14/10/2024
DE LA HISTORIA en mural en la Secundaria 4 de Cuernavaca:
El maestro Jorge Luis Piña proyecta los volcanes de fondo, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl cancerberos milenarios que han generado la cuenca de México, una región generosa en recursos naturales que desde tiempos prehistóricos ha sido madre de los más importantes asentamientos humanos como Cuicuilco, Chalco, Culhuacan, Tenayuca y Azcapotzalco, que aprovecharon el litoral del lago de Texcoco para establecerse.
El artista Jorge Luis Piña no puede eludir los viejos manuscritos, los tlacuilos o libros pictográficos en los que se puede ver el Telpochcalli vocablo náhuatl que significa “casa de los mancebos” representado por el primer basamento en que el guía dialoga con el joven, actividad que en su mural se representa con vírgulas discursivas: canto y palabra en movimiento o Tlahtohua. Los Telpochcalli eran centros en los que se educaba a los jóvenes del pueblo, a partir de los 15 años, para servir a la comunidad recibiendo entrenamiento militar. A diferencia de los nobles que asistían al Calmecac, los vástagos del pueblo, conocidos genéricamente como macehualtzin, asistían al Telpochcalli que se encontraban en cada calpulli o barrio.
Educándolos en historia, astronomía, la medición del tiempo, música, filosofía, religión hábitos de limpieza, asuntos de economía y gobierno, disciplina y valores morales para comportarse con corrección, aprendiendo de memoria las historia ilustradas en los códices, resaltando las bellas artes como el canto y la danza llegaban a ser ciudadanos distinguidos, asegura el maestro Jorge Luis Piña.
El artista plástico plasma el camino del Telpochcalli donde se inicia, y avanza por los 9 escalones proyectados desde el basamento para alcanzar el mundo de los mu***os, el Mictlán, cuya información es muy diversa; no obstante Alfredo López Austin considera que en el Códice Vaticano A Latio Ríos 3738, se encuentra el listado más completo de los “9 niveles o pisos del inframundo”, por los cuales los difuntos deben transitar para llegar a donde habitan los señores de la muerte Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, con quienes los mu***os se liberan de su “tonalli”, logrando así el descanso y compensación, y de ninguna manera castigo, por lo que cada noche el astro Sol, Tonatiuh baja a iluminar el Mictlán.
Para representar el gran conocimiento y sabiduría lograda a lo largo de los años, el maestro pintor exhibe el Huehueteotl, divinidad del fuego que simboliza en este sahumerio o brasero, a una persona anciana, arrugada y desdentada, deidad que reside en el centro del universo desde donde se relaciona con los cuatro puntos cardinales o quincunce, que partían del centro donde él se encuentra.
Para darle trascendencia a la edad avanzada, en la figura del Huehueteotl, el pintor hace que el Tlatoani se yerga investido con las figuras del jaguar y el águila, el que habla, guía-orador, calificativo usado por varios pueblos de Mesoamérica para designar a sus gobernantes caracterizados por su conocimiento en los diferentes ámbitos de las ciencias, en las bellas artes y la milicia. El maestro Jorge Luis Piña afirma que para llegar a ser gobernante se tenía que transitar por los diferentes niveles de guerreros: Águila, Jaguar, Serpiente, Lobo, Venado, Coyote y Chapulín que profesaban la milicia y la promesa de morir en defensa de su patria.
Con su visión política el artista Jorge Luis Piña no puede olvidar plasmar en su mural a Valentín Gómez Farías precursor de la Constitución de 1857, de corte liberal que pugna por establecer la Libertad de prensa, la abolición de los fueros y privilegios eclesiásticos. Asimismo, el artista lo rememora porque lideró el proceso de la primera Reforma Liberal, abolió la pena de muerte, creó la Dirección de la Instrucción Pública y decretó el establecimiento de la Biblioteca Nacional. Además, en 1855 fue presidente de la Junta de Representante del Plan de Ayutla y al año siguiente presidió el Congreso Constituyente en el que fue diputado por Jalisco. Murió el 5 de julio de 1858. El maestro pintor no soslaya que Valentín Gómez Farías fue parte activa de la revolución de Ayutla, organizada por un grupo de liberales liderados por Juan Álvarez, que junto con otros líderes e intelectuales como Benito Juárez y Melchor Ocampo, deseaban acabar con la dictadura de Santa Anna, la injusticia social, los privilegios sociales y el rezago educativo.
El maestro Jorge Luis Piña pondera las bases de nuestra actual república, por ello deja impregnado en su mural la Constitución de 1857, la cual Estableció las garantías individuales a los ciudadanos mexicanos, la libertad de expresión, la libertad de asamblea, la libertad de portar armas. Es la misma que reafirmó los principios de los Sentimientos de la Nación: la abolición de la esclavitud, eliminó la prisión por deudas civiles, las formas de castigo por tormento incluyendo la pena de muerte, las alcabalas y aduanas internas. Además de que prohibió los títulos de nobleza, honores hereditarios y monopolios.
Para el maestro Jorge Luis Piña, ahí se sentaron las bases de nuestro México hoy, como la enseñanza laica, la supresión de fueros institucionales, y la enajenación de bienes raíces que estaban bajo propiedad de la misma Iglesia. Al mismo tiempo que apoyaba la autonomía de los municipios.
