C.E.P. San Tarcisio

C.E.P. San Tarcisio Deseamos llevar el espíritu y los valores santaricisianos a nuestros actuales alumnos y ex alumnos.
(1)

Colegio parroquial promovido por los misioneros del Sagrado Corazón.

Nadie sabe lo de nadie Santarcisianos del Mundo.Mi vecina me dejaba comida en la puerta. Pensé que quería entrometerse. ...
10/05/2026

Nadie sabe lo de nadie Santarcisianos del Mundo.

Mi vecina me dejaba comida en la puerta. Pensé que quería entrometerse. Después supe que...
La primera vez que encontré el táper en mi puerta, pensé que era un error. Arroz con pollo, todavía tibio. Sin nota, sin nada. Lo dejé ahí un rato, mirándolo desde la rendija de la puerta como si fuera a explotar.
Valeria, mi bebé, lloraba adentro. Tenía tres meses y yo llevaba dos días comiendo galletas de soda porque el dinero no alcanzaba hasta fin de mes. Agarré el táper. Olía demasiado bien como para rechazarlo.
A la semana siguiente, otra vez. Esta vez, lentejas con chorizo. Empecé a molestarme. ¿Quién se creía para dejarme comida como si fuera una indigente? Seguro era la vecina del 3B, la que siempre me miraba con esa cara de lástima cuando me veía cargar a Valeria sola, con bolsas del supermercado colgando de los brazos.
—¿Te parece normal esto? —le dije un día cuando la encontré en el pasillo. Tenía el táper en la mano, todavía sin lavar—. No necesito caridad.
Ella se quedó quieta, con su bolso viejo colgado del hombro. Era más joven de lo que pensaba, quizás treinta y pocos. Tenía ojeras profundas.
—No es caridad —dijo bajito—. Solo... me sobra comida. Cocino de más.
—Pues aprende a medir las porciones.
Me arrepentí apenas lo dije. Pero ya estaba hecha. Entré a mi departamento y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
Pasaron tres semanas sin tápers. Valeria cumplió cuatro meses y yo aprendí veintisiete formas distintas de cocinar fideos. Una tarde, bajando la escalera con el cochecito, vi a la vecina sentada en un escalón con su hijo. Un niño flaquito de unos cinco años, callado como su madre.
—Mami, tengo hambre —dijo él.
—Ya sé, mi amor. En un ratito comemos.
Pero la forma en que lo dijo... ese "en un ratito" que todas las madres usamos cuando no sabemos cuándo va a ser ese ratito.
Seguí bajando. El cochecito hacía ruido contra cada escalón. En mi bolso llevaba un paquete de galletas que había comprado para mí. Me detuve.
—Toma —le dije al niño, extendiéndole las galletas—. Para que no esperes tanto.
La vecina levantó la vista. Sus ojos se llenaron de algo que no supe nombrar.
—Gracias —susurró.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Él primero. Siempre él primero.
Me senté en el escalón, con Valeria dormida en el cochecito.
—Los tápers... —comencé.
—Cocinaba para los dos —me interrumpió—. Pero cuando ví que estabas sola con la bebé, pensé que... —se calló—. Yo trabajo de noche limpiando oficinas. Mi mamá cuida a Mateo, pero no me paga bien. Apenas nos alcanza.
—Y aún así me dejabas comida.
—Tú tenías una recién nacida. Yo sé lo que es eso. Sola, sin dormir, sin tiempo ni para pensar en comer.
Se me hizo un n**o en la garganta.
—Yo pensé que querías entrometerte. Que me mirabas con lástima.
Ella negó con la cabeza.
—Te miraba con respeto. Porque sé lo difícil que es.
Mateo mordisqueaba las galletas despacio, como si quisiera hacer que duraran para siempre.
—¿Y ahora? ¿Por qué paraste? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Me cortaron horas en el trabajo. Ahora solo hago tres noches. Ya no puedo cocinar de más.
Nos quedamos calladas. El edificio olía a humedad y a fritangas de otros departamentos. Valeria hizo un ruidito dormida.
—Mañana cocino yo —dije finalmente—. Y te dejo un táper en tu puerta.
Ella sonrió por primera vez. Una sonrisa cansada pero real.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé. Pero voy a hacerlo de todas formas.
Desde entonces, cocinamos por turnos. Un día ella, un día yo. A veces solo alcanza para arroz con huevo, pero siempre hay algo. Los niños comen primero, siempre. Y nosotras después, sentadas en mi departamento o en el suyo, compartiendo lo poco que tenemos.
Ya no me molestan los tápers en la puerta. Ahora sé que nunca fueron caridad. Eran la forma en que otra madre, pasando hambre igual que yo, me decía: "No estás sola. Yo también estoy aquí. Y vamos a salir adelante juntas."
Porque eso es lo que hacemos las madres. Cuidarnos entre nosotras, aunque nadie nos cuide a nosotras.
Escrito por Gisel Dominguez.

