Abel Ruiz Ramos

Abel Ruiz Ramos Orador y Escritor peruano con pensamiento critico e inparcial

15/04/2026

Estamos en lo mismo del 2021-
5 años depues no hemos aprendido nada.

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La crisis de la derecha peruana: poder sin representaciónDurante décadas, la política peruana ha estado marcada por una ...
10/03/2026

La crisis de la derecha peruana: poder sin representación

Durante décadas, la política peruana ha estado marcada por una aparente paradoja: mientras el modelo económico ha gozado de relativa estabilidad y continuidad, el sistema político ha vivido en una permanente crisis de representación. En ese contexto, una pregunta comienza a aparecer cada vez con más fuerza en el debate público: ¿por qué la derecha peruana, a pesar de haber influido decisivamente en la conducción económica del país durante las últimas décadas, atraviesa hoy una evidente crisis de legitimidad frente a amplios sectores de la ciudadanía?

La respuesta no es simple, pero tiene raíces históricas claras.
Tras el colapso del sistema de partidos tradicionales en los años noventa, el Perú entró en una etapa de reconfiguración política. El gobierno de Alberto Fujimori marcó un punto de inflexión en ese proceso. Bajo su liderazgo se consolidó un nuevo orden político y económico que priorizó la estabilidad macroeconómica, la apertura de mercados y el control de la inflación, en un contexto marcado por la crisis económica y la violencia política de las décadas anteriores.

Sin embargo, aquel proceso tuvo una consecuencia estructural que aún pesa sobre la política peruana: el debilitamiento profundo de los partidos políticos como instituciones de representación. En lugar de reconstruir organizaciones políticas sólidas, la política peruana comenzó a girar en torno a liderazgos personalistas, coaliciones electorales temporales y movimientos sin arraigo institucional.

Durante los años posteriores, distintos gobiernos mantuvieron en esencia la continuidad del modelo económico. Las administraciones de Alejandro Toledo, Alan García e incluso el breve gobierno de Pedro Pablo Kuczynski consolidaron un ciclo de crecimiento económico sostenido que, en términos macroeconómicos, fue uno de los más prolongados de la historia reciente del país.

No obstante, esa estabilidad económica no vino acompañada de una reconstrucción del sistema político ni de una ampliación real de la representación social. Mientras el país crecía económicamente, amplios sectores de la población comenzaron a percibir una creciente distancia entre las decisiones del poder político y sus propias demandas cotidianas.

En ese contexto se fue gestando uno de los problemas centrales de la derecha peruana: la reducción de la política a la defensa del modelo económico. Durante años, gran parte de los sectores identificados con la derecha priorizaron la estabilidad macroeconómica como el principal eje de su proyecto político. Sin embargo, gobernar una sociedad implica mucho más que administrar indicadores económicos. Requiere construir legitimidad, representación y capacidad de diálogo con los distintos sectores sociales.

La política, cuando se limita a la gestión técnica del Estado, pierde inevitablemente su dimensión representativa.

Otro factor que explica la crisis actual es la escasa renovación de liderazgos dentro de los sectores políticos asociados a la derecha. Durante largos periodos, las mismas figuras y los mismos espacios de poder han dominado el escenario político, generando la percepción de una élite política distante de las nuevas generaciones y de las transformaciones sociales que el país ha experimentado en las últimas décadas.

A ello se suma un problema aún más profundo: la débil conexión territorial con amplios sectores del país. Mientras la economía peruana se integraba cada vez más a los mercados globales, muchas regiones continuaban enfrentando problemas estructurales de pobreza, desigualdad y falta de acceso a servicios básicos. En ese escenario, la narrativa del crecimiento económico no siempre logró traducirse en una percepción concreta de bienestar para millones de ciudadanos.

Cuando la política no logra interpretar esas realidades, el descontento encuentra inevitablemente otros canales de expresión.

De ese vacío surge, en gran medida, el crecimiento del voto antisistema que ha marcado las últimas elecciones. El respaldo a opciones políticas radicales o disruptivas no necesariamente expresa una adhesión ideológica profunda, sino más bien una forma de protesta frente a un sistema político percibido como distante e incapaz de resolver problemas concretos.

