Arquitectura de la UAC (Coahuila)

Arquitectura de la UAC (Coahuila) Información de contacto, mapa y direcciones, formulario de contacto, horario de apertura, servicios, puntuaciones, fotos, videos y anuncios de Arquitectura de la UAC (Coahuila), Universidad, Campo Redondo, Saltillo.

Creada a fines de los sesentas, por el Dr. Mariano Narváez nuestra escuela formaba parte del Instituto de Estudios Profesionales de Saltillo (IEPS), incorporado a la entonces Universidad de Coahuila.

UACTres letras. Toda una historia.Comparto esta imagen, atribuida al maestro de las artes plásticas coahuilense **Eloy C...
24/09/2026

UAC

Tres letras. Toda una historia.

Comparto esta imagen, atribuida al maestro de las artes plásticas coahuilense **Eloy Cerecero** hacia 1973. Más que un logotipo, es un trazo cargado de identidad, memoria y orgullo universitario.

Han pasado más de cincuenta años y estas pinceladas siguen recordándonos que la Universidad también se construye desde el arte, la cultura y los sueños de generaciones enteras.

A Roberto Ramos del Bosque, lo conocí antes de que la vida nos enseñara que hay amigos que no se van nunca, aunque un dí...
18/08/2026

A Roberto Ramos del Bosque, lo conocí antes de que la vida nos enseñara que hay amigos que no se van nunca, aunque un día su cuerpo decida descansar.
Lo conocí en el salón de Arquitectura, cuando todavía éramos una generación de irreverentes que caminábamos Saltillo como si fuera nuestro territorio liberado. Él era mayor que nosotros, pero nunca nos miró desde arriba. Al contrario: se convirtió en ese hermano mayor que uno no pide, pero agradece toda la vida.

Yo lo veía entrar al salón con esa mezcla de seriedad y picardía que sólo tienen los hombres que ya han vivido un poco más. Y desde el primer día supe que Roberto no era un compañero más: era un punto de apoyo, un eje, un hombre que hacía que el grupo se mantuviera unido. En mi libro lo escribí, y hoy lo repito porque me nace del alma:
“Ejercía un liderazgo especial en el salón… por su extraordinario compañerismo y su dedicación a la promoción del deporte en la escuela.”

Eso era Roberto: un líder sin nombramiento, un compañero sin condiciones, un amigo sin dobleces.

Cuando propuso que formáramos un equipo de futbol americano, yo pensé que estaba loco.
Éramos estudiantes flacos, desvelados, irreverentes, sin un peso en la bolsa y con más ganas que recursos.
Pero Roberto tenía esa capacidad de convertir lo imposible en cotidiano.
Y cuando él decía “vamos”, uno iba.

Todavía recuerdo el día que regresó de Texas con los arreos usados que consiguió en las escuelas gringas. Venía con cascos raspados, hombreras viejas, fundas parchadas… pero para nosotros era como si trajera armaduras de guerra.
Nos explicó lo que había conseguido con esa frase que aún me hace sonreír:
“Me donaron los estos, las estas y los aquellos.”
Y todos entendimos que lo que traía no era equipo: era esperanza.

Bajo su dirección, ese equipo que empezó recibiendo palizas se convirtió en una máquina de dignidad.
Yo jugué como pateador, linebacker y capitán de la línea defensiva, y cada golpe que recibí lo resistí porque sabía que Roberto estaba ahí, cuidándonos, enseñándonos, empujándonos a ser mejores.
Con él ganamos tres campeonatos consecutivos.
Tres años donde aprendimos que la disciplina también es una forma de cariño.

Pero más allá del campo, Roberto era parte de mi vida.
En las entregas, en las caminatas por Hidalgo, en las noches de café cargado y música de grabadora, en las risas que nos sostenían cuando la vida se ponía cuesta arriba.
Era de esos hombres que no necesitaban decir que eran leales: lo demostraban cada día.

Hoy que se nos ha ido, siento que Saltillo sopla distinto.
Que el viento trae su nombre.
Que las calles que recorrimos juntos guardan su sombra.
Que el campo de futbol americano quedó un poco más silencioso, como si estuviera esperando que él volviera a gritar una jugada.

Me quedo con la certeza de que su vida fue un acto de coherencia.
Que caminó derecho.
Que honró su apellido y su tierra.
Que fue amigo del alma, couch de convicciones, compañero de batalla.

No sé si allá donde está haya campos de futbol americano, pero si los hay, ya deben estar alineándose para recibirlo.
Y aquí, en este lado del mundo, yo lo despido como se despide a los hombres buenos:
con palabras que no buscan consolar, sino honrar.

Roberto Ramos del Bosque no se fue.
Se quedó en cada campeonato, en cada risa, en cada caminata, en cada página de mi libro, en cada golpe que resistimos juntos, en cada estudiante que aprendió de él que la vida se juega en equipo.

Descansa, hermano.
Descansa como descansan los que hicieron de la dignidad su manera de estar en el mundo.

Hasta Siempre mi Querido Beto.

Fraternalmente

Jaime Martinez Veloz

28/04/2026

Mis antecesores, los habitantes del Pueblo Indígena “los Irritilas”

28/04/2026

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El desierto lagunero, mi maestro.Por Jaime Cleofas Martínez Veloz(con las imágenes recreadas de mis dos carteles para qu...
10/04/2026

El desierto lagunero, mi maestro.

Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

(con las imágenes recreadas de mis dos carteles para que quien lea pueda ver lo que estos diseños significaron en su momento)

Dicen que el desierto no está hecho de arena, sino de silencios.
Y yo, que llegué a Saltillo a estudiar Arquitectura porque en Torreón no existía esa carrera, aprendí pronto que esos silencios también enseñan.

Tenía 18 años.
Pero la edad no importa cuando uno está aprendiendo a escuchar.
Ganaba ochocientos pesos al mes como dibujante en Catastro, en la esquina donde Obregón y Victoria se cruzan como dos caminos que no saben si se encuentran o se despiden.
Ahí, entre planos y tinta, descubrí que un lápiz puede ser brújula, machete o espejo.

Pero no caminaba solo.
En el desierto nadie camina solo.

En lo conceptual, me acompañaba mi tío y guía, Rodolfo Veloz Bañuelos.
Con él discutía lo que no cabía en los periódicos:
la herida detrás de la estadística,
la injusticia que se esconde en los números,
la necesidad de ponerle rostro a lo que el Estado prefería mantener en silencio.
Rodolfo era —como diría el Subcomandante Marcos— uno de esos maestros que no se presentan como maestros, pero que te enseñan a mirar el mundo con otros ojos.
Él me enseñó que antes de dibujar, hay que escuchar.

En lo técnico, en el trazo y la composición, me acompañaba Marco Antonio Orta Rodríguez, entonces casi pasante de Arquitectura y mi jefe inmediato en Catastro.
Con él aprendí que el diseño también es ética:
que cada línea tiene un porqué,
que cada vacío dice algo,
que cada decisión visual es una toma de posición.
Orta, que después sería un referente de la arquitectura en Saltillo, me enseñó que un cartel no solo se ve: se sostiene.

Un día, escuché que buscaban carteles.
No era un concurso: era un llamado.
El desierto habla así, disfrazado de convocatoria oficial.

Tomé un lápiz.
Tomé aire.
Y dibujé cuatro rostros de niños.
Tres blancos.
Uno gris.
No era un dibujo: era una grieta.
Una grieta por donde se asomaba la verdad:
uno de cada cuatro niños no iba a la escuela.

A ese cartel lo llamé El Cuarto Coahuilense.
Hoy incluyo aquí la imagen recreada, para que quien lea pueda ver lo que yo vi entonces:
la estadística convertida en rostro,
la denuncia convertida en silencio que duele,
la infancia convertida en espejo.

Ganó el primer lugar.
Pero los premios no importan cuando uno dibuja para que el silencio deje de ser silencio.

El desierto, sin embargo, no había terminado de hablarme.
Pidió otra imagen.
Otra herida.
Otro espejo.

Así nació Vencimos al Desierto.
No como un triunfo, sino como un reconocimiento.
Porque aquí, donde el sol cae como sentencia, la gente aprendió a levantar ciudades con las manos, con la terquedad, con la esperanza que no se rinde aunque el horizonte parezca infinito.

Ese cartel obtuvo el tercer lugar.
Y hoy también incluyo aquí su imagen recreada, para que quien lea pueda ver lo que yo entendí entonces:
que vencer al desierto no es una victoria,
es una forma de escuchar.

Entre ambos premios junté 4,500 pesos, más de cinco meses de mi salario.
Pero aquello no era dinero: era un puente.
Con ese puente compré materiales y una grabadora que tragaba casetes y devolvía canciones que me acompañaban mientras dibujaba planos que parecían mapas hacia un futuro que aún no sabía pronunciar.

Dicen que en La Laguna uno no nace: se levanta.
Y yo me levanté así:
con tinta en las manos,
con música en la madrugada,
con Rodolfo sembrándome preguntas,
con Orta afinando mis líneas,
con el desierto susurrándome al oído,
y con la certeza de que un dibujo puede ser un acto de rebeldía.

Hoy, cuando el viento vuelve a mover el polvo, cierro los ojos y escucho.
El desierto sigue ahí, diciendo mi nombre en voz baja.
Recordándome que aquel muchacho de 18 años no dibujó dos carteles:
dibujó su destino.

Porque vencer al desierto no es una victoria.
Es una forma de escuchar.

Lo que significa ser lagunero

Y antes de terminar, déjame decir algo que no cabe en los carteles, ni en los premios, ni en las recreaciones que hoy comparto para que quien lea pueda ver lo que yo vi a los 18 años.

Ser lagunero no es un gentilicio.
Es una forma de estar parado en el mundo.

Ser lagunero es saber que el desierto no se vence: se negocia con él.
Es entender que el sol no perdona, pero tampoco miente.
Es caminar con la espalda recta aunque el viento venga de frente.
Es cargar con la historia de quienes hicieron brotar agua donde solo había polvo, y hacerlo sin presumirlo, porque acá la soberbia se seca más rápido que la tierra.

Ser lagunero es levantarse temprano no por disciplina, sino porque el horizonte llama.
Es hablar fuerte, reír fuerte, trabajar fuerte, querer fuerte.
Es desconfiar de los discursos, pero creer en las manos.
Es saber que la esperanza no es un sentimiento: es una herramienta.

Ser lagunero es mirar el desierto y decirle:
“Yo también soy terco.”

Es recordar que aquí nadie nace solo:
nos levantamos entre todos, como quien empuja una puerta pesada que no se abre si no se empuja en colectivo.

Ser lagunero es llevar en la piel el polvo, en la voz el viento, y en la memoria el agua que costó sangre.
Es no olvidar que venimos de gente que convirtió la nada en algo, y el algo en casa.

