Temachtiloyan "Yaokonewan Chapultepetl" Nealtican, Kwetlaxowapan

Temachtiloyan "Yaokonewan Chapultepetl" Nealtican, Kwetlaxowapan Escuela Publica de nivel primaria indígena, ubicada en el municipio de Nealtican, en el Estado de Puebla; creada el 13 de septiembre de 1990.

Reglas de operación:
1.- En esta página se publicará información sobre las actividades educativas de la escuela primaria.
2.-Respetar en esta página a cada uno de los miembros de la comunidad escolar (estudiantes-docentes-padres/madres de familia).
3.-Se constituye como espacio de participación asertiva, creativa y promovente del proceso formativo de la comunidad y su identidad cultural.
4.-La publicación y/o presentación de las actividades escolares deberá cumplir las especificaciones técnicas y legales para evitar las restricciones que se presenten al momento de la publicación del material así como presentar los créditos de los responsables que lo realizaron y sus fuentes de audio, video y objetivos del mismo.

15/05/2026

En un mundo que se mueve a una velocidad vertiginosa y donde la información parece sobrar, la figura del docente emerge como un guía esencial que ayuda a filtrar la realidad, a cuestionar lo establecido y a construir un criterio propio. El verdadero maestro es aquel que entiende que su labor trasciende las paredes del aula; no solo imparte una lección académica, sino que siembra semillas de confianza, curiosidad y ética en el terreno fértil de la mente de sus estudiantes.

Ser maestro es un ejercicio constante de esperanza y paciencia. Es tener la capacidad de ver el potencial oculto donde otros solo ven dificultades, y poseer la generosidad de entregar el conocimiento sin reservas, sabiendo que el éxito del alumno es el mayor premio a su esfuerzo. Cada palabra de aliento, cada corrección hecha con amor y cada hora dedicada a planear el futuro de otros, forma parte de un legado que se manifiesta años después, cuando esos niños y jóvenes se convierten en ciudadanos íntegros y valientes.

Hoy recordamos que la educación es la herramienta más poderosa para transformar sociedades, pero que esa herramienta solo cobra vida a través de la pasión y la humanidad de quienes la ejercen. A todos los maestros que, con tiza o pantalla, con libros o con el ejemplo, iluminan el camino de las nuevas generaciones, gracias por su vocación inquebrantable. Su labor es el pimiento sobre el cual se construye el mañana, y su influencia es una huella imborrable que acompaña al ser humano durante toda su vida.

¡Feliz Día del Maestro!

destacados

15/05/2026
15/05/2026

Cuando castigas a tu hijo por expresar lo que siente, no lo estás corrigiendo… lo estás silenciando.
Y un niño que aprende a callar, se convierte en un adulto que no sabe defenderse, que no sabe poner límites, que duda de su valor.

Dale la libertad de hablar, de cuestionar, de expresar.
Corrige la forma, pero nunca el derecho a decir lo que piensa.
Porque si hoy lo haces sentir culpable por hablar, mañana se tragará palabras que le dolerán por dentro.
No confundas respeto con obediencia ciega.
El respeto se gana con escucha, con guía, con ejemplo.
No con miedo.

Permítele pensar, aunque se equivoque.
Porque solo los que se atreven a hablar… se atreven a crecer.
Y un hijo que se siente escuchado, será un adulto que no se deja romper.

11/05/2026

La escuela secundaria es un ecosistema de paradojas, pero ninguna es tan aguda como la que envuelve al prefecto. En el imaginario escolar, el prefecto es esa figura que camina los pasillos, el rostro que aparece cuando la regla se rompe y el brazo que ejecuta la norma. Sin embargo, en el fondo el prefecto es, por definición, un agente de cuidado cuya labor principal es garantizar la integridad y el bienestar de los menores, pero casi invariablemente es percibido como un agente de persecución. Esta distorsión (donde el acto de proteger se confunde con el acto de acosar) convierte al pasillo en un territorio de conflicto emocional donde el prefecto camina, muchas veces, en una absoluta soledad institucional.

Para un adolescente, cuya identidad se construye a través del desafío y la búsqueda de autonomía, cualquier límite es interpretado como un obstáculo personal. Cuando un prefecto señala un uniforme incompleto, disuelve una aglomeración en los baños o solicita el ingreso puntual al aula, está operando como un muro de contención. El problema surge cuando ese muro es visto por el alumno como una celda que lo encierra. Es aquí donde la frustración del estudiante se transforma en una narrativa de "persecución personal". El joven siente que el prefecto "la trae contra él", una percepción que simplifica la complejidad de la norma y la traslada al terreno de la enemistad individual.

