04/12/2025
Cuaderno Arariwa 2.0 – Estudios cusqueños en filosofía intercultural
LA CONQUISTA DEL PERÚ Y LA PEDAGOGÍA DEL DESMEMBRAMIENTO:
SANTA INQUISICIÓN, MESTIZAJE Y EXTIRPACIÓN DEL TEJIDO ANDINO**
“En cada n**o y palabra que el fuego quiso borrar, la memoria buscó otra forma de respirar.”
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I. Introducción: cuando la cifra oculta la herida
Los defensores literalistas de la historia cuantitativa insisten en un número: 32 ajusticiados por la Santa Inquisición en el Perú virreinal; y “tan sólo” dos indígenas (Archivo del Tribunal de la Inquisición, Lima, 1570–1820), como si el valor de la vida se valiera en exclusivos y fríos números. Hace mucho que la escuela moderna de antropología heredada del gran y mismísimo Lévi-strauss ya dejó esa simplista metodología referencial de aproximación.
La cifra de 32 está así circulando en algunos medios como, justamente, sentencia de tribunal: “la Inquisición casi no mató”.
Pero he aquí que el análisis merece ser abierto desde una aproximación filosófica intercultural. Ésta también sabe observar las demás huellas, y no sólo quedarse en los papeles “oficiales” o formales. Toda cifra sin cosmovisión corre el riesgo de ser tan sólo un espejo roto que refleja pedazos aislados de realidad. La violencia de la inquisición no se registra pues únicamente con cadáveres numerados; se registra también y por sobre todo, en los tejidos ecosistémicos desarmados, en la domesticación del imaginario local colectivo, en los sistemas simbólicos arrancados de sus ordenamientos territoriales, resignificados o convertidos en superstición.
El virreinato (verdadera lógica “imperial” a diferencia de sistema de crianza cosmovisiva indígena) erigió a la Inquisición como parte de un completo dispositivo pedagógico del miedo, articulado religiosa, política y administrativamente con las reducciones, la extirpación de idolatrías, la organización urbana, la colonización del saber y del lenguaje y, lejos de la intensión de mestizaje cultural que pretenden algunos literalistas “neo hispanistas” en voga, se verifica la intensión sistemática de evangelización integral simbólica.
Por ello, las cifras aparentemente “bajas” no contradicen la magnitud ni la profundidad del daño y “costo cultural”; más bien lo revelan ampliamente como mutilación estructural y no sólo como actos aislados punitivos.
II. Pedagogía del cuerpo: el desmembramiento como escenificación del poder
La brutal ejecución de José Gabriel Condorcanqui Noguera, Túpac Amaru II (1781) —excomulgado, arrastrado, descuartizado por caballos y luego completado por hacha— no figura en los autos de fe registrados por la Inquisición. Ni tampoco el de toda su familia con él “ajusticiada”…
¿Por qué?
La excomunión actuó evidentemente como un puente estratégico de invisibilización, para desplazarlo fuera de los registros inquisitoriales: los cuerpos “fuera del rebaño” podían ser castigados sin quedar contabilizados. Suena tan recurrente, aun en nuestros días “modernos”, donde las cifras oficiales de algunos estados están lejos de reflejar la verdad objetiva de “daños” reales coyunturales… ¿qué se leerá en 200 años en Israel, en sus “libros de historia oficiales” sobre las muertes en Gaza? Lo vivimos también en el mismo Perú, que durante más de 15 años vivimos habiendo borrado a más de 35000 personas desparecidas y asesinadas durante el conflicto contra Sendero y MRTA; y así mismo también lo fueron por parte del ejército nacional. Los libros no pueden así obviamente ser suficientes para aprender la historia… una comisión de la Verdad, con contacto real con las poblaciones y tierras afectadas, tuvo que se constituida para ver más allá de los documentos y registros “oficiales”…
En el Caso de Tupac Amaru el desmembramiento, además, tiene un evidente “doble lenguaje” y “doble lectura”: Uno legible desde lo cristiano que se manifiesta a través del castigo y el escarmiento; y otro desde lo andino, que se revela desde el sacrificio y la “dispersión solar” de las fuerzas.
