Humberto Valdez-Sanchez

Humberto Valdez-Sanchez

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Personajes y hechos de la historia de México que te sorprenderán, conmoverán o decepcionarán.

13/08/2026

CHISMES EN EL CONVENTO

CAPÍTULO XX. EN SALTILLO
PARTE 1. CHISMES EN EL CONVENTO

Al día siguiente no esperé a que la madre Clemencia me mandara llamar, fui a su oficina a buscarla. Le pregunté si ya le habían informado del incidente y me dijo que por desgracia sí; que ya las hermanas le habían reportado el “bochornoso” incidente. Cuando dijo “hermanas”, en plural, supe que se refería a las madres Carmen y Loreto; que ambas le habían contado su versión de los hechos, la cual no me sería favorable. Hubiera sido posible defenderme de la acusación de una de ellas, pero no de las dos juntas. La madre Clemencia sabía que ellas se odiaban y que nunca se pondrían de acuerdo para unirse, mentir y perjudicarme. Comprendí que sería inútil intentar defenderme; me limité a inclinar la cabeza y escuchar a la madre superiora decir lo decepcionada que estaba con mi actitud; lo equivocada que había estado la madre Martha por haberme permitido ingresar a la comunidad, la cual estaba contaminando con mi conducta.

—Además, hermana Cayetana, me han dicho que usted frecuentemente ofende y humilla a sus compañeras religiosas.

Cuando escuché la acusación me quedé sorprendida, porque quizás alguna vez podría hacer una broma que a alguien no entendiera o un comentario que se malinterpretara, pero de eso a ofender y humillar deliberadamente a alguien había mucha distancia, por lo cual me atreví a preguntarle:

—¿Quiénes le dijeron eso, madre? ¿A qué hermanas ofendí?

—No tiene caso decirle quién me lo dijo, porque ésa es su función: tenerme informada de lo que pasa en el convento. Pero me dijeron que usted se burló e insultó a las hermanas…

La madre Clemencia mencionó el nombre de varias religiosas, algunas jóvenes y otras mayores. ¡No lo podía creer! Las religiosas jóvenes eran amigas mías y bromeábamos, pero nunca dije o hice algo que las pudiera ofender. Las religiosas mayores tenían la edad de mi madre o de mis tías y las trataba con algo de familiaridad, pero con total cortesía y respeto. Recuerdo en especial a esas dos religiosas mayores, a quienes muy seguido las encontraba platicando en algún pasillo; yo pasaba, sonreía, las saludaba y les decía:

—Ahorita les traigo una silla y un café para que platiquen a gusto.

Ellas se reían y me respondían, fingiendo seriedad:

—Si por favor, hermana. Con leche y tres cucharadas de azúcar.

—También nos trae una co**ha con nata.

Después de esto, reíamos las tres.

Yo sabía que a ninguna de ellas había ofendido, y sabía que ninguna de ellas se quejó de mí. De hecho, lo comprobé en el transcurso de los días siguientes, cuando, de una en una, las fui buscando y les pedí disculpas por si las había ofendido o humillado con algo que dije o hice. Todas, lo recuerdo bien, me miraron extrañadas y me respondieron que eso no había ocurrido. No les dije de dónde había sacado esa idea.

—¿Por qué no les manda hablar para que compruebe que eso no es cierto? —recuerdo que le propuse a la madre Clemencia.

—No, hermana Cayetana. No tiene caso que hagamos de este asunto un chisme de vecindad y que andemos con dimes y diretes —respondió la madre Clemencia.

Me decepcionó comprobar cómo la madre Clemencia era capaz de enjuiciar, sentenciar y castigar a alguien sin oír su defensa. Me decepcionó como muchas religiosas abren sus oídos a la maledicencia y sus labios a la calumnia. Desde antes que yo entrara a su oficina yo ya estaba enjuiciada y condenada. Solo me faltaba oír la sentencia. Me faltaba saber cuál era mi castigo.

Esta novela se publica martes, jueves y sábado. Gracias por leerla y comentarla.

12/08/2026

227. LA REVOLUCIÓN DE LOS PENJEDOS

A la muerte de Venustiano Carranza, el Gral. Adolfo de la Huerta fue designado presidente interino, por el Congreso, para gobernar del primero de junio de 1920 al 30 de noviembre del mismo año, mientras se efectuaban elecciones. En su breve gobierno logró la rendición del Gral. Francisco Villa, quien se retiró la vida privada.