La crisis de la derecha peruana, por tanto, no se explica únicamente por derrotas electorales o por disputas internas entre sus distintos sectores. Es, sobre todo, el resultado de un proceso más profundo: la pérdida progresiva de capacidad para representar a una sociedad diversa, cambiante y cada vez más crítica frente al poder político.

Sin embargo, este fenómeno no debería interpretarse únicamente como el problema de un sector ideológico específico. En toda democracia moderna, la existencia de corrientes políticas sólidas —tanto de izquierda como de derecha— es fundamental para garantizar el equilibrio del sistema político. Cuando una de ellas pierde legitimidad o capacidad de representación, el sistema democrático en su conjunto se debilita.

La crisis actual de la derecha peruana podría ser, en ese sentido, una oportunidad para una reflexión más profunda. No solo sobre el modelo económico o las estrategias electorales, sino sobre la necesidad de reconstruir proyectos políticos capaces de representar realmente a la sociedad peruana.

Porque al final, la estabilidad de una democracia no depende únicamente del crecimiento económico, sino de algo mucho más complejo y esencial: la confianza de los ciudadanos en quienes aspiran a gobernarla.









Con Willax Televisión - ¡Me acaban de reconocer como uno de los fans destacados! 🎉Me enviaron esto por seguir. Simpre co...
10/03/2026

Con Willax Televisión - ¡Me acaban de reconocer como uno de los fans destacados! 🎉Me enviaron esto por seguir. Simpre comento y opino sobre algo no me quedo callado.

“El Perú sin partidos: la crisis silenciosa de nuestra democracia”El Perú tiene más de treinta partidos políticos inscri...
11/02/2026

“El Perú sin partidos: la crisis silenciosa de nuestra democracia”

El Perú tiene más de treinta partidos políticos inscritos, pero ¿eso significa más democracia?
En esta columna analizo una de las crisis menos discutidas del país: la debilidad del sistema de partidos y cómo esto explica gran parte de nuestra inestabilidad política.
Más que exceso de organizaciones políticas, el Perú enfrenta la ausencia de partidos sólidos capaces de representar a la ciudadanía, construir proyectos de país y generar gobernabilidad.
Un problema estructural que seguimos ignorando.
Te invito a leer y reflexionar.
El Perú no solo tiene muchos partidos; tiene un sistema de partidos prácticamente inexistente. Y esta debilidad explica gran parte de la inestabilidad política que el país vive desde hace décadas.
El problema no es reciente ni coyuntural. Es estructural.
Partidos con existencia legal, pero sin vida política
En el Perú existen organizaciones políticas que cuentan con inscripción formal y trayectoria histórica. Algunos partidos surgieron antes del año 2000 y otros han reaparecido tras perder su inscripción electoral. Sin embargo, su permanencia legal no necesariamente refleja una presencia política real.
Muchos de estos partidos carecen de militancia activa, de debate interno sostenido o de participación permanente en la vida pública. No forman cuadros políticos, no articulan demandas sociales ni mantienen vínculos estables con la ciudadanía. Funcionan más como estructuras electorales latentes que se activan en períodos de campaña y desaparecen después.
En términos prácticos, existen en los registros, pero no en la vida política cotidiana del país.
Esta desconexión ha debilitado la función esencial de los partidos en una democracia: representar intereses sociales, formar liderazgo y canalizar demandas ciudadanas hacia el Estado.
La ilusión de novedad como capital político