Por eso, la intención del gesto punitivo revela involuntariamente su propia paradoja y contraproducencia. La pedagogía del terror propia del siglo XVI europeo contribuyó sin proponérselo en la sacralización popular —¿un eco del modelo del Wiracocha Pachayachachiq, aquel que enseña desde la ruptura y la recomposición del tejido? -. Un poco como el simbolismo del renacuajo, que debe atravesar el proceso de “trascender su estructura inicial” para lograr transformase en Sapo, cuya nueva habilidad es la de existir en “dos medios” diferentes, la tierra y el agua, como “dos báculos de poder”, uno para cada mano que sujeta la misma acción sembradora… ¿“el Mito de Inkarri” y la recomposición del tejido?
No pequemos de inocencia exegética bibliográfica. Para nosotros desde los estudios filosóficos interculturales, lo que el virreinato verdaderamente buscaba a través de la Santa Inquisición no era “exterminar indígenas”. Los defensores de la “teoría de la leyenda negra contra la pobre España de buena voluntad” pretenden hoy argüir desde el postulado en el cual la cifra de 32 muertes confirmaría la “inocencia cultural” del proceso colonial español, muy diferente según ellos a la actitud sajona, inglesa u holandesa. Muy por el contrario, creemos que lo que se focalizó a través de las hogueras fue –analicemos bien- el mestizaje insumiso: el indígena, ya sometido cosmovisivamente, “ya no era peligroso”; el verdadero peligro residía entonces en quien podía unir mundos, lenguas, percepciones y legitimidades. Y cabe la casualidad que el perfil de esos 30 otros sentenciados que no eran “indígenas”, representa sin lugar a dudas “alguna forma” de peligro de mestizaje. Ya sea étnico o cultural, el sincretismo podía potencialmente escapar a la vigilancia y control religioso-cultural requerido por el virreinato y por supuesto, al patrón de “mestizaje controlado” del mismo (por ejemplo los numerosos estratégicos casamientos con “nobles mujeres incas”). Vascos, portugueses y españoles que traían otras influencias culturales que la católica fueron los que se condenaron por herejía e ideas judaizantes, basfemia y “prácticas de brujería” (tradiciones ibéricas anteriores al cristianismo) del mismo continente europeo. Cuantas razones obvias para que “ello no se mezcle” con el paganismo indígena y que a su vez sirva de mensaje de advertencia que llegue igualmente a todos, incluidos los indígenas obviamente.
III. Pedagogía simbólica: autos de fe, extirpación y la guerra por el imaginario
Los autos de fe en el Perú (siglos XVI–XVIII) eran literalmente un muy desarrollado TEATRO político-teológico. Sermones, escenificaciones del in****no, penitencias públicas, quemas de ídolos, vigilancia de doctrinas y confesiones forzadas constituían una liturgia metafísica y escénica del control.
La extirpación de idolatrías, paralela y complementaria, era aún más profunda: irrumpía en cualquiera de las casas, examinaba wak´as escondidas, perseguía quipus, danzas, cantos, sueños, cultos de agua y piedra (Arriaga, Extirpación de la idolatría, 1621).
Aquí el indicio en cifras desaparece por completo: no hay ni puede haber registro total del miedo, del trauma espiritual ni de la desarticulación cosmogónica que sólo la sinceridad intelectual puede ablandar y lógicamente andar mucho por las tierras que guardan aun huellas vivenciales visibles.
Andahuaylillas: pedagogía de la imagen
La capilla de Andahuaylillas (s. XVII) resume la estrategia:
En el bautisterio, en la puerta de ingreso se lee el mensaje litúrgico en tres lenguas: latín arriba, castellano al medio, quechua, aymara y puquina por debajo. En la lógica y simbolismos de las lecturas europeas de jerarquías, la verticalidad no es ni fue mestizaje, sino justamente voluntad de expresión de jerarquización ontológica.
