28/07/2026
Mi vocación de maestra siempre ha sido para mi país.
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Cuando era estudiante de secundaria, un profesor de Literatura empezó a hablar sobre el origen de los apellidos de los estudiantes de mi salón. Algunos provenían de distintas partes del mundo. Cada vez que mencionaba un apellido extranjero, mis compañeros aplaudían y celebraban.
Cuando llegó mi turno , dijo:
—Llatas es un apellido peruano. Tiene la doble “ll” y proviene del ande.
Sentí las risas caer sobre mí. Nunca antes me había avergonzado tanto de mi apellido.
Hoy me pregunto qué pudo haber provocado ese sentimiento. ¿Será que desde niña nadie me enseñó a sentir orgullo por mis raíces? ¿Será que la escuela no me mostró la riqueza pluricultural de nuestro país? ¿Por qué mis compañeros se reían? ¿Por qué lo andino era motivo de burla? ¿Por qué mi apellido parecía valer menos que cualquier otro?
Ese día llegué muy triste a casa.
Mi mamá me habló de algo que hasta entonces no comprendía. Mi papá también había librado una lucha con su apellido. Para posicionar su empresa, decidió usar su segundo apellido porque, según él, sonaba “mejor” para las personas.
Ella me contó todo lo que mi padre vivió como migrante andino: pasar de ser “el muchacho” a intentar construir una empresa en una Lima donde las oportunidades eran casi inexistentes para un joven que había llegado sin estudios desde Cajamarca. Todo ese esfuerzo tenía un solo propósito: darnos aquello que ellos nunca pudieron tener, acceso a la educación y la posibilidad de estudiar.
Quizá por eso, después de tantos sacrificios, a mi papá le costó (cuesta) entender que yo quisiera ser maestra. Él soñaba con otro camino para mí. Pero esta era mi vida, y era yo quien debía elegir cómo quería vivirla.
Me prometí que, si algún día llegaba a ser maestra hablaría de las migraciones, de las comunidades de las que pocas veces se habla, de nuestras lenguas, de nuestras historias y de nuestras raíces.
Porque, si no lo hacemos las maestras y los maestros, ¿quién lo hará?
Si la escuela no visibiliza a nuestro país, ¿quién lo hará?
Hoy abrazo con orgullo el apellido que heredé de mi padre y de mi madre. Lo llevo con amor porque en él también viajan sus historias, sus luchas y sus sueños.
Entendí que mi vocación siempre fue entregarle mi trabajo de maestra a mi Perú. A esta tierra inmensamente diversa. A la tierra que me vio nacer y que tengo el privilegio de habitar.
Feliz 28, querido Perú.
De parte de una niña.
De una estudiante de secundaria.
Y de una maestra.