30/01/2022
En 1851 publicó un tratado llamado Estáticas Sociales, o Las Condiciones Esenciales para Especificar la Felicidad Humana. Entre otras especificaciones, esta obra estableció y dejó claro el principio fundamental de que la sociedad debería organizarse sobre la base de la cooperación voluntaria, no sobre la base de la cooperación forzosa, ni bajo la amenaza de ésta. En una palabra, sentó el principio del Individualismo frente al estatismo—contra el principio subyacente de todas las doctrinas colectivistas que están dominando
actualmente cualquier lugar. La obra contempló la reducción del poder del estado sobre el Individuo a un mínimo absoluto, y el levantamiento del poder social a su máximo; frente al principio del estatismo, que contempla precisamente lo contrario. Spencer mantuvo que las intervenciones del estado sobre el Individuo deberían estar limitadas a castigar aquellos
crímenes contra la persona o la propiedad que son reconocidos conforme a los que los filósofos escoceses llamaban “el sentido común de la humanidad” ; a hacer cumplir las obligaciones de los contratos; y a hacer que la justicia sea barata y fácilmente accesible. Más allá, el estado no debería llegar; no debería poner ninguna restricción coercitiva más sobre el Individuo. Todo lo que el estado puede hacer para el mejor interés de la sociedad —todo lo que puede hace para promover un permanente y estable bienestar de la sociedad— es por medio de estas intervenciones puramente negativas. Vamos a ir más allá de éstas y tratar de mejorar el bienestar social mediante intervenciones coercitivas positivas sobre los ciudadanos, y verán cómo cualquier aparente y temporal bienestar social logrado lo habrá
sido a cambio de la pérdida de verdadero y permanente bienestar social.
La obra de Spencer de 1851 lleva años descatalogada y sin apenas difusión pública; una copia de esta obra es extremadamente difícil de encontrar. Debería publicarse de nuevo, ya que es para la filosofía individualista lo que la obra de los filósofos idealistas alemanes es para la doctrina del estatismo, lo que El Capital es para la teoría económica estatista, o lo que las Epístolas de San Pablo son para la teología del Protestantismo. No tuvo ningún efecto, o muy poco, conteniendo el desenfrenado avance del estatismo en Inglaterra; aún menos tuvo que ver con la permanencia de las calamitosas consecuencias de dicho avance. Desde 1851 hasta su muerte a finales de siglo, Spencer escribió ensayos ocasionales, en parte como comentarios periódicos sobre el incremento del avance del estatismo; en parte como exposición, a través de la fuerza de la ilustración y el ejemplo; y en parte como una notable y precisa profecía de lo que pasaría como consecuencia de la sistemática sustitución del principio de cooperación forzada —el principio estatista— por el principio individualista de cooperación voluntaria. Él volvió a publicar cuatro de estos ensayos en 1884, bajo el título El Hombre contra el Estado, que son ahora reimpresos con idéntico título.
El primer ensayo, El Neoconservadurismo, es de primordial importancia ahora mismo, ya que muestra el contraste entre los objetivos y métodos del Liberalismo temprano y aquéllos del liberalismo moderno. Durante estos días, escuchamos grandes reflexiones sobre el Liberalismo, los principios y políticas Liberales, en la conducta de nuestra vida pública.
Hombres de todas las clases y condiciones sociales se presentan ante la opinión pública como Liberales; ellos llaman a sus oponentes Conservadores, y consiguiendo de este modo crédito ante el público. En la mente de la ciudadanía, el término Liberalismo se percibe de manera honorable, mientras que el término Conservadurismo —especialmente el
“Conservadurismo Económico”— es mirado con cierto reproche. Cabe añadir que estos términos no son nunca examinados; el sedicente Liberal es popularmente aceptado según la fiabilidad de sus pretensiones, y las políticas que son ofrecidas como Liberal se aceptan de manera igualmente irreflexiva. Siendo esto así, es útil para ver cuál es el sentido histórico del término, y para ver en qué medida los objetivos y métodos del Liberalismo actual se corresponden con aquél; y hasta qué punto, por lo tanto, el Liberal de hoy en día tiene derecho a denominarse como tal.
Spencer muestra que el Liberal primitivo era usado sistemáticamente para reducir el poder coercitivo del Estado sobre el ciudadano, siempre que fuera posible. Era usado para reducir al mínimo los momentos en los que el Estado pudiera intervenir coercitivamente sobre el Individuo. Era usado para ampliar continuamente el margen de existencia dentro del cual el ciudadano pudiera ejercer y regular sus propias actividades tal y como él creyera adecuado, libre de control o supervisión Estatal. Las políticas y medidas Liberales, en su concepción originaria, fueron tal y como reflejan estos objetivos. El Conservador, por otro lado, era lo opuesto a dicho objetivos, y sus políticas reflejaron esta oposición. En términos generales, el Liberal se inclinaba constantemente hacia la filosofía individualista de la sociedad, mientras que el Conservador se inclinaba hacia la filosofía Estatista.
