ESC.NORMAL RURAL J. GUADALUPE AGUILERA,DGO

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Ramón Palma González Generación 74/78

30/03/2020
26/03/2020

Amigos Rodrigo Meza, Noemi Valdez....aquí está lo prometido: la poesía de un catedrático de Aguilera, escrita allá por 1992...

A un paso del adiós
ya para despedirme,
siento tanta nostalgia,
al saber que he vivido
en un sueño inconcluso
y hoy antes de irme...
es cuando más añoro
el calor de mi nido.

Siento que poco a poco
la distancia me llama.
Me grita el horizonte
y un abierto camino
se dibuja en mi mente
y yo, en mi desatino,
vivo esta incertidumbre
y es triste el panorama
plasmado en mi partida
pero ese es mi destino.

Hoy sé cuánto te debo
rincón de mi esperanza
y a un paso del adiós,
te estoy sintiendo mía;
porque serás siempre
el oasis de ambrosía
donde libé la esencia,
nectarios de enseñanzas,
bajo tu excelso amparo
de luz y de alegría.

Porque fuiste la fragua
forjadora de ensueños
donde tuve quimeras
de amargas reflexiones;
donde al fin, al erguirme
con firmes decisiones,
me llené de esperanzas
y en renovado empeño,
fui haciendo realidades
mis bellas ilusiones.

y Hoy...ya casi a un paso
del adiós, dulce vera...
con los ojos llorosos
y la risa perdida...
hoy sé cuánto te debo
y ya cerca la partida,
va exprimiéndose mi alma
de dolor y en la esperanza,
mi llanto te bendice
y te da mi despedida.

Más...no creas que al marcharme
este dolor mitigo
con los lauros de triunfo
que tú misma me has dado;
me voy con tu recuerdo
y llevándote conmigo
y sintiendo tu nombre
como el sueño soñado,
donde lo tuve todo,
por eso...te bendigo.

Por eso duele tanto
dejarte y lo que siento
al saber que mi vida
ya no tendrá tu abrigo...
y sufro porque nunca
tú soñarás conmigo
aunque yo te idolatre
y aquí en mi pensamiento,
te lleve para siempre,
y llorando...te bendigo.

Y a un paso del adiós...
a un paso solamente
del adiós al recuerdo
que hoy es luz y alabanza...
a un paso solamente
y al fin de tus enseñanzas,
frutarán en el huerto
mental de otras gentes...
y te tendrá por siempre...
Unida a mi esperanza.

08/12/2019

SEMBLANZA DE TU GENTE
Humberto Quezada Prado

En el cauce de tus ríos siempre abundantes
Hace tiempo se asentaron las familias
Convirtiendo de los ranchos cercanía
Y morando con sus clanes de muy antes

Generosas junto al río las parcelas
De comer en variedad dan a su gente
Bien compiten al comercio en de repente
Aunque hay tiempos en que da lástima verlas

Esos llanos que rodean al caserío
Esforzando la cosecha en temporales
Con mazorcas topeteando en los maizales
Y con frutos de frijol previo el estío

Bien tranquilas pacen vacas en sabana
Y arrancando junto al río los zacates
Preparando bien sus ubres por la tarde
Prodigando de su lecha en la mañana

Los comercios tempranito ya divisan
Los grupitos de los clientes mañaneros
Que a canjear la mercancía por sus dineros
Van saliendo los domingos de la misa

Y la otra actividad de estos paisanos
La que llevan en el alma muy adentro
Es la música que sirve de sustento
Que desgranan con un gusto soberano.

