12/12/2023
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MI MASCULINIDAD
Por eso que soy de masculino,
quiero agradecerme en primer lugar a mí mismo,
a mis nervios, a mis músculos y a mis fantasías,
a mis manos, a mis ojos, a mis pies, a mi boca y mis oídos,
a mis gónadas, a mis vísceras y huesos,
a mis dos mitades cranianas,
pero sobre todo a mi corazón, el más herido.
Agradezco más que a mí mismo a la mujer que en mí mora, la mujer que me hace hombre, y a quien hago mujer, la que he desposado ya tres veces y volvería a desposar.
Con ella descubro todos los días las rosas,
los pájaros, el verde sauce y el silencio de la noche.
La compañera de tantos momentos oscuros
y de otras tantas ilusiones inagotables,
engendradas cada día con la misma certeza que el amanecer.
Agradezco a mi padre, César León,
hombre de durazno y de tierra,
amante y amado del pensamiento,
el que me mostró con delicadeza a la mujer
"enmudecido de amor” como dijera,
dueño de su fe como un productor más de la vida.
Amante de la música sin palabras
y de la música de las palabras,
organizador de estibadores,
alumno de la clase obrera,
estudioso insaciable de todo lo pensado,
amante de todo lo amado,
doliente de todo lo sentido
y que -siendo ateo como yo-
me hizo entender a Cristo, Redentor de la Bondad.
Agradezco a mi madre que me mostró
abrumadora y guerrera
la condición de la mujer,
la que sacó del aljibe a mi padre prisionero
ella que luchó por la vida,
y no sólo la engendró;
la llenó de muñecas de trapo,
de títeres vivientes,
de largas telas bordadas con sus manos de colores
y de fantasía y de cuentos y de héroes,
la casa en donde me cuidó.
A mi abuelo Don Mariano, padre de padres y madres,
maestro de la nobleza,
el que conversaba con su mula mientras,
con sus manos y su alma polaca,
armaba su telescopio en las punas heladas,
al que defendió a la mujer con su voz de trueno.
El que en un despliegue de fuerza viril
se hincó y besó el ruedo de la falda de una mujer
para expresarle respeto.
El que guardaba en su desván sus dos sables de caballería
y su escopeta de dos cañones con encajes de acero,
junto a la magia de sus planos azules y sus libros de ingeniería.
(En su sable de parada está escrito
"no me uses sin honor")
A él que dibujó carreteras de hierro
sobre las montañas de piedra peruanas
y que soñó y construyó ferrocarriles imposibles;
al que miró con asombro y temor
las fuerzas misteriosas del uranio,
decidiendo no desenterrarlo aún...
(Borges decía: "Alto lo veo y cabal,
con el alma comedida,
capaz de no alzar la voz
y de jugarse la vida")
A mi Tío Rafael, padre amante y amado,
conquistador de las olas del mar más iracundas,
poseedor de los secretos de las capas telúricas,
sembrador, cultivador, cosechador, criador, y productor,
perfume de la tierra húmeda,
inventor de la pólvora y del cañón de juguete,
alquimista del laboratorio científico,
espectador del microscopio y su célula viva,
eterno evocador de la sonrisa contagiosa,
vagabundo de la sierra y de la selva donde acabó su hermosa vida.
Él que acariciaba a los animales y a las plantas
con la misma ternura que una mujer a sus hijos.
A mi tio Antonio, pensador metódico y práctico,
que nunca se cansó de explicar la teoría de la relatividad,
ni los límites de la velocidad de la luz;
organizador de la producción,
implacable amante del rigor y de la ética,
caminante incansable,
portador del acertijo brillante,
amigo y maestro, siempre dispuesto a responder
las preguntas más difíciles
y de extender la mano al absolutamente indefenso.
A mi hermana Katia, la dulzura de la voz humana,
respetuosa de la hombría más fuerte
la que ama hasta quebrar el cristal de su alma,
la bondad sin límites,
la que me permitió jugar con sus muñecas
y me mostró la magia del teatro y del canto,
junto con Adelita, mi hermana-prima,
con quienes leíamos poemas y cuentos de misterio
y con quien soñé las delicias de la cocina.
A mi hermano César Yurek
Quién dedicó su vida a cuidar a los enfermos,
sin jamás recibir un céntimo de sus manos
Limitándose a enseñar y sanar
y falleció sin un abrazo ni un adiós míos
Ah, pero también a Hegel,
- grave maestro - que me hizo descubrir
que la lógica no era sino la forma de la existencia,
y me demostró la realidad de lo abstracto.
Y al padre Marx para quien nada humano le era ajeno
y que me hizo ver el lado inevitable de la utopía.