En las elecciones presidenciales de 1920, el Gral. Álvaro Obregón resultó triunfador para gobernar el cuatrienio de 1920 a 1924. Con su elección terminó la Revolución Mexicana, ya que pudo ejercer el cargo durante su período completo y el país estuvo en paz, salvo algunos pequeños grupos revolucionarios que siguieron peleando.

Nos han enseñado a los mexicanos a sentirnos orgullosos de haber tenido la primera revolución del Siglo XX en el mundo. Nos dijeron que gracias a la Revolución Mexicana nos deshicimos de un “dictador” (al cual ya no le quedaba mucho tiempo de vida); que empezamos a disfrutar de una democracia (en la cual ganaba siempre el mismo partido y el presidente era un dictador sexenal); que los trabajadores empezaron a tener derechos laborales (los cuales fueron consecuencia de la Primera Guerra Mundial); que la educación laica, gratuita y obligatoria empezó a ser una realidad en México (y lo fue, porque la creciente sociedad urbana e industrial necesitaba trabajadores alfabetizados); que los latifundios se prohibieron y se repartieron (se prohibieron en el papel y se repartieron entre los nuevos caciques revolucionarios, y los campesinos van a tardar décadas en obtener las tierras).

Nos hicieron odiar a Porfirio Díaz y a Victoriano Huerta, y nos hicieron amar y respetar a Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Francisco Villa, Emiliano Zapata y muchos otros revolucionarios. Quizá algunos de ellos merezcan el honor de ser considerados héroes, pero otros se mancharon las manos (y los brazos) de sangre y traicionaron los más básicos principios humanos. Usted decidirá quiénes…

No nos dijeron que esa Revolución Mexicana, que inició Francisco I. Madero, a quien festejamos cada 20 de noviembre, causó una pérdida de población mexicana de entre ¡UNO Y TRES MILLONES DE PERSONAS!, destruyó nuestra economía y nos hizo perder una oportunidad para salir de nuestro subdesarrollo. Habrá quién diga que la Revolución terminó con la injusticia y la desigualdad que existía, y lo dirán muy convencidos, porque así se los inculcaron, y nada puedo hacer contra eso.

Conocer nuestra historia sirve para comprender nuestro presente y planear nuestro futuro, lo cual resulta difícil en ocasiones, porque la historia la escriben, y la enseñan, los que ganan, y lo hacen a su conveniencia, sin poner las cosas buenas de los que perdieron, ni las cosas malas de los que ganaron. La Revolución Mexicana es la parte de nuestra historia más difícil de estudiar, porque casi todos los gobernantes de México contemporáneo salieron del Partido Revolucionario Institucional (incluyendo a ya saben quiénes), y el PRI salió de la Revolución, y por eso debieron escribir la historia de manera que todos los revolucionarios quedaran como héroes grandes y perfectos, aunque en realidad, como decía mi difunta santa madre: “No había a cuál irle” y “Tan caprón es el pinto como el colorado”.

Independientemente de los conflictos entre los revolucionarios, lo más importante fueron sus resultados, los cuales podemos apreciar en la definición, de lo que fue la Revolución Mexicana, que hizo Adolfo López Mateos, quien fuera Presidente de México, por el Partido Revolucionario Institucional, de 1958 a 1964:

“La Revolución Mexicana fue la revolución perfecta, pues al rico lo hizo pobre, al pobre lo hizo penjedo, al penjedo lo hizo político y al político lo hizo rico”.

De entre Porfirio Díaz, Victoriano Huerta, Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Francisco Villa y Emiliano Zapata, a quienes más respeto son Porfirio Díaz y Emiliano Zapata; a los que menos respeto son a Francisco I. Madero y Venustiano Carranza.

Sin afán de entrar en debates ¿Cómo reparte usted su respeto entre los personajes de la Revolución?

Los leo en sus comentarios.

Si le gustó esta publicación dele click en seguir y no se pierda la próxima publicación: LA ADOLESCENTE A5E51NA.