La debilidad institucional del sistema político peruano ha generado un fenómeno particular: la permanente renovación de organizaciones políticas sin verdadera renovación de prácticas.
Partidos que pierden inscripción reaparecen con nuevas denominaciones, movimientos locales se transforman en organizaciones nacionales sin trayectoria consolidada y agrupaciones recientes se presentan como alternativas “nuevas” frente a una clase política desacreditada.
En este contexto, la improvisación se convierte en ventaja electoral. La falta de pasado político permite evitar responsabilidades históricas, mientras que la promesa de cambio inmediato atrae a un electorado profundamente desconfiado.
La memoria política del país parece reiniciarse en cada elección.
Más que instituciones duraderas, el sistema incentiva la aparición constante de nuevas ofertas electorales que buscan capitalizar el descontento ciudadano sin necesariamente construir proyectos de largo plazo.
Un diseño institucional que favorece partidos débiles
Esta dinámica no responde únicamente a decisiones individuales, sino también a los incentivos del propio sistema político.
Las reglas de inscripción partidaria, los limitados requisitos de democracia interna, la ausencia de mecanismos efectivos de formación política y la escasa exigencia de vida orgánica han facilitado la proliferación de organizaciones débiles.
El sistema premia el corto plazo, el liderazgo personalista y el emprendimiento político individual, mientras ofrece pocos incentivos para construir instituciones estables, ideológicamente coherentes y con presencia territorial sostenida.
En lugar de fortalecer partidos, el diseño institucional ha favorecido su fragmentación.
Ciudadanía sin representación y legitimidad del outsider
La fragilidad del sistema de partidos ha generado también una transformación en el comportamiento del electorado. Ante la ausencia de organizaciones sólidas que representen intereses colectivos, la ciudadanía ha optado por respaldar liderazgos personalistas o propuestas antisistema.
El voto deja de ser una expresión de identidad política y se convierte en un instrumento de protesta. El ciudadano no vota por proyectos institucionales duraderos, sino por alternativas que prometen soluciones inmediatas frente a un Estado percibido como distante e ineficiente.
Este proceso produce un ciclo recurrente: crisis política, rechazo a los actores existentes, aparición de nuevas figuras, expectativas de cambio y posterior frustración. Cada elección reinicia el proceso.
La debilidad de los partidos no solo es causa de la crisis política; también es consecuencia de ella.
Una democracia sin intermediarios
Toda democracia representativa necesita instituciones que articulen intereses sociales, organicen el debate público y generen gobernabilidad. Los partidos políticos cumplen precisamente esa función: son el puente entre la sociedad y el Estado.
Cuando ese puente se debilita, el sistema político pierde estabilidad. Los gobiernos carecen de respaldo sólido, los Congresos se fragmentan, las decisiones se vuelven precarias y la incertidumbre se convierte en norma.
El problema del Perú no es simplemente electoral. Es institucional.
Mientras el país no logre construir organizaciones políticas con vida real, identidad programática y compromiso duradero con la representación ciudadana, seguirá enfrentando gobiernos frágiles, conflictos permanentes y expectativas de cambio que difícilmente podrán cumplirse.
La crisis del sistema de partidos no es un problema técnico ni circunstancial. Es una de las principales amenazas para la estabilidad democrática del país.
Y, sin embargo, sigue siendo una de las menos discutidas.







