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17/08/2026
Texto extraído del Libro, Ya te dije adiós, ahora cómo te olvido de Walter Riso
ALGUNOS CAMINOS PARA ALCANZAR EL PERDÓN
Aunque puedan existir más opciones, según mi experiencia como terapeuta, estas son las formas más comunes de perdonar a las personas. Cada uno transita su propio camino. Cada quien es dueño de su dolor. Es obvio que el perdón, como el amor, no se obliga ni se exige: es una decisión que nadie te puede imponer.
*El camino de la compasión*
Compartir el dolor no es perdonar, pero a veces, al ver sufrir al infractor e involucrarse en su dolor, el perdón empieza a gestarse, el corazón se ablanda y la empatía se dispara. De pronto, la mente empieza a dar un giro: «Tu dolor me duele». A mi modo de ver, la compasión prepara el camino para dar el salto hacia el perdón.
*El camino de la comprensión*
Es el preferido de los psicólogos clínicos. No obstante, hay muchas dudas al respecto. ¿Perdonar es comprender? No necesariamente. Ante una agresión, puedo buscar razones y atenuantes, y pese a todo sentir odio por quien me infligió el daño. El filósofo Jankélévitch afirmaba que además del conocimiento se necesita un impulso agregado, una energía suplementaria, para que el perdón tenga lugar. De tanto machacar, de tanto ponerse en los zapatos del otro, hay ocasiones en que el perdón asoma como una bendición o un alivio más o menos «comprensible». Comprender y explicar las causas que llevaron a otra persona a amargarte la vida no significa que la justifiques. Un hombre me decía: «Ella tuvo una familia disgregada, malos ejemplos. También sufrió de abandono y es muy insegura de sí misma. Todo eso lo entiendo, pero nada justifica el daño que me hizo. Hoy no soy capaz de perdonarla porque aún siento rabia. Quizá con el tiempo, cuando todo se apacigüe...».
*El camino del desgaste*
En los dos puntos anteriores, el proceso estaba centralizado en el otro: compadecerlo o comprenderlo. En este caso, el camino es más autorreferencial.
Hay ocasiones en que el desgaste que genera el rencor es tal que la persona decide perdonar como un acto de supervivencia: «El rencor me está matando.
Me cansé de sufrir». No hay amor, ni compasión ni comprensión, solo cansancio
esencial que revierte sobre sí mismo: odiar el odio. El perdón como mecanismo de defensa, como un recurso del «yo» sin importar tanto el «tú». Un autorregalo:
«Te perdono porque quiero seguir viviendo en paz». Y el ofensor ni siquiera debe enterarse. «Lo hago por mí, por amor propio, por conservar mi salud y mejorar
mi calidad de vida.»
*El camino de la comparación*
Es una forma de identificación por lo bajo: «El que esté libre de pecado que tire la primera piedra», enseñó Jesús. Existe entonces otra entrada al perdón y es la de compararme con la persona que me lastima. ¿Cómo odiar a quien se me parece sin odiarme a mí mismo? Aquí el «yo» se involucra de otra manera. El mecanismo de identificación con el agresor no se hace desde el afecto, sino desde la razón que coteja: «¿Cómo no perdonarte si yo hubiera hecho lo mismo?». Una mujer, tras meditar sobre el abandono que había sufrido, llegó a la siguiente conclusión: «Ya no me quiere. Me duele hasta el alma aceptarlo... Y ni siquiera tiene a otra... Simplemente, me dejó de amar... ¿Qué le puedo decir, doctor? Me podría haber pasado a mí... Yo podría haber dejado de amarlo... Y, pensándolo bien, así me ocurrió con mi primer novio. Después de cinco años, me quedé vacía por dentro. No hubo mala intención en mí, solo desamor... Ni siquiera tengo que perdonarlo, le puede pasar a cualquiera... No hay el menor rastro de ira o de rencor en mí, solo dolor...». Inteligencia emocional, es verdad que dolorosa, pero inteligencia al fin. La actitud realista y el perdón la llevaron a elaborar su duelo de manera adecuada y sin complicaciones.
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