Esta interpretación errónea del cuidado no termina en el alumno. Trágicamente, se extiende a los padres de familia y, en ocasiones, a las propias autoridades educativas. El padre de familia, movido por un instinto de protección que a veces nubla el juicio formativo, suele recibir la queja de su hijo como una verdad absoluta: "el prefecto me molesta". En lugar de entender la intervención como un mecanismo para garantizar la seguridad de su propio hijo y la de los demás, el padre cuestiona la intención del trabajador. La autoridad educativa, por su parte, presionada por evitar conflictos o quejas administrativas, suele pedirle al prefecto "tacto", una palabra que en el lenguaje escolar a veces funciona como un eufemismo para la permisividad. Así, el prefecto queda atrapado, si cumple su función de cuidar, es señalado como perseguidor; si deja de hacerlo para evitar quejas, abandona su responsabilidad de protección.

Este análisis nos obliga a mirar hacia la salud mental del prefecto. En los últimos años, el discurso educativo ha ganado terreno (con justa razón) en la visibilización del desgaste emocional del docente. Se habla de su estrés, de la carga administrativa y de su necesidad de acompañamiento. Pero ¿quién pregunta cómo está el prefecto? Mientras el docente tiene el resguardo del aula y el contenido académico como mediador, el prefecto está expuesto a la intemperie del conflicto en estado puro. Su jornada consiste en una sucesión interminable de micro-crisis, desde la gestión de una pelea hasta el enfrentamiento verbal con un estudiante que descarga en él todas sus frustraciones familiares y sociales.

A diferencia del docente, el prefecto enfrenta situaciones repetitivas que ponen a prueba su capacidad de no perder el control. Es un ejercicio de contención diaria ante la provocación, la apatía y, con frecuencia, el insulto. Se le exige una ecuanimidad casi sobrehumana, debe ser firme pero no autoritario, vigilante pero no intrusivo, normativo pero empático. Sin embargo, nadie se detiene a analizar el costo emocional de ser el receptor de la negatividad colectiva de una escuela. El prefecto debe gestionar su propia frustración al ser malinterpretado constantemente, sabiendo que, aunque intente hacer las cosas de la mejor manera, el estigma de "el malo del pasillo" lo perseguirá al final del día.

La salud mental en esta función es un punto ciego en las políticas de convivencia escolar. La capacidad de un prefecto para no "explotar" o para evitar que una situación escale a la violencia depende de una estabilidad emocional que la institución rara vez cultiva. Se asume que, por el solo hecho de ocupar el puesto, la persona es un bloque de granito impermeable a las emociones. Pero el prefecto siente el peso de las quejas injustas de los padres, la soledad ante autoridades que no siempre lo respaldan y el rechazo de los alumnos a quienes, paradójicamente, está intentando proteger de riesgos que ellos aún no alcanzan a dimensionar.

Esta es la tensión moral que el prefecto resuelve cada mañana al poner un pie en la escuela. La gestión de la frustración del alumno es, en realidad, una tarea de modelaje social. Cuando el prefecto sostiene la norma a pesar del enojo del estudiante, le está enseñando que el mundo tiene límites y que esos límites son los que permiten la vida en común. El problema es que este acto tiene un precio muy alto cuando se realiza sin el reconocimiento de la comunidad.

Es necesario transitar hacia una nueva cultura escolar donde el prefecto deje de ser el "policía" para ser reconocido como el gestor de la convivencia. Esto implica que los padres comprendan que el límite que el prefecto pone es una extensión del cuidado que ellos mismos desearían para sus hijos. La salud mental del prefecto no debe ser un tema secundario; es la base sobre la cual se sostiene la seguridad emocional de la escuela. Si no protegemos el equilibrio de quienes vigilan nuestros pasillos, estamos dejando la convivencia a merced del desgaste y el agotamiento. Al final del día, el prefecto no busca ser un héroe ni un villano; solo busca que, en el caos del recreo o la salida, cada alumno regrese a casa tan íntegro como llegó.

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11/05/2026

En la Edad Media, la música no se estudiaba como una expresión artística emocional o una técnica de interpretación, sino como una ciencia matemática del sonido. Al formar parte del Quadrivium (las artes del número), su enseñanza se centraba en la proporción y la armonía que rige el universo.

1. El número en movimiento

Si la aritmética era el estudio del "número en sí mismo", la música se definía como el "número en movimiento" o en relación. El objetivo no era aprender a tocar un instrumento, sino comprender las leyes matemáticas que permiten que los sonidos armonicen entre sí.

2. La base pitagórica: Las proporciones

La enseñanza se basaba en los descubrimientos atribuidos a Pitágoras sobre la división de una cuerda (monocordio). Se enseñaba que los intervalos musicales más perfectos corresponden a proporciones numéricas simples:

• La Octava: Proporción $2:1$ (dividir una cuerda a la mitad).
• La Quinta: Proporción $3:2$.
• La Cuarta: Proporción $4:3$.

