31/12/2025
Y tu que opinas?
Hablar del propósito histórico del control educativo español en América no es un ejercicio académico distante ni una discusión cerrada en los manuales de historia. Es una conversación necesaria y urgente para quienes habitamos hoy la escuela como docentes. Porque muchas de las tensiones que atravesamos en el aula, muchas de las exigencias que recaen sobre nuestro trabajo, no nacieron con las reformas educativas recientes: tienen raíces coloniales que siguen operando, aunque hoy se presenten con otros discursos.
La educación en la América colonial no fue concebida como un derecho ni como una vía de emancipación intelectual. Fue, ante todo, una herramienta política. Su función principal fue mantener el orden colonial, evitar rebeliones organizadas y garantizar la obediencia religiosa y política a la Corona y a la Iglesia. Enseñar no significaba formar sujetos críticos, sino moldear conciencias funcionales a un sistema de dominación. La escuela, cuando existía, era un espacio de control más que de aprendizaje.
La alfabetización fue cuidadosamente administrada. No se trataba de expandir el saber, sino de preservar los privilegios de una minoría alfabetizada. El acceso al conocimiento escrito se reservó a ciertos grupos: clérigos, burócratas, criollos acomodados. Para los pueblos originarios y las castas, la instrucción básica tenía un objetivo claro: aprender lo necesario para obedecer, no para cuestionar. Leer la Biblia, memorizar catecismos, repetir normas. Pensar por cuenta propia no estaba en la agenda.
Desde esta lógica, limitar el pensamiento crítico y la autonomía intelectual no fue un efecto colateral, sino un propósito explícito. La educación colonial desconfiaba del sujeto que pregunta, que interpreta, que discute. Por eso se privilegió la memorización, la repetición y la autoridad incuestionable del maestro y del texto. No resulta casual que estas prácticas todavía aparezcan, recicladas, en discursos actuales que piden “orden”, “disciplina” y “resultados” sin preguntarse para qué y para quién se educa.
Aquí es donde la historia deja de ser pasado y se vuelve espejo. Hoy se nos exige a los docentes que resolvamos desigualdades estructurales, fracasos escolares, violencias sociales y déficits institucionales, como si todo dependiera de nuestra vocación o de nuestra capacidad individual. Esta carga resulta injusta y funcional al sistema: desplaza la responsabilidad del Estado, oculta las raíces históricas de la desigualdad educativa y convierte al docente en el chivo expiatorio perfecto.
Cuando un estudiante no aprende, se señala al maestro. Cuando una escuela no logra “mejorar”, se habla de falta de compromiso docente. Rara vez se discute cómo los sistemas escolares heredaron una matriz excluyente, diseñada para pocos, y aún no han logrado transformarse de manera estructural. Rara vez se reconoce que la escuela nació, en nuestro continente, más cerca del control que de la libertad.
Cuestionar el control educativo español en América no implica negar la historia ni simplificarla en una narrativa de buenos y malos. Implica entender que la educación fue parte de un proyecto político de dominación y que muchas de sus lógicas siguen presentes cuando se reduce la enseñanza a indicadores, cuando se castiga el pensamiento incómodo o cuando se exige obediencia antes que comprensión.
Educar no debería ser entrenar para obedecer. Y enseñar no puede seguir siendo sinónimo de sostener un orden que excluye.
Fuentes de información
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Puiggrós, A. (1996). Historia de la educación en América Latina. UNAM.
Zea, L. (1981). La filosofía americana como filosofía sin más. Siglo XXI Editores.
Gonzalbo Aizpuru, P. (2005). Educación, familia y vida cotidiana en la Nueva España. El Colegio de México.
Brunner, J. J. (1990). Educación, Estado y sociedad. FLACSO.