08/11/2019

LOS APUROS DE ÁNGELES ANUNCIACIÓN
Humberto Quezada Prado

Ángeles Anunciación Polvadera Toquinto corrió tanto como pudo. Sus pies casi tocaban la corriente fresca saltando más que una liebre, bueno, eso creía ella, aunque la orilla del río nunca le pareció tan retirada, ni cuando acarreaba las cubetas llenas a su casa, a cincuenta metros del pozo. No sabía si por miedo o porque la circunstancia le obligaba a llegar lo más pronto posible, pero de algo estaba segura: tenía que llegar antes de que aquella figura repugnante empujara la puerta del zaguán de su casa porque llegar antes unos momentos era salvar a los suyos o resignarse inevitablemente a su perdición. El pálpito de su corazón subía peligrosamente, los pulmones jalaban más aire del acostumbrado y como si supieran lo necesario del apuro se esforzaban por llenarse con rapidez para que la mujer siguiera en su veloz carrera devorando cada vez más metros de los que faltaban para alcanzar el portón, que era su objetivo.
El sol se estaba ocultando, en ese destino de todas las tardes desde que comenzaran los tiempos. Su luz iba desvaneciéndose anunciando la llegada de la oscuridad, esa que solamente puede apreciarse bajo el resplandor débil de los miles de estrellas que en la muchacha provocaban ínfulas de melancolía en grado superlativo en cuanto empezaba a distinguirlas. En el pueblo las gallinas ya estaban subiendo a dormir, en unas casas a los árboles allende los patios, en otras a lo alto de las bardas de los corrales y en el resto las palmípedas acomodaban sus patas para descansar sus cuerpos emplumados en unos palos largos que los dueños tenían para eso. Y ninguna presentía lo que estaba ocurriendo.
El vientecillo movía los más de cincuenta y nueve centímetros de cabellos de Ángeles Anunciación Polvadera Toquinto y la nariz se le enfriaba porque el fresco del otoño anunciaba la inminente aparición de heladas tardías en la temporada. Sus ojos parecían agujeros de alcancía y se veían llorosos por el momento que estaba viviendo, no tanto porque el viento de noviembre le pegara de frente y sudaba debido a la carrera, porque no eran tiempos de calor, la distancia se le hacía eterna y el portón de la casa inalcanzable. Cargando en cada mano sus zapatos de hule, cerrados y sin agujeros, corría levantando sus enaguas para no entorpecer la flexión de las rodillas en cada zanco. Ya completaba diez y siete raspones en los dedos de los pies y aun así deseaba con todas las fuerzas alcanzar aquel pesado rectángulo de madera de pino y destrabar la aldaba que le permitiese entrar sin mayor dilación.
Cada vez que los recuerdos recorrían esa parte de sus vivencias las terminaciones nerviosas le ponían los pelos de punta y todo su sistema digestivo hacíase n**o ciego. La primera vez que enfrentó a la bestia la experiencia fue muy desagradable y hasta peligrosa, razón por la que evitaba los enfrentamientos: el desgaste fue de tal magnitud que por veintiún días su metabolismo estuvo trabajando triple mientras organizaba el desastre con sus comidas, y sentimientos espantosos de desazón se cruzaron desordenando horarios y actividades, vaya, en esos días ni siquiera consideró las horas de ingestión de las comidas, que pudieron ser dos o siete las veces que se sentó a la mesa. La bestia aquella, la maldita bestia acometía con regularidad trastornando todo en casa.
Esa vez de la que se habla, la primera vez que la enfrentara ap***s cumplía sus primeros ocho aniversarios. En su casa no había pi***la, a duras p***s contaban con un cuchillo para los menesteres alimenticios en la minúscula cocina. Y a sus cortísimos años de niña no se le ocurrió, precisamente por su inocencia infantil, que podría usarlo como arma defensiva, así que, a puras gesticulaciones y manotazos y temerosa como las niñas de su edad enfrentó a aquella cosa informe, babeante, con sudores de varios días y ojos enrojecidos por el descontrol de las funciones emocionales. Ángeles Anunciación Polvadera Toquinto había discurrido que en la siguiente ocasión defendería a su madre y hermanos pequeños con lo que fuera, esa vez amenazando firmemente con un tizón arrancado sin permiso a las brasas que siempre había en la chimenea.
A menos de dos minutos y medio de que el bulto repugnante llegara al portón del zaguán, la muchacha se adelantó y corrió la aguja de la aldaba, entró apresurada y cerró inmediatamente, antes de que aquello tuviera siquiera la oportunidad mínima de ingresar a la vivienda. Ángeles Anunciación Polvadera Toquinto alcanzó un tizón largo, con brasa en el otro extremo y se apostó junto a la puerta, dispuesta a dar con tan improvisado como raquítico armamento. Su madre y hermanos pequeños miraban azorados la escena desde un postigo en el cuarto de la derecha, deseando con todo fervor que se fuera al no poder ingresar ni al zaguán, como finalmente ocurrió. Ya se le bajaría su borrachera y llegaría a casa un poco más cuerdo y sin la idea ni las ganas de arremeter contra su familia escudado en el profundo estado etílico que acostumbraba al menos una vez por mes cuando acompañaba a sus beodos amigotes en improvisadas y regularmente parrandas de una o dos veces por mes.