El pintor-maestro no podía dejar a un lado a Benito Juárez García quien, después de las atrocidades de tres siglos que el colonialismo español causó entre los pueblos originarios, buscó en la consolidación de la república, un nuevo mundo de justicia social basado en la paz, de ahí que haya pasado a la historia con su lucha contra la invasión francesa y su enunciado: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Enraizado en su familia, el nieto del general zapatista Maximiliano Vigueras, tampoco soslayó a Emiliano Zapata: Emblema nacional que representa la lucha de los pueblos originarios contra las mismas atrocidades, contra el despojo de las tierras a los pueblos originarios y contra el saqueo de su riqueza, así el joven Jorge Luis Piña dignifica sus raíces familiares y culturales. Al mismo tiempo, con su compromiso social el pintor plasma en una plástica mimetizada el sombrero que refleja el trabajo en los surcos, una economía campesina con la cual se reproduce el alimento que da vida a las nuevas generaciones; entre un juego de símbolos, el maestro pintor materializa otro sombrero que representa al ejército villista unificado con las comunidades ultrajadas para buscar restituir las tierras despojadas por los invasores europeos. Todo ello en colores verdeazul, amarillo, ocre rojo y blanco para resaltar como una metonimia la insurrección campesina por la justicia social.
De la perspectiva: Joven estudiante iniciado en los estudios, de pie en el centro del mural, con pasado mexica-europeo, bien fundamentado en el libro del conocimiento, la conciencia nacional, con colores azul y blanco que incrementan su figura para colocarlo al frente, tiene a sus espaldas, visiblemente a su derecha, su historia indígena representada por la figura del Tlatoani investido por el águila y jaguar, cuya fuente de fuerza y sabiduría, el Huehueteotl, surge imperiosamente como fuego renovador de la vida, del conocimiento; El Tlatoani se cimienta en el basamento que asemeja el centro escolar Tepolchcalli y los 9 escalones que conducen al educando al Mictlán, lugar de los mu***os y de realización para llegar a ascender a través de otros 9 escalones a la escuela contemporánea, donde una maestra explica la historia en su pizarrón que se mimetiza con el mapa de Anáhuac y Mesoamérica, región que se halla a la altura de las carabelas navegadas por la cruz templaria. El maestro-artista destaca que con esta cruz templaria se inició la aniquilación del antiguo mundo para imponer nuevos valores, y determinar qué era lo bueno y lo malo, convocante de la cuarta cruzada no confesa que provocaría un genocidio indígena en nombre del representante de Jesucristo en la tierra: vicario de Cristo.
De la geometría: De las manos del pintor-creador y su familia surge un mural de 10 metros de largo y 2:50 de ancho con entramadas ideas y símbolos, una obra plástica, de mosaico bizantino en la que, a la mitad del mural, de arriba hacia abajo, del brazo del tlatoani se plasma un trazo imaginario al ombligo del joven, eje central del rectángulo, indicando la iniciación en el estudio, el trabajo, la creación civilizatoria señalando hacia adelante, con el dedo índice, acusador y mirada previsora.
De la teoría del color: Para el maestro-creador Jorge Luis Piña, los seres humanos somos capaces de distinguir numerosos colores. Sin embargo, los artistas suelen expresarse utilizando sólo unas cuantas mezclas y materiales preparados de acuerdo a la región, y mediante ellos tratan de expresar sensaciones, ideas y sentimientos.
El maestro nos hace recordar que para los aztecas el verde azul describe los líquidos y las buenas cosechas, la esencia divina que da vida porque lagos, ríos, chinampas, rebosantes de plantas fundidos en una sola imagen rodeaban la ciudad de los aztecas, donde se mezclan los azules del agua y los verdes de los plantíos.
Considerando lo anterior, Jorge Luis Piña muestra en el mural el inicio de los tiempos globalizadores representados con sombras degradadas hasta el tono más oscuro del color negro, ya que existe un incremento en el componente básico. El maestro subraya con ello que para los aztecas es el lugar del Tlillán-Tlapallan, lugar de residencia profetizado, lugar del negro y rojo. Por lo que la tierra se ilustra de color rojizo, puesto que representa la acción, dado que es el único lugar donde nuestro cuerpo físico hace algo y yacerá por siempre.
Remembrando las sensaciones, ideas y sentimientos de los antiguos mexicanos, el maestro colorea su mural con el amarillo que representa el conocimiento espiritual. A la vez que en el nivel máximo nos muestra el color blanco, el cual representa la mayor proximidad con el principio no manifiesto del creador.
Sin afirmar que la historia es lineal, a la derecha del mural, parte trasera del joven, el cielo ha sido ilustrado en color azul, el cual nos ayuda a entender la abundancia de felicidad.
De la técnica y los materiales: Jorge Luis Piña escribe que “a principios de los cincuentas el muralismo seguía siendo el medio de expresión nacionalista y el principal objetivo de la “integración plástica”, reclutando a los nuevos talentos…” Entre otros, el padre de Jorge Luis Piña: “(Manuel) Piña Vigueras llegarían a dirigir el taller artístico de los Mosaicos Italianos empresa encabezada por el italiano Francesco de Min.” No es casualidad que ahora el maestro Jorge Luis Piña haga resurgir esa “integración plástica” de mosaico bizantino legada de su padre que junto con otros talentosos artistas, “no tan sólo aprendieron la técnica bizantina sino que la desarrollaron como medio de expresión durante toda su vida…” afirma en su libro Metamorfosis de un pintor, el mismo discípulo Jorge Luis Piña.
Para el maestro Jorge Luis Piña, “la pintura es la poesía hecha visible, no es audible, es para nuestros ojos. Por lo tanto, el poeta pintor se apodera de la idea de la humanidad, de un aspecto especial en que pinta la idea colectiva, su propio yo que se convierte en nosotros”.
Las reflexiones materializadas en esta obra plástica de Jorge Luis Piña representan una analogía al desarrollo humano y una propuesta explícita que sólo realizan los grandes pensadores al poner en debate las propias convicciones, su propuesta consiste en emprender una profunda revisión del pensamiento latinoamericano con respecto al desarrollo humano en un mundo globalizado.
David Román Porcayo