Dos tipos de hij@s santarcisianos del mundo.El día del funeral de mamá, yo llegué en mi camioneta BMW alquilada, con un ...
10/05/2026

Dos tipos de hij@s santarcisianos del mundo.

El día del funeral de mamá, yo llegué en mi camioneta BMW alquilada, con un traje negro impecable y lentes de sol de diseñador. Me sentía el pilar de la familia.
Llevo 15 años viviendo en el extranjero. Me ha ido bien. Tengo una empresa de logística. Desde que me fui, religiosamente cada mes, enviaba 400 dólares a mi hermano menor, Pablo, que se quedó viviendo con mamá en la casa vieja del pueblo. Yo me sentía el "hijo bueno". Pensaba: "Gracias a mí, no les falta nada". "Gracias a mis dólares, mamá come bien".
Cuando llegué a la casa después del cementerio, empecé a criticar. Es lo que hacemos los que venimos de fuera: juzgar con ojos de turista la realidad que no vivimos. —"Pablo, ¿por qué el jardín está tan seco? Yo mandé dinero para el jardinero". —"Oye, las paredes necesitan pintura. Te dije que contrataras a alguien". —"¿Por qué mamá estaba tan flaca en el ataúd? ¿No le dabas los suplementos que te dije?".
Pablo no decía nada. Estaba sentado en la mesa de la cocina, con una camiseta vieja, ojeras moradas que le llegaban a los pómulos y las manos llenas de callos. Se veía diez años mayor que yo, aunque es tres años menor.
Entonces, saqué el tema importante. —"Bueno, hermano, hay que ver qué hacemos con la casa. Yo creo que lo mejor es venderla rápido. Yo no necesito el dinero, así que podemos dividirlo 60-40, tú te quedas con más porque te quedaste aquí". Lo dije con tono generoso, esperando que me diera las gracias.
Pablo levantó la vista. Sus ojos no tenían brillo. Se levantó despacio, fue a un cajón y sacó un cuaderno escolar arrugado y sucio. Lo tiró sobre la mesa. —"Lee", me dijo.
Abrí el cuaderno. Era una bitácora.
"12 de Octubre: Mamá no durmió. Gritó toda la noche pidiendo ver a Carlos (o sea, a mí). Tuve que cambiarle el pañal 5 veces. Me mordió cuando intenté bañarla."
"3 de Noviembre: El dinero que mandó Carlos no alcanzó para los medicamentos de la presión. Tuve que vender mi moto."
"24 de Diciembre: Mamá no reconoció a nadie. Lloró porque 'el hijo exitoso' no llamó. Le puse una grabación vieja de voz de Carlos para que se calmara. Yo cené un sándwich al pie de su cama."
"15 de Enero: El doctor dice que mi espalda está dañada por cargarla al baño. No puedo trabajar esta semana."
Cerré el cuaderno. Sentí un n**o en la garganta que no me dejaba respirar. Pablo me miró fijo y soltó la bomba: —"Tú mandabas 400 dólares, Carlos. Y te agradezco. Pero tú dormías 8 horas seguidas. Tú tenías fines de semana. Tú tenías vacaciones. Tú tenías una vida."
Se señaló el pecho. —"Yo no he dormido una noche completa en cuatro años. Yo perdí a mi novia porque no podía salir nunca. Yo dejé mi carrera para que mamá no fuera a un asilo. Tú mandabas dinero para 'solucionar problemas', pero el dinero no limpia culos, Carlos. El dinero no aguanta insultos de una mente con demencia. El dinero no da abrazos cuando ella tiene miedo en la madrugada".
Se acercó a mí y me dijo con una voz tranquila pero firme: —"Vende la casa si quieres. Quédate con todo el dinero. Yo ya pagué mi parte. La pagué con mi vida".
Se dio la media vuelta y se fue a dormir a la habitación de mamá, la primera siesta real que tendría en años.
Me quedé solo en esa cocina. Miré mi reloj caro, mis zapatos de marca. De repente, todo eso me pareció basura. Yo fui el proveedor económico, sí. Pero él fue el hijo. Yo pagué las pastillas, pero él se las dio en la boca. Yo mandé el dinero para el ataúd, pero él sostuvo su mano hasta que dejó de respirar.
Esa tarde, fui a la notaría. Hice un documento cediéndole el 100% de la casa a Pablo. No es un regalo. Es el pago retroactivo más justo de la historia. Y aun así, siento que le sigo debiendo.
🧠 Reflexión para llevar:
A men**o, en las familias, hay un "Hijo Satélite" y un "Hijo Bastón". El Satélite gira lejos, brilla, manda recursos y visita de vez en cuando. El Bastón se queda, sostiene, se desgasta y se rompe en silencio.
No cometas el error de creer que tu aporte económico vale más que el aporte físico y emocional de quien cuida. El cheque no cambia pañales. La transferencia bancaria no cura la soledad.
Si tú eres el que está lejos, ten la decencia de no juzgar el estado de la casa o las decisiones del que está cerca. Y si vas a repartir una herencia, recuerda: El tiempo, la salud y la vida que entregó el cuidador tienen un precio que ninguna casa puede pagar. La justicia familiar no es dividir entre dos; es reconocer quién dio qué.

