12/03/2026
Eduquemos para La Paz !
El aula estalló en carcajadas
cuando a Clara se le cayó el cuaderno.
Uno lo pateó, otro lo
escondió.
Ella se agachó a recogerlo,
roja de vergüenza.
Y nadie… absolutamente
nadie, la ayudó.
Tenía quince años.
Cabello revuelto, uniforme
gastado, la mirada siempre
baja.
Era la que no hablaba.
La que no opinaba.
La que pasaba desapercibida
salvo cuando alguien necesitaba
a quién humillar.
Le decían "La sucia.
"Cloro", por el olor de su
ropa lavada a mano.
"Basura", en los chats de
grupo donde ella no estaba
invitada.
Y cuando sí la incluían…
era para burlarse.
Fotos editadas.
Imitaciones crueles.
Risas.
Siempre risas.
Un día, llegó al colegio con
una hoja arrugada entre
los dedos.
Era una carta…. Una
redacción sobre lo que
más deseaba en el mundo.
Todos escribieron viajes,
fama, amor.
Ella escribió:
“Quiero un solo día sin
miedo.”
La profesora la leyó en
voz alta.
Algunos se rieron.
Otros miraron al piso.
Y Clara solo se encogió
en su asiento, deseando
volverse invisible.
Una vez más, su madre
no lo sabía.
Pensaba que el colegio
iba bien.
Que el silencio de Clara
era madurez.
Que las ojeras eran por
estudiar, no por llorar de
madrugada.
Hasta que un lunes, Clara
no fue.
Y el martes, tampoco.
Y el miércoles, alguien
preguntó en voz baja:
—¿Han sabido algo de
ella?
El Jueves, la directora
entró al aula con los ojos
hinchados.
Y ese día…
“SI HUBO SILENCIO”
Clara se había quitado
la vida.
Con la misma discreción
con la que vivía.
Sin molestar.
Sin interrumpir.
Sin gritar.
Publicaron su foto en
redes con un filtro blanco
y negro.
Los mismos que reían,
escribieron: “Descansa en
paz.”
Los que ignoraron,
compartieron: “No más
bullying.
Y la profesora, con la voz
quebrada, leyó una carta
encontrada en su mochila.
Decía:
No quiero venganza…..
Solo que a la próxima
Clara.
La saluden.
La escuchen.
La vean.
Clara no mu rió por lo que
le dijeron.
Mu rió por todo lo que
nadie dijo para defenderla.
Por los que callaron.
Por los que no quisieron
meterse.
Por los que pensaron que exageraba.
El bullying no siempre deja
marcas en la piel.
A veces, deja huecos en
el alma, tan hondos, que
tragar saliva se convierte
en sobrevivir un día más.
No seas testigo.
No seas espectador.
Habla.
Intervén.
Acércate.
Porque una palabra tuya
puede ser la diferencia
entre una despedida y
una segunda oportunidad.
-Créditos al Autor-