C.E.P. San Tarcisio

C.E.P. San Tarcisio

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Deseamos llevar el espíritu y los valores santaricisianos a nuestros actuales alumnos y ex alumnos.

Colegio parroquial promovido por los misioneros del Sagrado Corazón.

03/01/2026

Santarcisianos del Mundo. Después de pasar unas fiestas, muchos de nosotros en familia, es hora de preguntarse que podemos hacer por nuestra otra familia, nuestro prójimo. No es necesario ser ricos o un club de beneficencia para poder hacer un cambio.

Antes de que el fotógrafo presionara el obturador, la niña de ocho años se inclinó en silencio y se quitó las botas.
No porque no tuviera zapatos — sino porque estaban tan gastadas y rotas que le daba vergüenza mostrarlas.
Aquella niña se llamaba Adelaide Springett.
La fotografía fue tomada en 1901, en el este de Londres, en un refugio del Ejército de Salvación donde vivía con su madre.
Tenía solo ocho años, pero ya cargaba con más dolor y pérdida de lo que muchas personas soportan en toda una vida.
Adelaide nació en 1893, en la pobreza más profunda del Londres victoriano.
Sus padres eran vendedores ambulantes que iban de puerta en puerta ofreciendo pequeños objetos para sobrevivir.
La vida fue cruel con ellos: sus hermanas gemelas, Ellen y Margaret, murieron el mismo día en que nacieron, y otra hermana, Susannah, falleció a los cuatro años.
En 1901, solo quedaban Adelaide y su madre, Mary Ann.
Su padre había desaparecido.
Les quedaban el frío, el hambre y la incertidumbre.
El hombre que las fotografió se llamaba Horace Warner, un fotógrafo aficionado que trabajaba cerca del mercado de Spitalfields.
Entre 1900 y 1910, en su tiempo libre, retrató a los niños pobres del barrio — los llamados “Spitalfields Nippers”.
Eran los olvidados de la historia, los pequeños cuya existencia habría desaparecido sin dejar rastro.
Estos niños llevaban la pobreza en sus rostros: caminaban descalzos, vestían harapos, dormían en habitaciones húmedas y superpobladas.
Muchos eran hijos de inmigrantes — refugiados judíos, irlandeses que huían del hambre — que intentaban sobrevivir en una de las ciudades más ricas del mundo, sin poseer nada.
Pero Warner era diferente a los fotógrafos de su tiempo.
No quería provocar lástima ni escándalo.
Quería mostrar humanidad.
Aprendía los nombres de los niños, hablaba con ellos, y en sus imágenes no solo se veía miseria — sino también dignidad.
Cuando colocó a Adelaide frente a la cámara, la niña se quitó las botas, en silencio.
No porque no tuviera calzado, sino porque estaban tan rotas que prefería ocultarlas.
Prefirió parecer descalza antes que mostrar cuán pobre era.
En aquel pequeño gesto se resumía toda su vida.
Había perdido a tres hermanas.
Vivía en un refugio.
Pasaba hambre.
Y aun así, conservaba su respeto por sí misma.
Le importaba cómo la veían los demás.
Quiso guardar lo poco que quedaba de su dignidad humana.
Piénsalo: una niña de ocho años que ya había conocido la muerte, el hambre y la vergüenza — y que eligió la dignidad en lugar del miedo.
Eso no fue debilidad. Fue coraje.
Warner inmortalizó ese instante.
En la fotografía, Adelaide está de pie, descalza, con una mirada serena y decidida.
No sonríe, pero no parece derrotada.
Es una niña que ha visto demasiado, pero que se niega a rendirse.
Después de ese día, Adelaide desaparece de la historia.
No sabemos qué fue de ella.
¿Creció? ¿Se casó? ¿Emigró, como tantos otros pobres londinenses?
No hay registros.
Las vidas de las mujeres y los niños pobres rara vez se escribían en los libros de historia.
Adelaide habría sido olvidada — si no existiera esta fotografía.
Si Horace Warner no hubiera escrito su nombre.
Tras la muerte de Warner, en 1937, las fotos de los “Spitalfields Nippers” permanecieron durante décadas olvidadas en un cajón.
Cuando se redescubrieron, los historiadores comprendieron lo que tenían entre manos:
no eran imágenes de miseria, sino testimonios.
Testimonios de que aquellos niños existieron.
De que importaban.
Y la imagen de Adelaide — con ese gesto silencioso, desgarrador, al quitarse las botas — se convirtió en una de las más conmovedoras de toda la serie.
Porque ese gesto no habla solo de pobreza.
Habla de dignidad.
De la lucha silenciosa, cansada pero firme, por seguir siendo humano en un mundo que a menudo ignora.
Adelaide Springett.
Nacida en 1893.
Fotografiada en 1901.
Y más de un siglo después — aún la recordamos.
Una niña que no tenía nada, pero se mantuvo erguida ante el mundo.
Una mirada que sigue recordándonos que la dignidad no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.
Ella sigue viva — en esa mirada, en ese coraje silencioso.
No es solo pasado.
Es humanidad.
Es valentía.