Nuestra madre, nuestro primer amor santarcisianos del mundo.Elvis permaneció junto al féretro de su madre durante horas,...
10/05/2026

Nuestra madre, nuestro primer amor santarcisianos del mundo.

Elvis permaneció junto al féretro de su madre durante horas, incapaz de dejarla ir. Le acariciaba el rostro y le susurraba palabras, como si quisiera retenerla a su lado un poco más.
Al final, tuvieron que apartarlo con delicadeza para que el velatorio pudiera continuar. Durante el entierro, en más de una ocasión intentó acercarse a la tumba con desesperación, y varias personas tuvieron que sujetarlo.
Hablar de Elvis Presley es hablar de un cambio cultural enorme, y aun así, su impacto más profundo no estuvo solo en el ritmo que encendió, sino en el corazón que mostró sin esconderlo.
Para comprender de verdad su legado, hay que mirar más allá del espectáculo y entrar en la humanidad, a men**o dolorosa, que lo moldeó.
La pérdida de su madre, Gladys, fue la tragedia que marcó su vida. No fue solo una muerte; fue la ruptura de su único refugio seguro. Durante largas horas, Elvis se quedó junto a su ataúd, incapaz de marcharse, intentando conservarla con él un instante más.
Gladys lo era todo: su base, su primer amor, la voz firme que lo protegió en los años más duros. Lo sostuvo cuando no tenían nada y siguió siendo su apoyo incondicional incluso cuando el mundo empezó a devorarlo.

Santarcisianos del mundo, les compartimos una historia de la vida real. Tengo 60 años y mi hijo tiene 33. Vive en mi cas...
10/05/2026

Santarcisianos del mundo, les compartimos una historia de la vida real.