20/09/2019

El amor a pedradas
Por Humberto Quezada Prado y Jesús Chávez Marín
Sergio dijo para sí mismo que no se podía andar por la vida sacando la vuelta a las esquinas nomás porque alguien decía que, en cuanto se da la espalda, esos muros se regocijan aventando cachetadas. Tampoco era posible abundar en brincos estando el suelo tan parejo. Verdades de la vida, como las batallas libradas para entender un concepto como el que titula estos renglones: el de tonificar amores a purititas pedradas, así como se oye.
Tampoco se podía andar sacando la lengua, y no por la sed: era aberrante la costumbre de alguna gente haciendo diatriba y mofa cada que llegaba la ocasión, cada que tenía la mala suerte de cruzar cerca de cualquier par de sujetos cuyo mejor oficio era doblar la rodilla para recargarla en la pared y la posaban en la humanidad de quienes no contaban con sus aprobaciones como personas dignas de pertenecer a su exigente cofradía, dueños de ese pedazo de calle.
Agregaba el viejo que endenantes, cuando chamaco, no distinguía las buenas de las malas intenciones. El acercamiento con las muchachas de su edad era sano, era con sentimientos más que con de palabras hechas n**o, que nunca llegaban a tiempo para transmitir el mensaje. Y cuando llegaban a la destinataria, llegaban entrecortadas, poco entendibles. Y se buscaba a las mujeres más con la vista, el corazón, la sublimación y la desesperanza por no hacer el contacto. Entre la desilusión por la lejanía y las ganas de pasarse la vida contemplándola.
Así vivía cada uno su personal temporada de aprendizaje. Y así sigue siendo en los pueblos, donde los códigos de comunicación suelen ser escasos y el contacto entre jóvenes de un género a otro es tímido, débil, ap***s en el entresueño.
Una vez, muchacho aún —siguió contando—, en plena misa de doce sintió como pedrada en la espalda una mirada encima de su camisa a cuadros azules, rojos y blancos, entreverados para que no se distinguiera el color principal, vaquera con broches de metal, de poco uso como la mejor de sus ilusiones de chamaco. Como que sí, como que no, con el temor de ser sorprendido por los vecinos de banca, fue volteando en la dirección que le parecía atinada. Allí estaba ella, con su mejor vestido de los domingos, el cabello trenzado saliéndole por debajo de su pañoleta, una banda estilizada haciendo juego con el vestido que se ondulaba en una cintura de princesa y su par de calcetas cubriendo la mitad de sus tobillos, sus zapatos de charol iluminados por una hebilla de oro. También ella lo miraba de reojo, con una sonrisa más que expresiva.
Sintió una punzada interior, desde la oreja izquierda hasta la orilla de la quijada, y un n**o en la garganta. Acontecimientos como ese no llegaban todos los días: hubo reciprocidad en las vistas, qué le hace que la interpretación de uno y otra se hubiera dado de diferente manera.
Una santiguada al término del ritual fue lo único que alcanzó a discurrir. Empujando a los de adelante, logró llegar a los escalones devorando enseguida los pasos del atrio para llegar a la calle. Engolosinado con la imagen del momento, se perdió entre el polvo de los callejones en el camino a su casa, a las orillas del pueblo. Pensando el suceso, como quien se mete a un laberinto. Así solían ser los asuntos de los chamacos: enredados en apariencia, las dudas a la vuelta de la esquina. Y nunca atinó, bruto, en la conveniencia de agazaparse al abrigo de cualquier casa, nomás para quedarse a mirar cómo aquel cuerpo de mujer se iría perdiendo, contoneándose coqueta, por la calle principal.
Entretenido en el camino, fue lanzando piedras a las canaletas de cantera que sobresalían del pretil en las azoteas; a los pájaros que buscaban gusanos en las yerbas recién salidas por la temporada de lluvias; a los techos de las fincas que le quedaban a tiro. También aventando pedradas a las pasiones imaginarias en un acto de contrición injustificada: ¿Por qué inculparse por pecados no cometidos? ¿Nomás por el atrevimiento de dirigir la mirada a una bella muchacha de cuya acción fue desprendiéndose desde adentro una cauda de culpabilidades cuando ni siquiera existía un roce de manos o un acercamiento físico? ¿Acaso por esos asuntos de la moral, del buen comportamiento social, del qué dirán o de cualquier otra cosa? Sus reflexiones lo llevaron al sitio de las indecisiones, en lugar de aclarar lo que estaba sucediendo.