11/08/2026

LUNA DE MIEL, LUNA DE MUERTE

CAPÍTULO XIX. EN SAN LUIS POTOSÍ
PARTE 3. LUNA DE MIEL, LUNA DE MUERTE

A la semana siguiente, Sacramento me llevó de viaje de bodas a Estados Unidos. Quería aprovechar que, por la Gran Depresión Económica, había muchas mercancías en liquidación y quería surtir su tlapalería. Viajamos en tren, pero no en segunda clase, viajamos en camarote privado. Fuimos a San Antonio, Texas. Sacramento me dijo que fuera a comprarme ropa y cosas bonitas mientras él hacía sus negocios. No me dio dinero, me dijo que ordenara que llevaran todas mis compras al hotel y las cargaran a su cuenta.

Me asombró mucho el gran tamaño de los almacenes y tiendas que había ahí. Después de más de diez años de vestir hábito, o de comprar ropa en el mercado, no me decidía qué ropa comprar. Me llevé varios catálogos para que Fabi me hiciera los modelos que me gustaran. De cualquier manera, no resistí la tentación y compré perfumes y algunos vestidos de tarde y noche. Le compré ropa y lociones a Sacramento, y gasté mis ahorros en regalos para Fabi, doña Malena, doña Rita, Romi, Toñito y las muchachas de la fonda.

Todos los días Sacramento y yo comíamos juntos en el comedor del hotel o me llevaba a un restaurant. En la noche siempre me llevaba al cine, a cenar o a bailar. Una noche, nos disponíamos a ordenar en un elegante restaurante, cuando vi que a nuestro lado pasó una pareja norteamericana de mediana edad. Ella llevaba un vestido que me gustó mucho, aunque sólo pude apreciar su parte posterior. Pensé que le podría preguntar dónde lo había comprado. Cuando se sentó, volví a mirarla, para apreciar los detalles frontales de su vestido; en ese momento ella volteó hacia nuestra mesa, trató de ponerse de pie, pero se llevó las manos al pecho y se desplomó al piso. Su acompañante se agachó a su lado y le dijo:

—Darling, Darling! What happen? Are you ok?

La mujer no reaccionó, y el hombre empezó a gritar:

—Please, somebody call a doctor!

Uno de los comensales se acercó a examinar a la mujer y le dijo:

—I´m sorry, Sir. She is dead.

Yo preferí no quedarme en el lugar y le pedí a Sacramento que regresáramos al hotel. Me impresionó mucho la muerte de la señora.

—¡Pobre mujer! —dijo Sacramento—. Al menos no sufrió. Tuvo una muerte rápida.

—Ojalá hubiera podido tener una vida muy larga —murmuré.

No le dije a Sacramento que esa mujer era mi madre.

¿Por qué estuvo tan corto este capítulo?
¿Por qué tanta la frialdad e indeferencia de María Regina?
¿Por qué tanta ausencia de amor filial en ese duro y frío corazón que tiene?
¿Por qué hubiera querido que su madre tuviera una vida muy larga? ¿Para que disfrutara o para que sufriera?
¿Qué cosas ignoramos aún de la vida de esta enigmática mujer?
¿Cuándo será el siguiente depósito de mi pensión de bienestar?
¿Le cobrará la vida sus mentiras y engaños?
¿Que nuevos conflictos tendrá que enfrentar la sumisa y sufrida Sor María Cayetana, en el convento de las Adoratrices Perpetuas del Tepeyac de Saltillo, Coahuila?
¿Mandaré a hacer otra reimpresión de esta exitosa novela?, que, dicho sea de paso, se publica martes, jueves y sábado, y tiene un precio de $300, con envío nacional gratis.

Photos from Humberto Valdez-Sanchez's post 10/08/2026

226. LA MUERTE DEL RECIÉN CASADO: VENUSTIANO CARRANZA

Venustiano Carranza derrotó a Villa y Zapata, y llegó al poder, gracias a la ayuda de los generales Álvaro Obregón y Pablo González, sin embargo, cuando estaba en su último año de gobierno, sabía que no se podía reelegir y decidió apoyar a un amigo suyo, el Ing. Ignacio Bonillas, para que ocupara la presidencia y poderlo manipular.

Esto hizo que muchos militares se pusieran en su contra y, encabezados por el Gral. Álvaro Obregón, proclamaran el Plan de Agua Prieta, el cual estuvo apoyado por los generales Pablo González, Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles.

La rebelión creció rápidamente por todo el país y Venustiano Carranza se vio obligado a abandonar la capital y dirigirse a Veracruz, pero las cosas no van a salir bien para el recién casado.

