científica comenzó a acercarse verdaderamente a los territorios que hoy nos interesan. Ese año llegó al Perú el notable naturalista francés Claudio Isidro Gay, conocido por sus importantes estudios sobre la naturaleza de Chile. Después de permanecer en Lima y emprender su viaje hacia el Cusco por la ruta del centro, Gay llegó a la antigua capital de los incas y desde allí se dirigió hacia la montaña de Paucartambo y el valle de Kosñipata. Luego pasó por la quebrada de Urubamba, visitó Ollantaytambo y finalmente se encaminó hacia el valle de Santa Ana, en la entonces provincia de La Convención.

Detenerme en aquella fecha fue inevitable. Era 1839. Quillabamba todavía no era la ciudad que hoy conocemos. Las carreteras modernas no existían. Los viajes hacia el oriente cusqueño exigían largas jornadas por caminos difíciles, atravesando montañas, quebradas y pasos peligrosos. Sin embargo, Claudio Gay había llegado hasta el valle de Santa Ana. Las referencias posteriores señalan incluso que dedicó varios meses a la exploración de aquella región. Me resulta inevitable imaginar aquel momento: un naturalista europeo internándose en un territorio de exuberante vegetación, encontrando un mundo completamente diferente a las grandes alturas andinas.

La visita de Gay tiene un significado especial para nuestra historia porque nos muestra que Santa Ana ya formaba parte de los itinerarios de investigación científica en la primera mitad del siglo XIX. La región comenzaba a ser conocida fuera de sus fronteras inmediatas. Y, sin embargo, debemos recordar algo fundamental: aquellos científicos no descubrieron una tierra vacía. Antes de ellos estaban los pueblos y comunidades que durante generaciones habían conocido sus ríos, montañas, caminos y plantas. Los naturalistas llegaron para registrar y clasificar científicamente una naturaleza que ya era parte de la vida y del conocimiento de quienes habitaban el territorio.

Años después, entre 1843 y 1847, una nueva expedición atravesaría una parte importante de Sudamérica. Era la gran expedición dirigida por el conde Francisco de Castelnau. Después de cumplir la primera parte de su atrevido programa, la comisión partió de Lima rumbo al Cusco el 10 de mayo de 1846. Una vez instalada en la ciudad imperial, preparó su exploración hacia los grandes ríos del oriente.

El 21 de julio de 1846 la expedición salió del Cusco. Primero visitó la ciudad de Urubamba y el pueblo de Ollantaytambo. Luego tomó la ruta del puerto de Panticalla y penetró en el fértil valle de Santa Ana hasta llegar a la hacienda Echarate, que por aquel entonces marcaba el término del camino de herradura.

Esta referencia posee un valor extraordinario para comprender la geografía histórica de La Convención. Hoy hablamos de carreteras y conexiones terrestres, pero en 1846 la situación era muy diferente. Echarate representaba uno de los últimos puntos alcanzados por el camino de herradura y, a partir de allí, el río adquiría una importancia decisiva.

El 14 de agosto de aquel mismo año la comisión se embarcó y comenzó a descender por las torrentosas aguas del Urubamba. El 5 de septiembre llegó a la confluencia con el río Tambo y posteriormente continuó por el Ucayali hasta alcanzar el Amazonas. El viaje científico se transformaba así en una verdadera expedición por la gran red fluvial amazónica.

Sin embargo, aquella expedición estuvo marcada por una tragedia. Parte importante del material científico reunido entre Ayacucho y la desembocadura del koribeni en el Urubamba se perdió tras la muerte del vizconde Eugenio d'Osery, asesinado por balseros de Balsa Puerto cuando se dirigía hacia la confluencia de los ríos Marañón y Ucayali. Por esa razón, el herbario que logró sobrevivir de aquella expedición fue bastante reducido. Pero su recorrido quedó como un testimonio extraordinario de las antiguas rutas que conectaban el Cusco con la Amazonía.