Llegó a la casa, todavía lanzando piedras a todo lo visible. Con enfado se acercó a la puerta del patio, pero no la abrió. Dio vuelta rumbo a un encino frondoso, ubicado al final del cerco de piedra, donde con los vecinos de niñez había hallado aviones imaginarios con un tablero de instrumentos tan maravilloso, también imaginario, tan completo que los convertía en pilotos de primera. Volaban, hacían volar aquella rama en viajes a lugares ignotos, cruzaban el río crecido admirando la corriente, ramas y troncos arrancados en el trayecto desde su pueblo allá en la sierra. Luego buscaban una vista panorámica del pueblo para asomarse a los corrales y patios de las casas, de todas las casas conocidas, con la esperanza infantil de mirar lo que fuera. Ahora allí, recargado en el tronco de ese árbol y con la vista fija en la loma que ocultaba las casas del pueblo, permaneció una hora, sin interrupciones y sin preguntas.
Un desasosiego lo asaltó: ¿Habría testigos enterados del cruce de miradas? ¿Los de la banca de atrás? ¿La viejita achacosa y achaparrada comúnmente enfundada en una vestimenta negra que de modo imaginario pasaba lista a diario en las bancas exclusivas para las mujeres en el recinto sagrado? Suposiciones de toda clase fueron taladrando su entendimiento, que no era mucho. Y seguía lanzando piedras al arroyo, a los árboles y a los cercos de piedra. Su pensamiento era uno y tenía un solo destino: la figura femenina aparecida en la misa de doce, la suya a dos casas de la única botica, su propia historia con sus años jóvenes, su mirada posándose en aquella rozagante y tierna y fresca y rosada piel de mujer.
La experiencia novedosa de aquel domingo llegaría para quedarse. Y la mejor manera de atacar la frustración por no saber qué hacer, era agacharse en el camino, juntar piedras y lanzarlas cuanto más lejos mejor, en una catarsis obligada por la circunstancia de su formación en las cosas de la vida.
El tiempo fue pasando y los años fueron acumulando experiencia. El tiempo fue trayendo imágenes, ideas nuevas y otras miradas. Ya no las vistas furtivas a las mujeres de su edad, como aquella que en la misa de doce le provocara tanta desazón, que se grabó para siempre, sino otras de intenciones distintas.
Como siempre ocurre en los pueblos, la aparición involuntaria de celestinos no se hizo esperar. Llegaron a propósito, más en su papel de chismosos que en plan de ayuda. Y Sergio no se hizo de la boca chiquita. Le allegaron sugerencias de enamoramiento fácil y pronto, al parecer infalibles. Recetas iban y venían entre aquellos muchachos dolidos de la misma cosa: las presiones sociales que aumentaban la cosquilla de la pasión y que les hacían dirigir la vista maliciosa a cuanta muchacha pasaba cerca de la barda del atrio, los domingos a mediodía.
Ellos ya no entraban a las misas. Ahora se distraían lanzando piedras a los pájaros que se aventuraban, inocentes, desde lo alto de las azoteas hasta las ramas de los árboles a la entrada del sacro edificio, en la espera impaciente por aventar sus miradas directo a la humanidad bien arreglada de la feligresía femenina.
Pero Sergio buscaba una en particular. Buscaba a la que en sus años adolescentes cruzara con la suya la mirada soñada. Esperaba con ansias la salida de los primeros, señal del término de la liturgia y señal de que enseguida saldrían las damas de todas las edades para soltar entonces, de manera inconsciente, las piedras acumuladas, disponiéndose a devorar con la mirada aquel cuerpo tan soñado.
Sentía que no era mal correspondido. Solo faltaba decidirse, atreverse a dar el siguiente paso: hacerle una seña encubierta, esperar la reacción de consentimiento, arrojar con fuerza y lejos otra tanda de piedras a la corriente del río y despedirse de sus acompañantes.
Un domingo, lanzando piedritas a las banquetas en su camino, se aventuró cerca de la casa de la mujer, se acomodó en la esquina. Tímido, lanzó un silbido en dirección a la ventana. Antes de recibir señales, tuvo que salir corriendo a cubrirse de la andanada de piedras que le propinaba una turba de chamacos que emergió de la parte trasera de la vivienda, entre los que reconoció al más pequeño de aquella casa, mozalbete dispuesto a defender el honor de su hermana, a pura piedra.
Asustado, Sergio pensó que aquel era buen escarmiento, al menos en lo que buscaba formas y lugares para acercarse a la enamorada, sin riesgo de recibir tantos proyectiles como sus ansias. Ahora recuerda con nostalgia todo aquello, mientras mira el apacible rostro de su linda esposa. Siempre la misma, la de siempre.