10/02/2026

No es la Tierra que los hombres pisan la base para hacer una Nación Grade, sino la determinación por lograr un interés colectivo.

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¿Por qué la izquierda peruana gana votos, pero no logra gobernar?Hablar de la izquierda en el Perú es entrar en un terre...
05/02/2026

¿Por qué la izquierda peruana gana votos, pero no logra gobernar?
Hablar de la izquierda en el Perú es entrar en un terreno sensible. No por falta de ideas, sino por la carga histórica, simbólica y emocional que arrastra. Sin embargo, si algo necesita hoy el debate público peruano es menos consignas y más análisis.

Contrario a lo que suele afirmarse, la izquierda peruana no ha sido históricamente irrelevante ni marginal. Sus ideas —redistribución, justicia social, presencia del Estado, reivindicación de sectores excluidos— han gozado de una popularidad real en amplios sectores del país. La paradoja es otra: ha sido influyente en las urnas, pero débil en el gobierno.

Desde los años noventa hasta hoy, varios presidentes llegaron al poder con un respaldo decisivo de votantes identificados con la izquierda. Alberto Fujimori, en 1990, derrotó al proyecto liberal de Vargas Llosa con el apoyo de sectores progresistas y de izquierda que veían en él un “mal menor”. Alejandro Toledo capitalizó el antifujimorismo y el discurso de inclusión. Ollanta Humala ganó con una narrativa claramente nacionalista y de izquierda. Pedro Castillo, finalmente, representó el voto más nítidamente antisistema y popular.

Sin embargo, ninguno de ellos gobernó como un presidente de izquierda en sentido programático.

Esto nos obliga a una pregunta incómoda: ¿por qué la izquierda gana votos, pero no logra gobernar como tal?

Parte de la respuesta está en la propia naturaleza de la izquierda peruana actual. No se trata de una sola izquierda, sino de un conjunto fragmentado de corrientes que comparten diagnósticos generales —desigualdad, exclusión, abandono estatal— pero difieren profundamente en propuestas, estrategias y concepción del poder.