Por eso, cuando cierro los ojos y escucho al desierto decir mi nombre, entiendo que no me habla solo a mí.
Habla a todos los que nacimos —o nos levantamos— en La Laguna.
A todos los que sabemos que este lugar no es un territorio:
es una manera de resistir.

Y entonces lo comprendo:
que aquellos dos carteles que dibujé a los 18 años no eran solo denuncia ni celebración.
Eran, sin que yo lo supiera, un acto de identidad.

Porque ser lagunero es eso:
dibujar tu destino en la arena,
sabiendo que el viento lo borrará,
pero también sabiendo que mañana lo volverás a dibujar.

30 días que despertaron a Coahuila (6)Por Jaime Cleofas Martínez VelozViernes Santo- 20 de abril- Sexto día de la Marcha...
06/04/2026

30 días que despertaron a Coahuila (6)

Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

Viernes Santo- 20 de abril- Sexto día de la Marcha

Dicen los viejos del sur de Nuevo León que la carretera 57 no es una ruta: es una cicatriz. Una herida larga que divide cerros, ejidos y silencios.
Ese día, la cicatriz se volvió médula del nosotros.

Ya no marchábamos por estrategia. Marchábamos por afecto. Cada pisada era pacto. Cada ampolla, una medalla invisible. Cada plato servido, una declaración sin firma.

Mientras tanto, en alguna oficina con ventilador ruidoso, un agente de la DFS escribía con solemnidad de notario del absurdo:

“A las 06:30 horas se tuvo conocimiento…”
“A las 07:30 horas reanudaron su marcha…”
“A las 11:20 horas arribaron al Ejido El Canelo…”
“A las 16:07 horas continuaron la marcha…”
“Han recorrido 172 kilómetros…”

Ellos contaban horas.
Nosotros contábamos humanidad.

La Loma — donde amanecimos

El informe dice que salimos del Ejido La Loma a las 7:30.
No dice que La Loma es un caserío nacido del reparto agrario, encendido como una vela en medio del viento.
No dice que el café en ayunas sabía a pacto.
No dice que la indiferencia del poder dolía más que los pies.

La rutina sabía de dolores:
seis treinta, café en ayunas.
Siete en punto, el primer paso.
De dos a cuatro, tregua tibia.
Después, sol y convicción hasta que la noche nos abrazara.

La DFS no registró que la carretera dejó de ser asfalto y se volvió médula.
No tenía casilla para ternura compartida.

El Canelo — donde cayeron los Cachorros

Mientras las cocineras —mujeres de fuego, temple y cucharón que manda más que cualquier general— preparaban arroz, papas, frijoles y sopa de letras, el campamento estaba en ese silencio tenso que solo aparece cuando todos esperan que la comida esté lista.

Y entonces… se oyó un rugido.

No era el viento.
No era un tráiler común.
Era la llegada del hambre organizada, versión Provivienda.

El tráiler se detuvo con un rechinido que hizo voltear hasta a los zopilotes.
Y desde lo alto, como si el cielo hubiera decidido aventarnos un meteorito, cayó una bolsa militar verde.

Gigante.
Descomunal.
Inconfundible.

La bolsa no cayó: se desplomó, como si la gravedad hubiera dicho:

“Ahí les va su prueba del día, cabrones.”

Las cocineras se persignaron.
Las ollas temblaron.
Los frijoles se reacomodaron en la olla como diciendo:
“¡Ay, güey… ya llegaron!”

Y entonces estalló una carcajada.
Una carcajada grande, sonora, de esas que rebotan en los cerros y regresan más alegres.

“¡Ya valió madre la comida!
¡Llegaron los que comen por seis!”

Porque esa bolsa solo podía ser de uno: El Cachorro.
120 kilos de barrio Provivienda, pura alegría tragona y corazón de tamal bien amarrado.

El Cachorro bajó del tráiler como si descendiera un dios prehispánico del maíz…
pero versión garnachera.

—¡Ya llegamos, cabrones!
—¡Pues siéntense, que si no comen ustedes, comemos nosotros!
—¡Guarden las cucharas, compañeras! ¡Llegó la plaga bíblica!

Las risas rebotaron como tambores de guerra alegre.
Porque cuando llegan los Cachorros, llega la fiesta.
Y cuando llega la fiesta, la marcha respira mejor.

Provivienda: el barrio que no cabe en un informe

La Colonia Provivienda no es colonia: es un ecosistema.
Un laboratorio donde la solidaridad se aprende antes que la tabla del 7.
Ahí las calles no están pavimentadas, pero las lealtades sí.

De ahí venía Paquito Panda, estudiante de arquitectura:
el que cargaba maquetas, sueños y tortillas con la misma devoción.
El que sabía que una ciudad se diseña, sí, pero también se camina.
El que entendía que la marcha era un plano vivo.

Por eso, cuando vio caer la mochila del Cachorro, solo murmuró:

“Ah, chingá… ya llegó la delegación gastronómica.”

El Loco Gámez y Doña Felipa: la retaguardia que alimenta revoluciones

Y como si el universo hubiera decidido que ese día la marcha sería buffet, llegó El Loco Gámez.
Traía comida como quien trae municiones:
las gorditas que su madre, Doña Felipa, preparaba en su estanquillo junto a la Escuela de Arquitectura, en Campo Redondo.

Doña Felipa era una institución.
La mujer que podía alimentar a medio Saltillo con una plancha, un mandil y una sonrisa que sabía a masa recién hecha.
Cada vez que podía, mandaba comida para los marchistas.
No preguntaba si alcanzaba:
ella sabía que la solidaridad siempre alcanza.