16/08/2019

Nonoava por dentro
Apuntes para su historia

Humberto Quezada Prado

No existe un registro de construcciones antiguas en el poblado de Nonoava, a excepción del templo. Existen casas/habitación que a simple vista aparentan una antigüedad insondable pero no se puede asegurar en qué año o tiempo fueron construidas: en todo caso mencionaré algunos casos, pocos, con aproximación de antigüedad en función de eventos importantes en la historia del pueblo.
Templo de Nuestra Señora de Monserrate de Nonoava. Es una construcción inicialmente franciscana de terminación en fecha desconocida en el siglo XIX. Puede haber existido un templo de construcción jesuita, algo de lo que Joseph Neumann data en 1697 y que refiere en un informe a sus superiores: en esos años inspeccionó misiones como la que se enuncia. Con sesenta y un mil adobes de tierra barrosa preparada con zacate para dar macicez a cada pieza . pero la construcción total requirió alrededor de ciento cincuenta mil piezas e informa que en ese año la construcción de la iglesia de Nonoava está totalmente terminada .
La Casa de los Arcos. Fuentes orales ya fallecidas contaban en los años setenta del siglo XX, que esa casa fue construida por una familia de franceses posiblemente en la década de los años cincuenta del siglo XIX. Aunque otra versión remite al dato de que la construcción fue obra de los españoles, que estaban asentados desde el año de 1749, de apellidos Cano de los Ríos, Xáquez, Lozano y otros. Se cuenta en leyendas que tiene sótanos y que allí se escondieron los caseros cuando las incursiones de los revolucionarios en busca de leva o de alimentos para sus tropas; hay que aclarar que Francisco Villa nunca estuvo en Nonoava, aunque hubo enfrentamientos importantes entre el caserío entre revolucionarios entre el 28 de enero y el 4 de febrero de 1911, y que la cueva donde Villa se escondió herido en 1916, acompañado de dos de sus fieles hombres, se llama El Coscomate y se localiza en una sierrita cerca de Santa Ana, en San Francisco de Borja.
El rebote. Precisamente de influencia vasca, por los españoles avecindados en el pueblo, las dos paredes son de cantera; se desconoce si el piso también, aunque actualmente se encuentra encementado. Es posible que haya sido construido a fines del siglo XVIII como lugar de divertimento de las familias pudientes, que tenían las posibilidades de contar con las pelotas adecuadas y de aprender la técnica del juego. Este dato sugiere, además, que existían familias de españoles asentados en el mismo pueblo.
Indudablemente que existen casas, aún en pie, que cuentan con una antigüedad tasada en los últimos años del siglo XVIII, que son las construcciones donde habitaron los primeros habitantes, casi todos españoles. Refiriendo a familias que las habitaban en los años cincuenta o sesenta del siglo XIX, puede suponerse de las fincas que habitaron las familias de: don Martín Molina, don José Antonio Almanza, don Maximiliano Almanza, las familias González y Ochoa, cercanas a la iglesia, y otras que rodean la plaza del poblado.
Todavía en la primera mitad del siglo XX algunas construcciones presentaban una particularidad: una especie de postigo, que no ventana, en lo alto de algunas partes de las casas, sobre todo las que servían de graneros, pero también en las cocinas. Esta característica tenía una explicación climatológica: un postigo pequeño en lo alto permitía la frescura de las habitaciones en tiempo de calor al impedir la entrada de aire caliente y contenía el calor durante el invierno prohibiendo asimismo la entrada del aire frío desde los patios, corrales y las mismos callejuelas y callejones.
Hay un dato interesante que espera investigación. Era parte de la arquitectura y el ordenamiento de los misioneros que iniciaron las labores de evangelización en el norte novohispano (y en muchas otras partes del continente) que frente al templo debiera existir una especie de zócalo o plaza pública (lo cual no se cumple en el caso de Nonoava), además de que los poderes públicos debieran quedar a un costado de la iglesia o al frente del zócalo. En este pueblo se desconoce cuándo se decidió cambiar la plaza pública quedando tan retirada del templo y que el poder civil también quedara tan retirado.
En cuanto al folklore, lo destacado en Nonoava es su música. Haré una breve síntesis de este aspecto. El grupo Los Lozano fue formado a finales de los años veinte y el primer registro de su actividad musical en bailes es de diciembre de 1930, en el siglo anterior; al comenzar los años cuarenta comenzó a tomar la influencia de un grupo del nororiente de México, a partir de 1939: Los Montañeses del Álamo. En estos años surge otro grupo musical muy renombrado conocido como Los Ochoa, que antes de terminar los años cincuenta desaparece porque sus integrantes emigran con sus familias a Chihuahua capital; la influencia instrumental de los grupos nonoavenses, que se ubican en la categoría de orquesta ranchera, llega de la instrumentación de las bandas y orquestas que en las ciudades importantes del estado abundan desde la época revolucionaria y años después; a partir de los años sesenta Los Lozano se escinden y se forma otro grupo conocido como Los Chenchos; en El Terrero aparece el grupo Los Tabachines, conocido primeramente como Los Norteños, luego como “los del Terrero”, que pueden considerarse el primer antecedente de Los Villalobos; finalizando los años setenta nace el Grupo Nonoava. Lo importante de la música nonoavense es que se creó un estilo de ejecución instrumental propio, único, que es reconocido dentro y fuera del estado. Pero, otra cosa importante, además del estilo musical, es que ejecutan piezas para grupos profesionales de danza folklórica; y en el caso de integrantes de la familia Villalobos Rodríguez y específicamente el grupo Los Villalobos, han creado un importante número de piezas de todos los géneros bailables: shotis, polka, mazurca, danzonete, vals, bolero, etc.

