15/08/2026
Desde que mamá se fue, se me quedó clavada una orfandad de fondo, una ausencia que pesaba en cada tecla. Sentarme a la computadora era chocar contra el silencio: saber que ya no escucharía su voz contándome de ese mundo que tanto me construyó la vida. En los primeros días, me negaba a escribir. Bastaba cerrar los ojos para intentar crear una historia y aparecía, terco y frío, el recuerdo de la sala de terapia intensiva. La literatura dejó de ser refugio.
Han pasado dos meses y medio de este proceso fatídico. En todo este tiempo me venía a la mente aquellas frases de Juan Rulfo donde decía que ya no escribía porque se le habían mu**to los que le contaban las historias, y esa frase me daba vueltas en el corazón como una condena.
Pero despacio, casi sin hacer ruido, empezaron a volver otros sonidos: las carcajadas de mi madre compartidas con mi tía mientras le arreglaba las uñas, esas memorias de la casa. Y recordé también que la literatura tiene abuelas —como decía García Márquez quien dejo por escrito que escribió Cien años de soledad con la voz de la suya—.
Aún no sé con certeza cuando volveré a escribir, una parte de mi me dice que pronto estaré listo. Lo cierto es que he comenzado a sospechar que valdrá la pena intentarlo intentarlo de nuevo. Quizá el plan sería más sencillo, pues compartiría en escribir, de ahora en adelante, como si me lo siguieran contando ellas: mi madre y mis abuelas. 🤍📖✨
YMemoria