Tengo 60 años y mi hijo tiene 33. Vive en mi casa, duerme en el mismo cuarto donde creció, usa el mismo clóset que le armé cuando tenía diez años y come la comida que yo le preparo todos los días. No trabaja, no estudia, no busca nada. Se levanta tarde, prende el televisor o el computador y así se le va el día. Si no le sirvo el desayuno, no desayuna. Si no le lavo la ropa, la deja tirada en una silla hasta que ya no tiene nada limpio.
Pero no siempre fue así de evidente. Esto empezó hace años, poco a poco, y yo lo fui permitiendo todo.
Cuando era niño, yo no lo dejaba hacer nada solo. Le amarraba los zapatos hasta los doce años porque decía que se demoraba mucho. Le hacía las tareas “para que no se estresara”. Si en el colegio tenía un problema con un profesor, yo iba a hablar por él. Si discutía con un compañero, yo intervenía. Siempre pensaba: “ya tendrá tiempo de sufrir cuando sea adulto”.
Nunca lo dejé pasar incomodidades.
A los 18 terminó el colegio. Me dijo que no sabía qué estudiar. Yo le dije que no se preocupara, que se tomara un año para pensar. Ese año se convirtió en tres. Durante ese tiempo nunca le exigí trabajar. Si quería dinero, me lo pedía. Si salía con amigos, yo le daba para los gastos. Cuando sus primos empezaron a trabajar, yo decía que cada quien tiene su ritmo.
A los 25 intentó estudiar algo técnico. Duró cuatro meses. Decía que los horarios eran muy pesados. Yo misma fui a retirarlo porque lo veía cansado. Le dije que buscara algo que realmente le gustara. Nunca buscó nada.
Cuando cumplió 30, una tía le ofreció trabajo en su negocio. Duró dos semanas. Se quejó del horario, del transporte, de todo. Regresó a casa diciendo que ese ambiente no era para él. Yo lo recibí como si volviera de una guerra. Le preparé su comida favorita y le dije que ya aparecería algo mejor.
Nunca apareció.
Hoy su rutina es siempre la misma. Se duerme a las dos o tres de la mañana viendo videos. Se levanta cerca del mediodía. Va a la cocina y me pregunta qué hay de almuerzo.
Si le pido que saque la basura, dice que luego. Si le sugiero que busque trabajo, se molesta y me dice que lo estoy presionando.
Hace poco le dije que yo ya no tengo la misma energía, que me duele la espalda, que me canso fácil. Me respondió que entonces contratáramos a alguien que me ayudara con la casa.
Hace dos meses me enfermé fuerte de la presión. Estuve tres días en cama. Pensé que eso lo haría reaccionar. El primer día pidió comida por domicilio. El segundo día dejó los platos sucios en la mesa. El tercer día me preguntó cuándo me iba a levantar porque no había ropa limpia.
Ahí entendí que no sabe vivir sin que alguien lo atienda.
Y ese alguien siempre fui yo.
Mis hermanas me dicen que lo eche, que ya es un hombre hecho y derecho. Pero cuando lo veo durmiendo, con esa cara tranquila, todavía lo veo como cuando tenía cinco años y se quedaba dormido abrazando su almohada. Yo misma lo mantuve en esa edad.
No lo preparé para el mundo.
Lo protegí del mundo.
Y ahora el mundo es mi casa… y yo soy lo único que tiene.

Mamis y papis santarcisianos. Cuidémonos, ahora no por que los doctores nos lo dicen sino porque nuestros hijos nos nece...
10/05/2026

Mamis y papis santarcisianos. Cuidémonos, ahora no por que los doctores nos lo dicen sino porque nuestros hijos nos necesitan.

