25/01/2024
Sobre Alfonsina Storni. Cuando el 25 de octubre de 1938 aparece en la playa La Perla de Mar del Plata el cuerpo de una mujer “vestida con ropas finas”- según el testimonio de uno de los trabajadores que la encontró- culminaba una vida en la que la depresión y la melancolía fueron instancias repetidas. Pero también la fuerza para defender a un hijo no reconocido y escribir una poesía en la que combina audacia, ironía, lirismo, innovación. Por el reconocimiento de su cuerpo en la naturaleza nos muestra cómo el amor y la pasión no son patrimonio del varón.
Junto con otras mujeres conforma una generación de escritoras que bien podría llamarse la de “las modernas”: rompen los prejuicios y por medio de la escritura, se hacen un lugar de privilegio en las revistas literarias, en las editoriales y en las mesas de los banquetes, tan de moda por aquellos años. Junto a Victoria Ocampo, Delfina Bunge, Salvadora Medina Onrubia, Norah Lange, consiguen lo que no pudieron ni siquiera imaginar sus antecesoras, y dejan abierto un camino para las que vendrán.
Alfonsina pudo elegir su camino: aún en las circunstancias de una vida extremadamente modesta, signada por el trabajo de obrera en una fábrica de gorras o el de lavaplatos y camarera en el café de sus padres, el teatro le permitió evadirse de la rutina que le estaba destinada. Y luego la maternidad, sin duda una elección –Alfonsina fue anarquista y luego socialista– y el viaje a Buenos Aires, donde si bien la vida no fue mejor, le permitió educar a su hijo, desempeñarse como periodista y publicar sus libros de poesía.
El varón está presente en su poesía desde distintos ángulos: el padre depresivo y suicida, el amigo y quizás enamorado, también suicida, Horacio Quiroga, y aquellos sin nombre, pero que presumiblemente fueron el desencuentro, el abandono, la exigencia no satisfecha.
En 1926 publica una nota,“El derecho de engañar y el derecho de matar”. Y encara un tema escabroso, sobre todo porque se parece bastante a su propia vida, y Alfonsina no revelaba el secreto de su maternidad más que a algunos amigos muy queridos. Una muchacha dio muerte al padre de un hijo natural de ambos, por haberse negado a darle su nombre. Y lo novedoso del planteo es que la responsabilidad del hombre Alfonsina la remite a lo social: ese hombre defrauda al conjunto, no tan solo al individuo, y por lo tanto la solución debe estar en el nivel de ese conjunto, afectado por una conducta inmadura y tramposa.
Y en un párrafo de dura actualidad caracteriza a la sociedad de hace ya casi un siglo:
“Fácil ha sido siempre advertir que el espíritu argentino tiende a proteger al individuo en desmedro de la sociedad que lo integra: todo, en nuestro país, delata al individualismo imprevisor y sensual, atropellando la ley para beneficiar a un hombre, a una institución, a un interés creado cualquiera. En una sociedad de tal tendencia –que no delata en verdad una sociedad de primer agua– es natural que el débil carezca de protección, porque el débil (mujer, niño, miserable, enfermo) no es, como individuo de lucha, potencia alguna frente a otro individuo cebado de un poder activo y circulante”.
En su poesía habla por la mujer que no ha comprendido, habla por un yo lírico que coincide bastante con su personalidad, dialoga con otras mujeres con las que comparte sufrimiento y, por último, como en el poema "Voy a dormir", se queda sola consigo misma, y ese es el momento peor, porque es el de la muerte. Alguien que escribe un "Epitafio para mi tumba" es alguien que ha pensado no solamente en la muerte, sino en lo que viene después; y ese es otro tipo de angustia: la de desaparecer, no ser nada, que nadie la recuerde. Alfonsina tuvo suerte: hoy la seguimos recordando, cada vez con un interés más lúcido.
De "Alfonsina, una biografía esencial".