30/07/2019

Las luces del camposanto

Por Humberto Quezada Prado y Jesús Chávez Marín

Nacho cayó de rodillas. No porque pensara elevar oraciones al Creador, sino porque no le funcionó el equilibrio y tropezó con una piedra mal ubicada en la mitad del camino. Venía de la fiesta en casde Benjamín, ya de madrugada y con el sereno amenazando en el diciembre frío.
Cuando se despidió, con dificultad se puso de pie, medio ladeado se fajó la camisa, propinó sendos jalones a las presillas del pantalón de mezclilla desgastada. Con toda calma se dirigía a su casa cuando tropezó cayendo de rodillas al suelo, batalló para levantarse. La fuerza de ambas extremidades no era completa a causa de tanta cerveza ingerida, así que discurrió descansar otros cuantos segundos. Se quedó dormido horas, a medio camino.
Cuando despertó, se oyó un pujido lastimero al otro lado de la barda, donde en completa tranquilidad reposaban los antepasados del pueblo. Le temblaron los entresijos y se agachó intentando esquivar unas luces fosforescentes que saltaron de adentro hacia fuera del camposanto, directo a su postrada humanidad. Sacando energías de lo más recóndito del sistema muscular, se puso de pie disponiéndose a correr. Pero tristemente las piernas no le obedecieron, volvió a caer de bruces en lo que un segundo grupo de luces pasó rozando su sombrero.
No supo Nacho, no sabe todavía ahora ya de viejo, cuántos minutos pasaron entre las primeras y las segundas luces, pero se vio de repente abriendo la puerta del zaguán de su casa, más allá del Arroyo Barranco. Y tampoco se ha explicado qué fueron esos destellos.
Cuenta su hermana la menor que aquella mañana llegó Nacho muy apurado, se metió pronto a su cuarto sin decirle nada y allí se estuvo tres días como espantado, no probó bocado ni habló nada. Ese mismo día vinieron unos desconocidos a preguntar por él.
—Perdone, señorita. Andamos buscando a un señor que conocimos esta mañana, cerca del Panteón. Nos dijeron que vive aquí.
Como le dieron mala espina, Lucha se los negó.
—No, oiga. Aquí nomás vivimos yo y mi marido, pero él anda en el otro lado, ya tiene meses.
—Nos dijeron que por aquí vivía. Es uno alto, como de cuarenta años, blanco, de pelo negro; andaba con pantalón de mezclilla y una camisa roja, de cuadros, traía una tejana negra.
—Aquí todos nos conocemos y no he visto a nadie parecido a como usted me dice.
—Está bien, perdone la molestia, pase buenos días.
Cinco días duraron aquellos hombres buscando a Nacho; nadie lo había visto ni en fotografía, pues no existía ninguna; tampoco hallaron quien les diera razón del bulto de camisa roja que divisaron de lejos aquella noche sin luna. Estaban seguros de que él había sido testigo de los que anduvieron al otro lado de la barda del panteón. Tampoco quisieron averiguar demasiado, no querían alborotar la gallera, no fuera que los judiciales pusieran ojo avizor sobre sus vueltas y vueltas por estos rumbos.