El 5 de abril de 1882, a los 24 años de edad, Venustiano Carranza Garza se había casado con María Brígida Virginia Salinas Balmaceda, con quien procreó seis hijos: Julia, Virginia, Gustavo, Bertha, Guadalupe y Leopoldo, de los cuales solo Virginia y Julia llegaron a la edad adulta.

Cuando Carranza ocupó la presidencia, la señora Virginia Balmaceda realizó las funciones de Primera Dama de México, aunque, desde hacía diez años, Carranza tenía otra mujer, llamada Ernestina Hernández, 22 años menor que él, con la que tenía cuatro hijos: Jesús, Venustiano, Emilio y Rafael.

En noviembre de 1919 falleció Virginia Balmaceda, esposa oficial de Carranza, quien a los pocos meses se casó con su otra mujer, Ernestina, pero no pudo disfrutar de su nuevo matrimonio, porque a los pocos días tuvo que salir huyendo de la capital.
Antes de abordar el tren, Carranza llamó a su sobrino y, con lágrimas en los ojos, le dijo: −“Si algo me sucede, te encargo mucho a mis hijos”. El mayor de 12 años, el menor de uno.

En la madrugada del 7 de mayo de 1920, Carranza salió de la capital, en un convoy de 20 trenes, donde iban soldados leales, los funcionarios de gobierno, con sus familias, y el tesoro de la Nación, consistente en todos los billetes, monedas y barras de oro y plata que había en la Tesorería.

A mitad de camino, los rebeldes destruyeron las vías y concentraron 20 mil hombres para detener el convoy, por lo que, el 14 de mayo, Carranza decidió abandonar los trenes, y el Tesoro de la Nación, en Santa María Coatepec, y tratar de llegar a Veracruz a caballo, a través de un camino en la Sierra Norte de Puebla, acompañado de un pequeño grupo de seguidores, protegidos por los cadetes del Colegio Militar. Esperaban encontrar el apoyo del general Gabriel Barrios Cabrera.

En la Hacienda de Santa Lugarda, el señor Mucio Barrientos les ofreció un almuerzo en una mesa para veinticuatro personas. En Ixtacamaxtitlán, el nervioso barbero del pueblo, vigilado por cuatro guardias armados, le recortó la barba al presidente de la República. De ahí salieron apresurados porque se enteraron de que los perseguían las tropas del Gral. Jesús Guajardo, ese a quien, un año antes Carranza recompensó por haber asesinado Emiliano Zapata.

En Tetela le tomaron una fotografía, la última en vida, donde se muestra cansado y abatido. Una niña dijo: “Es un hombre muy solo para ser el presidente”. En Cuautempan, Carranza se dio cuenta que no encontraría el apoyo prometido del general Gabriel Barrios Cabrera. Ahí decidió que los cadetes del Colegio Militar retornaran a la capital. En la pendiente de la serranía, los jinetes desmontan los caballos y caminan, jalándolos de las bridas a su cabalgadura. En Amixtlán, el alcalde lo recibe con honores, lo que Carranza agradece con una cantidad de dinero para continuar la construcción de su mercado, y promete a la profesora del pueblo que le mandaría un apoyo económico para la reconstrucción de la escuela. En una casa del pueblo lo dejan usar la letrina del corral. Al irse, descubren que usó billetes de a dos pesos para limpiarse el trasero.

El día 20, el Gral. Rodolfo Herrero y sus hombres lo encontraron y le ofrecieron protección, escoltándolo hasta el rancho de San Antonio Tlaxcalantongo, donde pasaron la noche. El Gral. Herrero se marchó a otro pueblo, pretextando que uno de sus hermanos había sido herido accidentalmente.

Carranza y sus acompañantes se dispusieron a pasar la noche en una de las chozas del rancho. A las tres de la madrugada entró al jacal un soldado de Herrero, a reportarse, pero en realidad fue a fijar el lugar exacto donde dormía Carranza. Media hora después, desde afuera de la choza, un grupo de hombres disparó hacia el sitio donde dormía el presidente, hiriéndolo en una pierna y entrando después para rematarlo.

El Gral. Rodolfo Herrero obligó a varios de los acompañantes de Carranza a firmar un acta donde constaba que el presidente se había suicidado. Herrero fue procesado por este crimen, pero nunca recibió castigo y conservó su cargo en el ejército hasta que...

