16/07/2026
Con todo esto de la marcha, me surge una duda: ¿no estará pasando algo parecido a lo que ocurre con ciertas mujeres de clase alta que piensan que el derecho al voto ya no es necesario?
Desde hace algún tiempo, el Pride, la marcha por los derechos LGBT+, se convirtió en una fiesta: una celebración de nuestro derecho a amar, a existir y a mostrarnos sin vergüenza. Pero, en este mundo que por momentos ya parece una distopía, a veces olvidamos que esta marcha nació como un acto de lucha y de protesta.
Y es aquí donde me pregunto: ¿estamos tan anestesiadas ante la realidad que hemos comenzado a ver el Pride únicamente como una fiesta? ¿Hemos olvidado que los derechos conquistados también pueden perderse?
Parafraseando a Simone de Beauvoir cuando hablaba de los derechos de las mujeres, basta una crisis política, económica o religiosa para que aquello que creíamos asegurado vuelva a ponerse en duda.
Entonces se vuelve todavía más necesario preguntarnos: ¿por qué marchamos?
Quizás hace falta desempolvar aquellas consignas que gritábamos hace más de quince años (ya no voy a decir 24..) Quizás necesitamos mirar hacia atrás y recordar de dónde venimos, quiénes abrieron el camino y por qué tuvieron que salir a las calles.
Muchas de quienes hoy marchan quizá no tienen ni veinte años. Han crecido en una realidad en la que, al menos en algun@s espacios, pueden tomarse de la mano con otra mujer, hablar de su orientación sexual o mostrar afecto sin sentir la misma vergüenza o el mismo miedo que existían antes.
Pero esa libertad no apareció de la nada. Es consecuencia de décadas de protesta, organización y resistencia.
Y aunque hoy puedas caminar de la mano de la persona que amas, todavía existen lugares en los que tu sexualidad sigue siendo motivo de escándalo, de discriminación, de violencia o incluso una noticia. Todavía hay personas que deben ocultarse para conservar a su familia, su trabajo, su seguridad o su propia vida.
Por eso marchar no es solamente celebrar lo que hemos conseguido. También es recordar que nada está completamente ganado, que los derechos no se heredan de manera automática y que aquello que hoy parece normal fue, hace no tanto tiempo, una exigencia considerada incomoda.
Quizás el verdadero sentido está precisamente ahí: en celebrar sin olvidar la lucha, en disfrutar la libertad sin dejar de defenderla y en mirar hacia adelante sin borrar la memoria de quienes marcharon antes que nosotras.