Spencer muestra además que como una cuestión de política práctica, el Liberal primitivo procedió a la realización de sus objetivos mediante el método de la derogación. No creando nuevas leyes, sino derogando las antiguas. Es muy importante recordar esto. Dondequiera que el Liberal veía una ley que ampliase el poder coercitivo del Estado sobre el ciudadano, proponía su derogación y dejaba su espacio en blanco. Hubo muchísimas leyes en los Códigos Británicos, y cuando el Liberalismo llegó al poder, derogó una inmensa cantidad de ellas.
En el curso de este ensayo, Spencer describe con sus propias palabras cómo en la segunda mitad del S. XIX el Liberalismo Británico se acercó a la filosofía del estatismo, y renunciando a la derogación de las medidas coercitivas ya existentes, procedieron a superar a los Conservadores en la creación de nuevas medidas coercitivas de una particularidad cada vez
mayor. Este fragmento de la historia política Británica tiene un gran valor para los lectores estadounidenses, porque les permite ver hasta qué punto el Liberalismo Norteamericano ha seguido la misma senda. Les permite interpretar correctamente la importancia que ha tenido la influencia del Liberalismo en la dirección de nuestra vida pública durante la primera mitad del S. XX, y percibir exactamente a lo que esa influencia nos ha guiado, qué consecuencias nos ha traído y cuáles son las consecuencias que podemos esperar en el futuro.
Por ejemplo, el Estatismo postula la teoría según la cual el ciudadano no tiene derechos que el Estado esté obligado a respetar; los únicos derechos que el ciudadano tiene son aquéllos que el Estado le otorga, y que el Estado puede atenuar o revocar como le venga en gana.
Esta doctrina es fundamental; si no fuese respaldada, todas las formas o modos nominales de Estatismo que vemos en Europa y América —tales como el Socialismo, el Comunismo, el Nazismo, el Fascismo, etc. —colapsarían al unísono. El individualismo practicado por los Liberales Primitivos, sostenía justamente lo contrario; sostenía que los ciudadanos tienen derechos que son inviolables por el estado o por cualquier otra agencia. Esta era la doctrina fundamental; si no fuese respaldada, obviamente todas las formulaciones del individualismo se convertirían en papel mojado. Por otra parte, el Liberalismo Primitivo lo aceptó no sólo como fundamental, sino también como axiomático, evidente. Podemos recordar, por ejemplo, que nuestra carta magna, la Declaración de Independencia toma como fundamento la evidente verdad de esta doctrina, afirmando que el hombre, en virtud de su nacimiento, es dotado con ciertos derechos que son “inalienables”; y afirmando además que es “para
garantizar estos derechos” que los gobiernos son establecidos entre hombres. Ningún texto de política proporcionará una descalificación de la filosofía Estatista como el que se encuentra en el primer postulado de dicha Declaración.
Pero ahora, ¿en qué dirección avanza el Liberalismo Norteamericano? ¿Ha tendido hacia un régimen de cooperación voluntaria, o a uno de cooperación forzosa? ¿Han ido sus esfuerzos dirigidos consistentemente hacia la derogación de las ya existentes medidas de coerción estatal, o hacia la creación y fomento de las mismas? ¿Ha tendido incesantemente a aumentar o a reducir el ámbito de existencia dentro del cual el individuo puede actuar como él crea conveniente? ¿Ha contemplado la intervención del Estado sobre el ciudadano incrementándola o disminuyéndola? En resumen, ¿ha exhibido consecuentemente la filosofía del individualismo o la filosofía del estatismo?