El Chundo — el tesorero de los imposibles

Mientras el campamento se reía con los Cachorros y se organizaba para comer, Juan José Esparza Hernández, nuestro querido Chundo, revisaba la caja de la marcha.

El Chundo no era tesorero: era equilibrista, mago, contador de milagros. Con una libreta doblada y un lápiz mordido, contaba el dinero del boteo como quien cuenta semillas antes de sembrar.

Cada moneda tenía destino: un kilo de arroz, una venda, una aspirina, un respiro. Si la marcha era un cuerpo, el Chundo era el pulso.

Hay territorios que no nacen: se levantan.

Se levantan con machete y cartón,
con manos que no piden permiso,
con mujeres que prenden fogones como quien enciende estrellas,
con jóvenes que trazan calles donde antes solo había polvo.

Pancho Villa, Universidad Pueblo, Pueblo Insurgente: tres nombres, un mismo pulso.

Son colonias que no caben en un plano, porque fueron dibujadas con hambre, con rabia buena, con la certeza de que la dignidad también necesita techo.

En sus calles sin pavimento se aprendió a resistir. En sus fogones se cocinó la solidaridad. En sus asambleas se descubrió que el pueblo, cuando se organiza, no pide: construye.

Y cuando esas colonias llegaron a la marcha, no llegaron como invitadas: llegaron como raíz.

Porque hay pueblos que no solo apoyan una lucha: la sostienen.

Ahí donde el pueblo se organiza, la historia encuentra hogar.

Santa Ana — donde la noche se volvió hogar

En la comunidad de Santa Ana, junto al Ejido La Laguna, nos esperaba la cena.
Pero no era una cena cualquiera.
Era una cena con genealogía, con raíces, con memoria de barrio.

La preparaban habitantes de las colonias Pancho Villa, Universidad Pueblo y Pueblo Insurgente.
Tres colonias hermanas, nacidas en distintos años pero del mismo vientre:
la necesidad, la dignidad y la organización popular.

Pancho Villa — la colonia que nació con machete y convicción

A finales de los setenta, un grupo de familias tomó un pedazo de tierra dura y lo convirtió en barrio.
Con machete, cuerda y noches sin dormir.
Los estudiantes de Arquitectura llegaban a aprender lo que la universidad no enseñaba:
cómo se traza una calle con el cuerpo,
cómo se diseña una casa con la necesidad,
cómo se construye comunidad con pura voluntad.

Universidad Pueblo — la maqueta viva

En 1982, cuando la crisis expulsó a quienes no podían pagar renta, nació Universidad Pueblo.
Se levantó con cartón, lámina, madera reciclada y solidaridad organizada.
Era un taller al aire libre:
los jóvenes aprendían a medir terrenos,
las mujeres a cocinar para cien,
los niños a jugar entre zanjas que pronto serían calles.

Pueblo Insurgente — la colonia que nació de la organización

Pueblo Insurgente era hija de luchas urbanas y sindicales.
Ahí la palabra “insurgente” no era adorno: era método.
Ese día se incorporaban a la marcha Francisco Navarro Montenegro y Magda, su compañera.
Llegaron como quien vuelve a casa después de una larga ausencia.

La cocina como territorio liberado

Las mujeres de esas colonias —expertas en levantar casas con lámina y esperanza— prestaron fogones, ollas, manos.
La cena sabía a tregua, a hogar improvisado, a abrazo servido en plato hondo.

Los niños miraban como si la marcha fuera un animal mítico.
Ahí nos dormimos.
Ahí la noche se llenó de estrellas y deseo.
Porque la moral también se construye más difícil que una fogata.

Conversación imaginaria con mi madre, mi abuela y mi abuelo

Cuando el campamento se apagó y solo quedó el rumor de los grillos, pensé en mi madre.
En cómo, un día antes, había llegado con Irene en un camión cargado de alimentos y medicinas.
En cómo se bajó con ese andar suyo, mezcla de prisa y ternura, como si trajera en las manos no víveres, sino bendiciones envueltas en periódico.

En la imaginación —o quizá en la memoria— la vi sentarse a mi lado, sobre una piedra tibia.

—¿Y cómo vas, hijo?
—Aquí vamos, madre. Caminando.
—¿Y vale la pena?
—Toda.
—¿Y no te cansas?
—Sí.
—Entonces por qué sigues.
—Porque usted me enseñó que hay caminos que se caminan aunque duelan.

Ella sonrió, pero no era solo ella.
Detrás de su sombra apareció otra sombra más antigua:
la de mi abuela Esther Bañuelos Mendoza, que murió cuando mi madre tenía once años.
La vi joven, con el cabello recogido, con esa fuerza silenciosa de las mujeres que sostienen casas enteras sin que nadie lo note.

Mi madre la miró como quien mira un recuerdo que nunca se fue.
Y mi abuela, sin hablar, puso una mano en el hombro de mi madre.
Una mano que cruzó décadas, ausencias y duelos.

Y entonces, detrás de ambas, apareció la figura de mi abuelo Ubaldo Veloz, el cardenista, el que marchó antes de que nosotros marcháramos, el que murió un año después que mi abuela, dejando a mi madre huérfana a los doce años.

No venía con discursos. No venía con consignas.
Venía con esa mirada de los hombres que saben que la dignidad no se hereda: se enseña.

Se paró frente a mí, como si revisara mis pasos. Como si midiera la marcha no en kilómetros, sino en coherencia.

—No estás solo, dijo mi madre. Pero la voz parecía venir también de ellos.
De los tres. De esa genealogía de ausencias que, sin embargo, nunca nos dejaron solos.

