28/09/2026
EL BASURERO DE LAS FRUSTRACIONES.
Frank Barrios Gómez.
Estamos viviendo tiempos difíciles en los que la tolerancia prácticamente no existe. Tanto dentro del hogar como en la calle, encontramos gente frustrada y amargada, que no busca quién se la hizo, sino quien se la pague.
Si actuamos como robots, caeremos en el juego de esa muchedumbre, que satisfecha porque nos hizo caer en su juego, deposita su basura mental (frustración, odio, rencor) en nosotros. Esos son ignorantes, pero más lo somos nosotros por seguirles el juego.
Nunca hay que seguirle la corriente a un loco frustrado (por no decir im***il), porque para ello, primero hay que bajarse a su nivel, y ahí llevamos todas las de perder. El juego de la vida es como un ajedrez, hay que saber mover las fichas, sacrificar en ocasiones peones (cosas pequeñas), protegiendo siempre al rey y a la reina, para llegar a la cúspide de nuestras aspiraciones.
Mucha gente es feliz y se dedica a sembrar discordia con sus chismes. Goza al ver la desesperación en el incauto, y más atizan el fuego, porque están logrando su objetivo. No hay que dejarse amargar la existencia por todo aquello que llega a nuestros oídos, porque los chismes son veneno para el alma y son la causa de muchos sinsabores.
Que el marido tuvo un día pesado en el trabajo, al llegar a casa se desquita con la esposa gritándole, encontrando eco en su acción al responderle ella de la misma manera. El fuego no se apaga con el fuego. En su momento, con la astucia que posee la fémina, si es una verdadera dama, le hará ver su error, y si éste es un verdadero caballero, sentirá pena por la ofensa causada en el ser querido, y de inmediato procederá a corregirla. El juego de la vida lo gana la persona inteligente.
Sólo llegan a viejos los inteligentes. El sentirse invencible y dueño del mundo a nada bueno conduce. Para un valiente siempre habrá otro que lo supere. Mientras no exista agresión física, es mejor darle la vuelta al ignorante que vocifera y ladra, sólo porque la lengua no tiene hueso.
Muchos que se consideraban “machitos”, en estos momentos están bajo tierra, y no lograron disfrutar la existencia a plenitud. No falta un desalmado que por un problema vial, un tropezón al caminar por la calle, o porque sin querer nos le quedamos viendo, de inmediato se siente agredido y busca limpiar lo que ellos consideran una ofensa. Al seguirles el juego, no sabemos qué armas porta, y el resultado podría ser recibir un balazo, o si nos va bien, el filo de un arma blanca.
En cierta ocasión abordé un taxi. Me gusta platicar con los operadores del volante, con quienes se presten ya que no todos siempre lo permiten. En esa ocasión, al transitar por céntrica calle de esta ciudad xalapeña, pasa un vehículo rebasando a exceso de velocidad, con el clásico acelerón provocativo.
“¿Y este loco, qué le pasa?” Dije al operador del volante, a lo que me responde: “Señor, yo ya estoy curado de eso y más. Ya no me inmuto ante esas pequeñeces” y me platica la forma en que se curó.
“Cierto día, al transitar en mi taxi por la calle Clavijero, de esta ciudad.” –El taxista- “me rebasa un vehículo con placas del D. F. acelerando de forma provocativa. Me sentí ofendido por ese proceder y de inmediato acelero, lo alcanzo, y con el claxon le recuerdo a su progenitora y lo rebasé”.
“Pero al llegar a la altura de la Cruz Roja, que me alcanza y traviesa su vehículo impidiéndome continuar. De inmediato, baja de su carro un enloquecido sujeto con pi***la en mano, corta cartucho, me apunta a la cabeza y con gritos me pregunta si tengo un problema con él”.
“La voz no me salía” –el taxista”. “Como pude murmure casi llorando que no tenía problema alguno, que por favor disculpara mi ofensa”. El individuo, sin dejar de apuntarme vuelve a preguntar: “Entonces no tiene usted algún problema conmigo”. A lo que volví a responder: “No señor, por favor perdóneme, no lo vuelvo a hacer”. Y con el arma apuntando a la cabeza, vuelve a decir el enloquecido sujeto: “Qué bueno que no tiene usted ningún problema conmigo. Porque de lo contrario, en este momento lo arreglamos”. Abordó su vehículo y se retiró.
“Volví a nacer”, me dijo el conductor del taxi. “Ahora, pueden pasar los cafres de coches rebasándome, recordándome a mi progenitora, haciendo infinidad de groserías y yo ya estoy curado de eso. Gracias a Dios se lo estoy platicando y del susto no pasó”.
Mucha gente ha acumulado en su interior frustración, rencor, venganza y busca el lugar donde depositar ese tipo de basura mental. Pobre del que se rebaje a su nivel, porque se quedará con esos desechos. Aunque al responder se tenga la necesidad de llegar a las manos y salir victorioso, qué necesidad hubo de amargarse el día.
¿Dónde acostumbramos depositar esa basura cuando la cargamos en nuestro interior? Con el más débil, con los subordinados, con las mascotas. Existe un refrán chino que dice: “Si estás enojado no abras la boca, porque dirás cosas de las que te arrepentirás. Si la abriste, corrige de inmediato esos errores” Pero muchos prefieren tragarse su orgullo, y su soberbia les impide expresar de su boca “lo siento, me equivoqué, por favor discúlpeme”.
El aceptar los errores y corregirlos hace grande a la persona. Si el hombre se cae 7 veces, que se levante 7 veces, pero que no siempre se esté tropezando con la misma piedra, porque eso no es de hombres.
En la vida hay que aprender a obrar con inteligencia, respetar al prójimo para no depositar en ellos nuestra basura psicológica. Tampoco debemos permitir que los demás nos tomen como su basurero. Las palabras y acciones son un cheque al portador. Si se le da importancia, se estará aceptando. En caso contrario se rechaza y el documento queda sin efecto.
Hay que tomar las cosas y valorarlas dependiendo de quién venga. El control de las emociones y sentimientos es algo que debe dominarse. Qué se gana con ser un cascarrabias. A un frustrado se le desarma con una sonrisa, un “buenos días, y en el mejor de los casos, aplicarle el medicamento que más duele al ser humano, “ignorarlo”.