28/12/2025
ALESSIA
🖋 Bran Yames Paz
🖌 Blanca N. Calsina
𝘛𝘶 𝘷𝘰𝘻, 𝘶𝘯 𝘤𝘢𝘯𝘵𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘮𝘪𝘴 𝘰𝘪́𝘥𝘰𝘴.
𝘕𝘰 𝘵𝘦 𝘷𝘢𝘺𝘢𝘴. 𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘪 𝘵𝘦 𝘷𝘢𝘴,
𝘮𝘦 𝘩𝘢𝘣𝘳𝘦́ 𝘱𝘦𝘳𝘥𝘪𝘥𝘰 𝘺𝘰 𝘮𝘪𝘴𝘮𝘰 (2025).
Recuerdo que los nervios no se me iban al momento de ingresar a la U, mientras bajaba del autobús. Y fue allí donde vi ese hermoso rostro de tez blanca como la de un ángel, esos ojitos almendrados de color verde jade, ¡dios!, lo recuerdo como si fuera ayer. Tu hermosa cabellera café —que aún conservas—, y esas botas negras que te quedaban tan bien. No importaba lo que llevaras puesto: tenía la seguridad absoluta de que todo te quedaba perfecto. Con tu sola presencia hacías que otras chicas perdieran su brillo, porque ese día tú resaltaste para mí. Anoté ese día en una libreta porque creí que sería el último en el que podría admirar tu belleza inigualable. Era un 24 de mayo de un año pesado (2024). Yo andaba exhausto. Ese había sido un día cansado, con un examen de admisión que, según mis padres, definiría mi futuro.
Desde entonces no pude sacarte de mi cabeza. Desde ese día, tenía conflictos internos. Me decía a mí mismo que estas emociones, o quizá esta atracción por ti, se iba desvanecer con el tiempo. Volví a Macusani y, sin perder más tiempo, se lo conté a todos. Algunos me dijeron “loco”, “acosador”, “nunca te hará caso”, o simplemente se quedaron callados. La manera en que les contaba de ti era con ilusión, de una forma tierna y única. Siempre les decía: “parece una turca”. Nadie me creía, pero a mí eso me daba igual.
Nunca voy a olvidar cuando me hablaste por primera vez. Después de meses, volví a Arequipa. Al llegar a la U, llevaba puestos mis audífonos y estaba escuchando S*x, Drugs, etc., de Beach Weather. Creo que era un miércoles o un jueves. Ese gran día. Estaba distraído y no te vi. Me hablabas, pero yo ni caso te hacía hasta que te pusiste en frente de mí. Me quité los audífonos. Me preguntaste si tenía una calculadora, ya que estudiaba ingeniería. Tu voz era un canto para mis oídos, un dulce y relajante canto. Tardé unos 4 o 5 segundos en responderte, quería admirar tu belleza en esos segundos. Verte tan próxima hizo que me sintiera extraño, comenzara a sonrojarme… hizo que me pusiera nervioso y me sudaran las manos. Esos valiosos cinco segundos hicieron que ya no sintiera tan solo admiración hacia ti, sino algo más que ello.
Pasaron algunas semanas. Te veía de lejos.
Un día me armé de valor y me acerqué a una de tus amigas. Le pedí que habláramos un momento.
—Seré directo: hace un tiempo que vengo mirando a tu amiga, la alta, blancona, cabello castaño y ojos verdes. Quisiera que me des su número.
Finalmente, tu amiga aceptó, pero no tanto por la petición que le hice, sino porque ya sospechaba algo y, de cierta manera, quería ayudarme.
El viernes 11 de octubre te escribí. Comencé por presentarme y haciéndote recordar que yo era el chico al que, hace algunas semanas, le preguntaste por una calculadora. Te pregunté que si aún querías que te la prestara. Me dijiste que sí.
Pasaban los días y yo, cada vez, te preguntaba cosas que perfectamente ya me sabía, como la carrera que estudiabas, el carácter de los profesores. En particular, comenzamos a calumniar de Mazeyra. Hablar de este profesor siempre nos sacaba una carcajada, ya sea por hablar sobre el cabello que no tiene o sobre su amargada cara que lleva. Ambos conectamos. Teníamos el mismo humor, las mismas ideologías. En definitiva, eras mi media naranja. Un mensaje tuyo se volvía cada vez más constante. Esos mensajes hacían un reboot (reinicio) en mi día. Pasaba de estar nostálgico o amargado a estar feliz y con una sonrisa.
El 28 de noviembre te propuse una cita en el mall del parque Lambramani. Te esperé en la puerta principal de la U. Cuando te vi, estabas radiante, impecable, hermosa… e incluso creí que te habías arreglado para mí (y de hecho, así fue). Ya en el carro, te pregunté si te molestaba tu mochila. Me dijiste que sí. Como ya teníamos cierta confianza, la tomé y te dije: “Descuida, la llevo yo”. Entonces me hiciste la peor broma: “Mi novio se enfadará y te golpeará”. Me rompiste las ilusiones, pero las volviste a construir cuando soltaste una carcajada sarcástica. Y ahí supe que tan solo era una broma.
Llegamos al mall. Visitamos primero las tiendas de ropa. Cada vez que veías una prenda, me preguntabas cuál te quedaba mejor. Te probaste casi todas la ropas de las tiendas. No me quejé —fue una hazaña para mí—. Luego fuimos a comer. Querías un McFlurry, así que compramos dos: uno para ti y otro para mí.
Buscaba el mejor momento para decirte lo que sentía por ti…
Saqué una rosa. Te la entregué. Yo estaba sonrojado y nervioso, pero era ahora o nunca. Dije:
—Hay cosas en mí que sienten más allá de una simple amistad hacia ti… Alessia, ¿quisieras ser mi novia?
Y tú moviste la cabeza diciéndome que sí. Nos abrazamos. Al oído me susurraste:
—Te tardaste mucho.
Yo estaba eufórico. Alrededor, los demás, todos aplaudían, chiflaban y gritaban:
—¡Beso, beso!
Y gracias a esa bendita presión, ocurrió nuestro primer beso.
Todas las canciones que me parecían patéticas porque hablaban de un romance, todos esos poemas y esas cartas de amor… comenzaron a tener sentido.