21/02/2023
"Luisa reventó" es el título del ensayo leído por la doctora Luisa Cueto para presentar su primer libro, "Hasta reventar" (IDÍLEO Editorial, 2022), teniendo como marco la emblemática Casa Histórica del Museo Arocena. Aquel jueves 16 de febrero de 2023 La Laguna, a través de la valentía de una mujer, encontró un motivo sobresaliente para celebrar.
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A mis siete años me enteré que estaba gorda. Me lo recalcaron: estar gorda no era correcto. Estar gorda no era sano. Estar gorda no era bueno. Por tanto, en la lógica simple e ingenua de una niña, una persona adulta me dijo que yo era incorrecta, enferma y… “mala”. Yo no entendí el porqué, pero me lo creí.
La primera vez que escuché la palabra “gordita” —así, en su peculiar diminutivo— fue en la primaria, en un colegio para niñas. Era el ciclo escolar 1979-1980. Ahí quedó marcado el inicio de mi interminable historia en el sinuoso camino de la gordura, las dietas, las tallas extras y un malestar permanente.
“Estar gordita” me rebasó de dolor, una vez que me lo explicaron “las voces de autoridad”. El miedo de no saber qué hacer con algo tan desconocido fue espantoso en esa otra infancia que comencé a experimentar cuando fui etiquetada de manera unilateral. Tenía un caso urgente qué resolver, pero sin saber por dónde ni cómo, y temblando. Y lo más irónico fue que, entre más comprendía eso de ser “gorda”, mi manera de comer comenzó a dar la razón a las y los expertos en valoraciones y órdenes. ¡Cómo me iba a atrever a contradecirlos! Mi cada vez más evidente obesidad les dio la razón. Sin estar consciente, las y los empoderé para evitar confrontaciones y quizá recuperar que era obediente —y no mala— tanto en casa como en la escuela.
Las palabras dieta y peso ideal se instalaron en un durísimo diálogo interior que resonó como un juicio contra mí misma durante casi treinta y seis años. La frustración por no lograr el objetivo del famoso peso ideal me acompañó dieta tras dieta, rebote tras rebote. Yo quería sentirme aceptada y en paz. Pero el eterno juez interno y externo, me agregaba kilos y kilos de decretos lapidarios en mi mochila de estudiante. Y me caía hasta dormida.
En ese camino donde mi obesa figura se volvió obsesión, según yo, comencé a observar a las demás personas con otros ojos. Todas y todos estaban en forma, menos yo “¿Por qué soy yo, específicamente yo, la gorda?”, pensaba una y otra vez, y renegaba con los ojos cristalinos. Cuántas y cuántos han pensado lo mismo al tener sobrepeso sin saber el origen de su tendencia a comer sin frenos. En mi escuela, recuerdo, jamás les pregunté a “gorditas” y “gorditos” qué sentían. Además, nadie hablaba de lo que sucedía. NADIE. Como si no sucediera. Las gordas y los gordos éramos un tema ofensivo y, como dicen, “de dar vergüenza” y “pena ajena”.
“Las gordas no consiguen ropa de su talla”; “las chonchitas no consiguen novio”, “lástima que esta mujer sea así de gordita estando tan bonita”, “con esas lonjas, ni de chiste entra en el equipo de básquetbol”. Sí, claro, qué risa dan esas frases. Y, sí, claro qué manera de llegar a golpear la autoestima de un ser humano. La manera en que usamos, en sociedad y en lo individual, frases como estas, relacionadas a la gordura, nos revelan. La opinión colectiva llega a ser vomitiva. Un auténtico horror.
En las tardes de mi adolescencia en La Laguna, me gustaba ir con o sin amigas a la tienda del llamado “Señor de los Chamoys” para surtirme de dulces y galletas. “Al cabo que, si no me ven comer, no cuenta”, me decía a mí misma para convencerme de una falaz invisibilidad de mis autocastigos. Hasta la fecha, a veces me traiciona ese pensamiento, “Si no se ve el atracón, no cuenta”. Qué manera de contarme mentiras y, lo peor de todo, habérmelas creído durante tantos años, al igual que otro pensamiento que me convencía para ir —sin culpa— a darme mis banquetazos decía así: “un gustito hoy no me afecta”. Nada más que esos vastos gustos regresaban de manera diaria. Como el respirar. Como el palpitar. ¡Cuántas veces me escapé a ese lugar imaginario donde no sucedía nada porque nadie me veía!