El viaje olvidado de Paul Marcoy: Crónica y botánica en la selva de Quillabamba (1846)

A mediados del siglo XIX, la Amazonía peruana era un territorio envuelto en el misterio para la ciencia europea. En 1846, un enigmático viajero y artista francés, Paul Marcoy (pseudónimo de Laurent Saint-Cricq), se internó en los valles del Cusco con un objetivo ambicioso: cruzar el continente de océano a océano a través de los ríos amazónicos. Su paso por la provincia de La Convención y la zona de Quillabamba dejó uno de los testimonios históricos, botánicos y visuales más ricos de la época republicana.
CUSCO, Descenso por el Valle Sagrado, PROVINCIA DE LA CONVENCIÓN, HACIENDA SANTA ANA (1846) Actual ciudad de Quillabamba, DESCENSO DEL RÍO URUBAMBA (Hacia la baja Amazonía)

Tras residir un tiempo en la ciudad del Cusco, Marcoy emprendió el descenso hacia el norte en 1846. En ese entonces, Quillabamba no existía como la ciudad actual, sino que el territorio estaba dominado por inmensas propiedades agrícolas coloniales y republicanas.

Marcoy se hospedó y centró sus operaciones en la histórica Hacienda Santa Ana (cuyos terrenos dieron origen legal a Quillabamba décadas después). En sus escritos, el francés describió la transición climática y geográfica como un choque visual impactante: dejar atrás la rigidez de las montañas andinas para sumergirse en un mar verde de vegetación exuberante, neblina y ríos caudalosos.

Descubrimientos e Ilustración Botánica
Aunque la academia parisina lo consideraba más un literato que un científico puro, el aporte de Marcoy a la botánica y el registro de la región fue masivo:

• Muestras biológicas: Durante su estancia en el valle y su posterior descenso fluvial, recolectó cientos de especímenes vegetales que luego fueron enviados a Europa. Destacó su interés por las variedades de cinchona (árbol de la quina) y plantas medicinales nativas.
• El tesoro de los grabados: Marcoy poseía un talento excepcional para el dibujo. Registró minuciosamente la estructura de las palmeras americanas, las flores exóticas del Urubamba y los frutos locales. Sus dibujos se convirtieron en la primera ventana visual de Quillabamba para el Viejo Mundo.
• Registro agroecológico: En 1846, describió el enorme potencial agrícola del valle. Documentó las primeras plantaciones de cacao, café y caña de azúcar, cultivos que con el tiempo se transformarían en el motor económico y la identidad de la provincia de La Convención.

El impacto de su obra

Los hallazgos de su viaje de 1846 no vieron la luz de inmediato. Fue recién en 1869 cuando se publicó en París su obra cumbre: "Voyage à travers l'Amérique du Sud" (Viaje a través de América del Sur).
El libro causó sensación por sus crónicas detalladas sobre la vida en las haciendas cusqueñas, el carácter de los pobladores locales y sus interacciones con los nativos Matsigenka. Su relevancia científica e histórica fue tal que, años más tarde, Marcoy fue nombrado director administrativo del Jardín Botánico de Burdeos en Francia, consolidando el valor de sus recolecciones americanas.
Hoy en día, las crónicas de Paul Marcoy de 1846 son una máquina del tiempo invaluable para Quillabamba. Sus textos permiten reconstruir cómo era el paisaje natural, la flora original y la vida social del valle de La Convención antes del nacimiento de su actual capital provincial.

Otro de los miembros de aquella gran comisión fue el botánico y médico francés Hugh Algernon Weddell. Weddell se separó de la expedición en 1845, en territorio brasileño, con el propósito de estudiar los árboles de quina. Después de dos años de intensa investigación en el norte de Bolivia llegó al Perú, en junio de 1847, para continuar sus estudios sobre las regiones donde crecían estas especies.

Su recorrido lo llevó por Sandia y San Juan del Oro, en Puno, y posteriormente hacia Carabaya y el altiplano. Desde allí emprendió una rápida excursión hacia el departamento del Cusco y exploró lo que el antiguo documento describe con una frase que me quedó grabada: “el delicioso valle de Santa Ana”, descendiendo incluso más abajo del paraje denominado Cocabambilla.