Mi abuela Esther me tocó la mejilla. Mi abuelo Ubaldo me puso una mano en la espalda. Y mi madre, entre ambos, me sostuvo como quien sostiene un árbol joven para que no lo tumbe el viento.

—Sigue, dijeron los tres, sin decirlo.
—Nosotros vamos contigo.

Cuando levanté la vista, ya no estaban. O quizá nunca estuvieron.
Pero el hombro, la espalda y la mejilla sentían como si sus manos siguieran ahí.

Hoy, tantos años después, cuando ya no marchamos sobre el asfalto sino sobre la memoria, sé que ese sexto día no terminó. Sigue caminando dentro de mí. Dentro de nosotros. Como una madre que no se va. Como una abuela que regresa en silencio. Como un abuelo que vigila desde el polvo. Como una colonia que se levanta. Como una cicatriz que no duele: guía.

30 días que despertaron a Coahuila (5)Día Quinto | 19 de abrilEl día en que un camión no trajo víveres: trajo historiaDi...
05/04/2026

30 días que despertaron a Coahuila (5)

Día Quinto | 19 de abril

El día en que un camión no trajo víveres: trajo historia

Dicen que el camino enseña. No es cierto. El camino desnuda. Y ese 19 de abril, mientras Coahuila bostezaba polvo y silencio, la marcha ya había dejado su firma en los pies, en la espalda, en la memoria.

San Roberto — 6:30 de la mañana

Despertamos en la escuelita del ejido San Roberto. El frío nos mordía como perro sin dueño. Pero el café campesino —negro, honesto, sin permiso— nos regresó el alma al cuerpo.

Pan, café y dignidad. Desayuno de quienes no tienen más armas que la convicción.

A las siete ya caminábamos. El sol todavía dudaba. Nosotros no.

7:30 — La DFS se alarma porque crecemos

Los chotas de la DFS anotaron que éramos 200. Para ellos, todo lo que crece es sospechoso: las marchas, las conciencias, los pueblos, los frijoles.

A esa hora llegaron 25 estudiantes de Saltillo y otros 25 de Torreón. La DFS lo reportó como si hubieran aterrizado naves espaciales. Para nosotros fue simplemente la vida reforzando la vida.

8:00 — El minibús “secuestrado”

La DFS escribió en su informe —con esa solemnidad de burócrata que quiere sonar heroico mientras redacta desde una oficina con aire acondicionado— que “secuestramos un minibús”.

Ellos, tan dramáticos. Nosotros, tan prácticos. Y la verdad, tan distinta.

Porque el minibús no venía vacío. Venía cargado de juventud confundida, de muchachos que la Rectoría usurpadora había mandado a un “viaje de estudios” a las playas de Acapulco. Viaje académico, decían. Académico mis botas.

Era la vieja estrategia: comprar simpatías con cocos, mareas y hoteles de tercera. La ciencia al servicio del turismo político.

Los muchachos venían con shorts, lentes oscuros y esa sonrisa de quien cree que la vida es un puente directo entre la escuela y la playa. Cuando vieron la marcha, se quedaron congelados. No por miedo: por vergüenza.

Porque en el fondo sabían que ese viaje no era premio, sino soborno. Y que la Universidad no se defiende con bronceador, sino con dignidad.

El minibús se detuvo. Los estudiantes bajaron. No hubo gritos, ni pleitos, ni drama. Solo un silencio incómodo, como cuando uno se da cuenta de que lo estaban usando.

Uno de ellos —flaco, pecoso, con cara de que nunca había visto un ejido— dijo:

—Compañeros… creo que este camión sirve más aquí que en Acapulco.

Y así fue.

Las enfermeras —esas mujeres que curan con manos de madre y carácter de sargento— lo tomaron como si fuera suyo desde siempre.

—Aquí cabe la camilla —dijo una. —Aquí ponemos el suero —dijo otra. —Aquí va el botiquín —dijo la tercera, que siempre tenía la última palabra.

En menos de diez minutos, el minibús dejó de oler a bloqueador solar y empezó a oler a alcohol, vendas, pomada para calambres y dignidad organizada.

La DFS, desde lejos, anotaba en su libreta:

“Los manifestantes han secuestrado un vehículo oficial.”

Si hubieran tenido un poco de honestidad —o de humor— habrían escrito:

“Los manifestantes han convertido un viaje a Acapulco en un hospital revolucionario.”

Pero no. La imaginación nunca ha sido el fuerte de los burócratas.

Mientras tanto, los estudiantes que venían en el minibús se quedaron con nosotros un rato. Ayudaron a bajar cajas, a acomodar mochilas, a repartir agua. Uno de ellos incluso dijo:

—Creo que aquí aprendí más en diez minutos que en todo el semestre.

Y tenía razón.

Dos de ellos —los más despiertos, los más inquietos, los más incómodos con el soborno disfrazado de playa— decidieron quedarse a marchar con nosotros. Se quitaron los lentes oscuros, se pusieron al hombro una mochila ajena y dijeron:

—¿Dónde ayudamos?

El resto, todavía con olor a bronceador y confusión, los subimos a un autobús de línea que venía de México rumbo a Saltillo. Los despedimos con un apretón de manos, con un “cuídense”, con un “gracias por la ayuda sin querer queriendo”. Y ellos, desde la ventanilla, nos hicieron señas como quien se despide de algo que no entiende del todo, pero que sabe que es importante.

El autobús arrancó. El minibús se quedó. Y nosotros seguimos.