Los estudiantes debían calcular estas razones matemáticas para entender por qué ciertos sonidos resultaban "consonantes" (agradables) al oído humano.

3. La jerarquía del sonido (Boecio)

Siguiendo los textos de Boecio (fundamentales en el currículo medieval), se enseñaba que existían tres tipos de música:

• Musica Mundana: La "música de las esferas". Se creía que el movimiento de los planetas generaba una armonía matemática perfecta que el ser humano no podía oír, pero sí comprender mediante el cálculo.
• Musica Humana: La armonía entre el cuerpo y el alma, regulada por proporciones numéricas que mantenían la salud y el equilibrio espiritual.
• Musica Instrumentalis: La música audible producida por voces o instrumentos. Esta era considerada la categoría más baja, pues era solo un reflejo imperfecto de las armonías matemáticas superiores.

4. El "Musicus" vs. el "Cantor"

Existía una distinción académica crucial:
• El Cantor: Era quien simplemente ejecutaba la música (el intérprete). No solía tener un estatus académico elevado.
• El Musicus: Era el verdadero sabio, el académico que entendía las proporciones, las leyes físicas y el orden numérico detrás del sonido.

En resumen, aprender música en la escuela medieval era, en esencia, estudiar la arquitectura matemática del cosmos a través del sonido.

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11/05/2026

Recientemente, el gesto de la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso de escribir "Méjico" con "j" ha levantado algo más que una polvareda digital; ha destapado el perfume rancio de un pensamiento del imperialismo que todavía busca "civilizar" a través de la grafía. Lo que para algunos puede parecer una simple variante ortográfica, para un sector de la población en México es un acto de violencia simbólica que pretende borrar de un plumazo la raíz que nos sostiene.

Para entender el peso de este gesto, hay que mirar la "X" de México como un monumento. Esa "X" es el refugio de nuestra identidad. Representa el sonido antiguo del náhuatl, el susurro del Mēxihco que aludía al "lugar en el ombligo de la luna". Es el nexo que nos une con los pueblos originarios y la marca de una resistencia que sobrevivió a la espada y a la cruz. Cuando abrazamos la "X", estamos diciendo que nuestra historia no comenzó en 1492; estamos reivindicando una herencia que tiene pies de barro, plumas de quetzal y una cosmogonía propia que no necesita el permiso de ninguna academia europea para ser válida.

Por el contrario, la insistencia de figuras de la ultraderecha española en usar la "j" carga con un significado colonizador asfixiante. La "j" es la herramienta del control. Es el intento de domesticar lo salvaje, de ajustar la riqueza fonética de nuestras lenguas madre a la comodidad de la garganta del conquistador. Al escribir "Méjico", Ayuso no solo comete un anacronismo, sino que lanza un mensaje político, de una España que se siente dueña de la lengua y, por extensión, de la verdad. Es una postura que ve a México como una provincia lejana que ha olvidado las reglas de su "madre patria", ignorando que somos una nación soberana con el derecho inalienable de definir nuestra propia imagen.

Este fenómeno nos obliga a pensar seriamente en la descolonización de nuestras aulas. Durante demasiado tiempo, nuestro sistema educativo en Latinoamérica ha operado bajo una mirada eurocéntrica, donde lo "correcto" siempre venía del otro lado del océano. Hemos aprendido a evaluarnos con reglas que no nos pertenecen. La verdadera educación emancipadora debe empezar por recuperar el valor de nuestros símbolos. En las escuelas, enseñar a escribir México con "X" debe ser un ejercicio de pedagogía crítica; explicar que ese trazo cruzado es la intersección de nuestro pasado indígena y nuestra realidad presente. Descolonizar el pensamiento en el aula significa entender que no somos una copia mal hecha de Europa, sino una identidad original y potente.

Cuando el discurso político de la ultraderecha utiliza la gramática para marcar jerarquías, está intentando restablecer una estructura de poder donde ellos son los maestros y nosotros los alumnos rebeldes. Es una forma sutil, pero agresiva, de decir que nuestra identidad es secundaria frente a su norma. Es negarse a ser "traducidos" para el confort de quien nos mira con nostalgia colonial. Es una invitación a que, en cada rincón de nuestra región, dejemos de pedir permiso para ser quienes somos.

El verdadero dilema es si estamos listos para sacudirnos definitivamente esos restos de polvo colonial que todavía ensucian nuestros libros de texto y nuestros discursos. Escribir México con "X" es recordar que nuestro ombligo está aquí, en nuestra propia tierra, y que ningún poder externo tiene la tinta suficiente para borrar la huella de nuestros ancestros.

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