Por su parte, cuando Nacho despertó tres días después de su intensa borrachera, por no llamarle congestión alcohólica porque tampoco somos tan escamados, no se acordaba más allá de las dos luces que pasaron delante de su noche oscura. Su hermana le dijo que ni se le ocurriera salir, que lo andaban buscando unos sureños muy amables pero que a leguas se les notaba lo rufianes. Lo escondió en el cuarto de atrás y le dijo que no se asomara ni por las rendijas.
No sé si ustedes habrán oído mentar lo que son las lagunas mentales: con el mucho pisto o con la mota se te borran horas y hasta días enteros de la memoria, jamás vuelves a saber lo que anduviste haciendo hasta que vuelves del sueño, si es que te tocó dormirte algunas horas después, luego de la borrachera: durante todo ese tiempo en laguna, el cuerpo anduvo por su cuenta, sin voluntad ni registro. A Nacho nunca le había pasado, y cuando le dijeron que ya era lunes, lo último que se acordaba era que se despidió el vienes de casde Benjamín, casi ni lo podía creer.
La madrugada del viernes al sábado, el cuerpo de Benjamín tomó sin ton ni son el rumbo contrario de su casa; en vez de ir al centro del caserío, donde vivía, caminó hacia la orilla del Cerro Grande. Cuando llegó al Panteón de Dolores, sintió unos gritos muy desesperados, un como látigo que rezumbaba en el aire y pegaba muy recio sobre un tronco. No era un tronco, eran tres hombres tirados. Se acercó el vigilante y le dijo:
—Oyes, Nacho, haz el favor de retirarte de aquí, lo que pasa allí adentro no es asunto tuyo. No te metas en camisa de once varas.
—¿Otra vez haciendo tus negocitos, Emeterio? Cómo serás. Ya me voy, pero primero quiero asegurarme de una cosa: me pareció que uno de los tirados es Delfino, el hijo de mi compadre Nico.
—Claro que no. Esa es pura gente de fuera, me pagaron muy bien para que los dejara entrar un rato, y no me vas a echar a perder la comisión. Andas muy borracho, ya ves puras mentiras. Lárgate, te lo digo por tu bien.
Nacho hizo como que se iba, pero quería asegurarse de que no fuera el muchacho. Rodeó el Panteón y se subió a una barda que estaba oculta por un árbol grande. Entre el ramaje vio cómo los torturadores, luego de que los tirados por fin cantaron todo lo que sabían, los bañaron de gasolina y los hicieron correr a todo lo que daban: los persiguieron, los alcanzaron y los prendieron con un soplete. Las dos luces que iluminaron la penumbra, en la mente de Nacho fueron dos de los muchachos que pasaron corriendo despavoridos, antes de que las llamas los abatieran para siempre.

