20/09/2019
El amor a pedradas
Por Humberto Quezada Prado y Jesús Chávez Marín
Sergio dijo para sí mismo que no se podía andar por la vida sacando la vuelta a las esquinas nomás porque alguien decía que, en cuanto se da la espalda, esos muros se regocijan aventando cachetadas. Tampoco era posible abundar en brincos estando el suelo tan parejo. Verdades de la vida, como las batallas libradas para entender un concepto como el que titula estos renglones: el de tonificar amores a purititas pedradas, así como se oye.
Tampoco se podía andar sacando la lengua, y no por la sed: era aberrante la costumbre de alguna gente haciendo diatriba y mofa cada que llegaba la ocasión, cada que tenía la mala suerte de cruzar cerca de cualquier par de sujetos cuyo mejor oficio era doblar la rodilla para recargarla en la pared y la posaban en la humanidad de quienes no contaban con sus aprobaciones como personas dignas de pertenecer a su exigente cofradía, dueños de ese pedazo de calle.
Agregaba el viejo que endenantes, cuando chamaco, no distinguía las buenas de las malas intenciones. El acercamiento con las muchachas de su edad era sano, era con sentimientos más que con de palabras hechas n**o, que nunca llegaban a tiempo para transmitir el mensaje. Y cuando llegaban a la destinataria, llegaban entrecortadas, poco entendibles. Y se buscaba a las mujeres más con la vista, el corazón, la sublimación y la desesperanza por no hacer el contacto. Entre la desilusión por la lejanía y las ganas de pasarse la vida contemplándola.
Así vivía cada uno su personal temporada de aprendizaje. Y así sigue siendo en los pueblos, donde los códigos de comunicación suelen ser escasos y el contacto entre jóvenes de un género a otro es tímido, débil, ap***s en el entresueño.
Una vez, muchacho aún —siguió contando—, en plena misa de doce sintió como pedrada en la espalda una mirada encima de su camisa a cuadros azules, rojos y blancos, entreverados para que no se distinguiera el color principal, vaquera con broches de metal, de poco uso como la mejor de sus ilusiones de chamaco. Como que sí, como que no, con el temor de ser sorprendido por los vecinos de banca, fue volteando en la dirección que le parecía atinada. Allí estaba ella, con su mejor vestido de los domingos, el cabello trenzado saliéndole por debajo de su pañoleta, una banda estilizada haciendo juego con el vestido que se ondulaba en una cintura de princesa y su par de calcetas cubriendo la mitad de sus tobillos, sus zapatos de charol iluminados por una hebilla de oro. También ella lo miraba de reojo, con una sonrisa más que expresiva.
Sintió una punzada interior, desde la oreja izquierda hasta la orilla de la quijada, y un n**o en la garganta. Acontecimientos como ese no llegaban todos los días: hubo reciprocidad en las vistas, qué le hace que la interpretación de uno y otra se hubiera dado de diferente manera.
Una santiguada al término del ritual fue lo único que alcanzó a discurrir. Empujando a los de adelante, logró llegar a los escalones devorando enseguida los pasos del atrio para llegar a la calle. Engolosinado con la imagen del momento, se perdió entre el polvo de los callejones en el camino a su casa, a las orillas del pueblo. Pensando el suceso, como quien se mete a un laberinto. Así solían ser los asuntos de los chamacos: enredados en apariencia, las dudas a la vuelta de la esquina. Y nunca atinó, bruto, en la conveniencia de agazaparse al abrigo de cualquier casa, nomás para quedarse a mirar cómo aquel cuerpo de mujer se iría perdiendo, contoneándose coqueta, por la calle principal.
Entretenido en el camino, fue lanzando piedras a las canaletas de cantera que sobresalían del pretil en las azoteas; a los pájaros que buscaban gusanos en las yerbas recién salidas por la temporada de lluvias; a los techos de las fincas que le quedaban a tiro. También aventando pedradas a las pasiones imaginarias en un acto de contrición injustificada: ¿Por qué inculparse por pecados no cometidos? ¿Nomás por el atrevimiento de dirigir la mirada a una bella muchacha de cuya acción fue desprendiéndose desde adentro una cauda de culpabilidades cuando ni siquiera existía un roce de manos o un acercamiento físico? ¿Acaso por esos asuntos de la moral, del buen comportamiento social, del qué dirán o de cualquier otra cosa? Sus reflexiones lo llevaron al sitio de las indecisiones, en lugar de aclarar lo que estaba sucediendo.
