02/07/2026
“Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados”
Cuando experimentamos algún mal corporal inmediatamente buscamos soluciones, buscamos quién nos pueda ayudar con el dolor, con el malestar o con la incomodidad, puesto que no nos deja estar tranquilos ni en paz, ¿Por qué no hacer lo mismo cuando estamos inmersos en el pecado?
El pecado es un mal espiritual que muchas veces pareciese no manifestarse físicamente en la materia, pero que desde de nuestro cuerpo espiritual (alma), si no se trata, va pudriéndonos hasta que nos arrastra por la calle del sin sentido y la desesperación, puesto que gracias a ese mal que no resolvemos, consciente o inconscientemente estamos alejando de nuestra vida a Dios. La gracia que el sacramento de la reconciliación nos otorga es un restablecimiento de una amistad, de una intimidad con Dios, quién es aquél que nos ama, aquél que nos ha constituido como seres humanos, aquél que lo ha dado todo para que estemos a su lado. Por ello, la gracia es una garantía de una relación cercana y amable con Dios, que nos acerca a las promesas eternas de nuestro salvador en la vida eterna.
Es por esta razón que Cristo, en el Evangelio de hoy, al narrarnos la historia del paralitico que recobra la salud, lo hace con una frase que pareciese no tiene mucho que ver en la relación físico – espiritual, pero que, en realidad, lo tiene y le da todo el sentido del mundo para que nosotros podamos entender el poder del amor de Dios que actúa través de su misericordia, un amor que trasciende y que va más allá de la materia y del espacio. “Se te perdonan los pecados” esas son las palabras que Jesús utiliza para tratar satisfactoriamente aquella enfermedad que tenía paralitico a aquel hombre, de modo que Cristo mismo ante la comunidad presente manifiesta el poder invisible que la gracia conlleva, sanando no solo los males físicos, sino los males espirituales que al hombre perturbaban y que pueden ser los peores.
En conclusión, Dios al ser creador del mundo y del hombre tiene el poder de actuar en lo visible y lo invisible, de modo que ni la enfermedad, ni el pecado es impedimento de su gracia, la única cuestión es dejarnos sanar por Él. Cristo ya ha tenido la iniciativa de querernos curar con su misericordia, ahora falta que dejemos nuestro orgullo, y en humildad nos reconozcamos como pecadores y con esa misma medida en que lo dejamos obrar, seremos transformados por el Amor que desde el inicio de los tiempos nos ha constituido como lo que somos, seres humanos que gozan de una integralidad personal de cuerpo y alma.