23/11/2014
En el presente quizás no muchos se sientan aludidos al escuchar que el cambio climático y sus consecuencias tienen un origen antropogénico. Hay corrientes que lo refutan. No obstante, hay evidencias contundentes de que el fenómeno se ha agravado a la par de la explosión tecnológica de las últimas décadas, y del consumismo exagerado de la sociedad. Un indicador es el incremento acelerado de los gases de efecto invernadero presentes en la atmósfera, particularmente, de bióxido de carbono. Y es que el consumo de energía que a diario hacemos es enorme, y no lo notamos porque forma parte de la rutina o de la vida cotidiana.
¿Cómo detener la industrialización y la producción a gran escala? ¿cómo desechar el automóvil? ¿cómo hacer de nuestro cuerpo un ente ajeno a la necesidad de mantenerse caliente durante el invierno? especialmente en aquellas latitudes donde el frío “cala hasta los huesos”. No vayamos tan lejos ¿Cómo prescindir, de acuerdo al paradigma actual, de la computadora con la que ahora mismo estoy escribiendo para este espacio, o de los tan polifacéticos celulares con sus apps? Ésos que todavía, por costumbre, mal nombramos teléfonos cuando ya son mucho más que simplemente eso.
La sociedad en su conjunto debe entender que la mayoría de los recursos naturales que hoy quemamos para generar energía -petróleo, gas, carbón- se están agotando. La crisis petrolera no es novedad para nadie, y los riesgos en el uso de la energía nuclear nos traen a la memoria los recuerdos de Chernóbil y, recientemente, los de Fukushima. Nuestro planeta está llegando al límite de su capacidad en cuanto al nivel de polución que puede tolerar.
A pesar de todo, es un hecho que no podemos prescindir de la energía. Por eso, los tiempos están cambiando, y con ellos la forma en la que vemos y habitamos este planeta. El uso que le demos a la energía ya no sólo se medirá en términos de rentabilidad y costo, ahora también se medirá en términos de limpieza y eficiencia; en cantidad de gases de efecto invernadero emitidos a la atmósfera, la huella de carbono; en mejores indicadores de desarrollo humano, económico y sustentable; en generación de empleos.
Todo parece apuntar a que las llamadas energías renovables -solar, geotérmica, eólica, hidráulica, biomasa, oceánica- serán las alternativas inmediatas para resolver nuestras necesidades energéticas.
¡Hay mucho por hacer! Los gobiernos deben legislar e instrumentar las leyes o políticas necesarias para promover, educar, incentivar y asignar los recursos necesarios para que este cambio sea pronto una realidad. Los investigadores y académicos con su esfuerzo y capacidades deben innovar para que las nuevas tendencias tecnológicas sean más eficientes y económicas. Por su parte, los industriales tienen la gran responsabilidad de volver sus procesos cada vez más sustentables, con menor impacto en el medio ambiente. Todas las entidades deben trabajar en forma articulada.
Es sin duda un reto mayúsculo, pero al que cada individuo puede aportar para un futuro mejor.