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"La historia es la novela de los hechos y la novela es la historia de los sentimientos", enfocada en

Photos from Book Store"""."'s post 22/11/2018

La República del Perú es incomparable en cuanto a su historia; por ende, de modo particular nos ocuparemos de discernir sobre la indiferencia de las autoridades culturales hacia la difusión y conservación de varios petroglifos ubicados en el Norte; es decir, en la región Lambayeque, cuyas figuras más que arte, son reflejo e evidencia de las labores rupestres y del mundo mágico, simbólico y religioso del poblado lambayecano Preincaico; en pocas palabras, de la Cultura Mochica.

Bajo esa tesitura, forjando trascendencia de nuestra diversidad, hoy debemos reconocer que somos parte de una nación rica en históricamente, lo cual nos confiere un sello indeleble y característico frente a otras naciones a nivel latinoamericano; por tanto, este gran logro se debe valorar y proteger con la finalidad de ir construyendo nuestra identificación histórica; sin embargo, la Historia del Perú, específicamente la Cultura Moche no está completamente difundida en las Instituciones Educativas públicas y privadas, debido a la falta de exploraciones arqueológicas.

Siendo así, los petroglifos son integrantes de un espacio rupestre que tiene como exponentes muchas cuencas, las cuales viéndolas desde Sur hasta el Norte, nos referimos a tradiciones que se relacionan con certezas venidas desde el río Jequetepeque, pasando la cuenca de Zaña y Motupe y, finalmente, la cuenca alto andina de Chiñama. Estas zonas geográficas tienen dos elementos en común: Agua y montañas.

Entre ellos se encuentran los Petroglifos de Morteros, que se ubican en la parte baja del cerro del anterior nombre; es llamado también cerro del agua potable. El primer nombre es porque en la parte media del cerro hay una piedra con hoyos en forma de morteros; y, el segundo nombre, porque sobre ese sitio se ha colocado un gran depósito de líquido vital para el consumo humano. Entonces, es s necesario indicar que al lugar que aparentemente llaman cerros, en realidad es una huaca arqueológica, en virtud de haber evidencia de adobes y cementerios que han profanado huaqueros ilegales.

La figura que aparece en esta clase de petroglifos es un felino; de igual manera, una serpiente y cerca de ellos, se puede notar la imagen de un Sol; y, en especial, un bloque de piedra y un círculo con un punto al centro. Incluso al ascender al sitio arqueológico, se logra encontrar en la parte media, piedras con hoyos que tienen tamaños irregulares y, para ventura, al costado de este sitio, se encuentra el cerro tres de mayo, el cual es considerado sitio arqueológico, y muestra evidencias de zonas profanadas.

Asimismo, destacan los Petroglifos de la Cantera, los cuales existen sobre dos pequeños amontonamientos de piedra a manera de montañas rocosas, en la pampa de la Victoria o pampa de Burros. Se ubican cerca de un lugar donde se extrae material para edificación: Arena, arenilla y piedra. De tal modo que en dicha zona reinan dos promontorios rocosos, el primero destaca en exclusiva: sobre un bloque de piedra aparece una figura, cuyos ojos y boca son de felino; y, en el segundo se alcanza a visualizar trece petroglifos. Uno de ellos presenta una especie convertida en figura no concluida. Ya en otro bloque de piedra aparecen cinco petroglifos, tres se ubican en la parte superior: una máscara que muestra ojos, nariz y boca; y en la parte inferior, dos petroglifos.

Igualmente, sobresale el Petroglifo de la Puntilla. Este se encuentra en la parte media del valle Chancay, en el Kilómetro cincuenta y cinco de la carretera de Pátapo con dirección a Chongoyape, pasando el centro poblado La Cría, a la altura del partidor la Puntilla hacía la margen derecha del río Chancay. Es un inmenso bloque de piedra, que tiene el modelo de la cabeza de un ave; muestra en uno de sus lados, el contorno y detalles de un gran ojo con círculo al centro, que evoca el iris de un águila o halcón; además, luce la línea propia que define la comisura del pico. En el conjunto iconográfico, aparecen trazos circulares y lineales, que son parte del plumaje de la figura ornitomorfa

De igual manera, prevalecen los Petroglifos de las Humedades. Estos habitan a trece kilómetros de Motupe, en orientación Suroeste y están dentro de la quebrada que recibe el nombre del Jagüey o quebrada de ocho. El presente seudónimo se debe a la presencia de un petroglifo que tiene la forma de tal número. Inclusive es grato mencionar que las figuras están ubicadas sobre un bloque de piedra lisa, permitiendo, al que realizó los trazos, hacerlos cómodamente. Se puede ver retratos de serpientes.