El delicioso valle de Santa Ana.

Es difícil no detenerse ante aquellas palabras. ¿Qué vio Weddell para describir así nuestro valle? ¿Qué impresión le produjo la vegetación después de atravesar las regiones altas y frías del altiplano? Tal vez fueron las montañas cubiertas de bosque, los ríos, la fertilidad de la tierra o la inmensa diversidad vegetal. Weddell dedicó parte importante de su vida al estudio de las quinas y publicó obras fundamentales para el conocimiento de la flora sudamericana. Su paso por Santa Ana vincula directamente a La Convención con una de las grandes historias científicas y económicas del Perú: la búsqueda y el estudio de las quinas o cascarillas, árboles cuya corteza tuvo enorme importancia medicinal y comercial.

En 1850 llegó al Perú otro de los grandes nombres de nuestra historia científica: Antonio Raimondi. Era entonces un joven de apenas 23 años, pero estaba destinado a convertirse en uno de los mayores investigadores del territorio peruano. En enero de 1858 inició sus grandes viajes de exploración por el país. Tomó la ruta del centro, llegó al Cusco y desde allí se encaminó hacia el valle de Santa Ana, en la provincia de La Convención, internándose hasta un paraje situado más abajo de la desembocadura del Yanatile en el Urubamba.

Encontrar a Raimondi en la historia de nuestra región tiene un significado especial. Raimondi representa el deseo de conocer el Perú caminándolo. No estudió el país únicamente desde un escritorio. Recorrió sus montañas, observó sus recursos, examinó sus plantas, registró sus paisajes y dejó apuntes que todavía continúan siendo fuente de investigación.

Las referencias botánicas conservan nombres concretos de nuestra geografía vinculados con sus observaciones. En sus apuntes aparecen lugares del valle de Santa Ana, zonas situadas entre Huayanay y la hacienda Mandor, además de otras referencias a la vegetación de La Convención. Aquellas anotaciones demuestran que Raimondi no solamente pasó por nuestra región, sino que observó y registró parte de su riqueza natural.

En 1865 Raimondi regresó al Cusco, esta vez procedente del departamento de Puno, y recorrió las provincias del departamento entre el 24 de marzo y el 6 de octubre. Sus viajes produjeron abundantes colecciones científicas y contribuyeron al conocimiento de la flora peruana. Para La Convención, su paso por Santa Ana en 1858 constituye una conexión directa entre la historia local y la gran historia de la exploración científica nacional.

Durante el resto del siglo XIX, el Cusco no fue objeto de grandes exploraciones botánicas sistemáticas, aunque sí llegaron coleccionistas interesados en plantas ornamentales. Richard Pearce, agente de la firma inglesa T. Weith, recorrió entre abril de 1866 y marzo de 1867 los departamentos del Cusco, Apurímac y Ayacucho.

En 1882, Juan Noetzli recorrió los departamentos de Puno y Cusco. Y en 1887, el francés A. Forget viajó por la región tropical del oriente cusqueño. Aunque no se precisa en todos los casos el itinerario exacto de cada uno dentro de La Convención, su presencia nos recuerda que el oriente cusqueño continuaba atrayendo el interés de quienes buscaban especies vegetales y riquezas naturales.

Con el inicio del siglo XX comenzó una nueva etapa. En enero y febrero de 1903, el prestigioso botánico inglés Arthur W. Hill visitó el Cusco y exploró con detenimiento el fértil valle del Urubamba, internándose hasta el pueblo de Santa Ana, capital de la provincia de La Convención. Esta referencia es importante porque demuestra que Santa Ana continuaba siendo uno de los grandes puntos de llegada para los investigadores que recorrían el Cusco.