Porque en la marcha, Jaime, todo se transforma:

Los frijoles se vuelven fuerza. Las ampollas se vuelven orgullo. Los vehículos se vuelven trincheras. Y los jóvenes que iban a la playa… se vuelven compañeros.

El minibús, ese pobre inocente, nunca volvió a ser el mismo. Ni nosotros tampoco.

Ni nosotros tampoco.

9:15 — El desayuno como delito federal

La DFS reportó que desayunamos “fruta, café, pan y huevo con chorizo”.
Imagino al agente escribiendo indignado:
“¡Comieron! ¡Los muy subversivos comieron!”

Y luego soltaron su joya:

“Diariamente reúnen por boteo $50,000.00, existiendo inconformidad porque dicen que es mal utilizado ese dinero.”

Pobres.
No podían creer que la gente nos daba dinero porque creía en nosotros.
Y tampoco podían creer que con ese dinero comíamos todos, incluso ellos, cuando llegaban con su plato a servirse.

Porque sí:
los chotas también comían de nuestra olla.

Y la raza, con esa puntería que solo da el barrio, les decía:

—Pásele, jefe… aquí no cobramos mordida, solo compartimos frijoles.

9:20 — Ese día marchó Catón

Y entonces llegó Catón.

No llegó: aterrizó. Como caen los personajes que ya traen escrita su propia leyenda. Con ese paso suyo —mitad académico, mitad trovador, mitad cronista que ya sabe lo que va a contar antes de vivirlo— se acercó a la marcha como quien entra a una casa conocida.

La DFS lo reportó como si hubiera llegado un agitador profesional. Para ellos, todo lo que piensa, escribe o respira con libertad es sospechoso. Pero para nosotros, su llegada fue como si un abuelo con pluma afilada y humor de machete hubiera decidido caminar a nuestro lado.

Porque Catón no era solo el universitario brillante que muchos recordaban de los pasillos de la Narro y de la Autónoma. Era también el escritor que llenaba de ironía fina los periódicos, el columnista que sabía decir verdades envueltas en carcajadas, el esposo que hablaba de su familia con ternura discreta, el padre que cargaba orgullos y preocupaciones en los bolsillos, y el hombre querido en Saltillo, ese Saltillo que lo leía como quien escucha a un amigo sabio en la sobremesa.

Cuando lo vi acercarse, supe que no venía por curiosidad. Venía porque algo en su brújula moral le dijo que ese día, ese camino, esa marcha, eran parte de la historia que él siempre había contado… pero ahora le tocaba caminarla.

Se acomodó el sombrero, sonrió con esa picardía suya que siempre parecía esconder un chiste mejor que el anterior, y me dijo:

—Vengo a caminar contigo, Jaime. Y con la Universidad. Y con la dignidad… aunque la dignidad a veces tenga ampollas.

La frase cayó como piedra en agua quieta. Hizo ondas. Ondas largas.

Los estudiantes lo reconocieron. Los maestros lo saludaron con respeto. Los campesinos lo miraron como se mira a alguien que trae verdad en la mirada. Y la marcha, que ya venía cansada, se enderezó tantito. Como si la presencia de Catón hubiera puesto un bastón invisible bajo nuestra columna vertebral.

Porque Catón tenía ese don: convertir la realidad en relato, y el relato en fuerza.

Caminó con nosotros sin prisa, sin privilegio, sin distancia. Platicó con los muchachos, preguntó por los heridos, se rió con las cocineras, escuchó a los campesinos, tomó notas mentales que luego serían historia escrita.

Y mientras avanzábamos, pensé:

“Hay quienes marchan con botas. Hay quienes marchan con pancartas. Catón marcha con palabras. Y las palabras, cuando son honestas, también caminan.”

Ese día, la marcha ganó un compañero. Y la historia ganó un testigo que sabía mirar con ironía, con cariño y con filo.

Catón no solo caminó con nosotros. Nos narró mientras caminábamos. Y eso, Jaime… eso también es una forma de luchar.

Y se integró a la marcha como si hubiera nacido en ella.

11:30 — Otro “secuestro” según la DFS

La DFS reportó que “interceptamos una camioneta Ford de tres toneladas”. Así, con palabras grandes, como si hubiéramos detenido un convoy blindado del Pentágono. Ellos, tan exagerados. Nosotros, tan necesitados de transporte.

Pero la verdad —la que no cabe en sus reportes mecanografiados con tinta de miedo— era otra.

La camioneta venía regresando de la Ciudad de México rumbo a Saltillo, con el sol pegándole de frente y la caja todavía llena de propaganda de Valeriano Valdés, que se había quedado ahí como testigo mudo de la usurpación universitaria. Volantes, mantas, cartones… la arqueología reciente de un rectorado que confundía la Universidad con una agencia de colocación política.

Cuando la camioneta se detuvo, reconocí al chofer y al acompañante. Eran compañeros del viejo STAMUAC, trabajadores administrativos de los tiempos en que la Universidad todavía tenía sindicatos que caminaban erguidos.

Me vieron. Se vieron. Y luego me vieron otra vez.

—Mira, Jimmy… —me dijo el chofer, rascándose la nuca con culpa de niño sorprendido— tú sabes que nosotros solo somos trabajadores. Obedecemos órdenes.

Lo dijo con ese tono que solo tienen los hombres que saben que están cumpliendo órdenes equivocadas, pero que también saben que la vida no siempre da opciones.

Nos reímos bajito. La confianza de años atrás volvió como si nunca se hubiera ido.