La ropa ensangrentada que vestía Carranza aquel fatídico día: unos calzoncillos largos, una camiseta de manga larga, una camisa, un pantalón, un s**o y unas botas, se conservan en el Museo Casa de Carranza de la ciudad de México.

Imágenes:
Venustiano Carranza, Virginia Salinas de Carranza, Julia y Virginia Carranza Salinas, general Rodolfo Herrero.

Si no ha leído el artículo sobre la traición y as*****to de Emiliano Zapata, dele click en el enlace azul del primer comentario.

08/08/2026

EL PÁJARO DEL DESEO

CAPÍTULO XIX. EN SAN LUIS POTOSÍ
PARTE 2. EL PÁJARO DEL DESEO

Como doña Malena no había encontrado aún quien nos sustituyera a las dos, acepté ayudarla hasta el viernes con una condición: que ella fuera mi testigo de honor en la boda. El otro sería Fabi.

El día de la boda, Fabi me entregó el vestido de boda que Altagracia me regaló. Nunca lo hubiera imaginado de tan bonito y tan sencillo. Era una falda amplia, de color blanco perla, a medio tobillo, que abajo llevaba una crinolina para darle volumen; una blusa blanca, con escote redondo, manga hasta el codo y bordados en color blanco brillante. Un rebozo gris plata de Santa María del Río y un lazo para el cabello del mismo color. Fabi me ayudó a maquillarme un poco y a recogerme el cabello con las peinetas y el lazo.

La boda fue en un pequeño salón privado de un restaurante. Invité a Fabi, a doña Malena, a la portera, a una docena de vecinos y a las muchachas de la fonda. Sacramento invitó al padre Francisco, a doña Rita y su hijo, y a una docena y media de amigos suyos con sus esposas. La boda íntima que yo pensaba, se convirtió en una fiesta con cena, música y baile para más de cincuenta invitados.

Sacramento mandó un automóvil por mí y por mis testigos, para llevarnos al salón. Me estaba esperando a la entrada. Se veía muy guapo y elegante con su traje negro, camisa blanca y corbata roja. Al recibirme sonrió y le brillaron los ojos de felicidad. Sacó del bolsillo un anillo antiguo de oro con una esmeralda y me lo puso en el dedo diciéndome:

—Es lo más valioso que tengo. Es lo único que conservo de mi madre. Durante años lo llevé amarrado al cuello con un cordón de cuero. Ahora es tuyo, como tuya es mi vida entera. Te juro, por el recuerdo de mi madre, que nunca te arrepentirás de haberme aceptado, y que nunca dejaré de quererte y de cuidarte, María Regina.

Me sentí profundamente enamorada y agradecida por tanto amor que Sacramento me estaba ofreciendo. Lo tomé del brazo y entramos al salón donde nos esperaban de pie los invitados y el juez del registro civil. Esa noche me sentí feliz porque yo, María Regina Herrera Moro, de 30 años de edad, originaria de Concepción del Oro, Zacatecas, me convertí en la esposa de José Sacramento Guajardo Vega, de 47 años de edad, originario de Lampazos de Naranjo, Nuevo León.

Después de la boda, Sacramento me presentó, uno a uno, a sus amigos y sus esposas. Casi todos ellos eran comerciantes, había varios militares y un par de funcionarios de gobierno. Después de la cena hubo un rato de baile. Me sorprendió lo mucho que disfruté bailando con Sacramento.

—Tengo diez años de conocerlo –me dijo doña Rita— y nunca lo había visto tan feliz.

Una hora antes de que acabara el baile, Sacramento me tomó de la mano y me sacó del salón. Afuera estaba su camioneta y nos fuimos a la casa.

Al llegar, Sacramento se quedó un momento en su salita de lectura, mientras yo me adelantaba a la recámara. Me quité el vestido de novia, me puse el camisón de dormir y me acosté en la cama, bocarriba, tal y como lo oí de jovencita en alguna plática de mis tías: “Nomás me acuesto bocarriba y lo dejo que se suba a hacer sus cosas, mientras yo pienso que voy a hacer de comer mañana”.