Por más ganas que tuviera de ser flaca y lograr la aceptación propia y ajena, me daba un gusto inmenso devorar doble ración de pastel en alguna fiesta. Mi urgencia de comer era mucha y permanente. O como en alguna ocasión me dijeron con palabras populares, directas como puñetazo envuelto en un tono imborrable: “tú nomás no tienes llenadera”.
Con el paso del tiempo, me acostumbré a estar gorda. Me sentí mejor al convencerme que mi condición de sobrepeso era destino. Sentía que Dios me había creado así y, obviamente, a Él, antes que a nadie, yo no debía desafiarlo o contradecirlo. Ni en palabra, ni obra, ni… omisión.
Algo que de adolescente me ponía en total desventaja eran los comentarios de ciertos adultos “opinadores” y “sabelotodo” al ver mi cuerpo y mi manera de comer. Recuerdo con especial dolor a una amiga de mi madre que no me quitaba el ojo mientras yo me comía un sándwich. Cuando por fin me lo terminé, me dijo: “¿Y… ya quedaste satisfecha?”. Su mirada era inquisidora y se le dibujaba una sonrisa irónica. Desde ese día hasta ahora, disculpen el calificativo, pero me nació un grito callado: “¡Pinche vieja!”. ¿Qué le podría yo haber dicho a ella, doña Perfecta? Era una mujer adulta que también tenía sobrepeso. Pero como la joven educada que yo era, imposible contradecir nada. Solo me tatuó con un sentimiento de vergüenza que, esta noche, se los vengo a presentar. De aquella mujer a esta mujer que hoy soy. Para no dar más “pena ajena” y ser el blanco, sobre todo, de ciertas damas y caballeros que me calificaban por sistema, mejor me dediqué a comer todo lo que yo quería a escondidas, encerrada en mi cuarto, con mi música y mis tareas de la escuela como compañeras.
Llegó el día en que, aliada a la ciencia de manera profesional, dedicada al área de la química en forma académica, dejé mis ingestas voraces esperando un resultado diferente. Adelgazar y conservarme en un peso fue mi objetivo. Pero más allá de carbohidratos, calorías y conteos de porciones con lupa de laboratorio, me dediqué a dejarme engordar y ver qué sucedía mientras. Como kamikaze. Deseaba que “algo” tronara mi conducta compulsiva al comer, al igual que mi vida.
En la actualidad, en vías de superar dos duelos tan grandes como fueron las despedidas a mis padres, entiendo que tomar un vaso de agua es el mejor remedio para la sed; que dormir es el mejor remedio para el sueño; y quizá llorar, hablar y escribir, con alguien y para alguien, sea el mejor remedio para la tristeza más honda.
Hasta reventar es mi manera de decirle, a quien lo necesite, que no está sola, que no está solo. Quise publicar con la intención de ser una manera alternativa de escucha y aliento de frente a quienes, incluso, no desean conservar la vida a consecuencia del escarnio público y que usan un alto nivel de adicción a comer como único consuelo. También quiero ser, con cada una de las ilustraciones que aparecen en el interior de Hasta reventar, una mujer que invita a tomar con un bello y tierno sentido del humor, las imágenes de nosotros mismos, de nosotras mismas, en momentos de reprobación total de frente al espejo y sobre una báscula.
Hasta reventar quisiera ser, en tus manos y de frente a tu dolor, ese contacto amable, considerado y humano contigo. Recíbelo con mi respeto, lealtad y franco agradecimiento. Pero, sobre todo, te invito a que encuentres en mi escrito que yo también, al igual que tú, por décadas me quise atragantar la desdicha Hasta reventar y hoy logré estar aquí para decírtelo.
Muchas gracias