Mario Malpica M.

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👨‍🏫 Docente | Digital Trainer
🎯 Formación y educación digital
📚 Entre libros, historia, música y arte
🏫 Instituto Emprende Digital
♟️ Círculo de Ajedrez
📘 Educación con propósito

26/01/2026

Durante años, Morgan Freeman fue casi invisible. Actuó en teatro, televisión educativa, papeles pequeños. Nada de alfombras rojas. Nada de fama inmediata. Y mientras tanto, esperaba. No porque no pudiera más, sino porque no quería apurarse.

La gran oportunidad llegó cuando muchos ya pensarían en retirarse. Freeman tenía más de cincuenta años cuando empezó a recibir papeles que importaban. Y ahí ocurrió lo curioso: no levantó la voz para llamar la atención. La bajó. Hablaba despacio, con calma, como si el tiempo le perteneciera. El público empezó a escuchar.

Pronto todos reconocían esa voz. No imponía; acompañaba. Narraba historias, explicaba mundos, hacía creíble al sabio, al mentor, al hombre que ha vivido lo suficiente como para no gritar conclusiones. Su carrera despegó tarde… y por eso mismo, sólida.

Morgan Freeman dejó una lección simple y muy educativa: que no todas las trayectorias son rápidas, y que llegar tarde no es fracasar… es llegar cuando ya sabes quién eres.

25/01/2026

Una tarde apareció un mensajero vestido de negro. No dio su nombre. No explicó demasiado. Solo dejó un encargo extraño: una misa de réquiem, bien pagada y con prisa. Wolfgang Amadeus Mozart aceptó, pero algo en el ambiente no le gustó nada.

Mientras escribía, empezó a sentirse mal. Débil, cansado, inquieto. Y entonces le vino una idea tan absurda como humana: creyó que estaba componiendo su propia música fúnebre. Aun así, siguió. Tosía, se detenía, volvía a escribir. No porque se sintiera inspirado, sino porque sentía que debía terminar.

No alcanzó. Murió antes de concluir el “Réquiem”. Otro compositor lo completó después. El mensajero resultó ser un encargo anónimo de un noble. Nada sobrenatural. Pero la obra quedó ahí, intensa, inacabada, como su autor.

Mozart dejó una enseñanza tan clara como conmovedora: que el talento no siempre trabaja cómodo ni seguro… a veces crea incluso cuando el tiempo se acaba, y aun así deja música que sigue respirando siglos después.

24/01/2026

A Carlos Gassols no le gustaba “actuar fuerte” porque sí. Decía que el verdadero trabajo empezaba cuando uno callaba. En los ensayos, mientras otros levantaban la voz para marcar presencia, Gassols se quedaba quieto, escuchando. Parecía distraído. No lo estaba.

Tenía una costumbre desconcertante: antes de decir su texto, dejaba pasar un segundo más de lo normal. Ese pequeño silencio incomodaba al director, al compañero, al público. Y justo ahí, cuando el aire se tensaba, hablaba. La frase caía con peso. No por volumen, sino por verdad.

En clases repetía lo mismo: no declamen, piensen. No busquen lucirse, escuchen. Para él, el teatro no era exhibición; era encuentro. El personaje no se construía a gritos, sino entendiendo qué quería, qué temía, qué ocultaba. El resto venía solo.

Gassols podía ser severo, incluso duro. Pero no por capricho. Sabía que la escena no perdona la mentira. Y que el público, aunque no sepa explicar por qué, la siente.

Carlos Gassols dejó una enseñanza tan simple como exigente: que en el arte —y en la vida— la voz más poderosa no siempre es la que suena más alto, sino la que sabe cuándo hablar… y cuándo escuchar.

Realidad educativa II: Aprobar no siempre significa aprender 23/01/2026

𝐑𝐞𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐝𝐮𝐜𝐚𝐭𝐢𝐯𝐚 𝐈𝐈
𝐀𝐩𝐫𝐨𝐛𝐚𝐫 𝐧𝐨 𝐬𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐬𝐢𝐠𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚 𝐚𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫

Aprobar es un número.
Aprender es otra cosa.

He visto estudiantes aprobar sin entender nada.
Y otros entenderlo todo, pero reprobar.

La nota tranquiliza, ordena, resume… pero no siempre dice la verdad sobre lo que realmente se aprendió.
Sobre esa confusión tan normalizada en la educación escribí la segunda parte de esta serie.

👉 Realidad educativa II: Aprobar no siempre significa aprender
Disponible en el blog.

Realidad educativa II: Aprobar no siempre significa aprender Aprobar es un número. Aprender es otra cosa. He visto estudiantes aprobar sin entender nada. Y otros entenderlo todo, pero reprobar. Sobre esa confusión —tan normalizada en la educación— escribí el segundo texto de la serie Realidad educativa.