Llegó a la casa, todavía lanzando piedras a todo lo visible. Con enfado se acercó a la puerta del patio, pero no la abrió. Dio vuelta rumbo a un encino frondoso, ubicado al final del cerco de piedra, donde con los vecinos de niñez había hallado aviones imaginarios con un tablero de instrumentos tan maravilloso, también imaginario, tan completo que los convertía en pilotos de primera. Volaban, hacían volar aquella rama en viajes a lugares ignotos, cruzaban el río crecido admirando la corriente, ramas y troncos arrancados en el trayecto desde su pueblo allá en la sierra. Luego buscaban una vista panorámica del pueblo para asomarse a los corrales y patios de las casas, de todas las casas conocidas, con la esperanza infantil de mirar lo que fuera. Ahora allí, recargado en el tronco de ese árbol y con la vista fija en la loma que ocultaba las casas del pueblo, permaneció una hora, sin interrupciones y sin preguntas.
Un desasosiego lo asaltó: ¿Habría testigos enterados del cruce de miradas? ¿Los de la banca de atrás? ¿La viejita achacosa y achaparrada comúnmente enfundada en una vestimenta negra que de modo imaginario pasaba lista a diario en las bancas exclusivas para las mujeres en el recinto sagrado? Suposiciones de toda clase fueron taladrando su entendimiento, que no era mucho. Y seguía lanzando piedras al arroyo, a los árboles y a los cercos de piedra. Su pensamiento era uno y tenía un solo destino: la figura femenina aparecida en la misa de doce, la suya a dos casas de la única botica, su propia historia con sus años jóvenes, su mirada posándose en aquella rozagante y tierna y fresca y rosada piel de mujer.
La experiencia novedosa de aquel domingo llegaría para quedarse. Y la mejor manera de atacar la frustración por no saber qué hacer, era agacharse en el camino, juntar piedras y lanzarlas cuanto más lejos mejor, en una catarsis obligada por la circunstancia de su formación en las cosas de la vida.
El tiempo fue pasando y los años fueron acumulando experiencia. El tiempo fue trayendo imágenes, ideas nuevas y otras miradas. Ya no las vistas furtivas a las mujeres de su edad, como aquella que en la misa de doce le provocara tanta desazón, que se grabó para siempre, sino otras de intenciones distintas.
Como siempre ocurre en los pueblos, la aparición involuntaria de celestinos no se hizo esperar. Llegaron a propósito, más en su papel de chismosos que en plan de ayuda. Y Sergio no se hizo de la boca chiquita. Le allegaron sugerencias de enamoramiento fácil y pronto, al parecer infalibles. Recetas iban y venían entre aquellos muchachos dolidos de la misma cosa: las presiones sociales que aumentaban la cosquilla de la pasión y que les hacían dirigir la vista maliciosa a cuanta muchacha pasaba cerca de la barda del atrio, los domingos a mediodía.
Ellos ya no entraban a las misas. Ahora se distraían lanzando piedras a los pájaros que se aventuraban, inocentes, desde lo alto de las azoteas hasta las ramas de los árboles a la entrada del sacro edificio, en la espera impaciente por aventar sus miradas directo a la humanidad bien arreglada de la feligresía femenina.
Pero Sergio buscaba una en particular. Buscaba a la que en sus años adolescentes cruzara con la suya la mirada soñada. Esperaba con ansias la salida de los primeros, señal del término de la liturgia y señal de que enseguida saldrían las damas de todas las edades para soltar entonces, de manera inconsciente, las piedras acumuladas, disponiéndose a devorar con la mirada aquel cuerpo tan soñado.
Sentía que no era mal correspondido. Solo faltaba decidirse, atreverse a dar el siguiente paso: hacerle una seña encubierta, esperar la reacción de consentimiento, arrojar con fuerza y lejos otra tanda de piedras a la corriente del río y despedirse de sus acompañantes.
Un domingo, lanzando piedritas a las banquetas en su camino, se aventuró cerca de la casa de la mujer, se acomodó en la esquina. Tímido, lanzó un silbido en dirección a la ventana. Antes de recibir señales, tuvo que salir corriendo a cubrirse de la andanada de piedras que le propinaba una turba de chamacos que emergió de la parte trasera de la vivienda, entre los que reconoció al más pequeño de aquella casa, mozalbete dispuesto a defender el honor de su hermana, a pura piedra.
Asustado, Sergio pensó que aquel era buen escarmiento, al menos en lo que buscaba formas y lugares para acercarse a la enamorada, sin riesgo de recibir tantos proyectiles como sus ansias. Ahora recuerda con nostalgia todo aquello, mientras mira el apacible rostro de su linda esposa. Siempre la misma, la de siempre.