A Lenin, grande y temible guerrero.
A Trotsky, el consecuente hasta la inmolación heroica.
A los campesinos de Cerro de Pasco,
mis primeros héroes de carne y hueso,
que hicieron nacer en mí
la pasión de la lucha más pura.
A los constructores encallecidos,
a los mineros de ojos vidriosos,
a los pescadores ennegrecidos,
a los metalúrgicos orgullosos,
a los que en la noche recogen la basura,
a los que sueñan desde sus chozas de esteras...
a las voces de tantos de ellos, tan potentes!,
a los metalúrgicos alemanes estudiosos de filosofía,
a los trabajadores ingleses tercamente democráticos,
a los estudiantes franceses que trataron de llevar la imaginación al poder,
a los laburadores catalanes meditativos,
a los socialistas suecos enamorados del mundo,
a los de hombres de Sri Lanka, incansables peregrinos,
a los obreros rusos, polacos, checos, húngaros, yugoslavos, desesperanzados, traicionados,
desgarrados por sus ilusiones perdidas
agotados de tanto soñar.
A los Hombres con quienes estuve encerrado
en la cárcel de Lurigancho,
en una suerte de "terapia de grupo"
de hombres obligados a convivir o morir;
sobre todo al "Comanche", el de la gorra verde,
que llevaba la canción hasta al último pasillo.
Y al que se paseaba gritando
"mañana me voy, no lloren por mí",
recordándonos la existencia de las lágrimas
en algún rincón de nuestros viriles ojos secos.
Al "Caballo Loco", brillante ajedrecista,
que por querer disfrazarse de orate
y escapar del pelotón de fusilamiento,
se acercó tanto a los presos locos
que descubrió que eran niños presos,
deformados y envejecidos, pero niños,
hijos de alguien,
y los adoptó como padre;
y lloraba cada vez que a uno de ellos
le atravesaban las sienes asustadas
con una descarga eléctrica.
Al "Poeta" que me enseño la lealtad
ante el terror y el humor entre rejas.
Al joven detenido, torturado,
ahogado y sepultado en una cárcel,
que me mostró fríamente
una de las muchas formas del heroísmo.
A los luchadores obreros
encerrados por la dictadura
que me hicieron una almohada de trapos
donde dejar caer mi cabeza
luego de largas noches de torturas.
(Hay tanto afecto entre hombres
en una cárcel de hombres…)
A Vittorio Gassman
que virilmente defendió mi vida
diciéndome hace tantos años, desde el escenario:
"No caigamos en la tumba colectiva de los héroes".
A César Vallejo
que me enseñó cuán cerca están
el dolor y la dignidad,
en todas partes,
hasta en el polvo de las sillas.
A Georges Brassens el amante maduro,
desencubridor de la esencia masculina.
A mi amigo Jean Pierre,
único amigo varón que me saluda
con un beso en la mejilla
y que alguna vez me dijo:
"Si fuera homosexual me enamorarla de ti".
A Claes, a René, a Otto, a tantos amigos hombres que me permiten perdonarme a mí mismo.
A Sheila, la abuela maga de mi hijo,
la del péndulo de plata,
la amiga entrañable de los faisanes
y del color violeta,
la mujer de los bosques y de los musgos,
la de las flores silvestres y de las hojas secas de cebolla,
la del huerto mágico y de la cálida chimenea,
que nunca deja pasar desapercibido lo bello de la vida.
(La que me enseñó a hacer pan,
la más noble de las tareas masculinas).
A mi hijo Sasha, poeta del dolor y del placer,
aplicado aprendiz de shamán, sanador,
dibujante, músico, padre amantísimo
y amado, que me obsequió otra hija: su esposa María.
A mi hija Melissa, la alegría, la amiga amada,
la luchadora fértil, incansable y valiente,
que me adoptó sin reservas como padre verdadero.
A mi hija Adela, la danza,
la inquieta serenidad,
la que no es aún ni arquitecta,
ni psicóloga, ni ingeniera,
pero que sueña agradecida el futuro
y se refleja limpiamente en el rostro de los demás,
hermana de sus hermanos.
La que tuvo una vez la confianza de decirme:
"papá, ese hombre me gusta'.
Y a mi nieta Amanda,
la más reciente de mis esperanzas y alegrías,
la que me hizo abuelo,
cincuenta veces más joven que yo
y que sin embargo me permitió estar tan cerca de ella
como dos pétalos de una rosa.
A todos, a todos, mi más dulce néctar agradecido.
(P.D. A todos mis hijos que vinieron después
o que están en camino, brindo extasiado mi esencia masculina)