Poco después apareció en nuestra historia otro personaje fundamental: Augusto Weberbauer. La Real Academia de Ciencias de Berlín lo había comisionado para realizar extensas exploraciones botánicas en el Perú. Weberbauer llegó al país el 15 de noviembre de 1901 y durante los años siguientes desarrolló una labor científica que sería decisiva para el conocimiento de la vegetación peruana.

En junio de 1905 recorrió el valle del Urubamba y se detuvo especialmente en Yucay y en la región de Santa Ana. Después de cruzar la cadena nevada que atraviesa el Urubamba por la profunda quebrada del paso de Panticalla, ingresó nuevamente al valle del río y llegó a la región de Santa Ana. Allí utilizó durante aproximadamente dos semanas como campo de trabajo la hacienda de Idma, situada a unos 1,350 metros de altitud, en un valle transversal sobre Santa Ana, gracias a la invitación de su propietario, el señor Araníbar.

Esta información me parece especialmente importante para la historia de Quillabamba y de toda La Convención. Weberbauer no fue un viajero que simplemente atravesó la región. Permaneció allí trabajando y observando. En sus propios escritos señaló que la vegetación del valle del Urubamba, en la región de Santa Ana, se distinguía notablemente por su composición y por su periodicidad de otras zonas orientales del Perú que había visitado.

La hacienda Idma aparece repetidamente en las referencias científicas de la época. Su ubicación en el entorno geográfico relacionado con Quillabamba convierte aquel lugar en un punto de enorme interés para reconstruir la historia del paisaje y de las antiguas propiedades rurales de La Convención. ¿Qué aspecto tenía la región en 1905? ¿Cómo eran los caminos? ¿Quiénes vivían y trabajaban en aquellas haciendas? ¿Qué relaciones existían entre, Idma y la pequeña población de Quillabamba? Son preguntas que todavía pueden conducirnos hacia nuevas investigaciones.

Weberbauer regresó posteriormente al Cusco en varias ocasiones. En 1911 realizó otro viaje por el departamento, recorriendo entre el 1 de mayo y el 4 de julio las provincias de Anta, Cercado, Quispicanchi y Canchis. En abril y mayo de 1914 exploró la provincia de Paucartambo e ingresó en el valle de Kosñipata hasta la hacienda Asunción. Más adelante, por cuenta del Field Museum de Chicago, realizó dos nuevas excursiones: una en febrero y marzo de 1928 y otra en febrero y marzo de 1929, durante las cuales exploró los valles de Marcapata, Lares y Santa Ana.

Esto significa que Santa Ana no fue para Weberbauer un episodio aislado de 1905. La región volvió a formar parte de sus exploraciones posteriores, consolidándose como uno de los territorios importantes para el estudio de la flora cusqueña.

En 1911 llegó al Perú la Expedición Peruana de la Universidad de Yale, dirigida por Hiram Bingham. Entre sus integrantes se encontraba el botánico Harry Ward Foote, quien durante los aproximadamente dos meses que permaneció en el Cusco visitó las provincias del Cercado, Urubamba y La Convención. Foote se interesó especialmente en las muscíneas y reunió colecciones de hepáticas y musgos que posteriormente fueron estudiadas por especialistas. Su trabajo demuestra que la investigación científica sobre nuestra región ya no se limitaba a las grandes plantas visibles del paisaje. La mirada de la ciencia comenzaba a penetrar incluso en los grupos vegetales más pequeños y menos conocidos.

Tres años después, en 1914, llegó al Cusco el profesor Joseph Nelson Rose, enviado por el Instituto Carnegie de Washington con la cooperación de otras instituciones científicas de los Estados Unidos para estudiar la gran familia de las cactáceas. Entre el 24 de agosto y el 4 de septiembre recorrió Canchis, Quispicanchi y el Cercado. Su itinerario descrito en el documento no se concentra directamente en La Convención, pero su presencia forma parte de aquella época en la que el Cusco se había convertido en un territorio de creciente interés para la ciencia botánica internacional.