Sacramento entró a la recámara, ya se había quitado los zapatos y el s**o. Lo vi quitarse la camisa y quedar vestido sólo con su pantalón negro de paño de lana. Yo me ruboricé, no por ver su vientre cubierto de vello, sino porque en ese momento entendí el poema de Otilio González, que decía:

“Pasa una rubia, de ojos aceituna, junto a mí:
con los tacones va escribiendo tentaciones;
y yo siento a mi deseo, como un pájaro irascible,
dar debajo del flexible fieltro negro un aleteo.”

Sacramento apagó la luz, se sentó en la cama y se desnudó. Yo esperaba que se subiera encima de mí a hacer sus cosas, pero en vez de eso se acostó de lado en la cama y se puso a mirarme. Yo me di media vuelta en la cama para estar frente a él.

Estuvo platicando de lo maravillosa que estuvo la boda, de lo bella que yo lucía, de los comentarios de sorpresa y admiración que hicieron sus amigos, de la mirada de envidia de más de una señora. Mientras hablaba besaba mis manos o rozaba con las suyas mi cara y mi cuello. Creo que tenía miedo de faltarme al respeto, pero, poco a poco, su boca empezó a perder el miedo y sus manos el respeto, mientras que mi boca perdió la timidez y mis manos el pudor. No entendí cómo mi tía podía pensar en la comida del día siguiente en momentos como ése, pues yo me olvidé de todo lo que había en el mundo, menos de Sacramento.

En la madrugada, Sacramento me despertó, porque al darse la vuelta, dormido en la cama, su mano golpeó mi hombro. Me dio un beso en el hombro, me abrazó y siguió dormido. Su suave roncar no me molestó, al contrario, me tranquilizó, era una forma de sentir que ya no estaba sola, que él estaba a mi lado.

Esta es una novela. Se publica los martes, jueves y sábados.

No se pierda la continuación de esta cautivante historia el próximo martes, en un capítulo corto, pero sorprendente: "Luna de miel, luna de muerte".

La vida empieza a cobrar las mentiras...

Photos from Humberto Valdez-Sanchez's post 07/08/2026

225. TRAMPA PARA UN CAUDILLO: LA MUERTE DE EMILIANO ZAPATA

Venustiano Carranza tuvo que aceptar que el Congreso Constituyente de Querétaro no hiciera la Constitución como él quería, pero, a cambio de eso, fue electo como Presidente Constitucional de México, para gobernar el cuatrienio de mayo de 1917 a diciembre de 1920, derrotando en las elecciones a los generales Álvaro Obregón y Pablo González.

Durante su gobierno, Carranza trató de pacificar al país, pues en esa época Villa y Zapata aún vivían y atacaban constantemente al gobierno. El general Pablo González, encargado de la campaña militar en Morelos no podía derrotar a Zapata. Por eso le ordenó al coronel Jesús María Guajardo Martínez que fingiera haberse separado de Carranza, que no reconocía su gobierno y que estaba dispuesto a unirse a Zapata. Este le pidió, como prueba de lealtad, que aprehendiera y fusilara a medio centenar de soldados, quienes años atrás lo traicionaron al unirse al ejército carrancista. Guajardo, le comunicó la petición de Zapata al Gral. Pablo Gonzáles, y éste se comunicó con Venustiano Carranza, quien aceptó que asesinaran a cincuenta de sus propios soldados, con tal de lograr el engaño.

Zapata le pidió también, a Jesús Guajardo, que atacara Jonacatepec, que estaba en poder de las tropas de Pablo González. Simularon un combate, lo que convence a Zapata de la fidelidad de Guajardo, quien, además, en prueba de su amistad, le obsequió un caballo alazán, llamado "As de Oros".

Acordaron reunirse en la hacienda de San Juan Chinameca, Morelos, el 10 de abril de 1919, para intercambiar armas y municiones. Quizá, Emiliano Zapata ya no recordaba que, en ese mismo sitio, en septiembre de 1911, el ejército federal del presidente interino, Francisco León de la Barra, lo atacó con intención de matarlo.

Zapata llegó a Chinameca con más de doscientos hombres, quienes se quedaron en las cercanías, para proteger la hacienda. A las dos de la tarde, acompañado de diez hombres, y montando el alazán que le obsequió Guajardo, se acercó al zaguán de la casa grande de la hacienda. El clarín tocó tres veces llamado de honor, los soldados de Guajardo presentaron armas y, al terminar la última nota, dispararon a quemarropa. Zapata intentó sacar su pi***la y dar media vuelta, pero el caballo lo arrojó al suelo. Siete tiros le causaron la muerte. Sus acompañantes también murieron asesinados. El resto de sus hombres huyeron bajo el fuego de ametralladora de los soldados apostados en cerros y azoteas, perseguidos por un grupo de caballería que les causó muchas bajas.

