19/06/2026
El otro día conversaba con un adulto autista sobre algo que aparece mucho en redes: la idea de que ser autista te vuelve automáticamente más especial. Y aunque esa mirada puede nacer como respuesta al estigma, también puede convertirse en otra forma de simplificar la experiencia autista.
Ser autista no hace que una obra sea automáticamente más valiosa. Una pintura no es mejor solo porque la hizo una persona autista. Un texto no es más profundo solo porque lo escribió una persona autista. Una idea no es necesariamente más brillante porque viene de una mente autista.
Del mismo modo, un psicólogo no es automáticamente mejor para atender a personas autistas solo porque también es autista, tampoco es peor (la experiencia vivida puede aportar sensibilidad y comprensión, pero no reemplaza la formación clínica, la ética, la evidencia ni la capacidad de escuchar la singularidad de cada persona).
Quizá el valor no está en que esa obra, ese texto o esa idea sean de una persona autista, sino en que expresan una forma particular de procesar la información, construir sentido y habitar el mundo. Y ese valor no es exclusivo del autismo, toda producción humana puede ampliar nuestra mirada.
Valentín Muro, en una entrevista de Aprender de Grandes, decía que no quería hacerse conocido por ser autista, porque es algo que le excede, es como si alguien se hiciera conocido solo por tener ojos azules. Ser autista puede ser una parte importante de la identidad, pero no tiene por qué convertirse en toda la identidad ni explica por sí sola toda la complejidad de una persona.
El autismo no hace que una persona sea más ni menos. Es una forma distinta de percibir, pensar, sentir, comunicar e interactuar. No es una versión superior de la mente humana. Tampoco una versión inferior. Es una diferencia más dentro de la diversidad humana. Y, como toda diferencia, puede traer posibilidades, dificultades, belleza, necesidades y contradicciones.
Por eso, el orgullo autista tampoco debería implicar ir contra las personas neurotípicas ni asumir que “no entenderían” o que son automáticamente menos sensibles o menos profundas. A veces esa rabia nace de experiencias reales de rechazo o maltrato. Pero quizá el camino no es invertir el prejuicio, sino salir de él.
Hace un tiempo, un niño autista dijo algo simple y profundo mientras conversaba en una entrevista con una niña con ceguera: siempre es mejor hablar, interactuar, buscar conexiones con las personas alrededor y mirar más las similitudes que las diferencias.
Eso no significa negar las barreras ni pedirle a la persona autista, neurodivergente o con discapacidad que cargue sola con todo el esfuerzo de adaptarse. Significa recordar que la buena convivencia y las grandes obras se construyen en el encuentro, cuando las personas, cualquiera sea su condición, intentan aprender una de la otra, comprenderse y asumir los ajustes que cada una puede hacer.
Hoy, en el Día del Orgullo Autista, si eres una persona autista, intenta conectar con otras personas desde donde puedas, a tu estilo, con tus tiempos, tus límites y tu forma de comunicar e interactuar. Siempre puede haber algún punto en común con el otro, al final, todos somos humanos.
Y si eres familiar o conoces de cerca a una persona autista, piensa en conectar con ella desde el respeto, la curiosidad y los puntos en común; no se trata solo de “entender el autismo” en abstracto, sino de preguntarte qué ajustes puedes hacer para que el espacio que comparten sea más cómodo (un pequeño cambio en el entorno puede generar un gran impacto en el bienestar). ♾️
Marilia Baquerizo