Sólo puede haber una respuesta, y los hechos que la avalan son tan obvios que multiplicar los ejemplos sería una pérdida de espacio. Por citar uno de los más llamativos, los Liberales trabajaron duro —y exitosamente— para introducir el principio absolutista en la Constitución por medio de la Enmienda del Impuesto sobre la Renta. En virtud de esta Enmienda es competencia del Congreso no sólo el robo de hasta el último céntimo a los ciudadanos, sino también recaudar impuestos leoninos, discriminatorios, “para la redistribución de la riqueza”, o para cualquier otro propósito que considere conveniente promover. Es difícil concebir una medida que despejase más aún el camino hacia un régimen
puramente estatista, que ésta que pone tan magnífico mecanismo en las manos del estado y que le da carta blanca para su utilización contra el ciudadano. Una vez más, la actual Administración está compuesta de rebeldes Liberales, y su trayectoria ha sido un avance
continuo y triunfal del estatismo. En un prólogo a estos ensayos, escrito en 1884, Spencer tiene un párrafo en el que resume con una completud notable la historia política de los Estados Unidos durante los últimos 6 años:
“Medidas dictatoriales, rápidamente multiplicadas, han tendido continuamente a restringir las libertades individuales; y lo han hecho de una manera doble. Las leyes han ido aumentando anualmente, dominando al ciudadano en aspectos donde sus acciones no eran controladas, e imponiendo determinadas acciones que anteriormente el ciudadano podía llevar a cabo o no de acuerdo con sus preferencias vitales; y al mismo tiempo cargas públicas más pesadas, principalmente locales, han restringido todavía más su libertad, disminuyendo la porción de sus ganancias que puede gastar como quiera, y aumentando la porción que le es robada para ser gastada como los agentes públicos decidan.” El recorrido del Estatismo Americano, desde 1932 a 1939, ha seguido estrechamente la senda del Estatismo Británico desde 1860 a 1884. Considerando la forma en que han profesado el Liberalismo, sería muy apropiado y en ningún caso descortés, preguntar al Sr.Roosevelt y su séquito si creen que los ciudadanos tienen algún derecho que el Estado está obligado a respetar. ¿Estarían dispuestos —ex animo, es decir, no con intenciones electorales— a suscribirse a la doctrina fundamental de la Declaración? Uno quedaría
verdaderamente asombrado si ellos la suscribieran. Sin embargo, dicha afirmación podría clarificar la distinción, si es que realmente la hubiera, entre el Estatismo “totalitario” de ciertos países Europeos y el Estatismo “democrático” de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Es común dar por sentado que existe dicha distinción, pero los que asumen ésta no se molestan en mostrar en qué consiste; y para el observador desinteresado la existencia de aquélla es, por no decir más, no tan obvia.
Spencer acaba El Neoconservadurismo con una predicción que los lectores Americanos encontrarán muy interesante, si tienen en cuenta que fue escrito hace cincuenta y cinco años en Inglaterra y principalmente para lectores Ingleses. Él dice:
“Las leyes promulgadas por los Liberales están aumentando tan profundamente las coacciones y restricciones ejercidas sobre los ciudadanos, que entre los Conservadores que sufren dicha agresividad está creciendo la tendencia a resistirlas.
La prueba la proporciona el hecho de que la “Liga por la Defensa de la Libertad y la Propiedad” formada en gran parte por Conservadores, ha tomado por lema,
“individualismo versus Socialismo”. Por lo tanto, si la tendencia actual de las cosas continúa, puede eventualmente suceder que los Conservadores serán defensores de las libertades al lado de los Liberales, en la búsqueda del bienestar popular, que ha
sido pisoteado.”
Esta profecía ya se ha cumplido en Estados Unidos. Los ensayos posteriores a El Neoconservadurismo no parecen requerir una introducción o explicación especial. En buena parte, tratan las razones por las cuales se ha generado un rápido deterioro social tras el avance del Estatismo, y por qué, salvo que dicho avance sea controlado, seguirá un deterioro aún más firme que terminará en desintegración. Todo lo que el lector Americano necesita hacer a medida que lee estos ensayos es trazar un continuo paralelismo con el avance del Estatismo en Estados Unidos, y señalar en cada página la fuerza y precisión de las previsiones de Spencer, confirmadas por la secuencia continua de
los acontecimientos desde que sus ensayos fueron escritos. El lector puede ver claramente a qué ha llevado dicha secuencia en Inglaterra —una condición en la que el poder social ha sido tan ampliamente confiscado y convertido en poder del Estado que ahora no hay suficiente para pagar las facturas del Estado; y en la que, como consecuencia necesaria, el ciudadano está en un plano de completa y abyecta esclavitud estatal. El lector también percibirá lo que sospechaba que era indudable, que esta condición que hoy existe en Inglaterra no parece tener cura. Incluso una revolución exitosa, si tal cosa fuera concebible, contra la tiranía militar que supone el último recurso del Estatismo, no conseguiría nada. La
gente estaría tan profundamente adoctrinada por el Estatismo después de la revolución como ya lo estaban antes, y por lo tanto la revolución sería una no revolución, sino un coup d´Etat, mediante el cual el ciudadano no ganaría nada más que un mero cambio de opresores. Ha habido muchas revoluciones en los últimos veinticinco años, y esto ha sido el resumen de su historia. Estas revoluciones no son más que un testimonio admirable de la gran verdad que supone que no puede haber una acción correcta salvo que haya un pensamiento correcto tras ella. Mientras la fácil, atractiva y superficial filosofía del Estatismo mantenga el control de las mentes de los ciudadanos, ningún cambio social beneficioso podrá ser efectuado, ya sea por medio de la revolución por cualquier otro.
Dejemos al lector que construya por sí mismo las conclusiones que él vea que encajan de acuerdo con las condiciones que actualmente imperan en Estados unidos, y a que haga las inferencias que él crea razonables respecto a aquéllas que serían naturalmente importantes.
Parece altamente probable que estos ensayos serán de gran ayuda para el lector; mayor aún, quizás, que cualquier otra obra que pudiera estar a disposición del lector.