El cadáver de Zapata fue trasladado a lomo de mula a la ciudad de Cuautla, en donde lo exhibieron en la presidencia municipal. Dos días después fue sepultado en el panteón ubicado a un costado de la iglesia del Señor del Pueblo.

Jesús Guajardo fue felicitado públicamente por Venustiano Carranza, ascendido a general y premiado con 50 mil pesos en monedas de oro "por haber cumplido satisfactoriamente la difícil comisión que le fue conferida". Ninguno de los dos disfrutó plenamente lo que consiguieron. su recompensa. Un año el presidente Venustiano Carranza murió asesinado, y el general Jesús Guajardo se levantó en armas, en Torreón, contra el presidente interino, Adolfo de la Huerta, pero fue fácilmente derrotado. Se refugió en Monterrey, en la casa del coronel Antonio Cano, quien lo traiciona. Fue apresado, sometido a juicio sumario y fusilado la mañana del 17 de julio de 1920.

El 10 de abril de 1932, fueron exhumados los restos de Emiliano Zapata y sepultados en un monumento construido en la Plazuela de la Revolución del Sur, frente al panteón municipal y la iglesia del Señor el Pueblo, en Cuautla. Sus familiares se opusieron a que los trasladaran al Monumento a la Revolución, para que no descansaran junto a los de Francisco I. Madero, quien lo engañó, y Venustiano Carranza, quien lo mandó asesinar.

De todos los personajes importantes de la Revolución Mexicana que he estudiado, Emiliano Zapata es uno de los dos que mostró mayor integridad, honestidad y congruencia en sus ideales; el otro fue…

Imágenes:
1. Emiliano Zapata
2. Gral. Pablo González y coronel Jesús Guajardo
3. Jesús Guajardo Martínez
4. Hacienda de Chinameca
5 y 6. Cadáver y última vestimenta de Emiliano Zapata
7 y 8. Tumba antigua de Emiliano Zapata.
9. Tumba actual de Emiliano Zapata.

06/08/2026

EL REGALO DE ALTAGRACIA

CAPÍTULO XIX. EN SAN LUIS POTOSÍ
PARTE 1. EL REGALO DE ALTAGRACIA

Al día siguiente sería el último domingo que pasaría en casa. Altagracia me invitó a ir al mercado a buscar unas peinetas para el cabello. Nos metimos a una platería y compró dos hermosas peinetas de plata labrada. De regreso a casa nos sentamos un rato en la plaza y me regaló las peinetas. Yo estaba emocionada, pero le dije que no las podía aceptar, que ya bastante había hecho con regalarme el vestido de boda. Me dijo:

—No es regalo de bodas, tonta. Es regalo de despedida.

—Pero yo no me voy a ir —le dije—. Nos seguiremos viendo todos los días.

—La que se va soy yo —me dijo, viendo a la lejanía—. Desde hace tiempo mi familia me espera en mi tierra.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunté.

—Yo lo sé —me dijo—. Me esperan desde hace varios años, pero no había podido ir. Ahora es tiempo.

La abracé y le dije:

—No quiero que te vayas. Te voy a extrañar, pero yo sé lo importante que es tu gente para ti.

Altagracia sonrió y me dijo, señalando las peinetas.

—Quiero dejarte otra cosa.

—¿Qué es? —le pregunté.

—A Romelia —me dijo con seriedad y angustia en la mirada.

—¿Qué? —pregunté, sin creer lo que escuché.

—No la puedo llevar conmigo. No la aceptarían porque no es una yoreme o india de raza pura, es una yori o mestiza. Me puedo quedar con ella aquí, pero tarde o temprano se avergonzaría de mí por no tener padre o por ser hija de una india, y eso no lo podría soportar. Quiero que ella esté en un lugar donde sea aceptada, quiero que ella sea feliz; si para conseguirlo tengo que renunciar a ella, lo voy a hacer, pero quiero que esté con alguien que la quiera y la cuide y pueda ser feliz. Una vez me dijiste —continuó hablando— que yo no era muy cariñosa con Romi, y es muy cierto, pero no por falta de amor ¡La quiero más que a mi vida! Era para que no se encariñara demasiado conmigo y me extrañara cuando llegara el momento.