Nos enseñaron que una “buena madre” se hunde por sus hijos. Que sufre en silencio, que aguanta, que da todo… incluso cuando ya no puede más.
Y esa imagen —la de una madre sosteniendo al hijo por encima del agua mientras ella se ahoga— se volvió símbolo de amor.
Pero no debería serlo.
Una mamá que se ahoga no puede enseñar a flotar.
No puede cuidar si no tiene aire.
No puede acompañar si se queda sin fuerza.
Porque si nos hundimos, se hunden ellos después.
Literal y metafóricamente.
El amor de una madre no debería medirse por cuánto duele, sino por cuánta vida conserva y se cuida para seguir sosteniendo, con calma, con presencia, con salud.
Amar también es aprender a respirar.
Por ti, y por ellos.

Familia es donde esta el amor Santarcisianos del mundo.Yo crecí creyendo que mi abuela era mi mamá, todos me hacían burl...
10/05/2026

Familia es donde esta el amor Santarcisianos del mundo.

Yo crecí creyendo que mi abuela era mi mamá, todos me hacían burla que mi mamá estaba muy anciana que porque se casó grande y yo les decía porque mi mamá envejece cada día por darme tanto amor y un día voy a crecer y le voy a devolver su juventud y yo iré envejeciendo, ellos me decía apoco eso pasa, mi gran amigo decía si porque mi abuelito era grande grande en sus fotos y ahora es chiquito.
Pero un día llegó una señora muy elegante yo ya tenía 12 años y dijo a mi mamita que venía por mi porque ella no podía cuidar a su hijo por su trabajo y que yo ya podía cuidarlo, mamita se puso a llorar y le dijo como ahora te sirve ya lo quieres pero que tal te fuiste con ese tipo sin importar que aún era un bebé, esa señora dijo yo soy su madre y por lo tanto hago lo que quiero con él, me tomo del brazo me llevaba jalando mamita intento que no me llevará pero ella la empujó y yo quería ayudarla pero no pude, aún tengo esa imagen de mi mamita llorando por mi tirada en el piso por mi.
Llegamos a una casa más grande que la mi mamita, como ella y su esposo trabajaban yo me quedaba a cuidar a su hijo que tenía seis años. Jamás me dejó decirle mamá, decía a quien preguntaba que era nieto de una anciana de su pueblo y que ellos eran buenos y me habían llevado.
Cuando tenía 15 años escape y regrese de ray en ray al pueblo, bueno la verdad me perdi y tarde en llegar pero mi mamita estaba sentada en su mesa, ya no veía bien pero reconocí mi voz corrió a abrazarme y me pido perdón por no haberme dicho la verdad, me contó que papá murió y mamá se casó otra vez con un tipo que me pegaba así que ella al saber fue por mi y me trajo con ella.
La verdad me siento triste porque por más que quiero darle mi juventud no puedo ella envejece cada día más, mi madre vuelve y vuelve que valla ayudarla pero yo me he puesto firme y dicho que no voy a abandonar a mi mamita por ir de niñero con una señora que no conozco, me dice hijo mal agradecido pero como ser hijo mal agradecido de alguien que nunca fue mi madre.

Santarcisianos del Mundo. Después de pasar unas fiestas, muchos de nosotros en familia, es hora de preguntarse que podem...
03/01/2026

Santarcisianos del Mundo. Después de pasar unas fiestas, muchos de nosotros en familia, es hora de preguntarse que podemos hacer por nuestra otra familia, nuestro prójimo. No es necesario ser ricos o un club de beneficencia para poder hacer un cambio.

