06/06/2026
Ma***to deporte, te amo cuando me haces sentir vivo, cuando me recuerdas por qué empecé y me haces creer que realmente nací para esto. Te amo cuando cada entrenamiento vale la pena, cuando el cansancio se convierte en satisfacción y cuando por un instante siento que todo el esfuerzo tiene sentido.
Pero también te odio. Te odio cuando me haces dudar de mí mismo, cuando me haces pensar que tal vez debería rendirme, que tal vez esto no es para mí. Te odio cuando las derrotas pesan más que las victorias, cuando las lágrimas aparecen en silencio y cuando siento que todo el trabajo que he hecho no es suficiente.
Porque esta es la realidad: es un deporte tan celoso que exige todo de ti. Tu tiempo, tu cuerpo, tu mente y hasta tus emociones. No acepta medias tintas. Si quieres avanzar, tienes que entregarle una parte de ti cada día, aunque duela.
Y aun así sigo aquí. Tal vez porque soy tan cobarde que decidí refugiarme en un deporte de valientes. Tal vez porque encontré en cada golpe una forma de sacar todo aquello que nunca pude decir con palabras. Porque cada vez que subo al ring, peleo contra algo más que un oponente; peleo contra mis miedos, mis inseguridades y todas esas voces que me dicen que no puedo.
A veces pienso que si mis guantes pudieran hablar, contarían historias que nadie conoce. Hablarían de las veces que lloré en silencio después de perder, de las ocasiones en las que quise rendirme y no lo hice, de cada sacrificio, de cada herida y de cada sueño que he cargado dentro de ellos. Dirían que detrás de cada golpe hay dolor, frustración, coraje y esperanza. Que cada golpe es una manera de seguir adelante cuando siento que ya no puedo más.
Por eso lo amo y lo odio al mismo tiempo. Porque me ha dado algunas de mis mejores sonrisas y también algunas de mis peores noches. Porque me ha enseñado a caer, pero también a levantarme. Porque me rompe una y otra vez, pero siempre encuentra la manera de hacerme volver.
Y aunque a veces quiera alejarme, la verdad es que este deporte ya forma parte de mí. Porque hay amores que son tranquilos, y luego está este: un amor que duele, que exige, que lastima, pero que al final siempre me recuerda por qué sigo luchando.