23/01/2026

Cuando llamaron a Miguel Ángel para pintar el techo de la Capilla Sixtina, no se alegró. Todo lo contrario. Él se consideraba escultor, no pintor. Pintar un techo enorme, acostado, incómodo, lleno de figuras… le parecía un error monumental. Y lo dijo. Varias veces.

Pero el encargo no era una invitación. Era una orden papal.

Miguel Ángel aceptó a regañadientes y empezó maldiciendo cada jornada. La pintura le caía en los ojos, el cuerpo le dolía, el cuello se le doblaba. Se quejaba, discutía, quería abandonar. Y aun así, seguía. Porque una vez dentro, no sabía hacer las cosas a medias.

Lo curioso es que aquello que no quería hacer terminó cambiándolo todo. En lugar de una decoración simple, llenó el techo de cuerpos en tensión, movimiento, fuerza. No pintó santos delicados: pintó humanidad. Cuando terminó, había creado algo que nadie había imaginado… ni siquiera él.

Miguel Ángel dejó ahí una enseñanza incómoda pero muy real: que a veces uno no elige el reto correcto… el reto lo elige a uno, y lo importante no es el gusto inicial, sino la honestidad con la que se responde cuando ya estás ahí.

22/01/2026

A Marlon Brando no le interesaba hacer las cosas “como se hacía antes”. Llegó a Hollywood cuando todavía mandaban las poses rígidas y las frases dichas como declamación escolar. Y decidió, con una calma peligrosa, romper todo eso.

Actuaba como si no estuviera actuando. Murmuraba, dudaba, respiraba raro, se equivocaba a propósito. Los directores se desesperaban; el público no podía dejar de mirarlo. Con “Un tranvía llamado deseo” mostró que un personaje podía ser violento, frágil y contradictorio a la vez. Con “El padrino” enseñó que el poder también podía hablar en voz baja.

Pero Brando no solo incomodó en pantalla. Cuando ganó el Óscar en 1973, no fue a recogerlo. Envió a una activista indígena para denunciar el trato a los pueblos originarios en Estados Unidos. Hollywood aplaudió… sin saber bien qué hacer. Brando tampoco buscaba agradar: buscaba decir algo.

Tenía fama de difícil, de indisciplinado, de genio cansado. Y quizá lo era. Pero detrás de esa fama había una idea clara: el arte no está para repetir fórmulas, sino para parecerse un poco más a la vida, con todo su desorden.

Brando dejó una lección útil para aprender y enseñar: que romper moldes no siempre es rebeldía vacía; a veces es la única forma de encontrar verdad. Y que decir algo con sentido puede ser más importante que recibir aplausos.

Educación digital: aprender hoy lo que el mercado exige ahora - Instituto Emprende Digital 21/01/2026

La educación cambió.
El mercado también.

Estudiar ya no es acumular certificados,
es aprender lo que el mercado pide hoy.

📲 Aprender con criterio ya no es una opción, es una decisión.

👉 Artículo completo en el blog del Instituto Emprende Digital

́nDigital

́nconsentido

Educación digital: aprender hoy lo que el mercado exige ahora - Instituto Emprende Digital Educación Digital: Aprender hoy lo que el mercado exige ahora Vivimos en una época extraña.Nunca hubo tanta información disponible y, al mismo tiempo, tanta

21/01/2026

No entró con estruendo. Ludwig van Beethoven apareció como quien llega tarde a una conversación… pero termina cambiándola toda. No era elegante ni complaciente. Tenía el ceño fruncido, el andar torpe y una costumbre incómoda: no suavizar lo que sentía.

Al principio fue un músico prometedor más en Viena. Talentoso, sí. Pero nada hacía pensar que rompería las reglas. Hasta que empezó a quedarse sordo. Para un compositor, eso sonaba a final. Para Beethoven fue, curiosamente, un punto de quiebre.

No lo contó como tragedia pública. Se encerró. Se enfureció. Dudó. Y luego hizo algo inesperado: siguió componiendo. Ya no para agradar a cortes ni para cumplir encargos. Compuso como quien pelea. La música se volvió más intensa, más libre, más personal. Menos bonita. Más verdadera.

Dicen que, cuando dirigía, golpeaba el aire con rabia, aunque ya no oyera del todo. No necesitaba escuchar afuera: la música estaba adentro. Y eso se notaba. Sus sinfonías no pedían permiso; avanzaban.

Beethoven no buscó ser simpático ni fácil. Buscó ser fiel a lo que sentía, incluso cuando dolía. Y ahí cambió la historia de la música.

Beethoven dejó una enseñanza poderosa para aprender y enseñar: que las limitaciones no siempre apagan el talento; a veces lo obligan a decir algo más profundo… y más propio.