03/01/2026

INICIAMOS NUEVO AÑO Santarcisianos del Mundo. Ciertamente unas fiestas con acontecimientos algo alarmantes a nivel mundial y nacional pero empecemos el año preocupándonos de aquello que podemos manejar: como ven nuestros pequeños el mundo al que están recién entrando. No los llenemos de lenguaje de violencia u odio, mostremosles el lado bueno de estar vivos, en esta tierra y que hay esperanza de mejoría, que si se puede salir adelante. Por encima de todo recordemosles siempre que todo irá bien siempre que vayamos de la mano del Padre y de sus enseñanzas. Sembremos semillitas de paz y amor en sus cabecitas para que cuando venga la tempestad o el mal clima ni el viento mas fuerte o la tormenta mas extrema las pueda arrancar porque tiene raíces fuertes. Recordemos que si nuestros niños sonríen solos es porque estamos yendo por el buen camino como padres. Bendiciones a sus hogares y que este 2026 sirva para consolidar la familia católica en su fe en Dios, nuestra amada Virgen María, en su hijo Jesús para poder ir firmes en medio de la tempestad que es el mundo moderno.

14/12/2025

Santarcisianos del Mundo. Ya cerca a la Navidad, entre reuniones de trabajo, canastas, bonos, campañas y tumultos en centros comerciales, hay regalos que son invisibles sin embargo no pueden ser comprados ni con todo el oro del mundo junto.

"La mujer que se hizo pasar por la madre de un niño en el hospital".
Vi al niño por primera vez un martes por la tarde. Yo había ido al hospital a visitar a mi tía Rosa, que estaba en la planta de cardiología, cuando me perdí entre los pasillos blancos que todos se parecían. Terminé en pediatría por error.
Fue entonces cuando lo escuché llorar.
No era un llanto normal, sino algo más desgarrador. Un gemido que parecía salir del alma misma. Me asomé por la puerta entreabierta de la habitación 304 y lo vi: un niño de unos cinco años, conectado a cables y máquinas, completamente solo.
—¿Dónde está su familia? —le pregunté a la enfermera que pasaba.
—No tiene —me respondió con una tristeza que ya parecía habitual—. Lo encontraron abandonado hace tres días. Los servicios sociales están buscando opciones, pero... —se encogió de hombros—. Es poco probable que salga de aquí.
Esa noche no pude dormir. No podía sacarme de la cabeza esos ojos oscuros llenos de miedo, esas manitas que se aferraban a las sábanas como si fuera lo único que lo conectara al mundo.
Al día siguiente volví.
—¿Eres mi mamá? —me preguntó el niño cuando entré a la habitación.
El corazón se me encogió. Podría haber dicho la verdad, podría haberle explicado que yo era solo una extraña que se había perdido. Pero algo en su mirada desesperada me partió el alma.
—Sí —susurré—. Soy tu mamá.
Su rostro se iluminó por primera vez desde que lo conocí.
—¿Por qué te tardaste tanto? —me preguntó, extendiendo sus bracitos hacia mí.
—Perdóname, mi amor. Tuve que... tuve que arreglar unas cosas importantes. Pero ya estoy aquí y no me voy a ir —le dije, tomando su mano pequeñita entre las mías.
—¿Te vas a quedar hasta que me cure?
—Me voy a quedar siempre —mentí, sabiendo que no había cura posible.
Durante los siguientes días, me convertí en experta en fingir. Cuando los doctores me hablaban de su condición, asentía como si entendiera completamente. Cuando me preguntaban por su historial médico, improvisaba respuestas vagas. Cuando necesitaban mi autorización para algún procedimiento, firmaba con mano temblorosa.
—Mamá, ¿me puedes contar un cuento? —me pidió una tarde.
—¿Cuál quieres escuchar?
—El de cuando era bebé. Cómo era cuando nací.
Mi garganta se cerró. ¿Cómo le cuentas a un niño moribundo la historia de un nacimiento que nunca presenciaste?
—Eras el bebé más hermoso del mundo —comencé—. Cuando naciste, llorabas tan fuerte que todas las enfermeras se reían. Tenías el cabello negro como el carbón y unos ojitos que brillaban como estrellitas.
—¿Y qué más?
—Tu papá estaba tan emocionado que se desmayó —inventé, y él se rio por primera vez—. Y yo te cargué y te dije: "Mi niño hermoso, te voy a amar para siempre".
—¿De verdad me dijiste eso?
—De verdad —susurré, y en ese momento sentí que no era una mentira. En algún lugar de mi corazón, realmente lo amaba como si fuera mío.
Los días se volvieron semanas. Yo había dejado mi trabajo, había inventado excusas para mi familia. Mi mundo entero giraba alrededor de esa habitación 304. Le leía cuentos, jugábamos con sus carros de juguete, veíamos caricaturas en la tablet del hospital.
—Mamá, ¿por qué los doctores te miran raro? —me preguntó una mañana.
—¿Qué quieres decir?
—Es como si no creyeran que eres mi mamá de verdad.
El corazón me dio un vuelco. ¿Acaso había notado algo? ¿Las miradas sospechosas del personal? ¿Mis respuestas evasivas?
—A veces los adultos son raros, mi amor. Pero tú sabes que soy tu mamá, ¿verdad?
—Claro que sí —me dijo, abrazándome—. Eres la mejor mamá del mundo.
Una noche, los monitores empezaron a sonar diferente. Las enfermeras corrieron hacia la habitación. El doctor me habló con palabras que no quería escuchar.
—Señora, creo que es hora de que llame a la familia cercana —me dijo suavemente.
—Yo soy su familia —respondí con voz firme.
Esa madrugada, mientras lo tenía en mis brazos, él abrió los ojos una última vez.
—Mamá, ¿me vas a extrañar cuando me vaya al cielo?
Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin control.
—Te voy a extrañar cada segundo de cada día —le dije con la voz quebrada—. Pero vas a estar bien, mi amor. En el cielo no hay dolor.
—¿Vas a venir a visitarme?
—Algún día —prometí—. Algún día nos vamos a encontrar otra vez.
—¿Me vas a reconocer?
—Te voy a reconocer siempre. Eres mi niño hermoso, mi estrellita.
Sonrió una última vez y cerró los ojos.
Muri0 en mis brazos fingidos, pero mi amor por él era real. Tan real como el dolor que sentí cuando su manita se volvió fría entre las mías.
En el funeral, nadie más que yo lloró por él. Los de servicios sociales estaban ahí por protocolo, algunas enfermeras por cariño profesional. Pero yo lloré como la madre que nunca fui pero que siempre seré en mi corazón.
Nunca supe su nombre verdadero. En el hospital lo llamaban "Bebé Pérez" porque así lo habían registrado cuando lo encontraron. Pero para mí siempre fue Miguel, porque ese fue el primer nombre que se me ocurrió cuando me preguntó cómo se llamaba.
Cada año, en la fecha de su muerte, vuelvo al hospital. No a verlo a él —ya no está ahí—, sino a ver si hay otro niño que necesite una mamá, aunque sea prestada, aunque sea fingida, aunque sea solo por un ratito.
Porque aprendí algo en esa habitación 304: a veces el amor más verdadero nace de una mentira dicha con el corazón en la mano. Y a veces ser madre no tiene nada que ver con dar a luz, sino con estar ahí cuando alguien te necesita, incluso si ese alguien es un extraño que te confunde con la persona que más ama en el mundo.
Miguel me enseñó que el amor no conoce de sangre ni de papeles. Solo conoce de brazos que abrazan cuando el mundo duele demasiado.

