12/08/2026
Los invito a leer mi artículo públicado hoy en el Semanario Avance de Huanuco.
LA LEY DEL EMBUDO NARANJA
En nuestro querido país, la memoria es frágil —y más en política—. Si no fuera así, no se podría explicar que Fernando Belaunde o Alan García hayan sido presidentes en dos oportunidades, o que el fujimorismo mantenga una vigencia electoral envidiable. Pero la doble moral es, por sobre todas las cosas, la verdadera y más fiel política de Estado. Desde los anales de la República, nuestra distinguida clase dirigencial ha cultivado el arte de acomodar los principios según el viento que sople. Esta semana hemos vuelto a presenciar ese "juego político", donde opinólogos de cafetín y actores de reparto nos han regalado una verdadera obra maestra de la hipocresía nacional.
Este doble rasero no es, por cierto, ningún invento contemporáneo; nuestra historia constitucional está plagada de acomodos de conveniencia. Bastaría recordar el insólito "Pacto de la Convivencia" en los años cincuenta, cuando el aprismo terminó abrazado a la oligarquía pradista y amnistió a sus antiguos perseguidores; o la inverosímil alianza de la Unión Nacional Odriísta con el APRA en la década de 1960 para maniatar al primer belaundismo. Adversarios irreconciliables que juraban fuego eterno terminaron tomados de la mano en el Congreso en nombre del "pragmatismo". O en el siglo XIX, cuando Don Nicolás de Piérola pasaba de incendiario golpista a respetable padre de la patria según le convenía la coyuntura. La ética en el Perú siempre ha gozado de una elasticidad envidiable.
La semana que pasó asistimos al más reciente capítulo de este sainete: el sorprendente salvoconducto a Betzy Chávez. La expremier, acusada de ser una de las autoras intelectuales del fallido golpe de Estado televisado, se encuentra ya en la tierra de los tacos con el beneplácito y la venia del fujimorismo. Hagamos un sencillo ejercicio de imaginación: ¿qué hubiera pasado si el promotor de dicho salvoconducto hubiese sido Roberto Sánchez? La indignación del bloque parlamentario de derecha y de los medios de comunicación habría alcanzado decibelios telúricos. Las portadas denunciarían el "pacto con la impunidad" y las comisiones investigadoras del Congreso se activarían en milisegundos. Pero como el visto bueno vino con sello naranja, el asunto se tiñe de una asombrosa "madurez democrática" y de "respeto estricto a los tratados internacionales".
Otra de las declaraciones que jamás pensamos escuchar proviene de la diputada electa Yenifer Paredes, la recordada "cuñada-hija" del expresidente Pedro Castillo, quien salió públicamente a saludar la actitud y las gestiones de Keiko Fujimori. Las vueltas de la historia: los herederos de la "resistencia popular" extendiéndole cartas de gratitud a la lideresa del fujimorismo. Sin embargo, no he escuchado a ningún "politólogo del circuito oficial" ni a los "dueños de la moral política" hablar de un inminente "Fujicastillismo", de un "pacto mafioso" o de una "vendetta". Esa etiqueta parece estar terminantemente vetada en el diccionario de la corrección política local.
Y es aquí donde la autoproclamada "reserva moral", la selectiva intelectualidad caviar, nos regala su interpretación más desvergonzada. Durante años nos vendieron con insistencia casi religiosa el mito del "Fujicerronismo". Hace apenas unas semanas, cuando el Tribunal Constitucional le dio la razón a Vladimir Cerrón en el caso de su libertad, gritaron al unísono que aquello era la confirmación definitiva del "pacto infame", que la alianza era evidente y que gracias a ese acuerdo el TC resolvía a su favor. Ah, pero cuando se trata de la complacencia fujimorista frente al salvoconducto de Betzy Chávez, el libreto caviar milagrosamente cambia de partitura.
Allí se despojan del tono inquisidor y corren a escudarse en los argumentos de diplomáticos de carrera —incluso ajenos a sus posturas habituales— como el excanciller Óscar Maúrtua, quien ha señalado que el asilo es una "ordinaria institución humanitaria" y que otorgar el salvoconducto bajo la Convención de Caracas de 1954 es "un buen mensaje para la comunidad internacional" que preserva el prestigio jurídico del Estado. No se ha visto a ninguno de esos "dueños de la moral" desacreditar al excanciller ni calificarlo de hombre de derecha o vinculado al status quo (como sí hicieron con cuanto jurista defendió la causa de Cerrón).
En suma: cuando la jugada ajena incomoda, es un "reparto mafioso"; pero cuando la firma proviene del fujimorismo para beneficiar a una aliada circunstancial, de pronto se convierte en un pulcro "cumplimiento del derecho internacional". Así se escribe la historia en nuestro Perú: la ley se aplica con todo su rigor al enemigo, y las sutilezas de la diplomacia se desempolvan oportunamente para bendecir a los aliados del momento.