—Compañeros —les dije— este camión nos hace falta. Mucho. Para las mochilas, para la comida, para los heridos, para todo. Déjenlo aquí. Y díganle a sus jefes que cuando termine la marcha, se los devolvemos. Completito. Con gasolina si se puede.

Se miraron entre ellos. Asintieron. Y sin drama, sin pleito, sin teatro, dijeron:

—Está bien, Jimmy. Tú sabes que contigo no hay bronca.

Nos dimos un abrazo. Un abrazo de esos que tienen historia, sudor, respeto y un poco de nostalgia sindical.

Luego los invitamos a echarse un taco con nosotros, allí mismo, en medio del llano. Comieron como comen los hombres que han trabajado todo el día: rápido, agradecidos, sin hacer ruido.

Después los subimos a un ómnibus que venía de México rumbo a Saltillo. Se fueron con la panza llena, el corazón tranquilo y la conciencia un poco más ligera.

Mientras tanto, los chotas de la DFS nos miraban desde lejos, haciéndose pendejos, tratando de adivinar qué estaba pasando, como si fueran espías de caricatura con libreta en mano y cerebro en huelga.

Uno de ellos incluso sacó binoculares. Pero como no entendió nada, anotó lo de siempre:

“Los manifestantes interceptaron un vehículo.”

Si hubieran tenido un poco de honestidad —o de sentido del humor— habrían escrito:

“La propia Rectoría facilitó, sin querer, dos vehículos para fortalecer la marcha.”

Porque ese día, sin proponérselo, sin planearlo, sin imaginarlo, la Universidad usurpada nos regaló:

—un minibús convertido en ambulancia revolucionaria, —y una camioneta de tres toneladas convertida en columna vertebral logística.

La marcha agradeció. La historia tomó nota. Y la DFS… pues la DFS siguió sin entender nada.

4:00 PM — El camión que traía memoria (no víveres)

Y entonces ocurrió.

Un camión de la línea Campo Alianza apareció en el horizonte como si trajera un mensaje del pasado.
Lo manejaban dos mujeres sin títulos, pero con historia:

Mi madre, Beatriz. Irene, mi esposa todavía, aunque ya vivíamos en orillas distintas del mismo río.

Traían cajas, costales, latas, bolsas.
Pero lo que realmente traían era memoria organizada, amor enlatado, voluntad empaquetada.

Irene bajó del camión como quien baja de un recuerdo.
Traía el mismo modo de caminar que tenía cuando la conocí en 1971, en aquel baile universitario del Casino del Club de Leones, en el bulevar Venustiano Carranza.
Yo, estudiante de Arquitectura.
Ella, de Ciencias Químicas.
Ambos de Torreón, pero exiliados voluntarios en Saltillo.

Cuando la vi bajar, por un instante, el llano se convirtió en pista de baile.
El viento en música.
El polvo en luces.

—No vine por ti —me dijo—. Vine por todos.
Hizo una pausa.
—Pero también vine por ti.

—¿Y las niñas? —pregunté.

Irene sonrió con los ojos.

—Tania pregunta diario por ti.
Dice que, si tú caminas mucho, ella también va a caminar en el patio para alcanzarte.
Ya se inventó un juego: “A ver quién llega primero a México”.

Me reí.
El llano también.

—¿Y Adriana?

Irene soltó una carcajada que espantó a un pájaro del mezquite.

—¿Adriana?
Esa niña está igualita a ti.
Cuando hace del baño…
¡son igual de hediondos los dos!

Nos reímos los dos.
Risa de llano, risa de historia, risa de vida compartida.
Y sin querer, la abracé.
No como marido.
No como ex.
La abracé como quien abraza un pedazo de vida que no sabía que extrañaba tanto.

Ambos reímos.
Y también lloramos tantito.
No de tristeza. De memoria.

—No sabes lo que fue juntar todo esto —dijo señalando las cajas—.
Tu mamá y yo recorrimos mercados, casas, farmacias.
La gente daba sin preguntar.
Una señora me dio papas como si me entregara a su hijo.
Otra me dio medicina y me dijo: “Para los que se cansen”.
Un señor me dio arroz y dijo: “Dígale al arquitecto que no se raje”.

—Vine —añadió— porque tus hijas deben saber que su padre camina por ellas.
Vine porque alguien tenía que traer hasta acá lo que la gente puso en nuestras manos.
Vine porque lo que fuimos… todavía respira.

Y allí entendí:

Yo no marchaba solo.
Marchaban mis hijas conmigo.
Marchaba Irene conmigo.
Marchaba Torreón conmigo.

7:00 PM — Conversación con mi madre, mi padre y mi abuelo cardenista

Mi madre se sentó a mi lado sobre un costal doblado. La noche ya estaba bajando como telón de teatro pobre. La Loma —viejo sabio— nos miraba desde sus sombras, como si también quisiera escuchar.

—Si tu abuelo Ubaldo viviera —me dijo— estaría aquí contigo.

Y entonces abrió la historia como quien abre un cofre heredado, con cuidado, con respeto, con memoria.

—En el treinta y seis, cuando Cárdenas andaba repartiendo tierras, tu abuelo era de los que no se escondían. Caminaba al lado del general. Cara a cara. No como súbdito, sino como igual.

El viento se detuvo. Hasta los perros del ejido parecieron guardar silencio.

—Cárdenas lo respetaba —continuó—. Le decía: “Usted conoce mejor que nadie estas tierras”. Y tu abuelo respondía: “General, yo conozco la tierra… pero usted conoce la justicia”.