20/10/2025

Santarcisianos del Mundo. Oremos. No porque pensemos que es un consuelo pero porque creemos que el mal no debe de triunfar y que el bien prevalecerá contra la adversidad. Dios tiene un plan para nosotros que no podemos comprender pero El nos escucha.

20/10/2025

Santarcisianos del Mundo, acompañemos al Cristo morado, a nuestro milagroso Cristo de Pachacamilla, en su recorrido y que nos bendiga ahora que lo necesitamos tanto. Mientras mas voces sean, más fuerte es el eco.
El martes 28 de octubre, el Cristo Morado saldrá del Santuario de las Nazarenas para recorrer la avenida Tacna, la avenida Nicolás de Piérola y el jirón Cañete, luego por la avenida Alfonso Ugarte para ingresar al Hospital Arzobispo Loayza. Retomará nuevamente la avenida Alfonso Ugarte y avanzará por la avenida Venezuela, visitando la Iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados. Posteriormente retornará por la misma avenida Venezuela, continuará por el jirón Mariano Moreno, jirón Recuay, jirón Loreto, avenida Bolivia y avenida Garcilaso de la Vega. Por último ingresará a la avenida Tacna para retornar al Santuario de las Nazarenas.

El sábado 01 de noviembre, recorrerá la Avenida Tacna, Jr. Callao, Jr. Chancay, Av. Emancipación y finalmente la Av. Tacna para ingresar al Convento de las Nazarenas. Por segunda vez en su historia, el Señor de los Milagros de Nazarenas visitará la Provincia Constitucional del Callao, el domingo 26 de octubre, en el tradicional Nazareno Móvil.

El recorrido se iniciará en la avenida Tacna, para continuar por la avenida Nicolás de Piérola, avenida Óscar R. Benavides, avenida Tingo María, avenida Mariano H. Cornejo, avenida Universitaria y avenida La Marina, hasta llegar a la avenida Guardia Chalaca, avenida Sáenz Peña y avenida Pacífico donde se presidirá la Santa Misa. Al fin de la ceremonia litúrgica, volverá por la avenida Sáenz Peña, avenida Guardia Chalaca, avenida La Marina, avenida Universitaria, avenida Mariano H. Cornejo, avenida Tingo María, avenida Óscar R. Benavides y avenida Nicolás de Piérola, culminando en la avenida Tacna para ingresar nuevamente al Santuario de las Nazarenas. (Fuente, Diario Gestión).

26/09/2025

Santarcisianos del mundo, ya que nos acercamos a fin de año nuestros hijos merecen una orientación profesional para saber que rumbo tomar en sus vidas. Acá una recomendación.

26/09/2025

Santarcisianos del mundo. Sigamos el ejemplo del amor.

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