—¿Quién es el papá? —le pregunté.

—Era un capitán llamado Andrés Quintero Nava. Fue un hombre que me quiso y me cuidó. Sin querer quedé embarazada de él y, cuando lo mataron, decidí que su bebé nacería y le cuidaría, como una manera de agradecer lo que me quiso y me cuidó; que algo de él perdurara en este mundo. Por eso quiero, Regina, que tú y el coronel se queden con Romi y sean sus padres.

—¿Ya lo sabe Sacramento? —le pregunté, tomándola de las manos.

—Ya, ya lo sabe, y aceptó —me contestó—. Estaba segura que él aceptaría.

No podía negarme. Altagracia me quería y estaba confiando en mí para que cuidara lo que ella más amaba en el mundo. ¡Porque estaba segura de que amaba a Romelia!
Nunca había visto llorar a Altagracia, si es que alguna vez lloró, pero estaba llorando cuando me preguntó:

—¿Aceptas, Regina?

—¡Con todo el corazón, llorona! —le dije.

—¡Perra! —me contestó.

—¡Gata! —le dije, mientras la abrazaba emocionada.

Altagracia me dijo que se iría después de mi boda. Que los muebles se los pensaba regalar a la portera, por haber cuidado a Romi, y que la ropa que no se llevara la iba a repartir entre las empleadas de la fonda.

El lunes en la mañana, Altagracia se levantó temprano para ir al trabajo. La oí preparase y despedirse de su niña, con la canción que le cantaba todos los días:

"Tosali, Seua, musalamachi,
Inapo henchí musaule
Jegui, Lichi, góquin ne seie,
Lichi musalamachi,
Jáchise jiaua, jítase ustia,
Ínapo henchí amágnaque… "

(Bonita. Blanca flor,
yo te quiero,
Sí, Chiquita, ven acá,
Chiquita bonita;
Qué dices, que quieres.
Que yo te lo puedo dar.)

También se acercó a mí y me dijo:

—Ya me voy, Regina. Cuida mucho a Romelia.

Yo, medio dormida, solo gruñí una respuesta y continué durmiendo. Cuando me desperté, un buen rato después, caí en la cuenta de que Altagracia nunca se despedía de mí para irse al trabajo. Me levanté de golpe y revisé sus cosas. No estaban sus joyas y faltaban ropa y zapatos.

Me arreglé rápidamente, dejé a Romi con la portera y me fui a la fonda esperando encontrarla. No estaba. Doña Malena me dijo que le había avisado su partida desde el lunes pasado, pero que le pidió guardar el secreto. Me dijo que Altagracia le había dictado una carta para que se la escribiera y me la diera:

María Regina:
Te mentí, perdóname. Nunca tuve intención de quedarme a tu boda, debo llegar a mi pueblo, Cócorit, en Sonora. No me gustan las despedidas, porque no me gusta el llanto. Repartes mis prendas como te dije. Mi prenda más amada es para ustedes. Desde que los conocí supe que eran las personas adecuadas para quedársela. Cuídala y ella cuidará de ti.
Tú serás feliz y yo también. Lo sé.
Te quiero.
Altagracia Usacamea Tepuri

Una lágrima rodó por mi mejilla, pero la sequé de inmediato en honor a Altagracia. Estuve segura de que ambas seríamos felices.

Nunca le pregunté a Sacramento sobre las relaciones que sostuvo con Altagracia. Nunca me importó porque siempre entendí qué tipo de relación tuvieron y porque sabía que Sacramento sentía por mí algo que nunca sintió por ella. Además, ya lo dice el dicho “Lo que no fue de tu año, no fue de tu daño”, o, también, “No es jabón que se desgaste”.

¿Qué piensa usted sobre lo que hizo Altagracia? Leo todos sus comentarios.

No se pierda el siguiente capítulo, donde la ilusionada y virginal María Regina va a entender el poema de Otilio González, que decía:

“Pasa una rubia, de ojos aceituna, junto a mí:
con los tacones va escribiendo tentaciones;
y yo siento a mi deseo, como un pájaro irascible,
dar debajo del flexible fieltro negro un aleteo.”

Esta es una novela. Se publica martes, jueves y sábado.

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