Es más, resaltan los Petroglifos de Pucará. Ellos muestran un trío de grandiosos bloques de piedra con figuras geométricas, como círculos y rombos; además, aparte de ellas, luce otra piedra que presenta una figura antropomorfa con las extremidades superiores extendidas hacia arriba, y a su alrededor aparecen espirales; sirva de ejemplo, círculos y pinturas diversas. El personaje tiene en la cintura una especie de cinturón, y a escasos pasos de este bloque de piedra, se encuentra una efigie que es la representación de una serpiente, la cual está asociada a tres pequeñas concavidades y a un conjunto de nueve círculos alineados en dos columnas que están relativamente separados de la sierpe a cualidad de un nido.

Incluso predomina el Petroglifo de Corral de Piedra. Él fue elaborado en base a la técnica del tallado con surco poco profundo. El ícono es un ser antropoide, con cabeza circular, ojuelos y boca. Entre la cabeza y el cuerpo se proyecta un cuello. La contextura tiene forma ovoide y de ella se proyectan las extremidades superiores hacía arriba; en cada mano presenta tres dedos semejantes a garras y en la parte inferior, tiene una especie de ombligo. Encima, posee extremidades inferiores completas y entre estas, se defina una especie de cola.

Frente a esto, Fernando de Szyszlo (1 998) indica “las grandes obras elaboradas gracias a la mano del hombre, en el mundo entero, no tienen sentido artístico, salvo la cosmovisión del ser humano y, de manera especial, intentos de responder a la realidad de su mundo, una realidad incomprensible”.

A tal frase Deza Rivasplata, sostiene “la piedra es más que una pizarra para ser usada, es testigo de las ideas y conserva los conceptos que se registran, pues ella vence al viento y la lluvia, hasta conserva imborrable las ideas centrales y abstracciones; es más, forma parte de un rito animista - mítico. En definitiva fue usada para plasmar cuanto se piensa”.

Desde esta perspectiva (Deza 2 010) afirma “los petroglifos son la expresión de los hombres en la concreción de sus ideas, sentires y estados de ánimo, así como también de ritos y pasajes de su vida terrenal y espiritual”.

Sobre estos pensamientos está claro el panorama en torno de que esos petroglifos son resultado del mundo, espacio y tiempo del poblador moche.

En síntesis, Lambayeque es cuna ancestral de la Cultura Moche, cuya información entera casi no está plasmada en los libros de historia. Así pues esos datos inéditos quedarán sin ser esparcidos académicamente, debido a la indiferencia de las autoridades culturales y la insuficiente exploración arqueológica.

