23/05/2017
¿Hay que hablar de mi padre?
¿Qué vale un hombre si no vale nada? ¿Si no se le puede apreciar? Y, por esta razón, me cuesta encontrar palabras adecuadas para él.
Mi abuelo, preceptor religioso, no tuvo mejor idea que colocar a mi padre —su hijo mayor—, cuando era un niño, de empleado en un almacén de arenques y a su hijo menor en una peluquería.
No, no fue ni empleado, durante treinta y dos años fue tan solo un obrero.
Levantaba toneles pesados y mi corazón temblaba como un barquillo turco cuando veía que cargaba tanto peso y que removía con sus manos heladas los pequeños arenques. El gordinflón de su jefe era tan distante como un animal disecado.
La salmuera del arenque doraba a veces la ropa de mi padre. Los reflejos caían más allá, de arriba y de los lados. Tan solo su cara, ora amarilla, ora blanca, esbozaba de vez en cuando una leve sonrisa.
¡Vaya sonrisa! ¿De dónde provenía?
Todo me parecía misterioso y triste en mi padre. Imagen inalcanzable.
Siempre cansado, preocupado, tan solo su mirada ofrecía un reflejo suave, de un azul grisáceo.
Con su uniforme, grasiento y sucio por el trabajo, con anchos bolsillos de donde sobresalía un pañuelo rojo apagado, regresaba a casa, alto y flaco. La noche entraba con él.
De sus bolsillos sacaba un montón de pasteles, de peras confitadas. Con su mano arrugada y sucia las repartía entre nosotros, los niños. Llegaban a la boca más deliciosas, sabrosas y traslúcidas que si vinieran de la fuente de la mesa.
Y una noche sin los pasteles y las peras que salían del bolsillo de papá era una noche triste para nosotros.
Solo se llevaba bien conmigo, este corazón del pueblo, poético y aturdido por el silencio.
Marc Chagall