27/07/2019

CREPÚSCULOS DE NONOAVA
Humberto Quezada Prado

Cuando al morir la tarde,
el balance de alegrías cambia el semblante
la melancolía vuela, llega, rauda
y se anida en los corazones pensativos
el momento sabroso nos convida
los recuerdos en antaño,
en los tiempos idos, en el día que ya agoniza
en el día cuya faena espera acompasar
la llegada de la estrella vespertina,
presente con su coro de luces en abonos
en el día que se aleja dando pie
al bautizo impasible del momento
en un ciclo interminable, cada día por la mañana,
cada fecha en mediodía,
cada lapso transcurriendo sin remedio.

Al morir de la tarde el paisano tan creativo,
se hace de inventiva, repite en tonadillas, exigente,
imagina cada nota, en tono de Sol repite el trazo
va marcando, corrigiendo, remarcando,
y en sagrada pausa nos prepara la sorpresa:
la tarde que se va rompe la monotonía,
los acordes vuelan y se quedan
en el gusto de la escucha,
placentera ensoñación de paraíso que nos lleva,
claro, entre nubes caminito de la dicha,
en el gozo de sutil, politonal ejecución.

Y así como se guiña un ojo a la montaña
la quietud titilante de la bóveda celeste arrulla
en el descanso la inspiración se agolpa, vuela, llega
se plasma en el rasgueo, busca la comparsa,
la nota se atropella, vuela, llega
y se desborda en melodías para nacer
alegre o taciturna, al morir la tarde
en el estreno tan local como cercano

31/05/2019

AGUILERA, UN SUEÑO CONOCERTE.

¡Conocerte fue un sueño !
Y fue muy larga la espera;
¡ Pero pisar tus espacios !
¡ Mi expectativa, supera !.
¡ Mirarte, tal como eres...!
Como el águila que vuela;
Por lo qué tu representas
El alma de Amor me llena.
¡ Alumnos, y ex-alumnos !
Con mucha fe te veneran;
¡Y cuidan de tu prestigio !
Sí...con pasión verdadera.
Le diste fuerza a mi alma
¡ Y mi espíritu lo celebra !;
¡ Porque eres en la lucha !
Águila, qué no se quiebra.
Te vas acercando al siglo
¡ Sumaras, una centena !;
Ascenderás...mucho más
¡ Porque tu,serás eterna !.
Tienes muy viva tu flama
Y, ¡ permaneces, serena !;
Mantienes...firme tu paso
¡ Mi entrañable, Aguilera !.

Autor: Profr. José Escobedo Coronado.
Ex-alumno de la Esc. Nor. Rur. de San Marcos, Zac.

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