En 1915 llegó una nueva expedición vinculada nuevamente a la Universidad de Yale. A iniciativa del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos se incorporaron a ella los profesores O. F. Cook y Bruce Gilbert, como botánico y ayudante botánico respectivamente. Durante los meses de abril, mayo y junio de aquel año, la comisión recorrió Sicuani, Tinta, Calca, Ollantaytambo, Torontoy, Machupicchu, San Miguel, Lucumayo y Santa Ana.

El resultado de aquel viaje fue extraordinario. La expedición reunió un herbario compuesto por más de 1,650 números de plantas fanerógamas, 43 paquetes de musgos y un considerable número de hepáticas. O. F. Cook, además, desarrolló una amplia bibliografía sobre la agricultura aborigen en tiempos de los incas y sobre el notable número de plantas domesticadas antes de la llegada de los españoles.

La presencia de Cook y Gilbert en Lucumayo y Santa Ana abre otra perspectiva para comprender nuestra región. La Convención no solamente interesaba por sus plantas silvestres. Su territorio también podía ser estudiado en relación con la agricultura, los cultivos y el conocimiento desarrollado por las sociedades humanas.

Pero fue precisamente hacia el año de 1915 cuando apareció uno de los personajes que, en mi opinión, merece ocupar un lugar especial dentro de la historia de Quillabamba. Su nombre era Christian Bües.

El antiguo documento señala que hacia el año 1915 se radicó en el pueblo de Quillabamba, capital de la provincia de La Convención, el ingeniero agrónomo Christian Bües, graduado en la Universidad de Cornell, en los Estados Unidos. Era ya conocido por sus exploraciones geográficas realizadas en Junín y Puno, pero fue en nuestra provincia donde desarrolló una parte especialmente importante de su labor.

A diferencia de Claudio Gay, Castelnau, Weddell, Raimondi, Weberbauer, Hill, Foote, Cook y Gilbert, Christian Bües no llegó simplemente para continuar su viaje. Se estableció en Quillabamba.

Entre 1919 y 1920 se dedicó con verdadero entusiasmo a herborizar en la extensa provincia de La Convención con el propósito de enriquecer su Museo particular de Historia Natural. Prestó especial atención a las plantas esporófitas y, entre las fanerógamas, a las orquídeas. Su trabajo logró reunir alrededor de dos mil números de colección.

Cuando encontré aquella información, comprendí que estábamos ante una historia que merece ser recuperada. La Quillabamba de comienzos del siglo XX no fue solamente un pueblo agrícola en proceso de crecimiento. En ella vivió un cientifico, ingeniero agrónomo que dedicó tiempo y esfuerzo a estudiar científicamente la naturaleza de toda La Convención y que llegó a organizar un Museo particular de Historia Natural.

Los duplicados de sus colecciones fueron remitidos, por intermedio del autor del documento, a diversos institutos botánicos del extranjero que posteriormente se ocuparon de estudiarlos. Así, ejemplares recogidos en las montañas, quebradas y valles de La Convención pudieron haber viajado desde Quillabamba hacia instituciones científicas internacionales.

Christian Bües dejó además una referencia que considero de enorme importancia para la investigación histórica: elaboró un mapa detallado de la provincia de La Convención que, según el documento, permanecía inédito . También desarrolló una amplia bibliografía sobre las riquezas agrícolas de la región tropical.

Ese mapa dibujado por Christian Bües esta publicado en nuestra pagina Quillabamba un legado viviente.

El propio autor del documento describe a Christian Bües como uno de aquellos hombres de ciencia que hicieron del Perú su segunda patria. Y esa frase adquiere un significado especial cuando pensamos que Bües eligió establecerse precisamente en Quillabamba.