Antes de que el fotógrafo presionara el obturador, la niña de ocho años se inclinó en silencio y se quitó las botas.
No porque no tuviera zapatos — sino porque estaban tan gastadas y rotas que le daba vergüenza mostrarlas.
Aquella niña se llamaba Adelaide Springett.
La fotografía fue tomada en 1901, en el este de Londres, en un refugio del Ejército de Salvación donde vivía con su madre.
Tenía solo ocho años, pero ya cargaba con más dolor y pérdida de lo que muchas personas soportan en toda una vida.
Adelaide nació en 1893, en la pobreza más profunda del Londres victoriano.
Sus padres eran vendedores ambulantes que iban de puerta en puerta ofreciendo pequeños objetos para sobrevivir.
La vida fue cruel con ellos: sus hermanas gemelas, Ellen y Margaret, murieron el mismo día en que nacieron, y otra hermana, Susannah, falleció a los cuatro años.
En 1901, solo quedaban Adelaide y su madre, Mary Ann.
Su padre había desaparecido.
Les quedaban el frío, el hambre y la incertidumbre.
El hombre que las fotografió se llamaba Horace Warner, un fotógrafo aficionado que trabajaba cerca del mercado de Spitalfields.
Entre 1900 y 1910, en su tiempo libre, retrató a los niños pobres del barrio — los llamados “Spitalfields Nippers”.
Eran los olvidados de la historia, los pequeños cuya existencia habría desaparecido sin dejar rastro.
Estos niños llevaban la pobreza en sus rostros: caminaban descalzos, vestían harapos, dormían en habitaciones húmedas y superpobladas.
Muchos eran hijos de inmigrantes — refugiados judíos, irlandeses que huían del hambre — que intentaban sobrevivir en una de las ciudades más ricas del mundo, sin poseer nada.
Pero Warner era diferente a los fotógrafos de su tiempo.
No quería provocar lástima ni escándalo.
Quería mostrar humanidad.
Aprendía los nombres de los niños, hablaba con ellos, y en sus imágenes no solo se veía miseria — sino también dignidad.
Cuando colocó a Adelaide frente a la cámara, la niña se quitó las botas, en silencio.
No porque no tuviera calzado, sino porque estaban tan rotas que prefería ocultarlas.
Prefirió parecer descalza antes que mostrar cuán pobre era.
En aquel pequeño gesto se resumía toda su vida.
Había perdido a tres hermanas.
Vivía en un refugio.
Pasaba hambre.
Y aun así, conservaba su respeto por sí misma.
Le importaba cómo la veían los demás.
Quiso guardar lo poco que quedaba de su dignidad humana.
Piénsalo: una niña de ocho años que ya había conocido la muerte, el hambre y la vergüenza — y que eligió la dignidad en lugar del miedo.
Eso no fue debilidad. Fue coraje.
Warner inmortalizó ese instante.
En la fotografía, Adelaide está de pie, descalza, con una mirada serena y decidida.
No sonríe, pero no parece derrotada.
Es una niña que ha visto demasiado, pero que se niega a rendirse.
Después de ese día, Adelaide desaparece de la historia.
No sabemos qué fue de ella.
¿Creció? ¿Se casó? ¿Emigró, como tantos otros pobres londinenses?
No hay registros.
Las vidas de las mujeres y los niños pobres rara vez se escribían en los libros de historia.
Adelaide habría sido olvidada — si no existiera esta fotografía.
Si Horace Warner no hubiera escrito su nombre.
Tras la muerte de Warner, en 1937, las fotos de los “Spitalfields Nippers” permanecieron durante décadas olvidadas en un cajón.
Cuando se redescubrieron, los historiadores comprendieron lo que tenían entre manos:
no eran imágenes de miseria, sino testimonios.
Testimonios de que aquellos niños existieron.
De que importaban.
Y la imagen de Adelaide — con ese gesto silencioso, desgarrador, al quitarse las botas — se convirtió en una de las más conmovedoras de toda la serie.
Porque ese gesto no habla solo de pobreza.
Habla de dignidad.
De la lucha silenciosa, cansada pero firme, por seguir siendo humano en un mundo que a men**o ignora.
Adelaide Springett.
Nacida en 1893.
Fotografiada en 1901.
Y más de un siglo después — aún la recordamos.
Una niña que no tenía nada, pero se mantuvo erguida ante el mundo.
Una mirada que sigue recordándonos que la dignidad no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.
Ella sigue viva — en esa mirada, en ese coraje silencioso.
No es solo pasado.
Es humanidad.
Es valentía.

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