22/08/2026
Cuando mi abuelo salió del Perú, yo tenía 11 años. Desde muy chico mi relación con él fue muy cercana, muy cariñosa, muy íntima.
Hoy, claro, han pasado más de 34 años desde la última vez que lo vi físicamente, pero hay recuerdos que me acompañan con una presencia y una claridad como si hubiera sido ayer.
Mi mamá le tenía un profundo amor, respeto y cariño a mi papapa Alfredo, y jamás dejó de decirle “suegro”, con muchísimo cariño.
Me cuenta que cuando ella y mi papá se separaron, en el año 82, él se puso muy triste y, según sus propias palabras, le dijo:
“Me entristece que Alfredito vaya a crecer sin tenerlos juntos”.
Quizás él mismo hablaba desde su propia experiencia y guardaba la esperanza de que una separación así no alcanzara también a sus hijos.
No fue así.
Sin embargo, eso nunca fue impedimento para que tuviéramos la oportunidad de vivir muchas cosas juntos y de construir recuerdos que hasta hoy tengo atesorados en el corazón.
Recuerdo haber visitado con él la Universidad Agraria en un par de ocasiones. Caminaba siempre a su lado y él, con sus dotes de profesor, me iba contando sobre su trabajo como quien conversa con una persona adulta. Al mismo tiempo, de manera muy clara, me describía todo aquello que se abría frente a mis ojos.
De la misma forma recuerdo nuestras caminatas por la Ciudad Universitaria.
Creo que yo tendría siete u ocho años cuando lo acompañé y me quedé anonadado frente a la inmensidad de la Universidad de San Marcos.
—¿Aquí trabajas? —le pregunté.
Y él me miró sonriente y respondió con muchísimo cariño:
—Sí, Alfredito.
Recuerdo también haber ido con él a una tienda cerca de la casa de Garzón, una que quedaba por la cuadra 17, justo en una esquina, y elegir un pequeño carrito de juguete.
Con el tiempo, aquel carrito se convirtió en uno de mis juguetes especiales, uno de los más queridos.
Recuerdo que pasaba por mí en su “avispón verde” para ir a desayunar y que, en una de esas salidas, hicimos una “parada técnica” para recoger unos libros.
Hasta hoy recuerdo aquella casona.
Entramos a un espacio parecido a un gran salón donde había cientos de libros apilados y hojas puestas unas encima de otras.
—¿Aquí vives? —le pregunté con toda la inocencia de un niño.
Sonrió nuevamente.
—No, Alfredito. Pero aquí tengo parte de mis cosas.
Otro recuerdo que conservo muy presente tiene que ver con la música.
A mí me gustaban los Hombres G y tenía sus discos en vinilo. Un día le conté sobre ellos y puse uno de sus discos.
Todo iba muy bien hasta que sonó la canción “Matar a Castro”.
Mi abuelo se levantó de su asiento y me preguntó:
—¿Entiendes qué es lo que dicen?
Yo, ciertamente avergonzado, le respondí que no.
Y ahí empezó todo.
Durante más de tres horas me habló de Cuba, de Fidel Castro, de la revolución, de Batista, de las desigualdades que habían llevado a tantos cubanos a apoyarla, de Estados Unidos, de la Guerra Fría, de quienes habían tenido que abandonar la isla y, sobre todo, de lo complejo que podía ser entender la historia solamente desde un lado.
Yo tendría ocho o nueve años. Probablemente entendí la mitad.
Quizás menos...
Mi abuelo tenía esa capacidad de engreírme en un segundo y, al siguiente, hablarme sobre la necesidad de transformar la mirada del hombre frente al mundo.
Nunca me trató como un niño, pero nunca dejó de lado saber que lo era.
Hay muchos otros recuerdos que ya iré contando.
Cuando di inicio a este espacio de reconocimiento a mi abuelo Alfredo, lo hice con un fin en mente: acercarlo académicamente a quienes aún no han tenido la posibilidad de conocer su trabajo, pero también acercarlo como ser humano.
Como padre.
Como hermano.
Como abuelo.
Como un hombre que también sentía, quería, extrañaba, se preocupaba, sonreía y amaba.
Porque detrás del investigador, del lingüista, del maestro y de todas aquellas páginas que hoy seguimos recuperando, existió también un hombre.
Y ese hombre también merece ser recordado.
La próxima semana les contaré sobre el primer libro que me regaló y también sobre cómo fueron, para nosotros como familia, sus últimos días en el Perú.
Que tengan un gran fin de semana.