En el mural de ingreso antes de ingresar al bautisterio, un gran mural ante el cual había que asentir el que sería bautizado: de un lado el camino al cielo cubierto de espinas, maltratos y torturas que hay que aguantar para llegar a la promesa celestial; del otro el camino al in****no más bien florido, como la naturaleza, amable, y por ende para la iglesia, engañoso. Tan difícil entender que esto era estaca directa al corazón andino para alejar del sentido de Pachamama no es.
La pedagogía visual invertía la lectura andina donde la naturaleza es vía imprescindible al sumaq kawsay y no seducción demoníaca.
Toritos de Pucará: símbolo mestizo, no domesticado
El par-torito —símbolo dual solar y andino, masintin— recibe la cruz que los divide, pero también la viste de flores, soles, lunas, rayos, plantas, estrellas.
Es un ejemplo de la capacidad de asimilación cosmogónica andina, que convierte lo impuesto por el virreinato en sutil símbolo mestizo, sin perder el alma andina de la dualidad ni su profundidad relacional: iskay yachay, dos miradas que dialogan en un solo cuerpo.
IV. Pedagogía territorial: reducciones, iglesias y la fractura del ecosistema sagrado
La política de reducciones (1570–1600) —El virrey Francisco de Toledo como figura central— desmembró la geografía espiritual andina.
Los ayllus estaban dispersos en las montañas en la lógica ecosistémica de las cuencas y las micro cuencas, la puna, los valles y las quebradas formaban un tejido territorial para el criar la vida y no sólo para explotarla y usufructuarla.
Inversamente, las reducciones concentraron las poblaciones en el nuevo modelo “citadino”, reordenaron los vínculos alejándolas de las quebradas, montes, apus, manantiales, y afectando la ecología relacional integral de los pueblos andinos.
Resultado material (huella arqueológica incontrovertible): Cusco: más de 130 iglesias coloniales. Ayacucho: más de 60 iglesias coloniales… por solo citar dos ciudades… Construidas la mayoría de las veces con piedra de los mismos templos incas y sobre espacios de wak´as mayores: la superposición arquitectónica revela profundamente una indubitable verdad de conquista ontológica que los papeles suavizan.
A diferencia de los Incas —que solían yuxtaponer y no destruir los templos de naciones integradas ya ampliamente demostrada por la arqueología contemporánea y los estudios interdisciplinarios andinos— la colonia impuso la lógica de cancelación simbólica del otro.
La arqueología precolombina no hace más que contradecir sistemáticamente los relatos de los cronistas hispanos sobre el fundamento de control bélico, idolatría o “atraso” de los indígenas.
En cambio, por el contrario, la arqueología colonial confirma exactamente lo que algunos hispanistas se empecinan en negar: destrucción, superposición cosmogónica y disciplinamiento territorial.
V. Pedagogía del saber: universidades, jesuitas y el mestizaje controlado
El virreinato, fruto de la hazaña de una “empresa privada” de conquista, comprendió pronto que el saber y el dominio del mismo era el nervio del poder. Y este “perfil psicológico es sinceramente más acorde al paradigma cultural europeo del siglo XVI sumergido en los dilemas de reforma y contrarreforma.
Universidad de San Marcos (1551) y los seminarios formaron élites criollas y mestizas bajo control doctrinal. No se enseñaba ahí sabiduría andina ni crianza de semillas, ni finalmente de corrientes alternativas europeas… se enseñaba doctrina católica y “artes/ciencias” permitidas dentro de este paradigma.
El mestizaje es el concepto clave. Claro que el mestizaje era permitido, pero solamente si era tutelado, dirigido por matrimonios arreglados, alianzas familiares y jerarquías raciales y/o institucionales. Nada de mestizajes de abrazos fraternos interculturales… intereses, poderes y finalmente para todos, “supervivencia” en aquel circulo de poderes reconfigurando el mundo.
