25/05/2026
EL PODER DE LA PALABRA.
Frank Barrios Gómez.
“En el principio era el verbo, y el verbo era con Dios, y el verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas”. (Juan 1.1-3).
El uso de la palabra, es una de las facultades con que nace el hombre. Es un don divino, que debe utilizarse para ayudar, mas no como se acostumbra emplearlo en la actualidad.
Todavía, hace unas pocas decenas de años atrás, no era necesario firmar documento alguno, porque el poder de la palabra pesaba, y era lo que marcaba la calidad moral en el hombre.
Hoy día eso se perdió. El hombre se volvió convenenciero, vendiéndose al mejor postor, y de lo que hoy jura fidelidad, a la vuelta de la esquina quedó en el olvido. Ahora, se hace necesario que se estampe la rúbrica, para que no se finja demencia. Y aun así, no falta más de un vivillo que no quiere aceptar lo que firmó.
El cuerpo humano, hablando filosóficamente, podemos compararlo con un gran barco. ¿Qué instrumento es el que le da la dirección a esa embarcación? ¡El timón! Y al humano, ¿qué músculo lo dirige? ¡La lengua! La cual viene siendo un órgano móvil, situado en el interior de la boca, desempeñando importantes funciones como la masticación, deglución, lenguaje y el sentido del gusto.
Es muy fuerte este músculo, pero más fuerte son las palabras que emite, las cuales suelen llevar consuelo o desconsuelo. La palabra es un don divino, que nos otorga nuestro Creador, para que podamos comunicarnos con nuestros semejantes; y como todos los dones, debe ser empleado para hacer el bien.
Los pensamientos y sentimientos, se conjugan en la mente, para que sean externados por medio de la palabra. En la antigua Grecia, los sabios filósofos, primero educaban a sus discípulos, para que aprendieran a darle la dirección correcta al verbo.
Los chinos no se quedaban atrás. Su filosofía milenaria, todavía está en boga en cualquier cuerpo de doctrina filosófica. La serenidad de estos grandes maestros, desarmaban a quien quisiera pasarse de listo con ellos.
En cierta ocasión Confucio, quien se encontraba dando sus enseñanzas, fue increpado por Pu Shang, conocido como maestro del arte de la intriga. Qué clase de sabio eres tú, que te atreves a decir que Yen Hui te supera en honradez; que Tuan Mu es superior a ti a la hora de explicar las cosas, que Chung Yu tiene más valor que ti, y que Chuan Sun te supera en elegancia.
Pu Shang, con una sonrisa maliciosa, que no podía esconder, terminó de vomitar su veneno preguntando: Si aceptas que te superan, ¿por qué son tus discípulos?
Con esa serenidad que sólo la experiencia de la vida, confiere a los grandes hombres, responde Confucio: “Yen Hui es muy honrado, pero no sabe cómo ser flexible. Tuan Mu es un maestro en el arte de la elocuencia, pero no sabe dar un simple sí o no por respuesta. Chung Yu posee mucho valor, pero le falta ser prudente. Y Chuan Sun es muy exquisito con su elegancia, pero carece de modestia. Por eso, los 4 están muy contentos de ser alumnos míos, porque quieren superar esos defectos.
Los pensamientos y sentimientos, aunados a la palabra, son herramientas muy poderosas que bien, pueden abrirnos o cerrarnos puertas; atraer a repeler multitudes, ser felices o vivir en la zozobra.
La palabra, hablada o escrita, constituye un conjunto de vibraciones que influyen en el corazón, mente y alma de quien la escuche o lea. Bien enfocada, puede ayudar en su momento a un necesitado, que está requiriendo un sabio consejo, para ponerlo en práctica y salir delante de un problema, o a la hora de tomar una decisión que cambiará su vida.
Somos los únicos responsables sobre el uso que se le dé a las palabras que salen de nuestra boca. No hay que ser viscerales, como dicen los mediocres, que por sus venas no corre leche, y no se miden a la hora de externar sus sentimientos, aunque después se arrepientan, pero este tipo de gente, parece que jamás aprende la lección, porque no han salido de una, cuando ya están diciendo o escribiendo otra atrocidad.
Bien claro dijo Jesús de Nazaret, que no hace tanto daño lo que entra, sino lo que sale de la boca. Como reza un refrán chino: “Si estás enojado, cierra la boca porque podrías decir cosas de las que te arrepentirás. Si las dijiste, de inmediato corrige ese error”. Pero el falso orgullo, hace que muchos, por su soberbia, no acepten que cometieron un error y viven con ese remordimiento por toda su vida.
Un mensaje bien escrito o hablado, por ley de afinidad será un bálsamo para quien lo requiera. Y para otros, es lo que necesitaban para reforzar lo que ya conocían. Todo lo contrario sucede, cuando se utiliza esta herramienta sin escrúpulos, con fines egoístas y ambiciosos, llenos de rencor y destrucción, el resultado suele ser destructivo.
Una palabra puede acariciar o herir, ser un bálsamo para alentar o deprimir; despertar los más altos o bajos instintos, dar valor o fomentar la cobardía, impulsar al heroísmo o a la degradación, construir o destruir. Todo esto, suele verse a diario con gente positiva, que inyecta esa energía a quienes la aceptan. O personas chismosas, que se deleitan sembrando en mentes débiles discordia, desconfianza y más, cuando son los causantes de hacer que se rompan muchas uniones, ya sea de amistad o matrimoniales.
Las palabras no se las lleva el viento, porque dejan una huella que siempre acompañará al individuo. Por eso, los griegos decían que la palabra era divina, y los sabios elogiaban el silencio. Hay que aprender a seleccionar los sentimientos, porque se convertirán en palabras, las cuales marcarán un destino.
Pueden echarse muchas cosas a rodar y luego recogerlas, sin mucho problema. Pero hay que cuidar y seleccionar las palabras que salgan de la boca, porque en muchas ocasiones, va de por medio la felicidad o infelicidad, la paz o la guerra, el éxito o el fracaso.
El hombre, es el único que se tarda en construir algo toda su vida, y al mismo tiempo, se da el gusto de destruirlo en un abrir y cerrar de ojos. La palabra puede considerarse como una gema. Si se lanza al rostro de alguien resultará herido, pero si se envuelve en un papel, y con delicadeza es entregada a la persona, será aceptada con agrado.
El sabio calla. El inteligente opina, mientras que el ignorante grita. El día en que se aprenda a hacer buen uso del verbo, se notarán muchos cambios en la vida de quien emplee esta filosofía. Hay que desenvolverse como el sabio y el inteligente, porque el tercero, hará de su vida un mar encabritado, que siempre estará lleno de fuertes vientos, arrastrando al abismo todo aquello que esté sobre su superficie. Aprendamos a seleccionar nuestras amistades, aunque cada quien aceptará las cosas de acuerdo a sus vibración interior.