Mientras Bües desarrollaba su labor en La Convención, la investigación de la flora cusqueña continuaba creciendo. Entre 1922 y 1933, el autor del documento, Fortunato L. Herrera, realizó extensas exploraciones botánicas por las provincias del departamento. Aunque su labor abarcó todo el Cusco, el conocimiento acumulado sobre Santa Ana y La Convención también formó parte del gran trabajo que desarrolló durante aquellos once años. Herrera llegó a reunir alrededor de cuatro mil pliegos y logró que numerosas especies fueran estudiadas por instituciones botánicas extranjeras. Su esfuerzo permitió identificar 1,165 especies naturales del departamento, entre ellas 88 nuevas para la ciencia, 714 registradas por primera vez para el Cusco y, en muchos casos, para el Perú, y 363 que ya eran conocidas mediante colecciones anteriores.

Lo más importante de su método es que no solamente recogía las plantas. Anotaba para cada una de ellas la localidad, el hábitat, sus posibles aplicaciones y los nombres vulgares con que eran conocidas en las regiones de donde procedían. Esa costumbre convierte sus investigaciones en una fuente que puede tener enorme valor histórico y etnográfico, porque en sus registros pueden sobrevivir nombres locales y conocimientos tradicionales vinculados con la naturaleza.

Después de la partida de Fortunato L. Herrera del Cusco, el trabajo de investigación continuó. A fines de 1933 visitó el departamento la señorita Dora B. Sttaford. En 1935 llegó el profesor James West y en 1936 el profesor Thomas Harper Goodspeed, conocido por sus estudios sobre el género Nicotiana. Por su parte, entre 1936 y 1939, César Vargas C., discípulo de Herrera y posteriormente catedrático de Botánica en la Universidad del Cusco, realizó una extensa herborización en diversas provincias del departamento. El profesor Valeriano Soukup, de la Granja Modelo de Chuquibambilla, en Puno, también obtuvo una colección botánica en las provincias del Cercado, Urubamba y La Convención.

A esta larga historia de exploradores y científicos se suman otros nombres mencionados por el documento: Clements Markham, quien en 1853 y nuevamente en 1860 penetró hacia los valles de Paucartambo en busca de semillas y plantas vivas de quina; Otto Buchtien, en 1919; Wilson Popenoe, ingeniero agrónomo del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, en 1921; Albert F. Blakeslee, en 1925; E. Wedermann, conservador del Museo y Jardín Botánico de Berlín-Dahlem, en 1926; y finalmente Inés Mexia, notable coleccionista mexicana que recorrió los Andes sudamericanos.

No todos ellos realizaron el mismo itinerario ni todos dejaron una huella directa documentada en Quillabamba o Santa Ana, pero sus nombres muestran la intensidad de la actividad científica que durante décadas tuvo como escenario al Cusco y a sus provincias.

Al final de esta larga historia, el resultado de las investigaciones realizadas por botánicos y colectores quedó condensado en un catálogo que registraba 2,157 especies de plantas para el Cusco, cifra que el propio autor consideraba probablemente cercana a la mitad del inventario completo de la flora departamental. Entre ellas se contaban 585 especies de esporófitas y 1,572 especies de espermatófitas.

Pero para mí, después de recorrer todos estos nombres y fechas, las cifras dejan de ser simplemente números. Detrás de ellas aparecen los caminos que atravesaron los exploradores. Aparecen Santa Ana y sus valles. Aparece Echarate como el límite de un antiguo camino de herradura. Aparece Cocabambilla, más allá de donde descendió Weddell. Aparecen Huayanay y Mandor en las anotaciones de Raimondi. Aparece el Yanatile desembocando en el Urubamba. Aparece la hacienda Idma como lugar de trabajo de Weberbauer. Aparecen Lucumayo y Santa Ana en la expedición de Cook y Gilbert. Y finalmente aparece Quillabamba, no solamente como una población que crecía en medio de la Amazonía cusqueña, sino como el lugar donde Christian Bües decidió establecerse y desde donde organizó su trabajo científico.

Esa es, quizás, una de las historias que todavía debemos recuperar para comprender verdaderamente nuestro pasado.

La historia de Quillabamba no se encuentra solamente en las fechas de fundación, en las autoridades, en las primeras casas o en las fotografías antiguas. También se encuentra en las rutas que siguieron los viajeros, en los ríos por donde descendieron las expediciones, en las antiguas haciendas, en los herbarios que conservan plantas recogidas en nuestra tierra y en los mapas que quizá todavía esperan ser encontrados.

