06/03/2026
El día de hoy leímos un comentario de un ex alumno, hablaba del agradecimiento que tiene por su escuela y sobre los recuerdos que le invaden cada vez que pasa por aquí, y nos llevó a la siguiente reflexión:
Hay lugares que no solo forman parte de nuestro pasado… forman parte de lo que somos.
Una escuela no es solamente un edificio con aulas y pasillos. Es un lugar donde se sembraron sueños cuando apenas comenzaban a nacer, donde se formaron amistades que marcaron nuestra juventud y donde, muchas veces sin darnos cuenta, empezamos a construir el tipo de personas que llegaríamos a ser.
Con el paso del tiempo la vida nos lleva por caminos distintos. Crecemos, cambiamos de ciudad, de trabajo, de rutina… pero hay algo que permanece intacto: el recuerdo de aquellos lugares que dejaron algo bueno en nuestra vida.
Y es ahí donde aparece una de las virtudes más grandes que puede tener un ser humano: el agradecimiento.
Ser agradecido no es algo que cualquiera practique. El agradecimiento verdadero pertenece a las personas grandes de espíritu, a quienes tienen la humildad y la nobleza de reconocer que en su camino hubo personas y lugares que sembraron algo valioso en su vida.
La gente ordinaria suele olvidar, minimizar o negar aquello que alguna vez le ayudó a crecer. Pero los corazones nobles saben mirar hacia atrás con respeto y decir: “Aquí aprendí algo que me hizo mejor.”
Porque la gratitud no solo se dirige a las personas que nos enseñaron, también se dirige a los espacios que nos formaron. A esas aulas donde aprendimos nuestras primeras lecciones de responsabilidad, a los patios donde descubrimos el valor de la amistad, a los maestros que creyeron en nosotros cuando ni siquiera nosotros mismos sabíamos de lo que éramos capaces.
Ser exalumno no significa haberse ido.
Significa llevar siempre un pedazo de ese lugar en el corazón.
Significa entender que parte de lo que hoy somos comenzó ahí: en un salón de clases, en una palabra de aliento, en una enseñanza que quizá en ese momento parecía pequeña, pero que con los años se convirtió en una guía para la vida.
Por eso, volver la mirada hacia nuestra institución con orgullo y agradecimiento no es un gesto simple; es un acto de grandeza.
Es reconocer que nadie camina solo y que, en algún momento de nuestra historia, hubo un lugar que nos dio herramientas, valores y oportunidades para salir al mundo.
Y cuando uno entiende eso, cuando uno reconoce lo bueno que recibió…
entonces el sentido de pertenencia deja de ser solo un recuerdo.
Se convierte en orgullo, respeto y gratitud eterna.