El mestizo autónomo, políglota, liminal, capaz de volverse conocedor simultáneo del mundo andino y del mundo hispano, era considerado un riesgo. Y ese perfil va a ser finalmente el de la inmensa mayoría de “caudillos” y revolucionarios en la historia que transita desde la colonia hasta las actuales repúblicas herederas del virreinato peruano, también la mayoría castigados con similar vehemencia a la empleada contra José Gabriel Condorcanqui.
La expulsión de los jesuitas (1767) reveló también desde los inicios la tensión entre un conocimiento más amplio y una corona que temía la heterodoxia y la autonomía o divergencia intelectual o espiritual.
La “colonización del saber”, en palabras modernas, consistió en convertir la enseñanza en una inmensa e irreductible cátedra que sirva de doble instrumento: por un lado para neutralizar y canalizar la imaginación mestiza, y por otro para confirmar sistemáticamente la doctrina católica.
VI. Pedagogía ontológica: Wiracocha, chakana y la relectura andina del trauma
Desde la mirada andina, la colonización no sólo afectó la religión, sino la ontología: la forma misma de ser en el mundo. El principio de Wiracocha Pachayachachiq —el que enseña al mundo a ser mundo— mantiene la idea de que la realidad está viva y que toda herida busca recomposición.
La chakana, símbolo del puente, reaparece en la cruz. Por ello el trauma colonial no se convierte en vacío, sino en matriz de nuevas formas de mestizaje: dolorosas, conflictivas, pero fértiles para reimaginar la ya muy difícil convivencia.
VII. Epílogo: herencias actuales de una pedagogía antigua
El actual y resurgente literalismo legalista que niega la violencia porque “las cifras son bajas” es heredero y reflejo directo de esa pedagogía del desmembramiento. Del separar en partes y buscar difuminar la idea de totalidad inclusiva…
La invisibilización del mundo originario, el desprecio por las memorias colectivas como criterio de validación cultural, la lectura moralizada de la naturaleza y la dificultad de reconocer contradicciones modernas son ecos de aquel modelo virreinal aún muy vivos. Aquí el gran y reconocido investigador peruano en psicoanálisis social Jorge Bruce de la universidad católica del Perú tendría mucho que ahondar desde la tesis central de su libro “nos habíamos choleado tanto” y que recomendamos audazmente la lectura para entender el meollo del prejuicio inter-racial en el Perú.
Pero también esta pedagogía fue y es todavía alimento de la otra herencia: La capacidad andina de recomponer símbolos, de integrar sin ser devorados, de convertir imposición en diálogo epistémico, tal como los toritos de Pucará integran mundos sin renunciar a su origen matricial. Como el Perú actual que supo transformar en gastronomía y cultura nacionales los aportes de todos los inmigrantes que aquí llegaron (español, africanos, europeos, árabes, chinos…). Herencia directa de una habilidad y cosmovisión andina muy presente en la actual “cultura peruana”.
Quizá allí se encuentre, hoy, un camino por visibilizar: la posibilidad de proponer al mundo una hermenéutica de la complementariedad, un mestizaje por fin maduro capaz de dialogar sin borrar ni menospreciar lo realmente vivido y sentido por “los otros” compatriotas.
Bibliografía:
Fuentes coloniales
Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales
Bartolomé de las Casas, Brevísima Relación
José de Acosta, Historia Natural y Moral de las Indias
Arriaga, Extirpación de la Idolatría en el Perú (1621)
Felipe Guamán Poma de Ayala, Nueva Crónica y Buen Gobierno
Archivos y actas
Archivo General de Indias (Sevilla)
Archivo General de la Nación – Sección Inquisición
Archivos Arzobispales (Cusco)
Historiografía de referencia
Ramos Gavilán, Historia del Santuario de Copacabana
Pierre Duviols, Procesos de extirpación
Sabine MacCormack, Religion in the Andes
Luis Millones, estudios sobre extirpación y religiosidad andina
Phillippe Deschola, Más allá de la naturaleza y la cultura