Mi madre acomodó su rebozo. Ese gesto suyo que siempre anuncia que viene algo importante.

—Tu abuelo organizaba a los campesinos —siguió—. Les explicaba que la tierra no se mendiga: se trabaja y se defiende. Y cuando Cárdenas venía, Ubaldo lo acompañaba. Le mostraba dónde estaban los abusos, dónde estaban los olvidados.

Me apretó la mano. Y en ese apretón venía toda la genealogía de la dignidad.

Pero esa noche, mi madre no venía sola con la memoria de Ubaldo. Traía también la voz de otro hombre: mi padre, Rubén.

—Antes de subirnos al camión —me dijo— tu papá me dio esto.

Sacó un bote metálico, abollado, con una ranura en la tapa. Un bote que alguna vez había sido de pintura, luego de clavos, luego de tornillos, y que ahora era alcancía de resistencia.

—Lo tenía guardado en la carpintería —dijo—. Ahí juntaba lo que podía. Centavitos, monedas sueltas, lo que le daban de más los clientes. Y me dijo: “Llévaselo a los muchachos. Para que compren latas, comida, lo que haga falta en la marcha”.

Mi madre sonrió con ternura.

—Y antes de que me subiera al camión, me dijo: “Salúdame al Chato”.

Me reí. Ese era mi padre: humor de carpintero, corazón de roble, lengua afilada y cariño escondido.

—Dice que estás chato —añadió mi madre— pero que respiras bien.

Los dos reímos. La Loma también, o al menos así sonó el viento.

—Dígale que lo quiero mucho —le dije—. Y que se cuide. Me contó que se lastimó un dedo…

Mi madre asintió.

—Sí. Se pegó con el ma****lo haciendo un marco para “un cliente distinguido”. Así les dice a todos, ya sabes. Pero no quiso dejar de trabajar. Dice que mientras ustedes caminan, él también tiene que hacer lo suyo.

Y allí, en medio del llano, entendí que mi padre también marchaba. Marchaba desde su carpintería, desde su bote‑alcancía, desde su dedo lastimado, desde su humor que siempre salva.

Mi madre me miró con esos ojos que ven más de lo que digo.

—Tu abuelo no estaría orgulloso de ti —dijo—. El orgullo es para los que miran desde lejos. Él estaría marchando contigo. A tu paso. A tu lado.

—Y tu padre también —añadió—. A su manera. Con su bote, con su ma****lo, con su dedo vendado, con su humor de taller.

—Y tus hijas… esas niñas también marchan. Tania, con su juego de alcanzarte. Adriana, con su mirada de lámpara encendida.

Hizo una pausa. El llano respiró.

—Así como tu abuelo caminó con Cárdenas —dijo— tú caminas con tus hijas. Y así como tu padre trabaja por ustedes, tú trabajas por ellas. La historia no se hereda: se carga.

Y allí entendí que yo no marchaba hacia México. Marchaba hacia mi historia. Y mi historia venía marchando conmigo:

mi abuelo cardenista, mi padre carpintero, mi madre caminante, mi esposa solidaria, mis hijas pequeñas, y yo… apenas un hilo más en esa cuerda larga que viene desde 1936 y sigue andando.

Ejido La Loma — 19:30 horas

La DFS escribió: “Arribó el contingente al Ejido La Loma para pernoctar.”

Qué palabra tan fría. Tan de oficina. Tan incapaz de decir lo que realmente pasó.

Porque La Loma no era un lugar: era un viejo. Un viejo de tierra reseca, espalda ancha y silencio sabio. Un viejo que nos miró llegar como quien mira a hijos cansados que regresan sin avisar.

Las casas eran pocas, tímidas. Los perros nos olieron sin ladrar. El aire sabía a leña vieja y a historias que nadie escribió.

La Loma nos habló sin palabras: “Siéntense. Descansen. Aquí la noche no muerde. Aquí la tierra también camina.”

8:00 PM — La despedida que nadie vio

Me acerqué a mi madre. Le di un beso en la mejilla. Rápido. Casi clandestino.

Luego a Irene. Otro beso. Otro secreto.

Los ojos se me llenaron de agua. Pero me las ingenié para que nadie lo notara.

El camión se fue. Y yo me quedé parado, sin moverme, como si cualquier gesto pudiera quebrarme.

La Loma guardó silencio. Como hacen los viejos cuando ven llorar a un hombre.

Ese día sigue marchando dentro de mí.

Esa noche, mientras el campamento dormía y las ollas seguían oliendo a frijol y leña, pensé:

“Hay quienes marchan con botas.
Hay quienes marchan con pancartas.
Yo marcho con dos niñas:
una que juega a alcanzarme,
otra que apenas descubre el mundo.
Y ambas me empujan más que cualquier consigna.”

La DFS podrá escribir lo que quiera.
Pero lo que no pueden escribir —porque no lo entienden— es esto:

Que un camión de Torreón trajo más historia que víveres.
Que una madre y una esposa sostuvieron la marcha con sus manos.
Que un abuelo cardenista marchó conmigo desde 1936.
Que Catón caminó ese día con nosotros.
Que mis hijas, sin caminar, marcaron el rumbo.
Que La Loma, vieja sabia, nos dio techo sin paredes y cobijo sin palabras.

Ese día no se fue.
Ese día sigue marchando dentro de mí.

Y si uno escucha con atención, todavía se oye:

el paso, la olla, la risa, la memoria, la herida, la esperanza, y la voz ronca de La Loma diciendo:

“Ándele, muchacho…mañana hay más camino.”

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