29/07/2018

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RAMSES II
El antiguo Egipto vivió su último periodo de esplendor gracias a un faraón que, según todos los indicios, poseyó singulares cualidades como militar, diplomático y gobernante: Ramsés II, justamente llamado el Grande. Después de sus victorias contra los hititas, que le permitieron consolidar sus dominios en Palestina y Siria y con ello la frontera oriental, el dilatado reinado de Ramsés II (aproximadamente entre 1301 y 1237 a.C.) fue una etapa de paz y prosperidad que tendría su reflejo en portentosas realizaciones arquitectónicas; los templos de Abu Simbel y la sala hipóstila de Karnak figuran entre las muchas joyas de su legado.
Nieto de Ramsés I e hijo de Seti I, se cree que Ramsés II no había sido el primogénito del faraón, sino que tenía un hermano mayor cuyo nombre no ha perdurado. En cualquier caso, Seti I quiso asegurarse en vida su sucesión designándolo heredero y vinculándolo al poder en calidad de corregente. Al joven príncipe Ramsés le fue otorgado un palacio real y un importante harén, y debió de acompañar a Seti I en las campañas militares emprendidas para sofocar las rebeliones en Palestina y Siria. También secundó a su padre en la guerra contra los hititas que habían ocupado los territorios de Siria.
De modo que, cuando en el año 1301 a.C. llegó al trono, Ramsés poseía ya una vasta experiencia militar, a pesar de su extrema juventud. En la ceremonia de coronación, además de recibir el cetro y el látigo (las insignias sagradas destinadas a introducirle en el rango de los grandes dioses), le fueron otorgados cuatro nombres: «toro potente armado de la justicia», «defensor de Egipto», «rico en años y en victorias» y «elegido de Ra». A partir de ese momento su vida fue la de un rey-dios, hijo de dioses, objeto de culto y adoración general. Fue un faraón tan absoluto como su padre y llegó a identificarse con Dios más que los gobernantes anteriores; la distancia que lo separaba del pueblo era aún mayor que la del antiguo faraón Keops.
Ramsés II comenzó su reinado con el traslado de la capital desde Tebas hasta Tanis, en el delta, a fin de situar la residencia real cerca del punto de mayor peligro para el imperio, la frontera con Asia. La primera de sus campañas militares tuvo como objeto someter Palestina, a fin de obtener una base de operaciones que le permitiera invadir Siria, tal como había hecho su padre con dudoso éxito.
Al año siguiente, los hititas allí instalados le dejaron avanzar hasta el río Orontes, a los pies de las murallas de Kadesh, donde fue cercado por el ejército enemigo. Creyendo haber ganado la batalla, los hititas intentaron el asalto al fortín del faraón para repartírselo. En medio de la confusión, Ramsés cargó contra ellos y transformó la derrota en una relativa victoria. Su hazaña en Kadesh (1300 a.C.) se cantó en una de las muestras más brillantes de la poesía épica egipcia: el Poema de Kadesh, profusamente grabado en los templos.
El faraón necesitó al menos otras tres campañas para aplastar los sucesivos conatos de rebelión y consolidar su poder en Palestina, hasta que en 1294 a.C. se enfrentó de nuevo a los hititas y les arrebató las ciudades sirias de Tunip y Qatna. Sin posibilidades reales de ampliar sus dominios, en el año 1278 a. C. Ramsés II firmó un tratado de paz, el primero del que se tiene noticia histórica, con el rey hitita Hattusil. Dicho tratado se vio reforzado merced a los sucesivos matrimonios de Ramsés con dos hijas del rey.
Consolidadas las relaciones entre ambos imperios y apaciguados los problemas de fronteras, la gestión de Ramsés dio a su reinado la imagen de esplendor legada a la posteridad. Dada la prosperidad del país, se supone que fue un administrador competente y un rey popular: su nombre se encuentra en todos los monumentos de Egipto y Nubia. Su instinto lo llevó a convertirse en el «rey constructor» por excelencia: engrandeció Tebas, completó el templo funerario de Lúxor, erigió el Ramesseum, terminó la sala hipóstila de Karnak, hizo importantes reformas en el templo de Amenofis III y mandó excavar en roca los impresionantes templos de Ramsés II y de Nefertari en Abu Simbel.
El soberano contrajo matrimonio en varias ocasiones. Su primera esposa y quizá la favorita fue Nefertari, que murió tempranamente. Otras reinas fueron Isinofre, que le dio cuatro hijos (entre ellos Merenpta, el sucesor), y las princesas hititas Merytamun y Matnefrure. Al igual que otros faraones, poseía además un vasto harén, y se dice que en su larga vida llegó a tener más de cien hijos.
A su reinado corresponde, según sostienen algunos historiadores, el primer «éxodo» de los judíos. Ramsés II el Grande tuvo, por otra parte, un destino extraño: su existencia fue tan larga que sobrevivió a muchos de sus descendientes, entre ellos a su hijo favorito Khaem-uaset, reputado mago y gran sacerdote de Ptah. Al parecer, murió casi centenario; su momia, descubierta en 1881, es en efecto la de un hombre viejo, de cara alargada y nariz prominente. Fue sin duda el último gran faraón, ya que sus sucesores, Merenpta y Ramsés III, se vieron obligados a llevar una política defensiva para mantener la soberanía en Palestina; posteriormente, la decadencia interna habría de terminar con el poder de Egipto más allá de sus fronteras.
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19/09/2017

Los grandes guerreros tepanecas

Photos 18/09/2017
Photos 05/08/2017

La grandeza no se mide de los pies a la cabeza, se mide de la cabeza hacia arriba 💪👈

Cover photos 05/01/2017

"Preferir morir de pie, antes que vivir como esclavo de rodillas"

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