En mayor o menor medida todos tenemos heridas de nuestra infancia, sea por eventos que realmente pasaron o porque como niños podemos mal interpretar lo que fue un acto de protección de nuestros cuidadores. Las cicatrices emocionales de la infancia conforman lo que metafóricamente llamamos “el niño herido” todos en mayor o menor medida hemos sido víctimas del mal humor, el miedo o la poca autoestima de nuestros cuidadores. Sin duda la mayoría de ellos nos amaron, y nos dieron lo que había en su corazón, sólo que a veces en los corazones de papá y mamá sólo hay dolor, frustración, ira, miedo…
Cuando el daño es muy profundo y vivimos mucho abandono, maltrato, humillación etc. el dolor puede resultar insoportable y con frecuencia, el niño o niña como una forma de defenderse, reprime sus sentimientos, incluso puede llegar a olvidar los recuerdos traumáticos y en algunos casos justifican e idealizan a quienes lo lastimaron. No es raro que niños y niñas sometidos a abusos suelen sentirse culpables y “malos” en un afán inconsciente y amoroso de conservar una imagen de un padre “bueno”. No obstante, aunque no recordemos los eventos dolorosos y pensemos que nuestra niñez fue feliz, incluso aunque no seamos conscientes de la responsabilidad en nuestra situación actual, las heridas ocultas de la infancia determinan muchas de nuestras conductas y sentimientos de adultos. De esta forma si en mi infancia viví abandono o crítica pienso que los demás me abandonan o critican, sea cierto o no. Es importante reencontrarnos con nuestro ser interno, darle un espacio y tiempo en el que le permitamos ser quien es, que se sienta escuchado o escuchada, reconocida, o reconocido y amado o amada. Aliviar las heridas de la infancia nos permite recuperar la creatividad, espontaneidad, alegría, confianza y amor.