La naturaleza también guarda memoria.

Una planta recolectada en Santa Ana en 1839 puede conservar la huella del paso de Claudio Gay. Una anotación de 1846 puede recordarnos el viaje de Castelnau hasta Echarate. La frase “el delicioso valle de Santa Ana” todavía nos devuelve la mirada de Weddell sobre nuestra tierra en 1847. Los apuntes de Raimondi nos conducen hacia Huayanay, Mandor y el Urubamba en 1858. Las colecciones de Weberbauer nos muestran la importancia científica de Idma y Santa Ana en 1905. Los registros de Cook y Gilbert nos devuelven a Lucumayo y Santa Ana en 1915. Y la presencia de Christian Bües nos permite imaginar una Quillabamba de comienzos del siglo XX en la que un Científico, ingeniero agrónomo, graduado en Cornell, reunió alrededor de dos mil ejemplares para su propio Museo de Historia Natural y elaboró un mapa detallado de toda la provincia de La Convención.

Quizás algún día encontremos aquel mapa.

Quizás aparezcan fotografías de Christian Bües en Quillabamba.

Quizás sobrevivan documentos de su museo o parte de las colecciones que reunió.

Quizás en algún herbario del Perú, Europa o los Estados Unidos permanezcan todavía ejemplares recogidos por él, llevando en sus etiquetas el nombre de algún río, quebrada, hacienda o pueblo de nuestra provincia.

Y si logramos encontrar esas huellas, estaremos recuperando una parte olvidada de nuestra propia historia.

Porque antes de que muchos caminos modernos unieran estos territorios, antes de que Quillabamba adquiriera la dimensión urbana que hoy conocemos, La Convención ya era una tierra que atraía la mirada de quienes deseaban comprenderla. Fue una tierra de pueblos antiguos y de conocimientos ancestrales, de agricultores y viajeros, de montañas y ríos, pero también una tierra de naturalistas y exploradores.

Santa Ana fue una de las grandes puertas hacia ese mundo tropical. El Urubamba fue el camino que permitió avanzar hacia la Amazonía. Echarate marcó una etapa fundamental en las antiguas rutas. Idma se convirtió en un punto de trabajo para Weberbauer. Lucumayo y Santa Ana fueron recorridos por nuevas expediciones. Y Quillabamba terminó convirtiéndose en un lugar donde uno de aquellos hombres de ciencia decidió quedarse.

Por eso, mientras continúo investigando la historia de esta ciudad, siento que Quillabamba todavía tiene muchas historias que contar. Algunas permanecen en la memoria de nuestros mayores. Otras sobreviven en fotografías amarillentas. Y algunas, quizás las más sorprendentes, permanecen escondidas en viejos libros científicos, en herbarios, mapas inéditos y archivos que esperan volver a encontrarse con la tierra de la que un día salieron.

Quillabamba es historia, pero también es naturaleza. Es memoria, pero también es territorio. Y comprender su pasado significa aprender a mirar todo aquello que nos rodea: el río, la montaña, el valle, los caminos y la extraordinaria diversidad de una tierra que durante generaciones ha sido admirada por quienes nacieron en ella y por quienes, viniendo desde lugares lejanos, quedaron fascinados por su riqueza.

Tal vez esa sea una de las razones por las que hoy, al buscar las raíces de Quillabamba, también termino encontrando las huellas de aquellos exploradores. Ellos llegaron con sus cuadernos, sus instrumentos y sus colecciones. Nosotros regresamos ahora con nuevas preguntas, buscando comprender lo que vieron y, sobre todo, recuperar aquello que el tiempo dejó disperso.

Porque investigar nuestra historia es, de alguna manera, volver a caminar por sus antiguos caminos.

Y en cada uno de esos caminos todavía permanece vivo el legado de Quillabamba.

Por George Vivanco Barreda, Investigador.

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