Existe una izquierda más institucional, que apuesta por reformas graduales, fortalecimiento del Estado y respeto al marco democrático. Otra, de corte más radical, desconfía de las instituciones existentes y plantea cambios estructurales inmediatos. Y una tercera, más difusa, que funciona como identidad de protesta antes que como proyecto de gobierno.

El problema no es la diversidad. El problema es la ausencia de un consenso mínimo sobre cómo gobernar.

Hoy, la izquierda peruana tiene claridad sobre lo que critica, pero menos claridad sobre lo que construiría. Sus propuestas suelen concentrarse en el “qué” —más Estado, más derechos, más inclusión— pero dejan vacíos en el “cómo”: cómo financiar, cómo gestionar, cómo implementar sin generar inestabilidad.

Pedro Castillo encarna esta contradicción. Es, sin duda, una figura icónica para la izquierda popular: maestro rural, outsider político, símbolo del Perú excluido. Pero su gobierno evidenció una debilidad central del espacio progresista: la dificultad para traducir legitimidad social en capacidad de gobierno. Castillo no solo fue una imagen controversial; fue también el reflejo de una izquierda que llegó al poder sin un proyecto coherente, sin cuadros técnicos sólidos y sin una estrategia clara de conducción del Estado.

Y, aun así, sigue siendo indispensable para entender a la izquierda actual. No porque represente su mejor versión, sino porque expuso sus límites de manera brutal y pública.

Hoy, la izquierda peruana enfrenta un dilema crucial. Puede seguir siendo una fuerza que moviliza descontento y gana elecciones por rechazo al sistema, o puede transformarse en una opción de gobierno con propuestas viables, liderazgo colectivo y responsabilidad institucional.

Mientras no resuelva esa tensión, seguirá siendo influyente en las urnas, pero frágil en el poder.

Y el país seguirá atrapado en el mismo ciclo: expectativas de cambio, gobiernos improvisados y frustración ciudadana.




¿Por qué el Perú está tan políticamente fragmentado?En las elecciones generales de 2026, el Perú llegará a las urnas con...
01/02/2026

¿Por qué el Perú está tan políticamente fragmentado?

En las elecciones generales de 2026, el Perú llegará a las urnas con más de treinta partidos políticos inscritos. Para algunos, esto podría interpretarse como una muestra de pluralismo. Sin embargo, la experiencia reciente nos obliga a ser más cautos. En el 2021, los dos candidatos que pasaron a segunda vuelta no superaron, juntos, el 40 % de los votos. Ninguno alcanzó siquiera el 20 % de respaldo individual.

No fue una victoria contundente. Fue una elección por descarte.

La fragmentación política que vivimos hoy no es casual ni reciente. Es el resultado de un proceso prolongado de debilitamiento del sistema de representación. En el Perú, los partidos dejaron de cumplir su función principal: ser el puente entre la ciudadanía y el Estado. Ya no organizan demandas sociales ni forman liderazgos con visión de país. En muchos casos, solo existen para una campaña electoral.

Cuando los partidos no representan, las personas no se identifican. Y cuando no hay identificación, el voto se dispersa.

A esto se suma un diseño institucional que, lejos de ordenar el sistema político, termina incentivando la atomización. Crear un partido resulta más rentable que construir uno. No se exige vida orgánica real, ni democracia interna sólida, ni coherencia ideológica. Así, cada liderazgo personal o regional opta por su propio vehículo electoral, fragmentando aún más el escenario.

El resultado es un mercado político saturado de opciones, pero pobre en proyectos.

Otro factor clave es la profunda desconfianza ciudadana. El elector peruano ya no vota principalmente por afinidad, sino por rechazo: rechazo al pasado, a la élite, al Estado central, a “los mismos de siempre”. Este voto negativo no construye mayorías, solo divide. Cada sector expresa su malestar por separado, sin que exista una fuerza política capaz de articularlo en una propuesta común.

Además, el país atraviesa una crisis de ideas. Hoy no existen partidos claramente identificables con grandes corrientes ideológicas. Los discursos se mezclan, se contradicen y se adaptan según la coyuntura. Sin ideas claras, no hay identidad política; sin identidad, no hay lealtad; y sin lealtad, cada elección empieza desde cero.

