23/08/2025
"¡¡¡BÁJATE!!!", ladró una voz ronca desde el asiento delantero, mientras la puerta trasera del coche se abría bajo el cielo helado de esa noche.
Un pitbull negro saltó a la carretera, moviendo la cola con ilusión, esperando que su dueño bajara con él. Pero en vez de eso, una cama vieja y desgastada y un puñado de golosinas cayeron tras él. Sin pensarlo, el coche cerró sus puertas de golpe y se alejó rugiendo por la carretera.
Durante diez años, este perro negro sólo había conocido la devoción. Y ahora, por primera vez, conocía el abandono.
Corrió tras el coche durante kilómetros, pero este nunca se detuvo. Finalmente, el cansancio ganó. Llovía a cántaros y los truenos retumbaban en el cielo, pero lo único que sentía era su corazón roto.
Temblando, se encogió sobre su cama. No, él no me haría esto. Volverá. Tiene que hacerlo, ¿verdad?
Los días se volvieron semanas. El pelaje antes brillante del pitbull estaba ahora enmarañado y sucio. Su cuerpo, antes fuerte, se redujo, y las costillas sobresalían bajo su piel. Ya no recordaba la última vez que había comido.
Su cuerpo se rindió. La vista se nubló. Las patas le fallaron, y cayó en el suelo helado.
Y entonces...
"Hola, viejo amigo. Te tengo".
Apenas levantó la cabeza y entreabrió los ojos. Una figura borrosa se alzaba frente a él. "No puede ser... No puede ser... ¿Verdad?"