14/05/2022
Las flores de mi vida...
Nací, bebí, comí y huelo a flores…, yo misma soy una flor.
De pequeña amé los jazmines, de gran blancura y dulce perfume.
Suaves como mis manos de niña, en sus pétalos abrigan y alimentan a los verdiazul colibríes!
Que aleteando suspendidos degustan su aromático néctar,
luego trinando remontan hacia el cielo
en franco desafío a la gravedad.
Las aterciopeladas gardenias, pequeñas y grandes de un tibio blanco níveo con destellos verdes y amarillos,
De contadas corolas, que acogen a las abejas, que con rítmico zumbido destilan el delicado perfume de tan hermosa flor.
Deshojadas en agua fría, suavizan el calor del campesino,
que la toma como agua perfumada o en deliciosa bebida del sureste..
Para mí eran hermosos prendedores para el cabello,
colocadas en mi oreja, no necesitaba más esencia ni coronas.
Conocí igual las margaritas,
y no las deshojaba como hacen los enamorados.
Más bien las miraba curiosa, desde su centro,
contemplando su agraciada y compleja geometría.
Diminutas flores no florecidas todas amarillas al centro
y alrededor sus pequeños pétalos,
¡las he visto de blanco y amarillo…carentes de olor!
O a los gigantes girasoles,
Que alineados en el camino o desperdigados entre el maizal,
nos saludan como hermanos del sol…
Se levantan tímidos por opacar la luz del día,
Altivos por poder mirar a los ojos al sol.
Tienen toda la luz y el calor del día asoleado,
Y en los días nublados se contemplan como enamorados,
como niñas inocentes se abrazan.
Conocen la fuerza del astro rey, más no compiten, sino que le admiran
Sus grandes pétalos, cubren los madrigales y frutos del calabazo,
las vainas de ejotes y la naciente milpa, crecen bajo su sombra.
Los conejos toman la oscuridad entre sus tallos, bajo sus hojas.
Los claveles, blancos, rojo y vino;
Me sirvieron de collares y de regalo
Mis hermanos me los regalaban en pequeños manojos,
Después de regresar de la escuela,
Sosegados sobrevivían al ras del suelo,
y eran el regalo perfecto el diez de mayo para mi madre.
También traigo en mis memorias el florido sauco,
De pequeñísimas flores blancas, como hermoso ramo de novia,
Florecía en el patio, adornando el mes de mayo,
Con su suave perfume, me devuelve a mi adolescencia, tomándolas en té en la noche para aliviar mi pecho.
Y el alcatraz, que entró a mi vida, por su humedad y suavidad.
Blanco con su espada amarrilla como guerrero,
se yergue terminado en una elegante flor de un blanco pulcro,
De belleza fina y simple, pues se envuelve sobre si como perfumado embudo,
Y recoge entre penumbras el rocío fresco matutino,
perlando su interior de incontables gotas como dulce sudor,
con las que el cuervo ansioso sacia su sed,
libando cada gota, como el ávido amante bebió de mis labios.
Con suma amabilidad acoge a las bellas mariquitas,
ornamenta los ríos, los patios y el templo;
y yace en los brazos de la novia, que lo acoge con placer
y lo confunde con su virginal belleza…
Autora: Luna Loumar. 12/04/2020