Conviene decirlo con claridad: fragmentación no es sinónimo de diversidad democrática. La democracia necesita pluralismo, sí, pero también orden, representación y proyectos duraderos. Cuando todos representan a pocos y nadie representa a muchos, el sistema se vuelve ingobernable.

El Perú no tiene demasiados partidos porque tenga demasiadas ideas, sino porque aún no logra construir organizaciones políticas que duren más que una elección. Mientras eso no cambie, seguiremos eligiendo autoridades sin mayorías claras, Congresos sin cohesión y gobiernos débiles desde el primer día.

Y ese es un problema que va mucho más allá de una campaña electoral.

Keiko Sofía Fujimori Higuchi (Jesús María, Lima, 25 de mayo de 1975) es una administradora y política peruana. Es líder ...
01/02/2026

Keiko Sofía Fujimori Higuchi (Jesús María, Lima, 25 de mayo de 1975) es una administradora y política peruana. Es líder del partido Fuerza Popular y ha sido tres veces candidata presidencial con presencia en la segunda vuelta en todas las ocasiones. Es la hija mayor del expresidente Alberto Fujimori, bajo cuyo mandato fue primera dama del Perú de 1994 a 2000 tras la destitución de su madre, Susana Higuchi.
Después de graduarse de la escuela secundaria en Perú, se mudó a los Estados Unidos y comenzó a estudiar administración de empresas en la Universidad de Stony Brook. En medio de la separación de sus padres, Keiko regresó a Perú y se convirtió, en agosto de 1994, en la primera dama del país, acompañando a su padre en actos protocolares. Abandonó sus estudios en la Universidad de Stony Brook y posteriormente comenzó a estudiar en la Universidad de Boston. En el 2001 Vladimiro Montesinos declaró que había financiado los estudios de Keiko Fujimori en el extranjero, sin embargo, el Ministerio Público en el año 2010 archivó la investigación al no lograr encontrar pruebas que acrediten los dichos de Montesinos.
La carrera política de Fujimori se ha caracterizado por su alineamiento con el fujimorismo, una ideología política centrada en las políticas de su padre, incluidas las estrategias económicas neoliberales y la mano dura contra la delincuencia. Fue elegida miembro del Congreso de Perú en 2006 y se convirtió en la líder de Fuerza Popular en 2010. A pesar de su gran influencia política, su carrera se ha visto empañada por múltiples polémicas, entre ellas acusaciones de corrupción relacionadas con el escándalo de Odebrecht y acusaciones de vínculos con el narcotráfico.
Fujimori también fue encarcelada en múltiples ocasiones durante procesos judiciales relacionados con acusaciones de blanqueo de dinero.
Fujimori se presentó sin éxito a las elecciones presidenciales de 2011, 2016 y 2021, en las que pasó a la segunda vuelta, pero fue derrotada por rivales como Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Pedro Castillo. Las campañas de Fujimori han invocado a menudo el legado de su padre; se ha enfrentado a reacciones negativas por su defensa al mismo, en particular en relación con los abusos de los derechos humanos y las acciones autoritarias durante su presidencia, como las esterilizaciones forzosas de mujeres indígenas y las ejecuciones extrajudiciales.
El 6 de enero de 2006, Keiko logró incluir a la Alianza por el Futuro en el Registro de Organizaciones Políticas. En las elecciones legislativas de ese año, encabezó la lista de su partido. La candidatura de la alianza a la presidencia, encabezada por Martha Chávez Cossio y que tiene como primer vicepresidente a Santiago Fujimori, hermano de Alberto, quedó en cuarto lugar, con el 7,4 % de los votos. Keiko fue la congresista más votada ese año, con 602 869 votos, aun más del triple que la subcampeona, Mercedes Cabanillas; rompiéndose un récord entre las legisladoras más votadas hasta la fecha.La Alianza para el Futuro recibió 1,4 millones de votos en las elecciones legislativas, o el 13 % del total de votos válidos, eligió a trece congresistas y se convirtió en la cuarta fuerza política más grande del Congreso.​ En la noche de la primera vuelta, el 9 de abril, declaró: «Creo que gran parte del apoyo es porque soy hija de Alberto Fujimori, y obviamente soy la receptora del cariño y agradecimiento que la gente tiene por mi padre»
En septiembre de 2007 organizó movilizaciones en apoyo de su padre, que estaba a punto de ser juzgado.​ A la prensa, dijo que confiaba en su absolución porque «no hay pruebas contundentes». Keiko tenía la tesis de que desconocía los delitos cometidos por Montesinos y otros funcionarios públicos.​ En diciembre de ese año, cuando el expresidente recibió su primera condena, consideró «injusto» el veredicto, resultado de «persecución política y judicial», y dijo que el Poder Judicial peruano «no inspira confianza». Al año siguiente sostuvo que si era elegida presidenta, su mano «no le temblaría» al firmar un indulto presidencial para su padre.
El 13 de enero de 2008, Keiko anunció la creación de un nuevo partido político, Fuerza 2011, que serviría para apoyar una candidatura a la presidencia en 2011, tanto de Alberto como de ella misma si al primero se lo impedía la ley. Como respuesta a esto, los partidos fundadores de la coalición fujimorista desaparecida, Cambio 90 y Nueva Mayoría, decidieron mantener su independencia organizativa.
Después de recolectar un millón de firmas, Fuerza 2011 logró registrarse como partido el 9 de marzo de 2010, tras esto, el 19 de mayo próximo la fundadora lanzó oficialmente la nueva organización política ante un auditorio limeño junto a cuatro mil personas. El 7 de diciembre formalizó su candidatura a la presidencia durante una campaña en la localidad de la provincia limeña de Huaycán.​ Rafael Rey Rey, ministro de Defensa y miembro del partido conservador Renovación Nacional, fue candidato a la primera vicepresidencia, y Jaime Yoshiyama, exministro del gobierno de Alberto, a la segunda. Asimismo contrató al exalcalde de Nueva York Rudy Giuliani como asesor.
Durante la campaña de la primera vuelta, Keiko se involucró en otra polémica cuando reconoció haber recibido donaciones económicas de personas presuntamente involucradas en el narcotráfico cuando se postuló para el Congreso en 2006.[106]​ La entonces candidata admitió haber recibido diez mil dólares de dos mujeres condenadas que, según ella, fueron víctimas de persecución.​ También se involucró en la entrega de comida y otros bienes a cambio de votos, que fue organizada por simpatizantes.

