06/09/2024
Uno de los mejores libros de Emmanuel Carrère es El adversario, que cuenta la aterradora historia del francés Jean-Claude Romand, un miserable que mintió a todo el mundo haciéndose pasar por un alto cargo de la Organización Mundial de la Salud y que en 1993, cuando estaba a punto de ser descubierto, asesinó a su esposa, a sus dos hijos y a sus padres y luego intentó infructuosamente (qué típico) matarse a sí mismo. Fue condenado a cadena perpetua, pero debía de ser una perpetuidad muy breve, porque salió en junio de 2019. Al parecer, durante sus años de cárcel le dio por el misticismo, de modo que tras recuperar la libertad se recluyó en una abadía benedictina integrista que se rige por la liturgia previa al Concilio Vaticano II. Y supongo que ahí sigue. Luego está el libro de Javier Cercas, titulado precisamente El impostor; en él cuenta la vida del español Enric Marco Batlle, que se hizo pasar por superviviente de los campos n***s y llegó a ser presidente de la institución Amical de Mauthausen en España. Todo era mentira. Ignacio Martínez de Pisón escribió Filek, un libro sobre un tipo que no es exactamente un impostor, porque usaba su verdadero nombre, Albert von Filek, pero sí un estafador que se hacía pasar por quien no era, a saber, por el inventor de un fabuloso combustible sintético, por supuesto inexistente, que logró vender a Franco. Incluso Bram Stoker, el autor de Drácula, publicó un libro, Famosos impostores, que ha sido reeditado hace poco en España y que trata de diversos fingidores a lo largo de la historia. Y si googleas «novelas de impostores», te caerán encima varios títulos más o menos recientes: del colombiano Santiago Gamboa, del best seller Robin Cook, de la española Pilar Romera... No es de extrañar que a los escritores, con nuestra identidad líquida y mudable, nos fascinen las personas que se hacen pasar por otras. De hecho, Mario Vargas Llosa escribió uno de sus artículos en El País hablando de Enric Marco Batlle, el falso prisionero de los campos de exterminio, y se le notaba tanto el embeleso que la historia le producía que recibió un montón de cartas muy críticas acusándole de no tener en cuenta el dolor que Batlle había causado a las verdaderas víctimas. De acuerdo, muy cierto, pero, la verdad, entiendo a Vargas Llosa.
Uno de los casos de impostura literaria más polémicos de las últimas décadas es el de JT LeRoy, un joven chapero, drogadicto e hijo de pr******ta, que en 1999 escribió Sarah, una novela autobiográfica que le hizo instantáneamente célebre entre la intelectualidad estadounidense: todos los famosos y aspirantes a famosos querían hacerse fotos con él. Hasta que en 2005, después de que publicara otras dos novelas y se hiciera muchísimos retratos más en glamurosas fiestas de madrugada, el New York Magazine demostró que en realidad los libros estaban escritos por una tal Laura Albert (Nueva York, 1965), y que el personaje que circulaba por los garitos nocturnos haciéndose pasar por el supuesto chapero era Savannah Knoop, la cuñada de Laura, a quien ella disfrazó de chico. Eso sí, Laura siempre le acompañaba en sus correrías, en calidad de mejor amiga. Por cierto que, si bien la biografía del inexistente LeRoy era inventada, la real de Laura Albert era aún más truculenta: sufrió abusos sexuales desde los tres años de edad, su madre la internó en un psiquiátrico a los catorce, trabajó de operadora de líneas calientes y vivió entre yonquis. Pese a todo esto, la gente llevó muy mal lo de haber sido engañada. Su editor la abandonó y en 2007 Laura fue condenada a pagar más de cien mil dólares por fraude a la productora que iba a hacer una película de su libro. En el juicio dijo: «JT LeRoy era mi bombona de oxígeno, si me lo quitan me muero». A mí me parece bastante conmovedor. Laura Albert llegó a pesar 145 kilos, pero ahora se la puede ver en las redes mucho más delgada y con unos implantes de pómulos descomunales (el gusto por lo ficticio, que no cesa). Tiene una web en la que vende huesos de penes de mapache, firmados por ella, al excelente precio de veinte dólares con noventa y cinco céntimos. Basta con poner P***s Bones - Laura Albert en internet para encontrar esta ganga.
Pero mi impostor preferido, por lo absurdo y grotesco, es aquel magnífico traductor de la lengua de signos que pudimos ver todos en el funeral de Estado de Nelson Mandela, el mítico líder sudafricano, el 10 de diciembre de 2013. La ceremonia se celebró en Soweto con presencia de Obama, Sarkozy, Kofi Annan, Bill y Hillary Clinton, David Cameron... Es decir, la flor y nata de los presidentes y expresidentes mundiales y de la ONU. Durante horas, un señor negro muy serio y perfectamente trajeado llamado Thamsanqa Dyantyi estuvo traduciendo al lenguaje de signos las palabras de los mandamases, y su imagen se vio en todo el planeta: Obama hablando y detrás Thamsanqa haciendo pases mágicos con sus manos; Sarkozy perorando y detrás Thamsanqa con un elegante revoloteo de dedos, todo con la conveniente p***a y circunstancia de un funeral semejante. La ceremonia salió muy bien, salvo el pequeño detalle de que el señor Dyantyi no tenía ni idea del lenguaje de signos y estaba haciendo cualquier clase de ademán sin sentido. La Federación de Sordos de Sudáfrica alertó inmediatamente a las autoridades de la majadería, pero los responsables del funeral no tuvieron cintura suficiente, creyeron que era una versión local del lenguaje de signos o que el hombre no entendía bien el inglés, y no le hicieron abandonar ese primer plano de gloria e infamia mundiales. Tras la pifia, Dyantyi dijo que todo había sido fruto de una alucinación. Estaba siendo investigado por homicidio y ya lo habían denunciado con anterioridad otras federaciones de sordos (se ve que lo del lenguaje de signos era para él una obsesión). Recuerdo ahora las imágenes del sobrio y solemne acto y aún se me saltan las lágrimas. Creo que a Mandela le hubiera divertido.
Los discursos durante el funeral de Nelson Mandela fueron traducidos al lenguaje de signos para las personas sordas. En las imágenes de las alocuciones de Ob...