Realidad educativa I: El cansancio no figura en el horario 20/01/2026

𝐑𝐞𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐝𝐮𝐜𝐚𝐭𝐢𝐯𝐚 𝐈

El cansancio no aparece en el horario.
No figura en el sílabo.
Pero está ahí, todos los días.

En el estudiante que llega después de trabajar.
En el docente que entra al aula guardándose el agotamiento para no contagiarlo.
En clases que se dan igual, aunque el cuerpo ya esté pidiendo pausa.

Escribí este primer texto sobre eso que casi nunca se menciona cuando hablamos de educación, pero que lo atraviesa todo.

👉 𝑅𝑒𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑒𝑑𝑢𝑐𝑎𝑡𝑖𝑣𝑎 𝐼: 𝐸𝑙 𝑐𝑎𝑛𝑠𝑎𝑛𝑐𝑖𝑜 𝑛𝑜 𝑓𝑖𝑔𝑢𝑟𝑎 𝑒𝑛 𝑒𝑙 ℎ𝑜𝑟𝑎𝑟𝑖𝑜
(Te invito a leerlo completo en mi blog)

Realidad educativa I: El cansancio no figura en el horario El cansancio no figura en el horario ni aparece en el sílabo. Pero está ahí. Todos los días. En el estudiante que llega tarde porque viene de trabajar. En el profesor que mide la voz para que le alcance hasta el final de la clase. En el aula donde se espera rendimiento, aunque el cuerpo ya no re...

20/01/2026

Con Violeta Parra no había medias tintas. Cantaba como quien dice lo que piensa y bordaba como quien deja constancia. No buscó agradar; buscó decir. Y eso, claro, incomoda.

Recorrió pueblos grabando cantos que nadie registraba, recogiendo voces que el país había aprendido a no escuchar. Mientras algunos querían folclor bonito, Violeta traía verdad: amor, rabia, ironía, dolor. Todo junto. Sin pedir permiso.

Podía escribir una canción luminosa y, al siguiente momento, clavar un verso que dolía. No separaba la alegría del sufrimiento; sabía que convivían. Por eso su obra no es cómoda: respira. Y por eso dura.

Lo curioso es que nunca se presentó como maestra. Aprendía del camino, de la gente, del error. Cantaba fuerte cuando hacía falta y se reía cuando tocaba reír. La voz no era pulida; era necesaria.

Violeta dejó algo claro, sin adornos: que el arte no está para tranquilizar conciencias, sino para despertarlas, aunque a veces despierte con una canción que no se olvida.

19/01/2026

De Homero se dice algo curioso desde hace siglos: que era ciego. Nadie lo sabe con certeza, pero la historia insiste. Y la idea no es menor. Porque, sin ver el mundo, lo describió mejor que muchos que lo tenían delante.

Homero no escribió apurado. Cantaba. Recitaba historias larguísimas de memoria, con héroes que dudaban, dioses caprichosos y viajes que no terminaban nunca. “La Ilíada” y “La Odisea” no nacieron para ser leídas en silencio, sino para ser escuchadas, alrededor del fuego, mientras alguien afinaba la atención.

No hablaba de héroes perfectos. Aquiles se enoja, Ulises miente, los dioses se equivocan. Todo muy humano. Como si Homero supiera algo esencial: que las historias duran cuando no idealizan demasiado.

Y ahí está lo más gracioso del asunto: si fue ciego o no, da casi lo mismo. Porque entendió algo que muchos ven y no notan.

Homero dejó una enseñanza antigua y vigente: que para contar bien el mundo no siempre hace falta mirarlo… a veces basta con escucharlo con paciencia.

18/01/2026

Antes de ser un nombre gigante, William Shakespeare fue alguien que miraba mucho y hablaba poco. No parecía el tipo destinado a explicar el alma humana. Más bien parecía alguien que prestaba atención: a cómo discutían los borrachos, a cómo mentían los poderosos, a cómo aman quienes no saben amar bien.

Mientras otros escritores buscaban ideas elevadas, Shakespeare recogía frases sueltas, gestos torcidos, silencios incómodos. De ahí salían sus personajes. No eran ejemplos morales; eran personas completas, con contradicciones incluidas. Por eso un rey podía ser ridículo y un bufón podía decir la verdad.

Escribía para el teatro, no para la posteridad. Si algo no funcionaba en escena, se cambiaba. Sin drama. Sin orgullo. El público mandaba. Y quizá por eso sus obras siguen vivas: nacieron para ser escuchadas, no veneradas.

Shakespeare dejó algo que no envejece: la idea de que observar bien a los demás es una forma profunda de inteligencia… y que entender al ser humano empieza por no simplificarlo.

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