En la primera vuelta, el 6 de junio, se clasificó para la segunda vuelta con Ollanta Humala, obtuvo 3,4 millones de votos, o el 23,5 % del total de votos válidos. Humala, un nacionalista de izquierda, obtuvo el 31,7 %. Pedro Pablo Kuczynski, exministro, ocupó el tercer lugar, seguido por el expresidente Alejandro Toledo y Luis Castañeda, exalcalde de Lima.​ Kuczynski y Castañeda declararon su apoyo a Keiko, mientras que Toledo apoyó a Humala. Con 37 congresistas, Fuerza 2011 se convirtió en el segundo partido político más grande del parlamento. Su hermano, Kenji Gerardo Fujimori, fue elegido congresista por Lima, fue el más votado a nivel nacional.
El 4 de diciembre de 2015, Keiko anunció oficialmente su candidatura a la presidencia en las elecciones de 2016. Sus compañeros de fórmula fueron el exministro de Agricultura y Riego José Chlimper Ackerman para la primera vicepresidencia y Vladimiro Huaroc Portocarrero, exgobernador regional de Junín, por el segundo. Su plan de gobierno se basó en seis «pilares», entre los que defendió el fortalecimiento de las instituciones del estado de derecho, independencia de poderes, una protección efectiva de los derechos humanos, apoyo limitado de las fuerzas armadas a la fuerza policial, el libre mercado, recortes de impuestos, incentivos para las pequeñas empresas, el uso de fondos estatales de emergencia para reactivar la economía, la emisión de bonos del gobierno y la expansión de la electricidad e internet en las comunidades rurales.
El 9 de abril, fecha de la primera vuelta, alcanzó el 39,8 % de los votos, superando a PPK (20,9 %) y Verónika Mendoza (18,9 %).​ Fuerza Popular obtuvo la mayoría absoluta en el Congreso ganando 73 de los 130 curules disponibles.​ Después de que se dieron a conocer los resultados, dijo: «Este nuevo mapa político que se ha dibujado nos muestra claramente que el Perú quiere la reconciliación, que no quiere más peleas».​ Sin embargo, como no obtuvo la mayoría absoluta de votos, se programó una segunda vuelta para el domingo 5 de junio.
En las encuestas de la primera vuelta, ella se mantuvo entre los primeros cinco puestos, tuvo resultados mucho menores a lo obtenido en las elecciones pasadas y liderando el rechazo del electorado entre los demás candidatos presidenciales. Sus principales rivales fueron el exfutbolista y exalcalde del distrito limeño de La Victoria George Forsyth, la psicóloga y excongresista Verónika Mendoza, el economista Hernando de Soto, el empresario Rafael López Aliaga, el abogado y excongresista Yonhy Lescano y el profesor Pedro Castillo.
Papeleta de votación para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.
El 11 de abril, fecha de la primera vuelta, Keiko se posicionó en segundo lugar alcanzando el 13,4% de los votos solo por debajo de Pedro Castillo (18.9%) y superando por menos de un 2% a los candidatos Rafael López Aliaga (11.8%) y Hernando de Soto (11.6%). El liderazgo de Castillo sorprendió «al tomar la delantera en unas elecciones con un electorado muy fragmentado»,
mientras que Fujimori «atropella a los opositores en la recta final de una campaña muy feroz —con varios candidatos técnicamente empatados en las urnas— y marcada por medidas restrictiva en las calles debido a la pandemia del covid-19. Terminó superando a otros dos nombres fuertes de la derecha que fueron altamente calificados, Hernando de Soto y Rafael López Aliaga»
Tras enterarse de los resultados oficiales, realizó una conferencia de prensa en la que afirmó que su contrincante Castillo «ha planteado la vieja tesis comunista de la lucha de clases, del odio y la confrontación» y agregó que ella por el contrario propone un «reencuentro de los peruanos» después de la «crítica, confrontación, odio, venganza» que se ocasionó hacia el fujimorismo por el accionar del mandato de su padre. Para ella, la segunda ronda sería una batalla entre «los mercados y el marxismo».​ La candidata prometió defender la democracia, la libertad de expresión, se disculpó por los errores de su partido y el suyo,​ y dejó de usar el color característico de su asociación, el naranja, para vestir la camiseta de la selección de fútbol del Perú. Contra Castillo, la derecha la abrazó como el «mal menor», incluyendo a personajes históricos antifujimoristas como el escritor Mario Vargas Llosa, quien le atribuyó «más posibilidades de salvar nuestra democracia, en tanto que con Pedro Castillo no veo ninguna»
Después de que Castillo tomara la delantera durante el recuento de votos en la segunda vuelta de las elecciones, Fujimori difundió afirmaciones infundadas de fraude electoral.​ Según The Guardian, varios observadores internacionales contrarrestaron las afirmaciones de Fujimori, declarando que el proceso electoral se llevó a cabo de acuerdo con los estándares internacionales. Los observadores electorales de la Unión Interamericana de Organismos Electorales, la Organización de los Estados Americanos y la Internacional Progresista negaron la existencia de fraude generalizado y elogiaron la precisión de las elecciones. Incluso el Departamento de Estado de los Estados Unidos declaró que las elecciones peruanas de 2021 fueron un «modelo de democracia» en América Latina.
Imagen cultural y política
Keiko es vista como una mujer autoritaria,
conservadora, populista, de derecha y extrema derecha, además de una figura polarizadora.​ Según ella, el Perú se debe liderar con «mano dura» y la democracia «no puede ser débil; debe sustentarse en un sólido principio de autoridad».​ Además, Perú debe retirarse parcialmente del Sistema Interamericano de Derechos Humanos para «derrotar al terrorismo», una medida que el excanciller Miguel Rodríguez Mackay catalogó de imposible.​ The New York Times escribió que su movimiento político se creó «para ayudar a blanquear» el legado de su padre Alberto.
GRACIAS POR LEER.
Te agradezco y te felicito por haberte detenido a leer, en un mundo donde preferimos ver y Mirar sin analizar o pensar, te felicito por ser diferente.
Soy una persona imparcial con la información, mi misión no es hacerte pensar de una manera, sino darte herramientas para que tomes buenas decisiones.

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